CAPÍTULO 5 #2
Eva volvió al libro y estudiaron otro rato, hasta que media hora después se escuchó el sonido del interfono.
Brandon se levantó con paso ágil y habló con el portero para que dejara subir al mensajero.
Eva recogió los libros y guardó el ordenador, dando por concluida la jornada de estudio. En media hora tendría que irse.
Brandon llegó con la caja grande de pizza, platos y servilletas. Le pasó otro vaso con refresco. No se parecía a ningún otro chico que hubiera conocido, tenía modales, era atento, ¿quién diablos servía hoy en día un refresco en vaso de vidrio o no comía directamente la pizza de la caja?
—Háblame de ti —pidió Brandon, sacando una porción de pizza y poniéndola en el plato.
Eva bebió otro sorbo de refresco. El olor a queso, carnes frías y especias saturó el ambiente y le hizo rugir el estómago, recordó que solo había comido un triste sándwich a media mañana, se moría de hambre.
—¿Qué quieres saber?
—Generalidades, para empezar —dijo Brandon con aire indiferente antes de darle un buen mordisco a la pizza—. ¿De dónde eres?
Ella meneó la cabeza.
—Soy de Evanston. Vivía con mis padres, mi padre está retirado del ejército, aunque ahora atraviesa una situación un poco complicada.
—¿Por? —preguntó en un tono suave, íntimo, limpiándose la boca con una servilleta que resultó ser de tela.
Eva soltó el pedazo de pizza en el plato y tomó una servilleta repitiendo el gesto de él.
—Fue herido en una misión en Afganistán y ha sido algo difícil la recuperación.
—Lo siento. Espero que se recupere pronto.
—¿Por qué vives solo si tu familia es de aquí?
El rostro de Brandon se ensombreció. Y se masajeó las piernas con las manos.
—Digamos que en mi casa no es que se respire el calor de hogar. —Pensó en la señorita Selma y se dijo que estaba siendo injusto—. No me siento cómodo, vivo solo desde el último año de escuela.
Eva pudo captar cierta nota de dolor en lo dicho por Brandon.
—Eso es triste.
Se sentía mal por él, aunque no debería, era rico, guapo y por lo que sabía, buen estudiante; sin embargo, algo en su tono de voz y en su mirada la atrapó y se sintió conmovida.
Brandon sacudió la cabeza como si le sorprendiera su simpatía, minutos atrás no le inspiraba mucho respeto a esa mujer y eso lo incomodaba.
—No es grave, Eva James, he tenido otras ventajas, tengo dos hermanos menores a los que estoy muy unido. ¿Tienes hermanos?
—Sí, una hermana mayor, que es auxiliar de odontología.
Mientras le contaba cosas de su familia, él se perdió de nuevo en sus facciones: las cejas eran delgadas y perfectamente delineadas, las pestañas eran largas, la mirada insondable, y esa manía de tocarse el lóbulo de la oreja, ya lo había hecho tres veces.
Su aroma lo volvía loco y le inspiraba deseos de enterrar la nariz en su cuello.
Le empezaba a molestar un poco la indiferencia con que lo trataba, a esas alturas cualquier otra mujer ya hubiera dejado patentes sus intenciones.
Ella, aunque se sonrojaba y lo miraba con fijeza cuando creía que él no se daba cuenta, no parecía querer tener que ver algo con él.
Por lo visto, lo dicho durante la partida de billar era cierto, le costaría mucho conquistarla, pero lo haría.
“Dios, sus ojos tan azules”, pensó. Y sus labios, esos labios rojos naturales perfectamente pincelados por el creador.
Un hombre podría volverse creyente al ver tanta belleza.
—Es la cuarta vez que te tocas el lóbulo de la oreja —le dijo en cuanto volvió a repetir el gesto.
Vaya, vaya, así que había observado su único tic, por lo visto estaba interesado y ella no sabía qué pensar.
Le sostuvo la mirada unos instantes, era un hombre demasiado guapo y se sentía atraída, sería de tontos negarlo, desde sus exóticos ojos hasta la hendidura del mentón y el esbelto cuerpo.
Era diferente a cualquier otro que hubiera conocido.
La obligaba a reparar en cosas que antes no le hubieran preocupado.
Y también sería de tontos involucrarse con él, una cosa era el coqueteo que no llevaría a ningún lado, pero lujuria, cruda y visceral, eso era algo mucho más difícil de manejar.
—¿Cuántos años tienes?
Él le regaló otra de sus sugestivas sonrisas.
—Los suficientes, no te meterás en ningún lio —aseveró, conteniendo una carcajada.
Necesitaba dejar de mirarlo, se levantó y observó los títulos de la biblioteca. No era muy grande, había varios libros de economía y finanzas, algunos clásicos y libros de cuentos, todos se notaban gastados por el uso. Le gustó que fuera lector, le parecía sexy.
—Te gusta la lectura.
—Puedo asegurarte que a algunos personajes que nacen en cuna de oro les gusta la lectura.
Ella le sonrió.
—¿Me lo vas a recordar cada tanto?
Él se acercó a ella y le habló al oído, lo que le ocasionó un escalofrío.
—Es tu día de suerte, preciosa. Cena conmigo el sábado y no volveré a tocar ese tema.
El tono de voz la recorrió de manera contundente, de pronto sintió una pesadez en medio de las piernas y soltó una risa nerviosa.
—Eres tan…
—Lo sé, guapo, atrayente, sugestivo…
Era todo eso y más, pero nunca se lo admitiría.
—Eres raro.
Él le sonrió abiertamente y ella tuvo el imperioso deseo de besarlo, ¿qué diablos le pasaba? Un hombre como él haría tiro al blanco a su corazón.
—Ah —la miró de manera astuta—, vamos a dejarlo en un sinónimo de cualquiera de esas palabras: increíble.
—Ya no eres raro, eres egocéntrico.
Él frunció los hombros y le regaló una mirada engreída.
—Dejémoslo en increíble ¿qué dices de la cena?
—Te llamaré.
—Bien.
A pesar de toda su palabrería, Eva se dijo que era todo un caballero, hasta que insistió en acompañarla al aparcamiento y vio el destartalado Toyota Camry de por lo menos una década.
—Pensé que a las meseras de Madison les pagaban mejor, este esperpento es un peligro andante.
Ella levantó el dedo y le pidió silencio en un falso gesto de dolor.
—No sabes lo que acabas de hacer, has herido su susceptibilidad, este chico me ha acompañado por tres años a todas partes y no me ha dejado tirada en ninguna, a diferencia de un par de citas que he tenido.
—Has tenido mala suerte, Eva James, si sales conmigo nada de eso ocurrirá.
Ella estaba segura de eso, pero no le haría las cosas tan fáciles. Encendió el auto y con una risa lo enfrentó.
—No voy a cambiar a Robert.
—¿Robert? ¿Quién coño es Robert? —preguntó con el ceño fruncido y las manos en la cintura.
El auto ronroneó.
—Hasta la vista, Brandon King.
Sacó la mano por la ventana del conductor y se despidió con la mano. Por el espejo retrovisor vio que él se metía las manos en los bolsillos y seguía el auto con la mirada.