HERMANOS KING CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Eva hablaba dos veces a la semana con su madre.

A ella le hubiera gustado que su hija estudiara en Northwestern y así no habría salido de casa, pero el costo de la universidad estaba fuera de las posibilidades de la familia James.

La beca completa la había logrado en St John´s, una universidad con las mismas credenciales, y que no quedaba lejos, pero el viaje de ida hasta su casa era por lo menos de hora y media, y con los trabajos y exámenes, hacía dos meses que no visitaba a sus padres.

Llegó la noche siguiente de la fiesta, pensando en la reunión para estudiar con Brandon al otro día, y escuchó el timbre del móvil. Soltó el morral a un lado de la cama, se desabrochó la chaqueta y contestó el aparato.

—Hola, preciosa.

La voz de su madre le llegó como un cálido abrazo y por un momento, Eva quiso transportarse a su hogar. La imaginaba en la cocina o en la salita de estar, bordando concentrada o sembrando rosas en el jardín. Era una vida sencilla y valiosa.

—Hola, mamá. —Se acomodó en la cama en posición fetal.

—¿Cómo te fue en el examen?

—6.5 —dijo, desganada.

—¿Y eso es muy malo?

—Nunca había sacado esa nota, tendré que sacar sobre diez el resto de notas para mantener el promedio.

—Lo siento mucho, cariño, pero verás que lo lograrás, eres mi guerrera favorita.

Eva suspiró y sonrió al teléfono.

—Eso espero, mamá, ¿cómo está papá?

Su padre había sido dado de baja del ejército por una herida en la pierna que estaba en proceso de recuperación, y le costaba seguir los tratamientos médicos.

—Tu padre empezó una nueva terapia, por lo menos ha ido muy aplicado a cada sesión, esperemos que no se aburra. Además, en su tiempo libre está haciendo algunas reformas en la casa con la ayuda de Jack.

Jack era el novio de su hermana mayor, Helen, que trabajaba como auxiliar de odontología en un consultorio del mismo condado. El joven era contratista de la construcción, su negocio estaba iniciando e iba muy bien.

—¿Cuándo vendrás a vernos?

—Mamá, tengo mucho que estudiar.

—Lo sé, por eso no nos hemos aventurado algún fin de semana, queremos darte tu espacio. Eso sí, no te puedes perder Acción de Gracias. Creo que tu hermana se va a comprometer.

Eva se sentó en la cama. Helen se merecía todo lo bueno que la vida le pusiera por delante.

—Guau, ¿en serio?

—Tu papá algo sabe, pero no he logrado que me diga nada.

—Déjalo tranquilo, a lo mejor Jack le hizo prometer que se lo callaría. Me alegro mucho.

Escuchó la risa limpia de su madre.

—Pero entre esposos no debe haber secretos.

Eva soltó la carcajada.

—Ay, mamá, no sabes cuánto te extraño.

—Yo también te extraño, cariño. Cuéntame, ¿hay algún admirador en el panorama?

Eva observó el techo de la habitación, el rostro de Brandon se materializó ante ella.

—No.

—Vamos, no me lo creo, eres hermosa e inteligente, debe haber por lo menos un chico interesado.

“No tan chico”, caviló Eva.

—Bueno, hay uno.

—¡Lo sabía! Háblame de él.

Eva le habló de Brandon de manera somera.

No quería profundizar en el tema porque su madre no la dejaría en paz, y antes de que le sonsacara más cosas, le preguntó por el negocio.

Ella le habló varios minutos sobre los últimos chismes de las personas asiduas al local.

Le habló de los bordados en los que trabajaba (era experta en punto de cruz), y del concurso que organizaría con las señoras de la parroquia.

Eva empezó a bostezar y se despidieron, no sin hacerle prometer que los visitaría un fin de semana antes de Acción de Gracias.

A los pocos minutos de haber colgado, llegó Janeth con una sonrisa que hacía meses no le veía y una caja de pizza que enseguida le abrió el apetito.

—¡Me llamó Steve!

Eva se sentó en la cama.

—Ni se te ocurra volver con él, el tipo es maquiavélico.

Ella se acomodó en la cama en posición de loto como si fuera a meditar.

—No, me di el gusto de mandarlo al infierno, no te preocupes. Creo que lo voy superando. Hoy hablé con Amy. —Janeth se refería a su prima que estudiaba tercer año de Derecho y que tenía una agenda más ocupada que la de Eva—. Le recordé la fecha de nuestra salida de cumpleaños.

—Bien. —A Eva le gustaba Amy y aunque no le hacía mucha ilusión la salida, se dijo que una fiesta no le haría ningún daño.

Eva se levantó y se acercó al mueble del DVD.

—No voy a abrir más libros por hoy. ¿Friends o Grey´s Anatomy?

—Definitivamente Friends.

Al día siguiente, Eva se presentó en el edificio de departamentos donde vivía Brandon King, una torre de doce pisos a cinco minutos en auto desde la universidad.

La recepción era sobria y elegante. El portero la anunció y luego en el ascensor se puso un poco nerviosa, nada quedaba de la chica descarada de la partida de billar.

Se había puesto un jean, una blusa azul cielo y mocasines.

No puso mucho énfasis en maquillaje o perfumes, no quería dar una imagen equivocada y que él pensara que se había arreglado a propósito.

En cuanto salió del ascensor en el penúltimo piso, vio a Brandon que la esperaba en la puerta del departamento. Llevaba unos jeans desteñidos y una camiseta con el logo de la universidad. Su sonrisa descarada le ocasionó un vuelco en el estómago.

—Hola.

—Hola, Eva James, me alegra que hayas venido —dijo en un tono que hizo que Eva quisiera salir corriendo y a la vez devolverse para esmerarse más en su arreglo personal.

Su intensa mirada amenazaba con chamuscarla, la conexión era evidente, se obligó a dirigir sus ojos a otra parte para no quedar mirándolo boquiabierta.

Él la invitó a seguir el apartamento.

—Dame la mochila.

—Puedo con ella —contestó, tranquila, y la dejó en una silla.

Recorrió con la vista el lugar, no era muy grande, una sala cómoda y ordenada, un comedor redondo y más allá la cocina.

Al fondo vio dos puertas que dedujo eran el baño y la habitación.

Tenía pocos cuadros y adornos, un televisor grande coronaba la pared frente al sofá, sobre un estante de películas.

Brandon abrió una puerta plegable que ella creyó era una pared de madera, y que conducía a un estudio, con escritorio y biblioteca. La invitó a entrar.

—Muy bonito lugar.

—Gracias.

Brandon no podía dejar de mirarla, y tendría que dejar de hacerlo o la chica se asustaría.

Estaba preciosa, su mirada celeste era aprensiva, el jean le marcaba las curvas en los sitios adecuados y el cabello lo llevaba suelto, un sutil aroma a champú llegó hasta él cuando pasó por su lado.

No llevaba maquillaje y no lo necesitaba.

—¿Deseas tomar algo?

—Una soda estaría bien.

—¿Normal o de dieta? —preguntó camino a la cocina.

Eva blanqueó los ojos.

—Normal.

En cuanto él volvió, ella ya había desplegado un par de libros sobre el escritorio, así como su computador portátil. Fue rápida, pensó él, no quería charla insustancial, pero no perdería la oportunidad de saber de su vida ahora que estaba en su casa.

—Toma —dijo, tendiéndole el refresco en un vaso y acercándose a la biblioteca, de dónde sacó un libro—. Aquí hay muy buenos ejercicios para que le des un enfoque un poco diferente al trabajo y que también te ayudarán en el próximo examen. ¿Preparada?

—Sí.

Pasaron la siguiente hora en medio de ejercicios sobre variables financieras en diferentes empresas.

Eva observaba de tanto en tanto el rostro de Brandon, que le explicaba la influencia del entorno macroeconómico de una de las empresas estudiadas, tenía una cicatriz en la parte superior de la ceja, ¿cómo se la habría hecho?

Le gustaba la línea que dividía su mentón, ya sombreado a esa hora de la tarde.

Él sonrió con picardía, como si hubiera adivinado sus pensamientos, ella se sonrojó y volvió a prestarle atención durante un rato más.

—Tiempo. —Brandon se levantó de la silla—. Tengo hambre. ¿Ordenamos una pizza?

Eva miró el reloj, en dos horas tendría que estar en el Club Madison, un bar en el que trabajaba de mesera dos veces a la semana.

—No creo que me alcance el tiempo, tengo que estar en dos horas en el trabajo y todavía falta tema.

Brandon frunció el ceño en actitud curiosa.

—¿Trabajo?

—Sí, no todos nacimos en cuna de oro. Tengo que trabajar para ayudar con mis gastos.

Brandon le lanzó una mirada dura.

—¿Siempre has sido tan prejuiciosa?

—No puedo ser tan ingenua, en la universidad tienes tu reputación, he visto cómo eres con las mujeres y antes de que batas palmas porque pienses que sigo tus pasos, déjame decirte que escucho hablar de ti con frecuencia.

—No tengo la culpa de haber nacido en cuna de oro como dices y no sabes si trabajo o no —contestó él, cortante. No iba a justificarse por tener ciertas ventajas—. No deberías creer todo lo que escuchas o malinterpretar todo lo que veas.

Ella le tocó el brazo y una energía subió por su mano. Interrumpió el contacto enseguida.

—¿Tú has trabajado?

—Sí, desde joven he trabajado en el negocio de la familia, este último año no con la frecuencia que debiera por la carga académica, pero a partir de enero estaré a jornada completa.

—Mil disculpas si te hice sentir mal —suavizó el tono—, yo trabajo los martes y los jueves como mesera en el Madison, ¿sabes dónde está?

—Sí, es el lugar favorito de mis compañeros de fraternidad.

El lugar donde los chicos de la universidad iban a ligar, había ido en varias oportunidades y nunca la había visto.

—¿Hace mucho trabajas allí?

—Apenas este semestre, antes trabajaba en la cafetería de Molly.

Brandon sacó el móvil y marcó un número.

—Los mejores panqueques de los alrededores, hace tiempo que no voy. ¡Hola, Tonino! Bien, bien, una pizza, ¿de qué la quieres? —le preguntó—. ¿Vegetariana? ¿Carnes?

—Carnes y reborde de quesos —capituló ella.