HERMANOS KING CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Eva condujo hasta su casa al día siguiente de la cena en casa de Brandon.

Una hora después llegó a Evanston, al local de sus padres ubicado en la vía principal del condado.

Pastelería Mili era un negocio mediano, situado en una esquina, con varias mesas en la terraza y media docena más en el interior.

A Eva le gustaba el olor a café, vainilla y canela que se desprendía de las paredes del lugar y que siempre relacionaba con la cocina de su madre.

Millicent, una mujer de estatura mediana y acuerpada, con el cabello claro, agarrado en una cola de caballo, soltó las pinzas con que organizaba las magdalenas, que eran famosas entre los vecinos y los estudiantes universitarios del sector.

—¡Eva! —salió de la vitrina y la abrazó. Vestía jeans, tenis y una camiseta con el logo del negocio que era la silueta de un cupcake de color chocolate y verde menta—. Llegas temprano.

—Preferí salir antes de que el tráfico se pusiera imposible. También quería ayudar.

Su madre volvió detrás de la vitrina. Había un par de comensales degustando capuchinos acompañados de croissants. Una mesera jovencita atendía la mesa del fondo.

—Toda ayuda es bienvenida, sabes que hoy tendremos mucho movimiento.

Las vitrinas ya estaban pertrechadas con toda clase de postres y tortas que su madre y una pareja de chinos confeccionaban en la cocina interior del local.

—Tu papá está en la oficina, instalaron el nuevo software que nos recomendaste, no le ha ido muy bien.

Eva tenía muchas ideas para modernizar el negocio familiar.

Le costó un poco de trabajo que su padre, que era el que manejaba el área financiera, automatizara muchos procesos de la parte contable, aunque al final terminaba dándole la razón.

Pensaba que si ellos supieran el potencial que tenían entre manos, hubieran invertido mucho más, pues el lugar estaba ubicado en una esquina estratégica y, además su madre se había ganado a pulso el buen nombre.

Ella soñaba con llevar Pastelería Mili a otro nivel, pero Ian y Millicent eran muy prudentes cuando de finanzas y sueños se trataba, no habían tenido unos años fáciles y apenas empezaban a salir del agua.

Eva encontró a su padre sentado frente al computador.

—Hola, papá.

Ian la miró por sobre las gafas, le abrió los brazos y le sonrió.

—Hola, princesa.

Se acercó y lo abrazó.

—Me alegra que ya estés aquí. —Señaló enseguida el computador—. Este programa me está dejando calvo.

Era un hombre alto y delgado, con el cabello y los ojos del mismo color que Eva.

Llevaba el corte militar y la mandíbula despejada.

Vestía igual que su esposa. En la pared se apoyaba un bastón, que debía usar debido a la lesión sufrida en su pierna.

No había sido fácil la convivencia para el matrimonio James desde el accidente.

La baja y la lesión de Ian habían sido un duro golpe para la familia.

Eva le explicó a su padre de manera sencilla y eficaz todos los pasos a seguir y él anotó en un cuaderno cada explicación de su hija.

—En cuanto lo mecanices te darás cuenta de las ventajas y te vas a preguntar cómo viviste sin ese programa.

Ian soltó una sonrisa irónica.

—A veces no sé si nos estamos condenando al dejar todo en manos de estas malditas máquinas. ¿Qué fue de los libros de contabilidad, los recibos escritos a mano y las calculadoras de escritorio? —La miró de nuevo.

Eva frunció los hombros y le sonrió burlona.

—No sé de qué me hablas.

—¿Qué tal se portó el auto?

—Bien.

—Quisiera que miráramos uno nuevo. Esa bolsa de chatarra ya cumplió su ciclo.

—Robert está muy bien.

—No, no está bien que mi brillante hija esté expuesta a un peligro si está en mis manos evitarlo. Mañana trabajaré en él un rato —dijo con aire apagado volviendo al computador.

—Gracias, papi. ¿Qué pasa? ¿Cómo va el trámite del préstamo bancario?

—El banco nos negó de nuevo el préstamo, si no conseguimos esos treinta mil dólares, nos veremos en dificultades.

—Lo solucionaremos de alguna forma —lo tranquilizó Eva.

Sus padres habían tenido una fuerte crisis económica en cuanto Ian se licenció del ejército, las facturas médicas y una recesión en la zona, al llegar algunas grandes cadenas de pastelerías al sector, habían mermado los ingresos y las deudas no disminuían.

Ella estaba deseosa de graduarse y ayudar a pagar algunas de ellas.

El resto del día Eva laboró junto a su madre en la pastelería, recibía mensajes de WhatsApp de Brandon cada tanto. Su hermana Helen pasaría la noche en casa de su novio, por lo que la vería al día siguiente.

—¡Hola, familia! —saludó Helen desde la puerta.

—Estamos en la cocina.

—Mi lugar favorito de la casa en Acción de Gracias —dijo con talante sarcástico en cuanto se materializó en el lugar. Era muy parecida a los dos padres, el cabello de la madre, los ojos y la contextura del padre. Higienista dental en un consultorio del condado, vivía en el mismo vecindario.

Eva y Millicent ya tenían el mesón de la cocina tapizado de ingredientes para la cena. El ambiente estaba impregnado a diversas especias. Los muebles de madera de más de una década tenían historia. En el alfeizar de la ventana había macetas pequeñas con hierbas.

—No te salvas querida —contestó su madre.

Helen abrazó a Eva, que pelaba patatas. Ya el pavo estaba en el horno y Millicent mezclaba los ingredientes de una de las guarniciones. La joven se puso en la mitad de la estancia y extendió la mano, emocionada.

—¡No! —exclamó Millicent con la mano en el corazón.

—Oh, mi Dios, es hermoso —dijo Eva en cuanto se acercó a evaluar el anillo de compromiso de su hermana.

—¿Fue anoche? —preguntó la madre.

Helen hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Estoy segura de que tu padre lo sabía. Estuvo nervioso hasta tarde.

—Yo creo que sí —confirmó Helen—. Se cuentan todo.

—¿Cómo fue? No, espera —dijo Millicent acercándose a la nevera—. Esto merece un brindis. ¡Ian!

—Papá salía al almacén de repuestos de Tom cuando yo estaba estacionando —indicó Helen mientras sacaba las copas de cristal de un mueble alto—. Brindaremos nosotras.

Se sentaron ante el mesón con las copas de champaña. Después del brindis, Helen empezó el relato.

—Me invitó a cenar a Davi´s.

—Eso ya debió haberte dado una pista —dijo su madre.

—¡Qué va! —manifestó ella sin dejar de mirar el anillo—.

Me dijo que había ganado un contrato con el ayuntamiento y que deseaba celebrar.

Aunque tenía la esperanza de que se propusiera.

Mis expectativas aumentaron cuando nos llevaron a una de las mesas del fondo, ya sabes, las que dan al jardín, las más románticas.

Ordenamos unas entradas, brindamos y yo esperaba, pero él charlaba como si nada.

Cuando vino el primer plato tapado, se me aceleró el corazón, y cuando el mesero lo destapó, les juro que esperaba encontrar la caja, pero no, eran las jodidas setas al ajillo.

Luego, en medio de la cena, se acercó un violinista y pensé, esta es.

El violinista tocó para Para Elisa, sabes que es de mis favoritas, pero el músico se fue, y nada sucedió.

Tampoco con el postre, así que me dije que esa noche no sería la propuesta.

Salimos del restaurante y me invitó a dar una vuelta por la plaza, no tenía muchas ganas, la verdad, estaba haciendo un frío de los cojones, pero algo en sus ojos renovó mis esperanzas de nuevo.

Y al llegar al atrio que hay en la plaza, se encendieron cientos de luces y escuché nuestra canción, entonces lo veo con la rodilla en el suelo y la caja del anillo en la mano.

Me solté a llorar como una tonta y le dije que sí antes de que abriera la boca.

—¡Es lo más romántico que he escuchado! —exclamó Millicent con lágrimas en los ojos.

—¡Nos casaremos en primavera!

—¡Felicitaciones! —lanzó Eva abrazando a su hermana.

La tarde transcurrió con las mujeres tomando champaña, celebrando y haciendo planes, revisaron el pavo y Millicent fue a poner la mesa mientras las chicas preparaban la ensalada.

—¿Estás saliendo con alguien?

Eva, algo achispada por el par de copas de champaña, sonrió.

—Sí.

—Gracias, Dios, por fin olvidaste al cabrón de Tyler.

Eva sacó su móvil del bolsillo y buscó una fotografía de Brandon que le había tomado un día en clase, le extendió el artilugio a su hermana.

—¿Quién es? —preguntó Helen.

—El chico con el que estoy saliendo.

Helen abrió los ojos y la miró sorprendida.

—¡Joder! ¿Es en serio? Está buenísimo, se me hace conocido. ¿Quién es? ¿No es un poco mayor que tú?

—Apenas tres años, su nombre es Brandon King.

—King, King… —repitió Helen y abrió los ojos—. No será…

—Sí.

—Eva, ese chico es parte de la realeza de Chicago.

—No me digas que es como el jodido príncipe William, porque te ahorco con el limpión.

—No es como el príncipe William, es más guapo y caliente que el jodido príncipe William. No sabía que estudiaba en esa universidad —dijo con el ceño fruncido.

—¿Qué? —inquirió Eva mientras machacaba unas lechugas.

—¿Va en serio?

—No lo sé aún —contestó cauta.

—No quiero que pases por lo mismo que pasaste con Tyron.

Eva interrumpió su labor.

—¿Te has puesto a pensar que a lo mejor la que no quiere nada serio soy yo?

Helen la miró sorprendida.

—¿De verdad? —Sonrió— ¿Entonces vas a utilizar ese fabuloso cuerpo que tiene?

Eva se sintió mal mintiéndole a su hermana, confiaba en ella, pero no estaba aún preparada para hablar de los sentimientos que le inspiraba Brandon, prefirió dejarlo en un plano superficial.

Sonrió sin querer, si él la escuchara no estaría muy contento con su admisión ante Helen.

Brandon era intenso y muy serio. No había dejado de pensar en él, quiso cerrar los ojos y abstraerse en el recuerdo de la última noche juntos.

Si fuera sincera con Helen le diría que lo sentido por Tyler era una pálida emoción comparada con lo que Brandon le inspiraba, pero tenía temor de bajar sus defensas construidas con tanto celo.