HERMANOS KING CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Esa noche, ella había puesto el móvil de manera que él pudiera verla deambular por la habitación acomodando sus cosas.

Llevaba unas bragas de color negro y una camiseta de tiras que apenas llegaba a su ombligo.

Brandon quiso tener el poder de materializarse en esa habitación y que las piernas de Eva le rodearan la cintura, perderse en su cuerpo, sus gemidos y su piel.

Le había enviado el día anterior unas cuantas fotos sexys de ella en la tina, que lo tuvieron empalmado gran parte de la jornada.

Se sentía como adolescente, en ese momento quería que ella se desnudara.

Sus ojos subieron por su cuerpo y su mirada se fue oscureciendo poco a poco. Eva se dio cuenta enseguida.

—Y ahora un regalo para mi chico guapo que ha tenido una paciencia enorme viéndome usurpar gran parte de su closet.

Brandon sonrió con algo de descaro y se acomodó en la cama con las manos detrás de la cabeza.

—He disfrutado, créeme, sobre todo cuando te das la vuelta y ese apetecible trasero se menea como si me estuvieras provocando.

—Es que te estoy provocando —aseveró ella. De repente todo era demasiado intenso. Su pecho subía y bajaba y sin dejar de mirarlo, se quitó la camiseta.

Brandon quedó sentado de golpe.

—¡Dios! —habló con tono de voz ronco sin dejar de mirar los pezones que Eva en ese momento tomó en sus manos.

—Quisiera que estuvieras aquí y que fueran tus manos las que tocaran a esta pasante cachonda que está loca por ti.

—James… Demuéstrame cuán caliente estás por mí.

Ella acercó su boca a la pantalla y le envió un beso.

Se acomodó en la cama y tomó el móvil. Brandon sabía por qué los gestos de su boca provocaban en él una respuesta inmediata.

La relacionaba con su sexo, húmedo, rojo, suculento, la primera vez que lo recibió en su boca, lo enloqueció el vaivén, la ola que lo encerraba devorando su pene, la sangre le rugía y supo que nunca tendría suficiente de ella.

—No quiero estar sola en esto.

Brandon se desnudó veloz y se acostó en la cama. Escuchó el suspiro de Eva.

—Eres tan guapo, no necesitas hacer un gran esfuerzo para humedecer mis bragas. Lo sabes, ¿verdad?

Brandon sonrió encantado.

—Lo sé.

Disfrutaba mucho de su intimidad con ella, era una persona desinhibida y apasionada.

Lo complacía como ninguna. Su erotismo salía a la superficie haciendo que la mente de Brandon se llenara de pensamientos lascivos en los momentos más inoportunos, recordaba su piel suave y cómo se incendiaba con sus caricias.

La expresión arrebatada de sus ojos en los momentos previos al orgasmo tenía el poder de aniquilarlo.

—Me tienes loco, James, no tienes idea de cuánto. Quítate las bragas.

Ella acomodó de nuevo la pantalla del móvil para que él pudiera verla toda. Se quitó las bragas despacio en movimientos ondulantes, sin dejar de mirarlo.

Lo necesitaba todo de ella.

—¿Te gusta? —preguntó Eva.

—Dios, sí.

Brandon acomodó su móvil, para que viera que él también se estaba tocando.

Ella le sonrió y él le devolvió el gesto, Eva se cubrió un pecho con una mano mientras con la otra pasaba los dedos por su sexo húmedo.

El movimiento de su mano se hizo más rápido y echó la cabeza hacia atrás mientras los gemidos sin control escapaban de su boca, al tiempo que le hablaba de todo lo que le gustaba de él y de la manera en que la hacía sentir.

Brandon gemía también mientras se acariciaba sin pausa, hasta que ambos llegaron al orgasmo.

Él se levantó para higienizarse y ella se lavó las manos, ya con el piyama puesto siguieron hablando un rato más.

—Te necesito a mi lado todo el jodido tiempo, James, ¿será nepotismo puro nombrarte mi asistente personal?

Eva soltó la carcajada.

—Solo si me garantizaras que me nombras solo por mis capacidades profesionales podría pensarlo.

—Te lo aseguro.

—No te creo.

—¿Qué pasa, amor? A veces cuando hablamos te noto apagada.

—No me viste apagada hace un rato —contestó ella sin el más mínimo deseo de que profundizar en el tema—. No me pasa nada, un poco de resfriado, quizás.

—Está bien, te dejo descansar, James.

—Descansa tú también, te amo.

—Y yo a ti.

Anne sabía que el tiempo de Eva como su asistente se agotaba, sabía que tendría problemas cuando Brandon se enterara de la jugarreta.

No tenía nada que reprocharle a la joven sobre su trabajo, pero en su tesón al no amilanarse ante sus ridículos pedidos, veía a una igual, y otra cosa que también la sorprendía: la chica no le temía y eso sí la preocupaba.

Siempre supo que sus hijos al llegar a la adultez serían el blanco de las chicas casaderas.

Anne nunca le había prestado importancia al hecho, hasta Eva.

Ella no creía en toda la cháchara del amor romántico y las almas gemelas, era más bien de un pensamiento práctico, el hombre se casaba cuando necesitaba hacerlo, la mujer que se cruzara en el camino sería la indicada y Eva había tenido la suerte de cruzarse en un momento de la vida de su hijo en el que deseaba algo de estabilidad emocional.

Consideraba a Brandon muy joven para el matrimonio, tenía apenas veinticinco años, pero prefería mil veces verlo casado con Cassandra Elliot, de la que conocía todo su entramado social y familiar, a que Eva James se llevara el premio gordo.

Lo más probable era que la chica fuera una cazafortunas y que debajo de su apariencia inteligente, comedida y profesional se escondiera una mujer interesada.

Anne no quería advenedizas en su entorno, no había trabajado años en su imagen social para que una trepadora le viniera a dañar el cuadro.

Era imperativo empezar a actuar antes de que Brandon se siguiera encaprichando.

Se percató, por la investigación hecha, de que los padres de Eva tenían una deuda de casi treinta mil dólares y ningún banco les avalaba el préstamo, y recurrió a Ryan, que por medio de una fiducia conocida y de confianza les ofrecería el dinero con intereses bajos, para empezar a pagar la deuda durante el mes de junio, fecha en que ella aspiraba a que los jóvenes ya no estuvieran juntos.

Brandon no se enteraría de nada y les daría tiempo a ellos de seguir con sus planes.

Ryan hizo una llamada a Jason Phillips, gerente de Fiduciarias North Trust, que le debía un par de favores.

—Jason, ¿cómo vamos con esa inversión de la que te hablé hace tres meses? ¿Ha dado buenos dividendos?

—Sí, las acciones no dejan de subir, ha sido algo bueno.

—Bien, bien, ahora quiero que me hagas un favor especial, quiero que examines la carta crediticia de Pastelerías Milly, es un pequeño negocio en Evanston.

Ryan escuchó al hombre teclear el nombre en una computadora.

—¿Qué? ¿Ahora vamos por los negocios pequeños de comida?

—Algo así.

—Hay una obligación financiera que llevan tres meses sin cumplir. Tienen una solicitud de préstamo por treinta mil dólares, pero ninguna entidad financiera ha querido avalar el préstamo, falta de garantías.

—Quiero que les prestes los treinta mil dólares.

Se escuchó solo el ruido de la respiración al otro lado de la línea.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó el hombre con tono preocupado después de unos segundos.

—Sí, esto es muy serio —lo cortó Ryan—. Quiero que te acerques a ellos y les digas que aparecieron en tu base de datos como candidatos a un préstamo en algún tipo de programa de ayuda a medianos negocios emergentes.

—Pero…

Ryan lo interrumpió de mala manera.

—Escúchame atentamente, esa deuda estará avalada por mí, no te preocupes, pero nadie debe saberlo, nunca. Yo pagaré las primeras tres cuotas, será una especie de regalo para ellos.

—Me abisma tu buen corazón —señaló el hombre con voz sarcástica.

—No tienes ni idea.

Eva llevaba cuatro días trabajando como asistente.

Era mediodía cuando Anne le escribió un mensaje donde le pedía que recogiera el almuerzo en Points.

Eva sabía que era el mejor restaurante de la ciudad y le pidió también que tuviera los platos listos para dos personas en su oficina a la una.

Eva se llevó una sorpresa al ver a Cassandra y a Anne sentadas charlando como dos buenas amigas.

—Emma, que sorpresa, no había tenido oportunidad de saludarte —dijo Cassandra mientras se ponía la servilleta en las piernas.

Eva, cuya paciencia se estaba colmando, le refutó con dientes apretados.

—Soy Eva.

—Muy bonito tu vestido —señaló Cassandra. Eva vestía un traje talego color verde esmeralda y zapatos de tacón negro—. ¿Qué diseñador vistes?

—La verdad, no lo sé, lo encontré en una percha en Saks.

—Ah —dijo la mujer despectiva—. Es un sin nombre.

—¿Perdón? —preguntó Eva mirando la vestimenta y el maquillaje de la chica. La verdad no veía gran diferencia entre un vestido y otro. A Brandon le había costado sus buenos dólares.

—Un diseñador sin nombre.

Eva no entendía aún el juego de Cassandra.

—Cassandra solo usa ropa de diseñador —intervino Anne.

—Dior, Chanel, Balenciaga y, a veces, Carolina Herrera.

A Eva eso no podía importarle menos, pero el tono desdeñoso utilizado por Cassandra para criticar su apariencia le causó una gran molestia.

—Sírvenos agua, querida, si eres tan amable —pidió Anne, sin mirarla—. Como te decía, tus padres serán bienvenidos, Brandon también asistirá, por supuesto.

—Desde ya, espero que me reserves un asiento junto a él —manifestó Cassandra, sin importarle la presencia de Eva.

Ella dejó de escucharlas, se sentía descorazonada.

Observó a Cassandra de refilón, la chica era lo que ella nunca sería, elegante, con clase, de familia adinerada.

Era mucho mejor pareja para Brandon y se sintió ridícula al ver en lo que se había convertido su vida por amor a un hombre, algo que se juró no hacer jamás.

—Por supuesto, querida.

Sin importar lo que el par de mujeres dijeran, Eva salió de la oficina sin apenas despedirse. No lo toleraba más, hablaría con Brandon, hasta caviló en pedirle a Ryan que intercediera por ella. Iba rumbo a la oficina de Recursos Humanos cuando justo chocó de frente con él.

—Hola —saludó el hombre, jovial. Caminaba con ambas manos en los bolsillos.

—No es buen momento, Ryan.

—Tranquila, los amigos estamos también para los momentos malos. Vamos, te invito a almorzar —dijo señalando la puerta del ascensor.

Lo pensó unos segundos, recordó las recomendaciones de Brandon, pero él no estaba allí en esos momentos y necesitaba hablar con alguien.

Además, su novio tendría un compromiso familiar el fin de semana del que ella no haría parte.

Necesitaba dejar de estar bajo el ala de Anne, era tóxico para ella como profesional, como mujer y para su relación con el hombre del que estaba enamorada.

No quería que las inseguridades empezaran a azotarla.

Ella era una mujer segura y con una sana autoestima, estaba en ese lugar porque había sido su decisión, tomada con cabeza fría, para vivir una buena experiencia laboral de la que se enriquecería, aunque lo más importante de todo era acompañar al hombre que amaba en ese trecho tan difícil de su vida.

Pero las cosas no estaban saliendo bien y el miedo a haberse equivocado empezaba a cercarla.

—Vamos —dijo.