CAPÍTULO 10
Eva se sentía envuelta en una manta pesada y caliente cuando abrió los ojos. La boca de Brandon le rozaba el cuello. La cabeza le martillaba, percibía un sabor amargo en la boca y tenía urgencia por levantarse e ir al baño, pero no quería desprenderse de la sensación de calidez que la circundaba.
Se tomó unos segundos para recordar lo ocurrido la noche anterior, a su mente venían chispazos de su llegada a la fiesta, que resultó ser en el departamento de Brandon, había sido una de esas coincidencias extrañas, recordó el baile y cómo lo arrinconó para besarlo.
A la luz del día y ya sin la nube del tequila circundándola, no se arrepentía de sus avances.
Brandon también la deseaba y no iba a pelear más con la profunda atracción que los unía.
Se dio la vuelta con cuidado de no despertarlo.
Observó su rostro, quiso delinearle la barbilla, tocar la boca gruesa y alisar el ceño fruncido aun en el sueño, pero no se atrevió.
Sonrió al reparar en sus largas pestañas, la envidia de cualquier mujer.
¿Por qué los hombres tendrían pestañas más largas que las mujeres?
Sentía el nudo del deseo insatisfecho en el estómago y en la pesadez que experimentaba en medio de las piernas.
Se levantó con sumo cuidado y caminó hasta alcanzar la privacidad del baño.
Se miró en el espejo, su aspecto era terrible, la pestañina estaba corrida, el cabello hecho nudos era un desastre.
Después de hacer sus necesidades se quedó sentada largo rato en el retrete, sin tener ni la más remota idea de cómo abordarlo a la luz del día.
Se sentía incómoda, quería ducharse, olía a licor, pero le avergonzaba tomarse libertades en una casa que no era suya.
Se quedó mirando el decorado de la pared del frente mientras meditaba, pero la ducha la llamaba.
Se levantó y se duchó en minutos, solo para quitarse el olor a licor de la noche anterior, se peinó el cabello con uno de los cepillos que estaban encima del mesón, con el cuidado de no dejar cabellos fuera de su sitio, y se lavó la boca con un enjuague bucal.
Se miró de nuevo al espejo con profunda concentración, deseaba a Brandon y lo tendría, antes de que alguna circunstancia cambiara las cosas.
Con la tenacidad en la mirada, se dejó la toalla enrollada al cuerpo y con paso firme salió a enfrentarlo.
Levantó el cubrecama que lo cubría. “Es un hombre hermoso”, caviló mirando su pecho musculado y en forma, su vientre liso y la línea de vello que se perdía en la cintura del jean.
—Es un muy buen despertar —dijo con tono de voz ronco y se desperezó, tratando de controlarse para no saltar sobre ella.
Dejó de respirar en cuanto Eva, sin dejar de mirarlo, tiró la toalla al piso y quedó desnuda ante él. Su mirada brilló con un gesto de posesión y el cuerpo se le endureció enseguida de necesidad. Se deleitó en la piel y las curvas de la mujer más bella que había visto en su vida.
—Jesús, María y José.
Ella sonrió, acercándose a la cama.
—¿Eres un buen chico católico?
—No. Anglicano, pero podría convertirme, pues eres como un milagro.
Tomó una de sus manos y la jaló hasta la cama. Era increíble verla desnuda en medio de su habitación, entre sus cosas. Estaba hechizado y atrapado.
—Ya no estoy ebria.
—Lo sé —dijo en tono de voz entrecortado y ronco.
Se sintió mareado al tocar el cuerpo de Eva, en cuanto la recostó a su lado, un instinto de propiedad lo inundó al percibir el aroma de su marca de jabón en su piel, la besó con voracidad, con una necesidad aplastante de fundirse en su cuerpo, con las piernas le abrió las rodillas.
Lo excitó que se mostrara ansiosa, que lo tocara y respondiera con su mismo ímpetu a su ardor.
Le chupó los pezones en medio de gruñidos y en un reguero de besos y caricias descendió por su vientre hasta probar su sexo, dulce y picante, su aroma lo enardeció, la saboreó, lamiendo y gruñendo, apropiándose de su cuerpo.
Luego sus dedos reemplazaron la lengua haciendo suyo su sexo.
En cuanto tuvo su humedad, sus temblores y su orgasmo, se levantó y se quitó el jean con el que había dormido y se bajó el calzoncillo sin dejar de mirarla.
—Eres muy hermosa, tienes el cuerpo de mis fantasías —señaló con voz enronquecida por el deseo.
Ella le respondió con una sonrisa invitadora, abriendo más sus piernas.
Su mirada excitada lo seguía. “Es perfecto”, caviló Eva, mirándolo de arriba abajo, se notaba el ejercicio, en cada musculo definido, desde las pantorrillas pasando por las nalgas hasta su abdomen six-packs y su miembro muy bien dotado.
—James, tu mirada me va a matar —dijo mientras se colocaba en tiempo récord un condón y se tumbaba sobre ella. Era mejor que en sus fantasías: piel sedosa, mirada excitada, sexo húmedo por la excitación, qué bienvenida estaba teniendo.
La inmovilizó y le devoró de nuevo la boca al tiempo que entraba en su interior con algo de torpeza. Necesitaba dominarse, hizo una pausa durante unos segundos, antes de iniciar un movimiento sin contenciones.
—Dios, eres… deliciosa —clamó con voz oscura y áspera, separándose apenas unos milímetros de su boca.
No reconocía la sensación de estar tan necesitado y tan desesperado porque la mujer que aprisionaba sintiera lo mismo que él.
Tuvo que controlar el impulso de llegar al orgasmo con tan poca estimulación, como si fuera un adolescente.
Eva supo que era un encuentro diferente a lo que había vivido hasta entonces, no había percibido la pasión de esa manera, la conexión, la feroz necesidad que despertaba en él y que percibía también en ella.
Se perdieron en un beso arrollador queriendo fusionarse en uno solo, estaba extasiada, su pasado se disolvía como arena al viento ante el inefable placer que experimentaba.
Se concentró en el movimiento de Brandon, en la manera en que su sexo resbaloso y húmedo lo recibía, en las sensaciones que se habían ido acumulando y que estallaron dentro de ella, sin aviso.
El orgasmo más satisfactorio de su corta vida la tomó por sorpresa, estaba segura de que gritaba y de que había blanqueado la mirada.
Le clavó las uñas en la espalda y él le respondió penetrándola más fuerte, mordiéndole el hombro, mientras lo escuchaba gemir al tiempo que vaciaba en ella el deseo construido desde que la había visto por primera vez.
Fundidos en el cuerpo del otro, ambos sintiendo cada milímetro de piel, fue como si se reconocieran y hubieran vuelto a casa.
Brandon la buscó con la mirada y se sintió pleno al verla sonrojada, la mirada brillante y la boca, se declaraba adicto a esa boca, hinchada por sus besos.
Él cayó desmadejado sobre el cuerpo de ella y con la respiración agitada, le habló al oído.
—¿Estás bien? —preguntó con el pecho agitado.
Eva no podía modular, asintió con la cabeza y lo abrazó cuando Brandon hizo el amague de retirarse.
—No, aún no. —Brandon se inclinó y le mordisqueó el cuello, a lo mejor con la intención de dejar una marca, la parte feminista de Eva gruñía enojada, pero cuando se sintió de nuevo excitada, lo olvidó.
—Lo sabía, sabía que sería especial.
El lunes temprano, Brandon se dirigió a las oficinas de Joyerías Diamond.
En el recorrido rememoraba el fin de semana, tuvieron sexo durante dos días, montones de sexo, en todas las superficies de su departamento.
Reprodujo en su mente todas las posiciones, los movimientos, pero sobre todo las sensaciones y las largas conversaciones.
Fue algo intenso y exquisito, se moría por repetir, y así se lo había manifestado, no quiso sonar tan desesperado cuando le preguntó cuándo volverían a verse, ya la extrañaba y no hacía tres horas que se habían separado, pues Eva tenía una clase a primera hora de la mañana.
Él le había llevado el desayuno a la cama, ella le regaló la sonrisa más hermosa y agradecida que le había conocido, como si nunca nadie tuviera ese tipo de gestos con ella, a lo mejor su noviecito anterior era un cabrón egoísta.
Arrugó el ceño ante el pensamiento, no quería ponerse posesivo, prácticamente empezaban a salir, estaba seguro de que Eva no querría un psicópata controlador, no lo había sido en el pasado y no iba a empezar ahora.
Aparcó en los subterráneos de la empresa y se bajó del auto.
La recepcionista lo saludó con una amplia sonrisa que él correspondió con un gesto serio y siguió derecho a la sala de juntas donde había pedido reunirse con su madre, Parker y Ryan Winthrop, el cabrón de su hermanastro.
—Buenos días.
Saludó con un beso en la mejilla a su madre y un apretón de manos a Parker, y a Ryan, que lo miraba con hostilidad encubierta. No le importó, estaba acostumbrado.
Ryan Winthrop era un matón sigiloso, tres años mayor que Brandon, de apariencia externa un tanto académica, delgado y de facciones aristocráticas, tras las que trataba de esconder el sesgo depredador de su personalidad.
Cuando una mujer o algún objeto llamaban poderosamente su atención, no reparaba en obstáculos con tal de poseerlos.
Entonces daba el salto y se apoderaba de lo que quería en su totalidad.
El concepto de compartir era desconocido para él, y le resultaba muy desagradable hacerlo, los problemas con los chicos King debido a su forma de ser no se hicieron esperar en cuanto fue a vivir con ellos a la mansión de Lincoln Park.
Brandon sabía que la reunión no se desarrollaría en buenos términos, pues Ryan no soltaría su posición en la joyería de buena gana, confiaba en que estuvieran desesperados por el dinero para poder actuar.
Expuso sus condiciones y sus planes para la joyería ante la expresión incómoda de Anne, el evidente malestar de Parker y el gesto inmutable de Ryan.
—¿Algún problema? —preguntó Brandon con impaciencia ante el silencio de los oponentes.
Ryan se ajustó los lentes.