CAPÍTULO 19
Eva abrió los ojos y observó el perfil de Brandon, que en ese momento revisaba su teléfono móvil. Él era su refugio, su paz, su locura y su intensidad. El amor y la pasión habitaban su corazón y su piel, adueñándose de todos sus tiempos. Era su rey absoluto, soberano de su alma.
Corría la primera semana de marzo, aún las temperaturas eran bajas, aunque el cielo lucía más despejado. Emitió un bostezo, se sentía cansada y con sueño desde hacía un par de semanas, cuando un fuerte resfriado la había obligado a tomar antibióticos.
—Eres tan… —dijo, rompiendo el silencio, con el corazón acelerado. Él levantó la mirada enseguida.
—Sí, lo sé: guapo, buen amante, dios del sexo y el placer.
Eva soltó la carcajada. Flotaban por la vida envueltos en una nube de admiración.
—Iba a decir que eres tan responsable… Trabajando tan temprano.
Brandon sonrió y soltó el móvil sobre una mesa.
—Sí, me gusta madrugar, tengo un trabajo que hacer todas las mañanas.
—Se acercó a ella con mirada ardiente y se tendió a su lado, la envolvió con sus brazos, pegando su cuerpo al suyo, mientras besaba su nuca repetidas veces.
Adoraba la forma en que Eva se veía tan pronto se levantaba, con su cabello largo desperdigado sobre su almohada, despeinado y seductor, su gesto somnoliento y dichoso, la boca hinchada por sus besos.
Le acarició con reverencia el contorno del cuerpo—.
Soy el responsable de tu placer y el amo absoluto de estas preciosas curvas —llevó la mano a su sexo—, de tu humedad, de tus suspiros, adoro cuando te vuelves loca por mis caricias.
—La miró fijamente sin dejar de tocarla, Eva respiraba de manera entrecortada—. Tu desnudez lleva mi nombre.
—¿No es eso un poco troglodita? —preguntó ella acariciándolo a su vez.
—No pienses que son palabras de hombre machista.
No, venero lo que somos, tus deseos y tus ganas son míos y los respeto como no tienes idea.
Tú eres la dueña de esta terrible pasión, de estas ganas por ti que me acompañan siempre y que nunca antes había experimentado, una parte de mí está y estará siempre contigo.
Nos pertenecemos, Eva. Tú eres mía y yo soy tuyo, el resto me tiene sin cuidado.
Abrió el cajón de la mesa de noche y sacó los pendientes a juego con la gargantilla que le había mandado a hacer en su viaje a Nueva York.
—¡Oh, Brandon! Son hermosos, pero no tienes que molestarte, no necesito joyas costosas.
—Para mi chica, lo mejor. ¿Sientes mi deseo en tu piel, así no estemos juntos?
—preguntó con mirada posesiva, con la ansiedad del hombre muy enamorado.
Le angustiaba perderla, que su índole posesiva y celosa la incomodara de alguna forma y lo mandara a freír espárragos.
Quería cubrirla de lujos y de joyas de la cabeza a los pies.
Darle todos los gustos, brindarle el mundo.
—Siempre, siempre —contestó ella estirando los brazos y dejándose amar una vez más.
Cassandra Elliot llevaba semanas con una sola idea en la cabeza: dar de baja en el corazón de Brandon a Eva James. ¿Cómo lo conseguiría? Afortunadamente, no estaba sola en la labor, por lo visto Anne y Ryan deseaban tanto como ella que la nueva relación de Brandon no progresara.
Llevaba años observándolo, viéndolo departir con toda clase de mujeres que babeaban por los tres hermanos como si no hubiera otros hombres en el panorama.
Con la paciencia de un jugador de ajedrez, había planeado la estrategia de cada jugada, mientras se repetía como mantra que Roma no se había hecho en un día.
Se hizo un espacio en el círculo cercano a la familia y vigiló cómo llegaba a su vida una mujer tras otra.
Ni siquiera experimentó el mordisco de los celos por sus múltiples conquistas, porque ninguna de ellas había tocado su corazón; se fijó en cómo las dejaba, nunca de mala manera, porque hasta en eso había sido educado como un caballero.
Sus aventuras nunca le preocuparon, estaba convencida de que, entre más se divirtiera un hombre en su juventud, mejor esposo sería, y Brandon King sería su esposo.
Tenía esa seguridad hasta que apareció Eva James.
No se sorprendió al verlo acompañado en la fiesta de cumpleaños de Anne.
Lo nuevo para ella fueron la mirada de enamorado que vestían sus ojos y el talante protector de sus gestos.
Esas expresiones de afecto encendieron sus alarmas y más al ver lo aprensiva que estuvo la madre de Brandon con la chica.
El entrar a trabajar en el departamento de diseño fue un buen movimiento y un golpe de suerte también, ella había pensado que tendría que irse otro semestre para Italia antes de poder hacer la pasantía en la empresa.
Sus suposiciones respecto a la relación se confirmaron al tener una charla con Anne durante un almuerzo en Glenmoor, un renombrado club de la ciudad.
Era mejor tener a la mayor de los King de amiga, porque de enemiga la mujer era tenebrosa, y ella con tal de lograr su objetivo estaba dispuesta a aliarse con el mismo diablo.
Observó los diseños de líneas elegantes que presentaría en la reunión con los directivos de la empresa. Caminó hasta la mesa de trabajo de Elizabeth; el lugar donde guardaba sus diseños estaba bajo llave. La chica era misteriosa cuando de su trabajo se trataba, desconfiaba de la gente y con razón.
Observó alrededor. La mesa de trabajo no era demasiado grande, con una lámpara especial de dibujo y una silla alta, su espacio era ecléctico y alegre.
Muy diferente a su propio estilo, más minimalista, depurado y elegante.
La puerta estaba entornada y Cassandra se atrevió a husmear en busca de la llave, mirando de reojo la puerta.
Revolvió con cuidado entre sus cosas, pero nada.
Se acercó a un estante ubicado en una pared frontal, donde había diversos materiales, lápices de todos los colores, marcadores y hasta algunas acuarelas, pinceles y vinilos.
En un tarro, con una colección de monedas, había tres llaveros.
Con angustia, porque pronto terminaría la hora del almuerzo, probó las diversas llaves, hasta que por fin una hizo clic.
Tomó la carpeta dorada que contenía los diseños y tuvo que reconocer que eran preciosos; Elizabeth tenía talento, la envidia invadió sus sentires y quiso apropiarse de su trabajo, pero no sería lo más inteligente.
Ya tenían un plan trazado y debían ceñirse a él, esos diseños sacarían a Joyerías Diamond del bache en el que estaba, y también debía pensar en su futuro y en el futuro de la familia, que se dijera que era altruista y desinteresada.
Sonrió y dejó la carpeta dorada en su puesto.
Abrió otra de color azul, observó los dibujos: eran tres diseños de un nuevo logo para la joyería, no tenía idea de que se estuviera trabajando en ello, pero también era poco el tiempo que llevaba en la empresa.
Una idea cruzó por su mente, ya sabía lo que tenía que hacer y ella quedaría como una princesa.
Aferró el móvil y tomó varias fotografías de los diferentes logos. Dejó todo como estaba y salió del lugar rumbo a la oficina de Anne.
—Vamos, no te estoy invitando a almorzar, sé que el ogro me pondría los ojos morados y tampoco quiero que tengas problemas por mi culpa —dijo Ryan sentándose frente al escritorio donde Eva lucía concentrada.
Se sentía molesto ante su negativa a ir a Miché, un restaurante nuevo y exclusivo de la ciudad.
—Estás exagerando —adujo Eva mientras completaba un informe en el computador sin apenas mirarlo, meditando que ese día cumplía siete meses de relación con Brandon.
—Simplemente tengo una reserva en el lugar, algo difícil de conseguir en estos días y se perderá, ya que tengo un compromiso ineludible. Dicen que será el mejor restaurante de la ciudad.
—Regálasela a alguien más, ¿no tienes una novia o amiga que pueda beneficiarse? —preguntó mirándolo de refilón.
Si Brandon no detestara a Ryan, podría llevarlo a almorzar a ese lugar para celebrar, pero era inquisitivo y se preguntaría cómo había logrado una mesa allí y a ella se le haría difícil mentirle.
A medida que pasaban los días se le dificultaba más contarle a Brandon de su incipiente amistad con su hermanastro, y confesarle que le gustaría ayudar a arreglar lo que sea que hubiera ocurrido entre los dos.
Ryan negó con la cabeza.
—Mis citas no son de las que disfrutarían una buena comida. No sé cómo esas chicas pueden caminar a punta de ensalada sin aderezo. Lleva a tu amiga diseñadora, pagaré la cuenta.
—No sé, Ryan. No deseo problemas con Brandon.
Ryan hervía por dentro, a medida que pasaban los días, más difícil se le hacía que la chica confiara en él. Cualquier otra mujer ya estaría comiendo de su mano.
—Vamos, no me digas que eres la clase de chica que hace todo lo que su hombre quiere.
Eva negó con la cabeza.
—No me manipules.
Sus palabras escocieron, ya que se preguntaba por esos días si era verdad que estaba haciendo demasiadas concesiones a su relación. Amaba a Brandon, pero a veces sentía que perdía su esencia y necesitaba de pequeños brotes de rebeldía para sentirse ella misma de nuevo.
—Está bien, pero mi amiga y yo pagaremos la cuenta.
Ryan levantó una de sus cejas. El hombre era guapo en su estilo, caviló Eva, sabía por chismes de pasillo que se relacionaba con modelos de alta costura, y que esas relaciones duraban muy poco.
Lo que Eva no sabía era que tomaba a las mujeres con un entusiasmo físico tan intenso, que las consumía hasta dejarlas hechas cenizas.
—Perfecto, el movimiento feminista nos ahorra mucho dinero a los hombres.
—Yo no estaría tan segura.
—Hazme un favor.
—Dime —contestó Eva sin dejar de trabajar. Ryan se levantó de la silla con un sobre de manila de color rojo que Eva no había notado que llevara en la mano.