CAPÍTULO 16
Eva, vestida con una de las camisas de Brandon y sentada encima de la cama con las piernas recogidas, lo observaba hacer la maleta.
Todo empezaba a tener algo de sentido. Brandon tenía una cualidad que lo diferenciaba de cualquiera que hubiera conocido, aparte de su aspecto y su arrolladora inteligencia y de la labor titánica que se había echado sobre sus hombros, era un hombre seguro de sí mismo, con la capacidad de armonizar en cualquier ambiente.
Quería conocer más cosas de él, quería escucharlo hablar de su infancia, cómo fue crecer en esa enorme mansión y rodeado del cariño de la señorita Selma y de sus hermanos, y al lado de una mujer tan fría como Anne King.
Aunque solo por el hecho de haberlo traído al mundo, ella tenía su más sincero agradecimiento.
—Quiero que te quedes aquí. Vivamos juntos, tengo suficiente espacio en este departamento para los dos. Estarás más cómoda que en la vivienda de la universidad.
Brandon echó un maletín de cuero con sus útiles personales y cerró la maleta que dejó a un lado de la cama, saldría para el aeropuerto antes de las seis de la mañana.
Se acercó a ella, que lo miró pasmada por su propuesta, y la tomó de las manos.
Habían hecho el amor tan pronto habían cruzado la puerta del departamento.
La necesidad que los devoraba no les daba tregua.
—¿No es muy pronto?
Brandon blanqueó los ojos.
—¿Me amas?
Ella se levantó y se apoyó en las rodillas.
—Claro que te amo, el vivir juntos no tiene que ver con eso.
Brandon la abrazó y la sentó en su regazo.
— Todo tiene que ver con eso. Me importa mucho.
Eva se quedó en silencio unos segundos, mirándolo a los ojos, unos ojos cálidos, brillantes y, sí, enamorados.
—Brandon, ¿estás seguro? Llevamos menos de tres meses juntos.
—¿Y qué? Eso no hace que te ame menos.
—Eres un manipulador. ¿Cuál sería mi aporte? Los gastos de este lugar deben ser muy altos.
Brandon blanqueó los ojos.
—Puedes pagar la colada o la televisión por cable, escoge lo que quieras, a mí me harás feliz.
—Al ver su ceño fruncido, insistió—. Cariño, me esperan meses jodidamente difíciles, hazme las cosas un poco más fáciles.
Te amo y quiero despertar a tu lado todas las mañanas, eso hará mis días mucho mejores, te lo aseguro.
Eva elevó la comisura de los labios.
—Está bien, dios del sexo y el placer, me convenciste.
La tiró en la cama y comenzó a hacerle cosquillas. Eva se alejaba, pero Brandon la tenía cercada.
—No puedes resistirte a mí.
—¡Déjame! No lo hagas. —Se reía demasiado para detenerlo—. ¡Basta! Soy tu compañera de departamento.
—¿Y eso que tiene que ver? —Los dos reían sin poder contenerse y Brandon la sujetaba entre sus brazos.
—Me debes respeto.
—Claro que te respeto. —Se detuvo un momento y la miró, era tan bella y tan mujer, y tuvo el impulso de aferrarla a él para siempre—. Te respeto tanto que está noche te volveré loca a punta de orgasmos y mañana apenas podrás caminar.
Ella acercó su cuerpo al suyo y le sonrió mientras él comenzaba a acariciarla y a besarla.
Eva observaba la lista de cosas que hacer para Anne King y no sabía si reír o llorar.
Jugo Détox de Green and Coffe, el nuevo perfume de Bulgari y por fin algo remotamente relacionado con su pasantía: informe de los ingresos de las joyerías de Chicago y Nueva York, aunque fuera solo imprimirlos, ya era algo.
Confirmaciones de tiquetes y hotel para ella y la señorita Cassandra Elliot para la semana de la moda en Nueva York.
Itinerario del viaje. Meditó, recordando por qué estaba en ese lugar.
Ella podría con eso y más, era una carrera de resistencia a ver quién se cansaba primero, cavilaba, mientras cumplía con su trabajo.
Al llegar a la cafetería del piso, se encontró de nuevo con Ryan. Brandon le había dicho que no confiara en él, pero era tan amable con ella y vivía tan pendiente de que almorzara o de que se tomara unos minutos de descanso, que hubiera sido abiertamente grosera al ignorarlo.
—¿Cómo vamos? —preguntó, preparándole el café como a ella le gustaba.
—Muy bien, hoy vislumbré algo de mi carrera.
Ryan levantó una ceja y se sentó frente a ella.
Era un hombre atractivo y siempre vestía de manera elegante, pero su mirada era impenetrable, lo que hacía difícil confiar en él; aparte de que Brandon, de saberlo, tendría un arranque de mal genio.
Sin embargo, en cuanto volviera del viaje hablaría con él sobre Ryan, no quería ocultarle cosas.
—Ya es algo, ya sabes, cuando quieras cambiar las cosas, no tienes sino que decírmelo, no me gusta cómo te trata Anne.
—Serán pocos días, o eso me dijo ella, estaré bien y mejor voy con el agua “fresca”.
—Deberías salir a almorzar conmigo uno de estos días.
—No creo que a Brandon le guste.
—No tiene por qué gustarle o saberlo, es solo un almuerzo, como amigos, necesitas oxigenarte un poco. Piénsalo.
—Gracias.
Al mediodía, con media hora para ella, salió a comer algo.
Un viento frío la recibió en cuanto atravesó la puerta, se arrebujó su abrigo y caminó a paso rápido hasta una cafetería a media cuadra de la empresa, donde vendían sándwiches y diferentes clases de ensaladas.
En la fila para pagar se encontró con una chica que había visto en días pasados en su piso.
Pagó su pedido y se sentó en una mesa mientras esperaba a que la llamaran. La chica se acercó.
—¿Puedo? —Eva asintió. Era de ascendencia latina, de cabello oscuro, largo y ondulado, ojos cafés y piel trigueña. Alta y de curvas pronunciadas—. Eres la nueva asistente de la señora King.
Eva asintió.
—Hola, soy Eva James.
—Soy Elizabeth Castillo, una de las diseñadoras.
Las llamaron para recoger el pedido y luego tomaron de nuevo asiento.
—¿Cuánto llevas diseñando joyas?
—Llevo un año trabajando con los King.
—Eres muy joven —observó Eva antes de darle un mordisco a su sándwich. La comida no era gran cosa, pero le supo a gloria después de la mañana de mierda que había tenido.
—Tengo veintitrés años. Estudié diseño en Colombia y luego completé mis estudios en la escuela de arte de aquí de Chicago. La señora King estuvo en una exposición en la que exhibí una serie de diseños y desde entonces estoy con ellos.
—Brandon me mostró los diseños que presentaran en la semana de la moda y son preciosos, modernos, muy lineales.
Elizabeth no se mostró sorprendida por la confianza que Eva mostró al referirse a Brandon, se dijo que a lo mejor ya más de uno conocía el lazo que los unía. Al fin y al cabo, llegaron juntos el primer día de trabajo.
—Sí, quisimos darle un enfoque diferente con miras a los cambios que haremos en los próximos meses, estoy trabajando en un nuevo logo, la verdad, el nombre no da para hacer algo diferente, pero hay que imprimirle un aire moderno al logo que ya existe.
—Te entiendo.
Eva quiso preguntarle por Cassandra. No tuvo necesidad de hacerlo.
—Alguien de mi departamento ha estado haciendo averiguaciones sobre ti.
—Déjame adivinar. —Se limpió la boca con una servilleta—. Cassandra Elliot.
—¡Sí! Lo sabes.
—Difícil no saberlo, la conocí en la fiesta de cumpleaños de la señora King.
—Eva… —Se recostó contra la silla y suspiró—. Sé que no te conozco de nada, pero… ¿puedo darte un consejo? Un consejo que nadie me ha pedido, ya lo sé.
—Claro. Dime.
—Con Anne… cuidado.
—¿Por qué? ¿Has escuchado algo?
—Juega sucio, aquí hay un poco de gente que tiene la máscara bien puesta. Ten cuidado. Te lo digo porque me pareces buena chica. Es un consejo y Cassandra —soltó un suspiro—, no podría asegurarlo por el poco tiempo que lleva aquí, pero creo que es de su misma índole.
Eva le agradeció y cambió el tema. Después de diez minutos de charla frívola sobre vestidos, zapatos y música, caminaron hasta la oficina, se despidieron junto al ascensor y Eva volvió a su trabajo.
Hablaba con Brandon varias veces durante toda la jornada y en las noches hasta altas horas.
Él la empezó a notar algo apagada en sus conversaciones, pero ella le insistía en que no le ocurría nada, que solo lo extrañaba.
Cuando visitó la sucursal de la joyería de la Quinta Avenida, quedó prendado de un diamante cuyo color era exacto al tono de los ojos de Eva.
Lo mandó a engastar en forma de colgante solitario que se desprendía de una cadena de platino de un tejido sencillo y elegante, ya sabía que con Eva menos era más.
Luego se percató de que un colgante como ese necesitaba, de manera obligatoria, unos pendientes a juego y mandó a elaborar los aretes, se los enviarían a Chicago la próxima semana.
La imaginó caminando hasta él, desnuda, con solo la joya puesta.
Estaba tan enamorado, abismado por lo que experimentaba en esos momentos, por la avalancha de sensaciones que a veces lo aterraban o contra las que quería rebelarse.
Ese nuevo sentimiento diluía sus relaciones anteriores a cenizas, era como si estuviera estrenando el corazón, que cambiaba de revoluciones solo con escuchar su tono de voz al otro lado del teléfono.
En cuanto al trabajo, fue todo un mérito lograr un aplazamiento del próximo pago de la obligación financiera con el banco, parecía que su nombramiento como CEO había sido beneficioso para el buen nombre de la empresa y los bancos, que sabían que los descendientes eran dueños de una fortuna, veían con tranquilidad los nuevos cambios.