CAPÍTULO 7 #2
—¿Quieres comer algo?
El estómago de Eva gruñó ante la propuesta, no había comido nada desde el mediodía en que había merendado en una de las cafeterías del campus.
—El restaurante de Tony está a media cuadra. Hacen las mejores hamburguesas en kilómetros.
Eva se tocó el lóbulo de la oreja. Parecía reacia a aceptar la invitación de Brandon, pero igualmente se resistía a irse. Al final hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
Brandon se quedó callado unos instantes.
—¿Cómo vas con el trabajo? ¿Has adelantado algo? Le podría echar una ojeada antes de la fecha de entrega.
—Eso sería muy amable. Estos han sido días locos, básicamente vivo entre el Madison, el campus o durmiendo y estudiando. ¿Estoy disculpada?
—El último año es así. La buena noticia es que el tiempo pasa, no tan rápido como quisieras, pero pasa. Al final de la cena te diré si estás disculpada.
Entraron al restaurante. Debido a la hora el lugar no estaba tan lleno y cerraba tarde, luego tendrían tiempo para ponerse al día sin afanes. Ordenaron dos hamburguesas grandes con doble ración de papas y soda. Siguieron hablando de estudio un rato.
—Debes tratar de divertirte, no todo tiene que ser trabajo.
—Estoy bien con el trabajo. —Eva se encogió de hombros con la actitud de la persona que hace lo que tiene que hacer, sin excusas o lamentos, y eso le gustó a Brandon—. Mi cuota de locuras está copada.
—¿Cuántos años tienes? —Se rascó la barbilla.
—Veintidós.
—¿No eres muy joven para pensar así?
—No.
—¿Cuál es la mayor locura que has cometido en tu vida?
Ella sonrió, su primera sonrisa de la noche, y a Brandon algo le caldeó su pecho, quiso ver ese gesto en su rostro más a menudo.
—Reserva del sumario.
—Aunque la verdad, no te veo haciendo locuras.
Ella sonrió con picardía.
—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí.
Eva se sorprendió, estaba flirteando con él.
—Supongo que tienes razón —admitió él, sus ojos parpadearon alegremente—. Quizá deberíamos cambiar eso.
La mesera llegó con los platos de hamburguesas. El olor a carne y papas fritas saturó el pequeño espacio. Eva agregó salsa de tomate y mostaza a la hamburguesa. Brandon, salsa barbecue. Se dedicaron a comer en relativo silencio sin sentirse incómodos el uno con el otro.
—Así que quieres conocerme más —aventuró Eva.
“De manera literal y figurada”, caviló Brandon.
Todo lo relacionado con Eva le inspiraba una viva curiosidad ¿Por qué no hablaba sin ton ni son?
¿Por qué no coqueteaba con él como cualquier otra mujer que conocía?
Por primera vez en su vida, quería de esta mujer lo que obtenía fácilmente de cualquiera, pero a la vez, el no obtenerlo era lo que la hacía atractiva e intrigante a sus ojos, y eso era una jodida paradoja.
Le gustaba su manera de retarlo y su humildad al pedirle disculpas.
No había sentido el deseo de conocer a una mujer como deseaba hacerlo con ella. Se fue por un tema fácil.
—¿Por qué Finanzas?
Eva se encogió de hombros y le dio un sorbo largo a su bebida.
—Me apasionan los números desde pequeña. Nos referimos a ellos como simples signos gráficos que nos manejan la vida, pero si te das cuenta, la gente se divide en su manera de relacionarse con los números. Es una relación emotiva, los amas o los odias, pero no puedes pasar de ellos.
—De niño los odiaba, se me dificultaban mucho —manifestó él—. Me enamoré de ellos en la preparatoria, algo hizo clic y de pronto entendí todo.
—Dicen que, si de niño se te dificulta, tiene que ver con conflictos con la madre.
Eva le dio otro mordisco a la hamburguesa. “No te equivocas”, quiso decirle, pero ni de coña iba a confiarle algo tan íntimo. Dio un mordisco a su hamburguesa y luego sorbió la soda.
—El 1 y el 2, el señor y la señora de la casa.
Eva blanqueó los ojos y se limpió los labios con una servilleta. Brandon se quedó mirándolos por espacio de unos segundos y luego levantó la vista de nuevo a sus ojos. Dios, no sabía que disfrutaba más.
—Lo dice la historia, que conste —objetó él.
—Sí, la conozco, el 1 es masculino y el 2 femenino.
—El 1, pene y el 2, pechos.
Eva sonrió y jugueteó con el servilletero y se llevó la mano al lóbulo de la oreja por tercera vez en la noche.
—Hombres.
—¿Qué? La resistencia a ser divididos nos hace invencibles, en cambio ustedes, se parten con facilidad. Los impares dominan a los pares como el hombre a la mujer.
Eva arqueó las cejas en su dirección y dejó la hamburguesa en el plato.
—Es lo más sexista que he oído nunca.
—No lo digo yo, lo dijo Pitágoras, él es el cabrón. Si le sumas un número impar a uno par el resultado siempre será impar. ¿Viste? Invencibles.
Ella le sonrió.
—Eso no lo determina la suma, ¿qué me dices de la multiplicación? Ahí se les acaba la fiesta. Cuando multiplicas un par y un impar, el resultado es par, Pitágoras era un machista manipulador. Acomodaba los números a su conveniencia.
Brandon le devolvió la sonrisa.
—Eso no quita que los números impares sean los favoritos en todas las culturas.
Ella lo miró con un brillo inquietante en los ojos y ella tuvo la última palabra.
—En la China el favorito es el ocho.
La atracción por Eva James crecía a pasos agigantados a cada minuto pasado a su lado.
—Tienes razón, James, es el par de la fortuna —concluyó echándose a reír por lo bajo.
A Eva le gustaba la manera en que pronunciaba “James”, con un deje ronco y espaciado, como si su lengua saboreara su apellido tal como deseaba saborearla a ella. Lo notaba por la mirada constante a sus labios.
—¿Cuál es tu palabra favorita? —preguntó ella de golpe, dejando la servilleta encima del plato vacío.
—Buena pregunta, pero creo que te quedarás sin la respuesta —respondió rápidamente con una irónica sonrisa en sus labios.
Agotado el tema de banalidades, decidió ir con algo más personal.
—Leí en Internet lo ocurrido a tu padre, lo siento, debió ser difícil crecer sin él.
Le había impresionado mucho la historia y las fotografías, que mostraban una mujer alta y elegante con tres niños de edades parecidas parada frente a un ataúd, le recordó la foto de Jackie Kennedy, pero con los niños más grandes.
Sus ojos la estudiaron, puso ambas manos sobre la mesa.
—Fue hace mucho tiempo —contestó Brandon en un tono que indicaba que no quería seguir hablando del tema—. Es algo que hemos superado.
—¿Tus hermanos estudian en St John´s?
—¿Siempre eres tan curiosa?
—No es que seas un libro abierto. Además, sabes más cosas de mí que yo de ti. Busco un empate.
Se rio entre dientes, no es que le apeteciera hacerle alguna confidencia y después de un corto suspiro, contestó.
—Mi hermano del medio, Nathan, estudia en Northwestern, Análisis de negocios, y Mathew, el menor, estudia Geología en Harvard.
—Debió ser difícil para tu madre…
—Y sigues… Pasemos a otra cosa, no me malinterpretes, amo a mis hermanos, esos jodidos cabrones y la señorita Selma son las personas más importantes en mi vida, pero hay mucha mierda en mi familia y no me gusta hablar de ella.
—Lo siento mucho. ¿Señorita Selma? —Hizo una pausa, la curiosidad pintada en el rostro—. ¿Así se llama tu madre?
—Mi madre se llama Anne. La señorita Selma es nuestra nana, la mujer que nos crio a mis hermanos y a mí. Era la encargada de la cocina en mi casa, pero con nosotros hizo el papel de madre mucho mejor que la verdadera, y estoy muy agradecido de tenerla en mi vida.
—Eso es bueno.
Una leve sonrisa asomó a sus labios. La miró con un brillo extraño.
Las emociones de Brandon respecto a Eva iban al compás de un carrusel, algunas de ellas estaban ligadas a una profunda atracción sexual, y había algo más, algo que tiraba de sus entrañas, no podía definir con exactitud lo que era, pero la conexión estaba allí y era algo diferente para él.
Había luchado contra la imperiosa necesidad de ir tras ella, pero estaba claudicando sin pena.
Los papeles se habían revertido y ahí estaba él en plan cazador.
La energía que irradiaba su piel y su mirada lo hacían gravitar como si ella lo mantuviera envuelto en un campo magnético.
Era una mujer segura de sí misma, sin temor de estar sola, no estaba buscando atraerlo y eso lo confundía.
Charlaron de trivialidades un rato más, y cuando salieron del restaurante eran más de la una de la mañana.
Quedaron de volver a reunirse para ultimar los detalles del trabajo.
Brandon, por lo escuchado cuando hablaron del tema, se percató de que no lo necesitaba, pero de todas formas se ofreció a hacerle una última revisión.
La acompañó hasta el auto que su padre le había devuelto reparado el día anterior.
—Sigues con Robert.
Ella acarició el capó.
—Amor es no dejar a tu alma gemela cuando las cosas se pongan difíciles o cuando todo se estropee o cuelgue.
Brandon reprimió una risa y dijo con intención:
—Dejarás a Robert en cuanto tengas la oportunidad.
—No, puede que lo envíe a un justo retiro, pero no lo dejaré en manos de nadie más.
Él retuvo la puerta del conductor en cuanto ella se sentó en el auto, como reacia a dejarla ir.
—Gracias por la cena.
Eva puso en marcha el motor.
—De nada, ten cuidado.
Brandon se alejó hacia su propio auto, con las manos en los bolsillos y la cabeza agachada, meditando que, a pesar de las charlas y el tiempo compartido, estaban igual de distantes que el día de la partida de billar.