CAPÍTULO 13
La semana siguiente, Eva tenía en su bandeja de correos la confirmación para empezar su práctica la tercera semana de enero en la empresa D llevaba el cabello húmedo por la ducha que seguro había tomado más temprano.
La miró con un brillo en los ojos y algo parecido a la ternura.
—Novia. —Sonrió de medio lado y le guiñó el ojo—.
Primera vez que dices la palabra y no te atragantas.
Claro que lo hice por eso. —Lo vio levantar las manos, en un intento de calmar la andanada que sabía que seguiría al ceño fruncido de ella, debido a su interferencia—.
James —continuó, serio—, necesito que bajes las armas cuando hables conmigo, tú y yo estamos del mismo lado.
Aparte de ser “mi novia”, eres una de las estudiantes más brillantes de ese jodido curso.
¿Qué tiene de malo querer reclutarte en mis filas?
Lo vio poner la carne en la sartén y luego revisar el horno, del que salió un aroma a mantequilla. Estaba preparando su comida preferida: patatas en salsa blanca con mantequilla, carne a la plancha y vegetales salteados.
—Que en tu empresa se darán cuenta en poco tiempo de que me diste el trabajo por el vínculo que compartimos.
—No me puede importar menos lo que piensen los demás, soy el jodido dueño, al que no le guste, que se vaya.
—Nepotismo en su máxima expresión. —Brandon se rio entre dientes—. No sé, para ti es muy fácil decirlo, pero seré yo la que tenga que trabajar el doble para demostrar mi valía.
—Trabajarás el doble, de eso no te quepa duda, soy muy exigente y no vas a tener ventajas, señorita James.
—Brandon, no quisiera…
—Cariño —interrumpió él—, voy a necesitar muchísima ayuda y quiero aprovecharme de tu talento. Necesito rodearme de gente en la que pueda confiar.
—Si lo pones de esa manera. —Suspiró Eva, apaciguada, cada vez le era más difícil sustraerse al embrujo que Brandon ejercía en ella—. Pero necesito que me digas la verdad, independientemente de que trabaje contigo o no, ¿por qué no quieres que vaya a Nueva York?
Brandon se lavó las manos con gesto serio, concentrado. Lo invadió la angustiante necesidad de tocar esa piel tersa, besar el sedoso pelo rubio.
—No quiero perderte, la distancia hace estragos en las relaciones y no deseo estar separado de ti.
—Los brazos masculinos la rodearon. “Aparte de que no querré saber que habrá algún tipo rondándote, y por el pequeño detalle de que cada día que pasa te necesito más, tanto como al aire, pero si te lo digo, saldrás corriendo por la intensidad de mis sentimientos y no te culparía”.
Estaba sorprendido por todo lo que Eva le inspiraba, el hambre de ella era una necesidad que se había instalado en su cuerpo sin visos de ser saciada. Todas eran emociones tan primitivas y profundas, que le parecía imposible estar experimentando algo así.
—Puedes aprovecharte de mi cuerpo también —dijo ella, dándole besos en la mandíbula y en el cuello.
—Es lo que planeo hacer en este momento, señorita James.
La Navidad llegó como todos los años, con la nieve, las luces, los árboles decorados y las tazas de chocolate caliente con malvaviscos de colores nadando en su superficie.
Eva disfrutaba de esa fiesta, de las aglomeraciones, el frío, la comida.
A veces cenaban en algún restaurante cercano al departamento, asistieron a un concierto de villancicos en el Pabellón Pritzker en Millenium Park y una noche se aventuraron a disfrutar de una función del Fantasma de la Ópera.
La primera semana de enero, unos días antes de iniciar la practica universitaria, Eva recibió la invitación de Brandon a acompañarlo a la fiesta de cumpleaños de su madre, que se celebraba en la mansión a finales de la segunda semana de enero.
—No tienes nada de qué preocuparte, aquí está la mujer maravilla al rescate, no perteneceré a la realeza apolillada de esta maldita ciudad, pero algo recuerdo de ese mundo —sentenció Janeth en cuanto Eva le dio la noticia.
Sus padres se habían divorciado cinco años atrás y el padre, que era dueño de una compañía inmobiliaria, se había vuelto a casar. No había sido muy generoso en la repartición de bienes, por lo que Janeth ya no podía disfrutar del mismo nivel de vida con el que había crecido.
—Me tranquiliza saberlo —señaló Eva con algo de sarcasmo, mientras ojeaba un libro con apariencia distraída.
—¿Cumpleaños de la suegra? Vaya con el chico King, quiere darte en grande la bienvenida a la familia. Ese evento siempre es comentado en blogs y páginas de farándula, es de etiqueta.
—Sí, así es. Brandon me dijo que su madre está preparando una fiesta con no sé cuántos invitados.
—¡Debes verte fabulosa esa noche! Lástima que no llevamos la misma talla de sostén, porque tengo un vestido color esmeralda de mis últimas compras en París, antes de caer en desgracia.
Recuerdo que lo encontré en una percha de saldos de Chloé.
—Janeth observó de nuevo los pechos de Eva y negó con un gesto—. Se saldrían al momento.
—No quiero causar una impresión errónea ni verme tampoco como una mujer trofeo, además, aunque quisiera, no tengo el dinero, ni de lejos, para comprar algo costoso.
Brandon insistió en comprarme un vestido.
Está tan mortificado porque no acepté, que pienso que se arrepiente de haberme invitado —dijo preocupada.
—Deberías aceptarlo, para él no es gran cosa y solo viéndote como los demás te sentirás cómoda. Levántate.
—No puedo aceptarlo, si no puedo ir por mis propios medios, prefiero desistir y conocerlos en otra ocasión. Le dije a Brandon que ni se le ocurriera darme la sorpresa de ninguna forma.
Eva se puso de pie en medio de la habitación mientras Janeth revoloteaba a su alrededor con expresión levemente divertida y porte altivo y distante.
—Si se me apareciera un hombre en plan Mujer bonita ofreciéndome vestidos y joyas, no diría que no, aunque esa soy yo, que soy una desvergonzada. Pero tú alégrate, estamos en el país de las oportunidades, donde millones de cenicientas encuentran su príncipe.
—No estoy buscando un jodido príncipe, prefiero ser de esos millones de chicas que estudian, sacan un título adelante y se hacen cargo de su vida, y que, si se enamoran, escogen un compañero de vida, no alguien que se la solucione.
Janeth desestimó su comentario con un gesto de la mano.
—Iremos a una vintage shop, pero no las que visita todo el mundo, iremos a una joya en el casco histórico.
La tienda estaba en una casa y ocupaba los dos pisos, una mujer que conocía a Janeth la saludó de forma efusiva.
Los vestidos de fiesta estaban en una habitación especial junto a los vestidores.
Eva se dejó seducir por diversos modelos y luego de varias pruebas, empezó a divertirse.
Desfiló con un Givenchy, un modelo de Carolina Herrera y también un Dior, pero el vestido que le quitó la respiración fue un Balenciaga de color ciruela, que era una declaración sofisticada con pliegues suaves que terminaba con un escote halter clásico y sexy.
El tono de la tela realzaba el color de su piel.
Era una prenda sin edad ni temporada, de esos vestidos clásicos que estarían a la moda toda la vida.
—Cabello suelto en ondas, labial rojo y aretes de brillantes, mis Jimmy Choo te servirán. Oh, Dios, ¡vas a matarlo! —sentenció Janeth—. El chico no se dará cuenta de por dónde vino el golpe.
La mujer que salió a la salita de la vivienda de Eva en cuanto Brandon tocó la puerta no era la misma chica que veía en el día a día en la universidad, ni la que trabajaba en un bar para sostenerse, ni la joven fresca y desmelenada a la que le llevaba el desayuno a la cama, sino la criatura más bella que había visto en su vida.
La miraba literalmente con la boca abierta, el cabello en ondas, como el de esas actrices de los años cincuenta, el brillo del delicado tono de su piel, la boca de labios gruesos bien delineados.
—Soy un bastardo con suerte —exclamó con asombro—. ¡Estás bellísima!
—Gracias, tú también estás muy guapo —dijo Eva con una sonrisa de bienvenida de la que procuró borrar todo asomo de satisfacción. Había logrado el efecto deseado.
—¿Nos vamos? —preguntó él, mirándola todavía con asombro. La ayudó a ponerse un abrigo negro de fina factura que Janeth había pedido prestado a su madre.
El nudo en el estómago de Eva se apretaba más y más a medida que se acercaban a la mansión de la familia King.
Se escuchaba una canción de Lady Gaga en el equipo de música del auto.
Brandon le echó un vistazo, ella miraba por la ventana, con la espalda recta y las manos en el regazo, comenzó a mover una de ellas de arriba abajo y con la otra se tocó el lóbulo de la oreja.
Notó la profundidad de su respiración cuando la casa iluminada se materializó ante ellos.
Sus fosas nasales de dilataron tratando de absorber los matices de su aroma a limpio, a jazmín, a algo dulce que era inherente a ella y que saturaba el espacio del auto.
—¿Estás bien? —Le tomó la mano helada y besó el dorso.
Ella inspiró fuerte, al observar la gruesa puerta de hierro abrirse ante ellos, el amplio jardín iluminado y los autos de alta gama aparcados a lado y lado de la vía. Había varias personas entrando por la puerta principal.
—Sí, estoy bien. Nunca me dijiste que vivías en un palacio.
—Esto no es un palacio, es solo una mansión —respondió ante su mirada aprensiva.