HERMANOS KING CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Los días siguientes, Brandon y Eva los vivieron envueltos en la burbuja del enamoramiento, se dedicaron a conocerse y a compartir.

En la universidad apenas se separaban, las chicas del aula no estuvieron nada contentas cuando se enteraron del romance, y aunque Eva no era del tipo celoso, se sorprendía al experimentar rabia cuando coqueteaban con él en su presencia.

Se encontraban a almorzar en el campus y la recogía después de terminar su turno los días que laboraba como mesera en el bar.

Algunas noches comían juntos, preparaban la cena entre ambos y veían alguna serie televisiva de la colección que tenía Brandon en casa.

Hablaban de todo, lo que le permitía conocer cosas de él que ni siquiera hubiera sospechado.

Brandon le contó algunas de las peores discusiones con su madre y Eva se percató de que la mayoría de las peleas discurrían en relación con el negocio, y también cuando él exigía una participación más activa, por parte de ella, en la vida de sus hermanos.

Se consideraba más fuerte emocionalmente que Nathan y Mathew, se había echado la responsabilidad de su bienestar en los hombros y eso hablaba de su valía.

Vivía al pendiente de sus necesidades, ella lo escuchaba hablar con ellos, aconsejándolos o regañándolos.

—Eres la primera persona, después de la señorita Selma, a la que le puedo contar mis cosas. Me gusta la sensación, me brindas tranquilidad —le había dicho en una de esas ocasiones.

Eva recordó una de sus charlas en la que le contaba de sus anhelos y sueños para cuando se graduara.

—Quiero ser una mujer poderosa —dijo ella un día mientras estaban en la cama después de uno de sus encuentros.

—Ya lo eres —adujo Brandon acariciándole un pecho.

Ella le dio una palmada.

—Es en serio, quiero hacer la diferencia y no me importa cuán duro tenga que trabajar.

Brandon le llevó la mano a su miembro y empezó a masajearlo.

—Aquí tienes trabajo para rato, cariño.

Ella le sonrió.

—Soy consciente que para escalar tendré que ensuciarme las manos.

—Ensúciatelas todo lo que quieras —dijo Brandon con un gruñido.

De pronto lo miró seria y concluyó:

—Aunque estemos jugando ahora, es lo que pienso, de verdad.

Él le mordisqueó los labios.

—No le temo a una mujer ambiciosa.

—Me alegra saberlo.

El sexo, Dios, se estremecía recordando cada interludio, merecía un capítulo aparte, era de otro mundo.

Brandon era un hombre demandante y a la vez generoso, había despertado en ella una necesidad que nunca había experimentado con nadie.

En medio de una charla con él se distraía observando sus manos y recordando todo lo que le brindaban, o a veces miraba su boca, su rostro apuesto de ceño fruncido, y recordaba cómo le había besado los pechos la noche anterior o cómo ella le había brindado placer y hecho gemir y gruñir.

Se sonrojaba, porque le parecía que él le adivinaba el pensamiento y se ponía seria, y entonces él soltaba la carcajada y la besaba, tenía una predilección por sus labios y ella estaba encantada.

Un jueves él fue a buscarla al Madison, el lugar estaba a reventar.

Brandon se sentó con una botella de refresco a la barra sin dejar de observarla y de vez en cuando daba vistazos al televisor frente a él.

Un par de mujeres algo pasadas de tragos lo invitaron, por intermedio de Eva, a una copa.

Cuando ella se acercó con un vaso de licor en una bandeja, él la miró, extrañado.

—Voy a manejar, sabes que no bebo entre semana.

—Tus admiradoras de la mesa cinco te envían la bebida. —Señaló con la cabeza hacia una mesa y dejó el vaso de forma un poco brusca en la barra.

Brandon frunció el ceño, miró a la bebida y luego la miró ella.

—¿Me estás jodiendo? —preguntó.

—Sí, es mi intención hacerlo antes de que me lleves a mi casa.

La observó mirar a las mujeres y soltar un suspiro. Brandon ni siquiera se volteó a mirarlas y con semblante serio le contestó:

—Diles que no me interesa, por favor.

Eva devolvió el trago y se acercó a dar la razón de Brandon a las mujeres, quería sacarlas a empellones del bar, pero a pesar de que llevaba casi un mes acostándose con Brandon, no sabía para dónde iban y su mente analítica y organizada necesitaba saberlo.

No le había hablado de exclusividad, aunque ella creía que eso estaba implícito.

Aunque en la cama fueran iguales, ellos pertenecían a mundos distintos; odiaba el cliché de niña de clase media enamorada del chico millonario, eso estaba bien para las novelas que leía su madre de vez en cuando, pero no para la vida real.

En el fondo, ella sabía que aquello no podía durar, los separaban demasiadas cosas, demasiado dinero y familia.

Se había entregado a él de manera libre, sin esperar nada, porque lo deseaba y se empezaba a dar cuenta de que tal vez también lo amaba.

Imponía su independencia y muchas veces se hacía con la cuenta de la cafetería y la pagaba, por más que Brandon le insistiera en que no era necesario, hasta que él se dio cuenta de que para ella era importante tener esos gestos y la dejó tranquila.

Salieron del Madison casi a media noche después de abrigarse, pues era la primera semana de noviembre y la temperatura empezaba a descender. Brandon tomó su maletín, le puso el brazo en el hombro y caminaron hasta el auto.

—¿Qué fue eso de adentro? —preguntó, todavía curioso.

—Nada especial, cumplía con mi trabajo —contestó Eva mirando al frente, mientras se subía la capucha de la chaqueta y la ajustaba al óvalo de su cara, ya que tenía frío.

—¿Por qué presiento que era una especie de jodida prueba y todavía no logro entenderla?

“Chico inteligente”, caviló Eva.

—No sabía si las habías visto, si alguna te interesaba.

Brandon rio por lo bajo como quien encuentra absurda esa declaración.

—¿Qué te pasa? Estoy contigo, solo contigo.

—¿En serio?

Brandon frenó en seco y se paró frente a ella con talante ofendido. Ya estaban a dos pasos del auto, Eva se recostó contra la puerta del conductor.

—¡Somos exclusivos! Y espero que sea recíproco y que no estés saliendo con nadie más.

—Le rodeó el cuello con una mano, la miró con un ardor que nunca le había visto y pegó su frente a la de ella—.

No te voy a compartir con nadie más. —Se quedó callado unos segundos, mirando fijamente su boca y acariciándola con el pulgar—.

Estamos construyendo algo, me gusta la forma en que me miras, a la expectativa del toque de mis labios, eso me enloquece.

Eva respiró fuerte contra la piel de su rostro, Brandon dejó caer la cabeza y envolvió los brazos alrededor de ella para pegarla a su cuerpo y con el ansia de siempre, que ya ni se cuestionaba, le atrapó los labios con los dientes y se los mordisqueó con delicadeza.

Eva sintió escalofríos de placer, él intensificó el gesto, sus lenguas se enredaron y ella perdió su capacidad de pensar.

Le acarició el cabello, enterró los dedos en su pelo, las mariposas en su vientre no le daban tregua y pensó que su corazón iba a estallar.

Asustada como nunca en su vida, supo que se estaba enamorando.

La respiración de Brandon le golpeó en la cara cuando este rompió el contacto con sus labios y ambos jadearon en busca de aire.

—Solos tú y yo —señaló él fijando su mirada.

—Solos tú y yo —demandó Eva abrazándolo.

Brandon se perdió en la profundidad de sus ojos que se oscurecían en los instantes previos a la pasión, tomando el color de las amatistas. La sed por ella lo quemaba, tragó el nudo en su garganta y su mirada se vistió de necesidad.

—Vamos a mi casa —dijo con voz oscurecida por el deseo.

Ella dormía recostada en su pecho, después de un encuentro mucho mejor que el anterior.

Lo embargó una sensación de plenitud al darse cuenta de que había logrado algo que un mes atrás le parecía poco probable, que ella lo mirara como si fuera un Dios.

Eva era la primera mujer que lo hacía sentir poderoso; ni su apellido, ni su herencia, ni la empresa lo habían hecho sentir así.

La mirada de ella lo impulsaba a combatir contra molinos de viento, despertaba un mundo de emociones desconocidas para él.

Se excitaba pensando en ella, le ocurría en los momentos más inoportunos, pero también era algo del corazón, admiraba su entereza, su inteligencia, su ambición y supo que sería una mujer que llegaría lejos en lo que se propusiera.

—Eres una zorra egoísta —aseguró Janeth mientras agarraba un puñado de palomitas de maíz y se lo llevaba a la boca. Estaban acostadas en la cama de Eva mientras veían una serie de televisión.

Le tiró una palomita que dio de lleno en su cabello.

—Si negarme a darte detalles del miembro de Brandon me hace una zorra egoísta, lo acepto.

—Se supone que las mejores amigas se cuentan todo, te conté de Steve y también de los demás.

—Nunca te he preguntado por tu vida sexual —interrumpió Eva—, tú solita sueltas la lengua tan pronto atraviesas la puerta.

Esa información es algo irrelevante para mí.

Créeme, puedo vivir mi día a día sin saber la dimensión del miembro de tu última cita.

—Eva miró el reloj—. ¿Qué diablos haces aquí todavía? ¿No tienes clase de Ética a las seis?

Janeth se levantó de la cama y se afianzó el cabello con una goma de color fucsia, agarró su morral y se peinó las cejas frente al espejo.

—Eres una aguafiestas, pero no te preocupes, algún día me lo contarás. Soy buena interrogadora.

Eva aprovechó para sentarse y abrir el ordenador portátil que yacía encima de la cama en medio de ellas.

—La gente está hablando de ustedes.

—¿Qué tienen que decir? —preguntó ella, concentrada en su bandeja de mail.

—Hay apuestas de cuánto durará lo tuyo con Brandon, los más optimistas dicen que durará hasta Navidad.

—No puedo creer que la gente pierda el tiempo en ese tipo de cosas. —Soltó una risa burlona—. ¿En serio no tienen nada mejor que hacer?

—Ustedes son material de cotilleo.