HERMANOS KING CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Era un jodido sueño ver a Eva balancearse al ritmo de una sexy canción.

Los demás hombres la miraban dispuestos a acercarse, que se jodieran, Eva era suya.

No se cuestionó qué hacía en esa fiesta, había venido a él y no dejaría pasar la oportunidad de compartir tiempo con ella.

En cuanto vio a uno de los mocosos amigos de su hermano tratar de acercarse, enfiló en su dirección y lo frenó con un simple gesto. El chico se dio la vuelta enseguida.

—Hola, James —susurró en su oído al tiempo que le deslizaba las manos por la cintura. Hasta su nariz llegó el olor a champú de su cabello y quiso retirarlo a un lado, para despejar y besarle la nuca y el cuello, tuvo el impulso de dejarle un chupetón y que todos lo vieran, era de locos.

Ella se volteó con los ojos brillantes y una sonrisa, llevó las manos a su pecho y luego ascendieron hasta envolver su cuello.

—¿Por qué tardaste tanto?

Él sonrió, pegándola a él y empezó a bailar con ella, disfrutando de su piel brillante por culpa del sudor. Eva iba a quemarlo con su fuego. Bienvenido el calor.

—¿Me esperabas? —preguntó sorprendido a centímetros de su rostro, con el corazón tronándole en el pecho cuando con sus labios rozó el lóbulo de su oreja.

—Sí. —Ella se mordió el labio inferior con los dientes mientras sus ojos viajaban por su rostro—. Quería ver al chico más sexy de todos, al profesor más sexy.

Estaba pasada de tragos, de otra manera no habría soltado aquello.

Quería besarla, saboreó la anticipación de probar sus labios, pero no lo haría en esa sala ruidosa y llena de gente, le dio la vuelta de nuevo y colocó las manos por entre la cinturilla de la falda, se sintió perdido cuando un golpe de energía parecido a un corrientazo lo invadió al deslizar los dedos por su piel húmeda y erizada.

Se pegó más a ella al escuchar un gemido cuando frotaba sus caderas contra él.

Al término de la música, ella, sin decirle nada, lo tomó de la mano y lo llevó al balcón que colindaba con el comedor.

Un par de parejas se besaban en un rincón. Eva soltó una risa nerviosa.

—¿Me quieres meter mano, Eva? —preguntó Brandon risueño. Esperaba que no fuera el alcohol lo que la hiciera portarse así con él. No podía dejar de mirarla.

Eva se paró frente a él, estaba tan cerca que podía percibir su respiración.

—Dijiste que yo debía dar el próximo paso y es lo que estoy haciendo.

—Me gustan las chicas valientes que van por lo que quieren. —Quiso decirle “sobrias”, pero no quería tentar su suerte.

Ella le regaló una mirada lasciva, su aliento a alcohol le acariciaba el rostro. Se acercó más aún.

Brandon esperó, mientras observaba sus ojos, su boca. El licor la desinhibía y se sintió un poquito cabrón, solo un poquito, por no interrumpir sus avances, estando ella en esas condiciones.

—Esas imbéciles en clase —expresó ella con el ceño fruncido, mientras rastrillaba su barbilla con sus manos—, no hacían sino hablar de ti, zorras, quería decirles que eras mío, pero no te he reclamado, ¿verdad?

Tan pronto escuchó sus propias palabras y a pesar de su envalentonamiento, quiso salir corriendo, llevó una mano a la boca, avergonzada, soltó una risa estrangulada.

—No acabo de decir eso, ¿verdad?

Él asintió con la cabeza mientras sonreía, incrédulo.

Se moría por probarla, por tenerla, pero no quería llevar las cosas demasiado lejos y que a la luz del día ella viera lo ocurrido esa noche desde una óptica diferente y ahí, sí, perder toda oportunidad.

Sus divagaciones iban y venían entre el deseo y el deber, mientras que Eva, con el corazón revoloteando a niveles estratosféricos, se empapaba de su esencia, de su calor.

—Eva…

Sus respiraciones agitadas se mezclaron, tibias, tanto, que la energía, que había estado construyéndose todo ese tiempo parecía crepitar.

Eva se puso en cuclillas y su boca chocó contra la de él.

Sintió que caía en nubes, calientes y algodonosas, mientras Brandon, ya su autocontrol desatado, la aferraba por la cintura y profundizaba el beso.

Saboreó la dulzura y tersura de su piel, su lengua intrusa barrió su boca, un gemido de parte de ella retumbó en medio de la caricia.

Sus dedos tocaron su cabello, la sensación fue deliciosa, como sabía que sería.

En dos pasos la arrinconó contra la pared lateral sin importarle nada más, ni las otras parejas besándose, ni las risas que llegaban a ellos, ni la música que vibraba por todas partes, todo desapareció, fue como entrar en una habitación oscura y silenciosa, y que Eva fuera la única llama de luz.

La besó como si estuviera muerto de sed y ella fuera el manantial que lo saciara.

La besó como supo que lo haría desde la primera vez que puso sus ojos en ella.

—Sabía que sería así —susurró sobre sus labios mientras sus manos acariciaban el contorno de su cintura. Ella se presionó contra él pidiendo más—. Eres tan jodidamente hermosa.

Sus sentidos se empaparon de él, al notar de nuevo cómo sus labios la besaban con rigor. Eva sentía que se disolvería allí mismo, un gemido de Brandon desató una ola de calor que viajó por sus venas, incendiando todo su cuerpo.

—Te deseo —jadeó ella—, no sabes cuánto te deseo.

Brandon la soltó, la tomó de la mano y atravesó el salón, a lo lejos vio a Janeth charlando con alguien.

Sin soltar la mano de Eva, la llevó por un pasillo, abriéndose paso entre una docena de personas, mientras cavilaba que el imbécil de su hermano lo iba a escuchar al día siguiente.

Su casa estaba hecha un desastre, no debió dejarse convencer de prestar su hogar para hacer la fiesta, aunque si entre las consecuencias estaba el poner a Eva James frente a él, estaba dispuesto a dejarlo pasar, eso sí, la factura del servicio de limpieza correría por cuenta de Nathan.

Al llegar a la última puerta, que abrió con celeridad con una llave, jaló a Eva hasta su habitación y encendió la luz.

Los sonidos de la música y la fiesta se desvanecieron.

—Huele a ti —manifestó Eva sin dejar de mirarlo.

Brandon sonrió de nuevo e inclinó la cabeza.

—Parece que ya encontré mi propia versión del suero de la verdad.

—Leía en su rostro como en un libro, pero quería escucharla.

La atrapó con su cuerpo contra la puerta, le acarició la mandíbula con el pulgar—.

Dime qué quieres, James… —Las palabras estallaron en el silencio mientras se aferraba a la curva de sus caderas y le besaba el cuello y la mandíbula.

Ella lo ancló con sus brazos, con su mirada, con su cuerpo, con la respiración entrecortada. Concentrada en su toque, apenas podía modular.

—No pares, por favor, no pares. No tienes idea de todo lo que te sueño.

Él reclamó otra vez su boca, impidiéndole respirar.

Enterró una mano en su mata de cabello, inmovilizándole la cabeza para acceder mejor a ella.

No quería soltarla, con sigilo y rigor empezaba a adueñarse de su cuerpo y de su corazón.

Ella sacó su camisa sobre su cabeza y él soltó un gemido en cuanto le acarició el pecho y el abdomen.

Eva sintió que se ruborizaba ante el fuerte anhelo de besar su torso, su abdomen, de saborear su piel.

Dios, él nunca había experimentado nada parecido, el deseo abrumador de tenerla cerca todo el jodido tiempo, y no estaba seguro de que realmente disfrutara la sensación.

Los dedos de Brandon desabrocharon con algo de torpeza la blusa, que arrojó al suelo, seguida del sujetador.

Apenas podía respirar, Eva tenía los pechos más bellos que había visto en su vida.

Se sentía inquieto e inseguro de sí mismo, algo que no solía ocurrirle con frecuencia.

La forma en que lo miraba era para morirse, sí, señor, podría morir en los brazos de esa mujer y se iría feliz al cielo o al infierno.

La besó de nuevo, fueron poco conscientes de que tropezaron con la cama y cayeron en ella, inmersos en el deseo y la necesidad.

Sus manos codiciosas la recorrieron, le levantó la falda, apreciando la tersura de la piel estremecida de sus muslos, la respuesta a sus caricias lo encendió más, estaba ebrio de Eva sin haberla probado siquiera.

En medio de un beso delirante la despojó de la ropa interior y ella gimió cuando él la tocó en medio de los pliegues húmedos, y se arqueó en consonancia a las sensaciones.

Nunca dejó de mirarla, de acusar cada uno de sus gestos.

Se perdió en su mirada cuando ella alcanzó la liberación y un poco de cordura llegó hasta él.

Se moría por tenerla, por hacerla suya, pero la quería en sus cinco sentidos, no que recordara ese episodio como un interludio en medio de una noche de borrachera.

Necesitaba tener la seguridad de que no era el alcohol el que hablaba por ella.

Recurrió a un doloroso y feroz autocontrol, y retiró la mano de su sexo, se sentó a su lado y pasó la mano por su cabello varias veces hasta normalizar la respiración. De repente su expresión era seria.

—¿Qué sucede? —preguntó ella con la respiración agitada.

—Escúchame. Sé que has bebido mucho, por lo que debo ser un caballero y darte la oportunidad de dejar las cosas aquí. Te puedo llevar a tu casa y lo retomamos en cuanto estés sobria, ¿te parece?

—Pensé que tú querías.

“Dios mío, Eva, vas a matarme”.

—Quiero —dijo feroz—, te deseo más que respirar, quiero desnudarte y estar dentro de ti, pero no será esta noche, James.

Ella sonrió, le acarició el rostro y él le devoró la boca de nuevo, cuando se separó, las respiraciones agitadas de los dos casi lo hacen claudicar.

—Eres mi caballero.

Él sonrió.

—Yo no estaría tan seguro, mis pensamientos en este momento no son los de un caballero, créeme.