HERMANOS KING CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

—Entrégale este sobre de manila al maître, se llama John Rivers, es una proyección financiera para una fiducia que quiere abrir para la educación universitaria de su hijo. El viejo Rivers es un conocido de la familia.

Eva, concentrada en su informe, apenas prestó atención, y accedió sin hacer mayores preguntas.

—¡Oh, mi Dios! —exclamó Elizabeth—. Debiste aceptar que tu amigo pagara la cuenta, por lo visto yo solo tomaré un vaso de agua y comeré el pedazo de lechuga más caro de la historia.

Eva no le había dicho que era Ryan el que la había invitado. Elizabeth era de la misma línea de Brandon, no confiaba en él.

Eva sonrió mientras caminaban entre mesas cubiertas con mantelería de lujo. El lugar estaba lleno de personas a las que se les notaba el dinero y la clase social.

—No seas exagerada, el sitio es lujoso, pero no creo que sea para tanto.

Elizabeth miraba a lado y lado sin importar lo que dijeran los demás. Eva, más mesurada, caminó hasta la mesa a donde las guio el maître y antes de olvidarlo, sacó el sobre de manila que dejó encima de la mesa.

—¿Es usted John Rivers?

—No, señora, no conozco a ningún señor Rivers —afirmó el hombre mientras les entregaba el par de cartas encuadernadas en cuero de color oscuro.

Antes de que Eva guardara el sobre en el bolso, una voz la distrajo del hecho de que Ryan por algún motivo le había mentido.

—¡Eva! —saludó el hombre que le había presentado Ryan en su almuerzo en Boka—. Es un placer volver a verte.

Eva, que no recordaba su nombre, le sonrió con gentileza.

—El placer es mío —contestó, mientras Elizabeth miraba angustiada el menú. Aunque su salario era bueno, no estaba dispuesta a gastar el sueldo de una quincena en una cuenta de restaurante.

—Permítanme invitarlas al almuerzo —dijo el hombre, adivinando la desazón de Elizabeth.

—No se preocupe… —respondió Eva, aún sin recordar su nombre.

—Maurice —manifestó en tono suave y con un brillo peculiar en los ojos—, acabas de romper mi corazón.

—Mil disculpas, soy pésima reteniendo nombres. Déjeme presentarle a mi amiga Elizabeth Castillo, es la diseñadora estrella de la firma.

—Sería el hombre más afortunado del lugar si me permiten compartir con ustedes un rato.

—Claro, siéntese.

El hombre, acostumbrado a tomar la iniciativa, se hizo cargo del almuerzo, ordenó una botella de vino y unas entradas de langosta.

Las distrajo hablando sobre un viaje que había hecho a Colombia un par de años atrás.

Hicieron un brindis cuando escanciaron el vino y luego se levantó de la mesa. Tomó el sobre de manila.

—Ese sobre no es suyo —saltó Eva enseguida.

Maurice no le hizo caso y aferró la carpeta que luego le dio a un hombre que pasó por su lado y soltó una sonrisa de tiburón.

Ryan Winthrop era un condenado hijo de puta, podía enviarle el maldito sobre de diversas formas, pero escogía siempre las más retorcidas.

Lo imaginaba como esos espías de la KGB en la época de la guerra fría, hubiera sido el paraíso para el cabrón.

Pero… y si la chica hubiera guardado el sobre en su bolso, ¿qué hubiera hecho, sacarlo de mala manera?

Ryan era un jugador y arriesgado, además.

—Ya lo creo que sí, querida Eva, pagué mucho dinero por esto. Que sigan disfrutando su almuerzo.

Eva se levantó como un resorte en cuanto Maurice se dio la vuelta y caminó detrás de él. Cuando llegaron a la salida del lugar, preguntó exaltada.

—¿Qué fue eso? ¿Cómo es eso de que ese sobre es suyo? ¿Qué contiene?

El hombre bajó la cabeza y negó varias veces con la cabeza.

—Querida, nunca confíes en alguien que te mienta y nunca mientas a alguien que confía en ti. Fue un placer conocerte.

El hombre salió del lugar como una exhalación. Eva volvió angustiada a la mesa.

—Vamos —dijo a Elizabeth, que degustaba un suculento plato de mariscos, sin prestar mayor atención a lo ocurrido.

—Lo que sea que te preocupe, déjalo estar, es pecado no degustar estas delicias —respondió la diseñadora, ajena al estado de ánimo de Eva.

—Se me quitó el apetito, siento que Ryan jugó conmigo y necesito averiguar el porqué.

—¿Ryan? —Elizabeth soltó el tenedor de manera algo brusca.

—Necesitaba que entregara un sobre a alguien, me mintió, tengo que hablar con Brandon —repitió, angustiada, mientras pedía la cuenta.

—Es buena idea, Ryan no es de fiar.

—Debo enfrentarlo y contarle.

—Sabía que de esto tan bueno no dan tanto —manifestó Elizabeth, preocupada, en un dicho muy colombiano y retiró el plato con celeridad—. Todo lo que venga de esa víbora está envenenado.

—No imaginé que…

—Ay, Eva, debiste contármelo. Ryan es maquiavélico.

El mesero se acercó para decirles que la cuenta ya estaba pagada.

Brandon la mataría, caviló Eva, estaba segura o, en el mejor de los casos, la abandonaría por mentirosa, era un hombre que valoraba la lealtad por encima de otros valores, una traición rompería en pedazos lo que habían construido.

Que fuera lo que Dios quisiera, le contaría lo ocurrido.

Con el pecho amarrado en un nudo de temor volvió a la empresa y se presentó en la oficina del CEO, pero Brandon había salido a una exhibición de piedras preciosas y volvería en la tarde.

Furiosa, buscó a Ryan, pero el hombre no estaba tampoco en la oficina.

Volvió a su trabajo con una profunda angustia, trató de concentrarse, pero fue en vano, las manillas del reloj hicieron más lentos sus pasos, se sentía culpable y no sabía de qué, como si de un momento a otro fuera a caer sobre ella una larga condena.

La sensación no la abandonó durante el resto de la jornada.

El salón del Waldorf Astoria bullía de actividad, el sonido de las voces en diferentes idiomas se mezclaba con una ligera música ambiental.

Las principales empresas chinas, europeas y sudafricanas en el ámbito de la gemología se habían dado cita en esa jornada.

Brandon habló con varios distribuidores.

Los CEO de las joyerías más renombradas del sector se acercaron a felicitarlo por su nuevo cargo.

En ese momento hablaba con una simpática mujer oriental sobre la calidad de unas amatistas en exhibición.

El color azul de un grupo de piedras lo llevó a recordar el diamante azul que había buscado para crear en los talleres de la empresa un anillo de compromiso.

No le importaba que apenas hubieran transcurrido siete meses desde que se habían enamorado, en la intensidad de su amor el tiempo transcurrido lo tenía sin cuidado.

Esa noche la llevaría a cenar y le propondría matrimonio.

Recordó las reuniones que todavía faltaban para poder llegar a casa, una palabra que ahora tenía otro significado.

Dedujo que, con el tiempo, Mathew sería el encargado de esa área determinada, por el momento le tocaba asesorarse con el gemólogo de la firma, un astuto judío que había estado en el negocio desde la época en que su padre lo dirigía.

Ese día al hombre, que ya estaba a punto de jubilarse, le fue imposible acompañarlo, pero había delegado la responsabilidad en su asistente, una talentosa joven de origen chino, que se entendía en mandarín con la representante de la firma que les ofrecía amatistas a muy buen precio.

—Eh, pero si es Brandon King, el nuevo CEO de Joyerías Diamond. Felicitaciones y no solo por tu nombramiento.

Brandon se dio la vuelta para encontrarse con la figura de su mayor competidor. Le dio la mano a Maurice con algo de aprensión, el hombre era muy amigo de Ryan y siempre había desconfiado de esa amistad. A ambos los rodeaba una cortina de niebla que los hacía impenetrables.

—Gracias —contestó el aludido con talante frío, negándose a preguntar por el significado de sus palabras.

—Me alegra ver que las cosas con Ryan han mejorado bastante.

Brandon, con un sentimiento incómodo, y ya sin poderse aguantar, no pudo evitar preguntar.

—¿Por qué lo dices?

—Tu chica, Eva James. Es preciosa.

El gesto de Brandon quedó congelado. Tuvo que hacer acopio de un autocontrol muy grande para no saltar sobre el hombre ante la mención del nombre de Eva.

—No entiendo. —Brandon, dominando su apremio por saber, no lograba conjeturar que tenía que ver Ryan con Eva.

—Ryan me la presentó en un almuerzo en Boka.

—¿A Eva? —preguntó, descompuesto.

—Sí, por lo visto ellos son muy amigos.

Una nube oscura nubló los pensamientos de Brandon.

—¡Estás equivocado!

—No, no lo estoy, chica rubia, ojos azules, hermosa. Me la presentó como tu novia. —Sonrió ladino—. Espero que tengas cuidado, a veces la fruta prohibida del paraíso se nos presenta en forma de chica rubia con curvas de infarto.

Brandon era consciente de que no podía dar un espectáculo ante sus pares, el deseo de desencajarle la mandíbula a Maurice fue muy fuerte, pero esa actuación no sería la mejor carta de presentación para todo lo que deseaba construir.

Con los dientes y los puños apretados, se dio la vuelta y salió del salón murmurando unas palabras a la asistente con la que había ido a la exhibición. No se despidió de nadie.

Un aturdimiento profundo se apoderó de él.

Eva le había mentido en cada ocasión que le había preguntado por Ryan.

¿Por qué? No lo entendía y se negaba a pensar mal de ella.

Angustiado, caminó sin rumbo fijo, volvió en sí cuando un auto frenó en seco y escuchó la bocina y al conductor reclamándole su imprudencia, había atravesado la calle sin darse cuenta de que la luz del semáforo aún estaba en verde y por primera vez en mucho tiempo no supo qué hacer.