HERMANOS KING CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Selma Jackson era una mujer de una estirpe nacida en medio de un entorno adverso. Alegre, espontánea, cariñosa, un poco terca y orgullosa, poseía una suspicacia muy desarrollada, así como un carácter fuerte y temperamental cuando se le enojaba.

Al abrazarla la percibió más delgada y eso lo preocupó.

Por primera en la vida se percató de que ella era una simple mortal, además del roble mullido y oloroso a canela y suavizante de ropa en el que se apoyaban él y sus hermanos.

La señorita Selma no había tenido fecha de caducidad para él hasta ese momento.

—Déjame, yo sirvo, siéntate mejor y yo te atiendo —dijo el joven.

La mirada que ella le dirigió dejó a Brandon plantado en el lugar. Se sentó y la dejó hacer. Ella le pasó el plato y el olor de su sopa preferida cuando niño le estrujó el corazón. Le pasó una hogaza de pan, que sabía era amasado por ella misma.

Él y sus hermanos habían aprendido a portarse bien, no con el desfile de niñeras o institutrices que pasaron por la casa esos años y a las que les habían hecho la guerra sin cuartel; no, ellos lo aprendieron en la cocina con la señorita Selma: o se comportaban o corrían el riesgo de conseguir un jalón de orejas.

—Adelante —dijo en voz baja—. No esperes a que se enfríe.

Se dispuso a dar cuenta del alimento, ella lo miraba satisfecha.

—¿No tienen restaurantes en esa universidad cara a la que asistes?

—Sí hay restaurantes, pero nada como lo que tú preparas.

—Te alejas demasiado, no es bueno. Esta es tu casa.

Brandon sabía que ella nunca le pediría que volviera a vivir en la mansión.

A diferencia de su madre, que seguro estaría molesta por su tardanza en el área de la servidumbre, Selma lo conocía como nadie.

Era diferente a sus hermanos. A Nathan le era indiferente vivir en cualquier lado, mientras tuviera sus mínimas necesidades cubiertas, y Mathew estudiaba en otro estado.

La cocina quedó en silencio mientras él dada buena cuenta del alimento. La señorita Selma frunció el ceño.

—No debiste hacerlo.

—Es un regalo.

—Yo podía pagarlo.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Brandon se levantó dispuesto a tomarse otro plato de la famosa sopa de tomate con pollo desmenuzado y queso fresco, pero ella se lo quitó y fue a servirle.

—Es solo un tiquete. Mereces esas vacaciones, ver a tu familia, hace tiempo que no hablas de nada más que de tu sobrina Meghan, la hija de tu hermana menor, es hora de que vayas y los visites. No solo es enviar dinero, la familia debería ser más que eso.

—Gracias por mi tiquete.

—La fecha de regreso es inamovible.

No se imaginaba la casa sin ella, a su familia sin ella, su vida sin ella.

—A lo mejor me quedo en mi tierra.

—Iré a buscarte.

Ella sonrió y le acarició el rostro.

—Eres demasiado guapo, no hagas sufrir a las mujeres.

—No, señora.

Cuando él acabó la sopa, le retiró el plato.

—Y ahora vete de mi cocina y pórtate bien con tu madre.

—Sí, señora.

Cuando el joven Paul King, descendiente de una prominente familia de Chicago, conoció a Anne Butler en su primer año de universidad en Northwestern, ella acababa de llegar a esa ciudad con su apellido, sus costumbres sureñas, la empleada que la había criado y el deseo de brillar, así fuera en una ciudad del norte.

A los tres años de enviudar, Anne se había vuelto a casar, tomando el apellido de su nuevo esposo, un importante hombre dedicado al mundo bursátil.

El matrimonio no tuvo muchas ventajas económicas, pero el apellido Winthrop había inclinado la balanza de su aristocrática madre, para quien el origen de las personas era de suma importancia.

Caminó por el corredor de pisos lustrosos, atravesó salas de estar repletas de obras de arte, pasó por la biblioteca y la sala de música hasta llegar a un salón donde la familia se reunía cuando estaban todos juntos.

Su hermano Nathan estaba sentado en el sofá revisando mensajes de texto en su móvil; el menor, Mathew, leía el periódico. Se sorprendió al verlo.

—Hola.

Los menores le devolvieron el saludo. Mathew se levantó de la silla y Brandon le dio un fuerte abrazo.

—¿Qué haces aquí? ¿No me digas que te echaron?

Nathan soltó una risotada. Brandon sabía que era poco probable, su hermano menor era uno de los mejores alumnos de la facultad. Un cosquilleo de advertencia lo hizo ponerse en guardia.

—Llegué en la tarde y me voy mañana.

Se acercó a su madre y le dio un suave beso en la mejilla, más por formalidad que por cariño.

Ella y su padrastro bebían un coctel mientras cuchicheaban de pie al lado de la chimenea.

Anne Winthrop no era hermosa, pero sabía aprovechar sus principales atributos: cutis blanquísimo, melena negra peinada a lo paje con un flequillo que le llegaba hasta los ojos, mandíbula cuadrada y ojos grises —los mismos que había heredado Brandon—, alta, delgada y en forma, no era una mujer de medias tintas.

Le estrechó la mano a su padrastro.

—La invitación era aquí, no en la cocina —fueron las palabras de su madre.

—Lo siento —contestó, contrito—, tenía que ver a la señorita Selma primero.

Parker Winthrop le ofreció un trago para antes de la cena, que Brandon declinó.

—No le prestes atención —le dijo el esposo en cuanto ella se alejó para ordenar que la cena fuera servida y luego se sentó junto a Nathan y Mathew—. Está molesta porque no fue portada en la revista Belleza y estilo de este mes.

—¡Qué tragedia! —exclamó Brandon con sarcasmo.

Parker era un hombre que pronto cumpliría los sesenta años, alto, delgado, de cabello canoso y ojos azules, llevaba casado con su madre más de diez años. Se mantenía en forma jugando al tenis, de hecho, Brandon jugaba con él algunos domingos en el club.

—¿Estuviste en la final del Abierto?

Brandon se refería al Abierto de Tenis de Estados Unidos que se celebraba a finales de agosto y la primera semana de septiembre.

—Sí, ¿viste el partido? —contestó Parker.

Le sonrió a su padrastro mientras más allá su madre reía de algo que comentaba Nathan. La señora Bruce entró al salón para anunciar que la cena estaba servida.

—Venganza pura por lo ocurrido en el Roland Garros, Djokovic no iba a permitir que Nadal se alzara con el triunfo —contestó Brandon mientras caminaban por el pasillo hasta el comedor.

Nathan estudiaba Análisis de Negocios en Northwestern y vivía en la casa —le gustaba demasiado la buena vida para vivir lejos del hogar en ese momento—, era tan alto y acuerpado como Brandon, el cabello castaño como el de su padre, ojos risueños, oscuros y mirada inteligente que escondía bajo una actitud relajada e indiferente.

En apariencia no se tomaba el mundo en serio y Brandon no sabía la razón.

Mathew cursaba segundo año en Harvard, desde el verano no lo veía.

Era el más parecido a su madre, a excepción de los ojos, el cabello oscuro liso, alto y mucho más delgado que los mayores.

Le extrañó el motivo de la reunión, su madre no era asidua a invitarlos a todos, tendría que ser algo relacionado con la empresa.

Parker se alejó para darle el brazo a Anne y Brandon fue con sus hermanos.

—Cuéntame, ¿qué te trajo hasta la cueva? —preguntó Brandon al menor en cuanto se sentaron a la mesa.

El chico levantó la mirada, miró a su hermano con afecto y señaló a su madre.

—Me dijo que me extrañaba.

Ambos soltaron la carcajada. Nathan se acercó.

—Es raro, espeluznante —intervino.

Con Anne nadie era capaz de adivinar qué pasaba por su mente, ni lo que la motivaba en cada acción de su vida. Brandon nunca bajaba la guardia con ella.

—¿Y Ryan? —preguntó Brandon. Apenas toleraba a su hermanastro. Lo consideraba una persona siniestra, circundada por un aura oscura.

—No fue convocado por su majestad —señaló Nathan, burlón. Era muy diferente a su hermano Mathew, siempre serio y circunspecto.

—Qué raro —observó Brandon. Su madre conocía su animadversión hacia él, pero le interesaba muy poco.

Si había reunión familiar, Ryan llegaba con su sonrisa de tiburón.

Se preocupó un poco más, si no lo había invitado, algo necesitaba de él, o de los tres.

Esa reunión no traería nada bueno, años de experiencia en conocer a Anne se lo dijeron—.

Siempre está en estas reuniones —dijo más para sí mismo.

Un mantel de lino irlandés cubría la mesa, sobre este se desplegaba el juego de vajilla importada que había estado en la familia por muchos años.

Una de las empleadas sirvió la sopa, la conversación giró en torno a los deportes; al momento del plato fuerte hablaron de política, y para los postres el ambiente estaba relajado, menos para Brandon, que esperaba la estocada por algún lado.

Anne, que los miraba con celo de halcón, se notaba satisfecha de tenerlos en la mesa. Luego los invitó a tomar café en el salón. Cuando Nathan declinó la invitación y su madre dijo que tenía que hablar de algo, Brandon supo que no se había equivocado.

Como si los hermanos presintieran algo, se sentaron a lado y lado de Brandon en el sofá: un solo frente, como habían aprendido de niños.

—Quiero comentarles algo sobre la empresa antes de la reunión semestral con los directivos.

—Te escuchamos, madre —expresó Brandon en tono tenso.

—El mercado de la joyería ha estado a la baja en el último semestre. El aumento de las importaciones se está llevando una gran tajada del mercado…

—Según mis reportes, el sector creció, no tanto como en años anteriores, hay que tener en cuenta la recesión, pero no he visto que esté a la baja, querrás decir que Joyerías Diamond está a la baja —aseveró Brandon.

Anne enrojeció.

—Leemos los reportes —intervino Nathan.

—North Trust sigue a la cabeza del mercado norteamericano —señaló Mathew que apenas había abierto la boca en la cena—, y con muy buenas ganancias.

—¿Y dónde me dejan a Tiffany&Co? —interrumpió Brandon, molesto.

—No estoy hablando de la competencia —apuntó Anne de malhumor—. En cuanto a nosotros, no sabemos si fueron los diseños, pero las ventas no se han recuperado, hay una obligación bancaria que suplir el otro mes y me temo que no se pueda reunir el dinero.

—Se pide un préstamo en otro banco —señaló Nathan como si fuera lo más obvio.

Brandon blanqueó los ojos y le dio una palmada cariñosa en la cabeza. Su hermano era un hombre muy inteligente, no entendía por qué a veces actuaba como un niño.

—¿De qué diablos te sirven las clases de Economía a las que vas? Si mamá está hablando con nosotros, es porque ya esa instancia está agotada. No observé nada raro en el informe del mes pasado, vi las ventas un poco bajas, pero nada alarmante.

—Brandon tiene razón —indicó Mathew.

—¿Y de dónde se va a sacar el dinero? —preguntó Nathan.

Brandon se levantó de la silla y caminó hasta la chimenea.

—¿No es obvio? —contestó el mayor con las manos en los bolsillos y sonrió con frialdad—. Necesita otra tajada de nuestro fideicomiso.

—No necesitas ser tan mordaz —intervino Anne, que le dispensó una mirada cargada de reproches—. Parker y yo solo hemos cuidado de la empresa.

—No lo has hecho muy bien, madre, y tú tampoco, Parker —dijo, señalando a su padrastro—. Me pregunto qué tanto tienes que ver con lo sucedido ¿No se te habrá ocurrido otra de tus flamantes ideas con el capital de la empresa? ¿Ryan que tiene que ver con esta crisis?

—Mi hijo ha hecho lo que ha podido —adujo Parker, que se removió en la silla visiblemente incómodo—. Y no todas las transacciones en la bolsa son exitosas.

—Pero se supone que tienes la experiencia para evitar el perder dinero, “nuestro dinero” —protestó Nathan con firmeza. Nada quedaba del joven despreocupado de siempre.

—¿Qué obligación financiera es? —interrumpió Brandon a su hermano.

—La del Banco Mercantil —contestó Anne en voz baja.

Brandon miró a Nathan y a Mathew, ellos lo apoyaron con un gesto.

Se sentó de nuevo y cruzó una pierna mirando a la pareja con gesto punzante mientras su mente trabajaba a gran velocidad.

Que lo jodieran si los dejaba salirse con la suya, meditó furioso, ya lo había hablado con sus hermanos seis meses atrás, cuando se presentó la misma situación, y ellos lo apoyaban.

—Vamos a hacer lo siguiente, madre —dijo en tono engañosamente suave, ganándose la atención de todos y mirándola con un brillo malicioso—. Si quieres otra parte del dinero que nos dejó papá, habrá que hacer ciertos cambios. Quiero a Ryan fuera de la empresa, yo ocuparé su puesto en enero.

—Pero si ni siquiera has terminado el máster —adujo Anne y juntó las manos como si estuviera rezando, lo que Brandon no se tragó ni por un segundo. Entonces buscó con la mirada el apoyo de sus dos hijos menores, pero los chicos King habían hecho un solo frente para apoyar a su hermano.

—Eso es un tecnicismo, me graduaré en mayo —dijo Brandon en ese tono arrogante que sabía muy bien cuando utilizar—. Ryan no le ha aportado nada nuevo a la empresa.

—Brandon —rogó Parker—, eso que dices es injusto.

—No, no lo es, y me parece bien que lo protejas, es tu hijo, pero ya está grandecito, él era el que debía estar aquí dándonos la cara para pedir el dinero. —contestó Brandon.

—Sabíamos que ibas a reaccionar así —refutó Anne.

—¿Y qué esperabas, madre? Es nuestra empresa, si necesitas ese dinero con urgencia, mis hermanos y yo te lo daremos, pero yo asumo el control de Joyerías Diamond —afirmó sin romper el contacto visual con ella—. Haré cualquier cosa para proteger nuestro legado.

—Insisto en que eres muy joven.

—Tengo tres años menos que Ryan, pero te aseguro que dos dedos más de frente y mucho más sentido común, así que no te queda otra alternativa. O mis hermanos y yo nos iremos por las vías legales.

Percibió a su madre asombrada y quiso dejar la conversación allí. Les daría tiempo de asimilar la noticia, ya no estaban ante niños impresionables y ávidos de cariño, se enfrentaban a tres hombres hechos y derechos que lucharían por sacar adelante su patrimonio.

Brandon fue el primero en levantarse y lo siguieron sus hermanos, que dieron por concluida la reunión.

—Espero los términos del acuerdo, en mi correo mañana, de ser posible —fue la despedida de Brandon con la mano en el pomo de la puerta.

Anne lo miró furiosa, percatándose por primera vez de que el control de la joyería escaparía de sus manos. Sus hijos no serían nada complacientes.

Brandon se despidió de sus hermanos, no sin antes invitarlos a desayunar en su departamento, para hablar de lo sucedido y de los pasos que seguirían a continuación, y volvió a su departamento cercano a la universidad.