HERMANOS KING CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El Madison estaba a reventar esa noche de jueves, había sido día de partido y el equipo de fútbol en pleno estaba acomodado en dos mesas.

Habían perdido con una universidad estatal de un condado cercano, algunas de las chicas que rodeaban a los jugadores estaban sentadas en sus piernas, otros clientes estaban de pie.

La música retumbaba por el lugar, difícilmente se podía sostener una conversación, los chicos o bebían o manoseaban.

El ambiente olía a grasa y a pollo, las alitas barbecue que se servían eran famosas en la ciudad.

Eva iba de un lado a otro con una bandeja de bebidas, que descargaba en las mesas cada pocos minutos, con la precisión de una bailarina de ballet.

Brandon la observaba desde un extremo de la barra.

Ella aún no lo había visto, escudado detrás de una pareja, ante una jarra de cerveza.

Frunció el ceño cuando vio a uno de los jugadores tomarla de la mano, la chica se soltó sin ser grosera o brusca, pero dándole a entender al joven que no estaba disponible.

Llevaba el mismo jean ajustado de tres noches atrás, le hacía un culo increíble y él estaba seguro de que no era el único que lo había notado.

Y la camiseta ajustada, con el logo del lugar en el pecho, se le veía muy sexy.

No lo había llamado, ni siquiera había quedado más para estudiar con él, algo que lo preocupó, en clase le había destinado una leve sonrisa y salido del lugar como alma que lleva el diablo, antes de que él siquiera llegara a la puerta.

Así que había decidido coger el toro por los cuernos. Recordó que esa noche tenía turno.

Después de media hora de estar en el lugar, ella notó por fin de su presencia.

Su mirada azul, envuelta en esas pestañas oscuras, e indecentes hasta para una chica, pasó de sorprendida a alegre mientras se le acercaba, pero enseguida mudó el gesto a uno serio.

A él no le afectó, vio la sonrisa primero y eso fue lo único que le importó.

Tuvo el impulso de levantarse de donde estaba y devorarle los labios con un beso.

—¡Vaya sorpresa! —exclamó por encima del murmullo de las voces y la música.

Él se dio la vuelta en la silla y quedó frente a ella, que dejó la bandeja en la barra y entregó varias comandas al tipo que atendía el bar.

—Estoy seguro de que me has extrañado. Así que aquí estoy, cariño.

Ella soltó una risa irónica y enarcó una ceja.

—¿Cariño? No soy tu cariño. En serio —Él desplegó su sonrisa rompecorazones, haciéndola reír—. ¿Eso te funciona?

—Estás sonriendo —refutó él, llevándose la bebida a la boca—, ya lo creo que sí.

Se puso seria de repente y observó cómo su garganta se movía de arriba abajo al pasar el líquido.

Ver a Brandon con una camiseta negra que ajustaba su esbelto cuerpo; el cabello como si se hubiera pasado las manos por él miles de veces y le importara muy poco; su mirada gris, sexy y somnolienta; su sonrisa; escuchar su voz ronca y pecaminosa le alegraron la jornada, pero no lo admitiría ni bajo la más cruenta tortura.

Aunque parecía que el muy petulante se había percatado.

Eva no llevaba una buena noche, el auto se le había averiado en la tarde y no tenía dinero para enviarlo al taller, su padre lo recogería el fin de semana.

Además de que apenas había dormido la noche anterior terminando un trabajo de estadística y había tenido clases todo el día.

—Si vienes a charlar, lo siento, mala noche, como ves estoy muy ocupada. —Tomó la bandeja.

Brandon se dijo que a lo mejor estaba siendo muy evidente, quiso decirle que era un sitio público y que la razón de su visita al lugar no tenía que ser ella necesariamente, pero su instinto le señaló que no era buena idea. Sin dejar de sonreír, le dijo:

—Tengo todo el tiempo del mundo. —Era fácil leer en su rostro: cansancio, algo de cabreo, impaciencia, confusión.

En el mundo en el que Brandon se desenvolvía las mujeres enmascaraban sus verdaderas emociones, pero ella era como un jodido libro abierto.

Carraspeó, incómodo—. Eva James, si te incomodo de alguna forma, solo tienes que decirlo y…

este sitio no es que me entusiasme mucho, vine porque, en serio, solo quería verte.

Diablos, eso se había escuchado muy desesperado. Él había querido decir que había ido al lugar para hablar con ella, estar cerca. Pero esas tres palabras eran ciertas. Estaba loco por una oportunidad.

Ella quedó sorprendida por sus palabras y suavizó su expresión.

—No —dijo en tono tan bajo, que él tuvo que acercarse para escucharla por encima del ruido del lugar—, no me incomodas.

Tomó la bandeja llena de bebidas, se alejó de él y revoloteó como mariposa por todo el lugar entregando los pedidos. Él se puso a charlar con un par de chicos que se sentaron a su lado. Una hora después, pasó por su lado.

—¿No tienes unos minutos de descanso? —preguntó Brandon con el ceño fruncido.

—No, como puedes ver, el lugar está a reventar.

—¿A qué horas sales?

—Mi turno termina a las once, pero me iré con mi amiga Janeth que está allí.

Brandon miró su reloj, faltaba media hora para que la chica terminara el turno, observó a la joven que le señaló, la recordaba del día de la fiesta. En ese momento estaba con Justin, uno de los jugadores, que la besaba en un rincón. Se notaba que estaba pasada de tragos.

—Consejo de la noche que no me has pedido —señaló él, mientras daba otro sorbo, esta vez a un refresco. Ella levantó la ceja, sorprendida—. No la dejes ir con ese cabrón.

Eva miró para donde estaba su amiga y vio como Justin, sin ningún respeto, la tocaba, y negó con la cabeza.

—Ni siquiera le gusta, está pasando por un muy mal momento. No la dejaré, no te preocupes.

Se alejó de nuevo, fue a donde su amiga y le pidió que la acompañara al aseo.

La chica se levantó, y el jugador de futbol, no muy contento de que le quitaran el caramelo, casi no la deja ir.

Ya Brandon iba a levantarse, cuando vio a Eva imponerse ante el chico, aferrar a su amiga por la cintura y sacarla del abarrotado salón.

Diez minutos después, Eva se acercó a la barra y cruzó unas palabras con el administrador, alcanzó a escuchar que le pedía ausentarse desde ese momento. El hombre accedió de no muy buena manera. “Cabrón”, susurró Brandon para sus adentros.

Brandon pagó la cuenta y se levantó al tiempo que Eva volvía al interior del lugar por su amiga.

—Te llevo a casa —le dijo cuando pasó por su lado.

—No te preocupes, pediré un taxi —respondió ella, firme.

—¿Y tu auto?

—Robert está en reparación.

Brandon soltó la risa.

—Así que ese es el famoso Robert, me tuviste en ascuas tres días.

—¡Qué va! Mínimo fueron dos minutos antes de que cayeras en cuenta —dijo, con un gesto de impaciencia que enmascaraba preocupación por Janeth—. Mira, la charla está muy agradable y todo lo que quieras, pero debo ir por mi amiga, tomaremos un taxi, tú debes tener cosas más interesantes que hacer.

Ella se tocó el lóbulo de la oreja por tercera vez en la noche y él se preguntó cómo se sentiría poder abrazarla, chupar ese lóbulo y decirle que no se preocupara por nada.

Tenía la impresión de que era una mujer tenaz e independiente y no vería con buenos ojos cualquier gesto de macho de las cavernas proveniente de él.

—No, Eva, no tengo nada mejor que hacer, sé que eres una mujer capaz de solventar sola esta situación y cualquier otra.

—Al ver el gesto enfadado que hizo ella, él levantó ambas manos para calmarla—.

Lo admiro y lo respeto como no tienes idea.

Estoy segurísimo de que lo haces fenomenal, te has empeñado en ello, pero déjame tener mi acto de caballerosidad de esta noche, no lo hagas por ti o por tu amiga, hazme ese favor.

Eva elevó las comisuras de la boca.

—Eres un jodido manipulador, eso es lo que eres —dijo ella, soltando una risa y dándole un codazo en las costillas.

—¿Necesitas mi ayuda?

—No creo, todavía puede caminar —dijo ella, molesta.

—Ok, vamos a hacer algo, no creo que el neandertal que está en el otro extremo —dijo refiriéndose al rollo de Janeth de esa noche— vea con buenos ojos que sacamos a su chica de aquí. Vamos a ir por la puerta trasera. ¿Te parece?

Ella afirmó con la cabeza y llevó a Brandon por un pasillo hasta una oficina, Janeth estaba acostada en un sofá frente a un escritorio pequeño. Eva se acercó para despertarla y la chica sonrió tan pronto los vio.

—¡Tú! —dijo en cuanto vio a Brandon.

Eva se tensó. Él ayudó a levantar a la chica y la mantuvo sujeta a su cuerpo, mientras la otra tomaba su mochila y apagaba la luz del lugar.

—Abrígate, hace frío —dijo Brandon.

Era la segunda semana de octubre, el otoño ya se aposentaba en las calles. Eva se puso el suéter de sudadera que llevaba. En el trayecto al auto de Brandon, Janeth lo miraba y se reía.

—Te buscamos en Google.

—¡Janeth! —exclamó Eva, sonrojada—. Cierra el pico.

En el rostro de Brandon apareció una sonrisa.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Te llaman el rey de diamantes. Ay, no me pellizques —balbuceó Janeth, mirando a Eva de mala manera—. Dijiste que estaba bueno y follable, y que sería un buen prospecto para salir este año de la sequía.

“Tierra, trágame y escúpeme en el otro lado del mundo”.

—¡Cállate, Janeth! —exclamó Eva, mortificada como nunca en su vida.

Brandon abrió la puerta de su auto sin dejar aflorar la sonrisa en su rostro. Acomodó la chica en el asiento trasero, mientras Eva por la puerta del otro lado le ajustaba el cinturón de seguridad.

Luego le abrió la puerta del auto a Eva para que se acomodara en la silla del copiloto. Se acercó para ajustarle el cinturón de seguridad.

—Puedo sola —adujo ella de no muy buen modo.

A Brandon nada le agriaría el talante después de escuchar a Janeth, recordó el dicho: “Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”. Puso algo de música y la letra de una canción de Bruce Springsteen llenó el silencio, por el espejo retrovisor observó que Janeth parecía en coma.