CAPÍTULO 7
—¿Has escuchado algo de lo que acabo de decir?
Janeth negó con la cabeza, estaba pálida, ojerosa y su cabeza palpitaba al ritmo de su corazón.
—Dame un respiro, mi última esperanza es que el café de Molly me devuelva al mundo de los vivos —dramatizó—. Si eso no ocurre, puedes quedarte con mi saco de cachemir rosa.
—Me quedaré con tu saco de cachemir como pago por lo que me hiciste pasar anoche.
—No recuerdo nada de lo que me cuentas —adujo, fingiendo indiferencia.
Era viernes por la mañana, faltaba una hora para clase y entraron a su cafetería favorita.
El lugar estaba repleto, el olor a café y a bollos calientes se paseaba por la estancia, haciendo que sus estómagos gruñeran.
Eva ignoró el comentario de su amiga y siguió con su diatriba mientras hacían fila para ordenar.
—Solo a ti se te ocurre decirle que yo lo consideraba follable, esa es la máxima traición a una amiga.
Janeth la miró confundida.
—Pensé que una máxima traición sería meterse con el ex de una amiga, eso sí sería grave. Decir la verdad no es traición, es un simple empujón.
Eva blanqueó los ojos. Ella no necesitaba un empujón y menos con él.
—No trates de confundirme. Le dijiste que era el candidato perfecto para terminar mi sequía —farfulló Eva entre los dientes, más furiosa a medida que recordaba lo ocurrido.
—¿Y? Es el candidato perfecto —ratificó—. Perdóname que te lo diga, pero tu dieta de desintoxicación de Tyron Sucker ha durado bastante.
Eva negó con la cabeza.
—Dime algo contra él.
—El tipo es un imbécil. Se hizo publicidad.
Janeth extendió las cejas, una sonrisa estiró sus labios.
—¿Te mostró el paquete?
—No, cómo se te ocurre —contestó espantada mientras llegaba su turno a la caja registradora. Pidió dos cafés y dos bollos de canela.
—Tú pagas —sentenció Eva—, eso, más el suéter, y lo pensaré si te vuelvo a dirigir la palabra en un futuro cercano.
Janeth sacó el dinero, canceló el total de la cuenta y luego esperaron un par de minutos mientras llegó el pedido antes de dirigirse a una de las mesas que una pareja acababa de desocupar.
—No entiendo cuál es el problema —continuó Janeth—, le gustas, te gusta, está buenísimo… ¿Piensas que va a ocurrir lo mismo que sucedió con el cabrón de Tyron? Claro, ya entiendo tu reticencia a involucrarte con él. Temes que te pase lo mismo.
—No es eso, simplemente no tengo tiempo para los de su clase —dijo mientras endulzaba la bebida,
—¿Los de su clase? Suenas como una anciana… ¿Sabes lo que dicen de las dietas de desintoxicación? Pierden efecto si las haces durante mucho tiempo. —dijo Janeth—. Has despertado su interés. Haz que se lo curre. A los tíos les gustan los retos. Date la oportunidad de conocerlo.
Eva resopló.
—No necesito entablar una relación para conocerlo, para eso está Google. Ese hombre es todo un cliché.
Eva revolvió con una pajita el azúcar de la bebida.
—¿Cliché de qué? ¿De blog de farándula? ¿De revista del corazón?
¿De novela romántica? Te atrae y punto, no le des más vueltas.
Esa clase de hombres existen por una razón, que son el mínimo porcentaje, ni modo, mira alrededor y dime si hay en este lugar alguno con esa característica, ese factor X que los hace especiales.
El tipo se fijó en ti y mírate, eres preciosa y con más de dos dedos de inteligencia, por lo que me cuentas, anoche se portó bien, como un caballero contigo, y conmigo, si debo agradecerle algo.
Eva se había negado a darle detalles de la tonta discusión que habían tenido.
—Es un arrogante, dejémoslo ahí.
Eva estaba bastante mortificada, no volvería a estudiar con Brandon, buscaría algún otro tutor, o tutora, mejor. En cuanto Janeth sorbió el café su rostro cambió de color.
—Creo que moriré —se quejó.
—Consecuencias del tequila —la reprendió Eva.
—Sí, ya lo sé, pero esta noche hay una fiesta…
—Ni lo sueñes, conmigo no cuentes, tomaré hoy otro turno en el Madison. —Sorbió de la bebida, quemándose la lengua en el proceso—. Por lo demás, lo único que le abono a Brandon de todo lo que me hiciste pasar anoche es ayudarme a librarte de las garras de Justin.
—Gracias, pero a lo mejor no quería librarme —admitió mientras ponía el panecillo de canela en el plato de Eva. Se refregó los ojos y ahogó un bostezo.
—Perfecto, lo tendré en cuenta para la próxima vez que un jugador mala leche y de mala fama te esté manoseando en un rincón a la vista de todo el mundo. Vamos, ni siquiera te gusta, y es muy pronto para involucrarte con alguien. Acabas de dejar a Steve hace tres semanas.
—¿Quién habla de involucrarse? —Janeth le guiñó un ojo a Eva.
—Entonces querías sexo por venganza. El ridículo que hice anoche por lo visto fue por nada.
Janeth se quedó callada unos momentos y sorbió la bebida. Eva miró el reloj, en unos minutos tendría que levantarse para ir a clase.
—Gracias —admitió Janeth.
—De nada, tendrás que hacer la colada de por lo menos dos semanas.
—Eres cruel. Espero que para mi fiesta de cumpleaños se te haya pasado el enfado.
—Veremos. Ya sabes, ahora debo ir a clase.
El fin de semana, Eva estuvo casi todo el tiempo en la biblioteca.
Entraba a clases con el grueso de estudiantes y como el salón tenía la distribución de un pequeño estadio, se sentaba en las gradas superiores cercanas a la puerta, evitaba mirarlo, fingía que él no estaba allí y en cuanto sonaba el timbre salía disparada.
Aunque tampoco era que él hubiese hecho el intento de contactarla, ni mucho menos.
El trabajo de investigación avanzaba y gracias a Dios, con la bibliografía que le había dado, no había tenido mayores tropiezos.
Deseaba olvidarse de la discusión, pero a medida que pasaban los días, más le importaba lo equivocado que él estaba sobre ella, lo que la llevó a cuestionarse si no había sido también muy dura con él.
Brandon tenía razón, se dejó llevar por las apariencias y por lo ocurrido con Tyron.
Eva no se consideraba una persona prejuiciosa, era precavida.
En cuanto le entraban las ganas de buscarlo y explicarse, se reprendía por considerarlo, ella no le debía ningún tipo de explicación de su visión del mundo, y, además, eso no entraría en su dura cabeza sin una abducción, era un ególatra y ridículo.
Pasaron otros días más hasta que se convenció de que el que la estaba evitando era él.
Brandon dejó de acompañar al profesor Anderson en las siguientes tres clases, y no era que las estuviera contando, ni mucho menos.
Ni siquiera se lo encontraba en el campus, era como si hubiera desaparecido.
Tuvo la retorcida idea de que estaba jugando con ella, cuando escuchaba comentarios aquí y allá, de las fiestas en las que había hecho acto de presencia o de que estaba ejerciendo de tutor para otros estudiantes en las oficinas destinadas para ello.
Quería hablarle, recriminarle no sabía qué.
Acumulaba una serie de sentires encontrados, ganas de experimentar algo que no sabía qué era, se llenó de suposiciones y aunque odiara admitirlo, el muy hijo de puta la inquietaba y mucho, odiaba sentirse locamente atraída por él, odiaba que la vulnerabilidad hubiera vuelto a ella como una jodida enfermedad.
Eva no era una persona que le dedicara mucho tiempo a las inquietudes emocionales.
Necesitaba enfrentarlo y lograr la paz que él le había arrebatado.
Atravesó el campus y se dirigió por el pasillo hasta la oficina donde se hallaba el cubículo de Brandon.
No sabía si lo encontraría, pero la idea de hacerle frente, ya fuera para reprenderlo o disculparse, la aliviaría enormemente o por lo menos le borraría esa desazón que no la dejaba estudiar en paz.
Al llegar al cubículo este estaba vacío. Envalentonada, le dejó una nota:
“Necesito hablar contigo. Eva”.
Esperó verlo aparecer en el Madison el martes siguiente, o a lo mejor ella deseaba que él apareciera.
La decepcionaba que se hubiera dado por vencido tan pronto, luego fue toda una sorpresa, el jueves, al finalizar su turno de trabajo, encontrarlo a la salida del club, recostado en el capó de su auto.
Habían pasado dos semanas desde de la “noche de la vergüenza”, como la llamaba ella.
—Hola.
Eva soltó una risa nerviosa. “Maldita sea”, caviló al verlo con sus jeans claros y un suéter negro acompañado de una chaqueta de cuero doblada en el brazo, todo en él gritaba buen gusto.
“Es sexy”. Su malgenio había menguado y otra sensación le tocó la piel del alma.
Farfulló un saludo sintiéndose mal arreglada, estaba segura de que olía a cerveza, ya que uno de los clientes del bar había regado, no supo si accidental o adrede, la bebida en su pecho, pero él había ido a buscarla y el cerco con el que se protegía se tambaleaba ante su semblante atractivo y su sonrisa cálida.
Brandon la observó de reojo, la notaba agotada y se ofreció a llevarle la pesada bolsa.
—Yo puedo sola, gracias.
—Yo lo sé, simplemente noto que el hombro te va a llegar al piso.
Fue un alivio para ella darle la bolsa. Caminaron uno al lado del otro, su largo cabello rubio le caía desordenado en la espalda.
Como embrujado, Brandon, observó en ese momento que la brisa lo despeinaba.
Parecía que a Eva no le importaba el vaivén de su cabello según la dirección del viento, cuando le cayó sobre los ojos lo retiró con suavidad y se hizo un moño rápido que al final amarró con un caucho que llevaba en su muñeca.
Los movimientos llevaban a sus fosas nasales el aroma que lo tenía loco.
—Recibí tu nota y aquí estoy, ¿de qué necesitabas hablar conmigo?
Viéndolo allí frente a ella, seguro y tranquilo, le pareció una estupidez haberle dejado esa nota. Carraspeó y se aclaró la garganta.
—No me he portado bien contigo y siento que te debo una disculpa. Te medí con el mismo rasero del chico con el que salí el año pasado y no fue justo, no te conozco. Pero, aclaro, eso no quiere decir que no te considere altivo.