CAPÍTULO 4
Las fluctuaciones de la música se elevaban por encima de las voces y las risas. A lo lejos Eva escuchó lo que parecía el entrechocar de vasos de cristal, cuando Brandon, con una sonrisa divertida, colocó las bolas de billar en el tapete.
—¿Pool?
Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza mientras agarraba una tiza.
Frotó la punta del taco y lo sopló. Miró a Brandon con los ojos entrecerrados y él le obsequió una mirada ávida.
Eva se dijo que estaba muy atrevida esa noche, como si el chico sacara una parte suya que se negaba a los demás que intentaban flirtear con ella.
—Vamos a conseguir más cerveza —dijo Janeth a su nuevo amigo, al que agarró de la mano y arrastró lejos.
—¿Empiezas? —preguntó Brandon con voz ronca y un ligero carraspeo. Dio la vuelta a la mesa con pasos elásticos y firmes.
Eva se colocó en línea con la bola blanca y, con un toque rápido, impactó en un lado del triángulo con tanta fuerza que una bola coloreada salió rodando y cayó en la tronera del medio. El resto de bolas quedaron desperdigadas en el tapete.
—Escojo las coloreadas.
—Bien.
En el siguiente tiro, Eva consiguió que entrasen dos bolas en sucesión y falló el siguiente.
Un grupo de chicas se aposentaron con la clara intención de ver jugar a Brandon. Eva hizo una mueca al ver lo obvias que eran. Cuando el joven dio la vuelta a la mesa y pasó rozándola, le dijo:
—Tienes a tu grupo de fans babeando.
—Que nada te distraiga —contestó él con indiferencia y al punto cambió a un tono más cálido—. Si quieres saber la verdad, tenía muchas ganas de conocerte.
Eva inclinó la cabeza con expresión curiosa. Él la miró de reojo tratando de concentrarse en su jugada.
—Creo que has conocido a una buena cantidad de gente.
Él levantó la mirada del juego y caminó de nuevo despacio hasta ella. A lo lejos, Eva se pudo percatar de que eran el tema de conversación de los que los rodeaban. Brandon se acercó tanto que ella podía oler su loción y le susurró al oído:
—No hagas caso a los comentarios.
—Es difícil no hacerlo, y juega de una vez —ordenó con un leve estremecimiento, y se llevó la mano a la nuca para disimular. Solo le faltaba sonrojarse, caviló, molesta.
Brandon le regaló una sonrisa ladeada y metió tres bolas de una sola estocada.
En la cuarta falló por un pelo. Sus movimientos eran armónicos y precisos, parecía un hombre cómodo con su físico.
Rezumaba confianza y virilidad, algo de lo que carecían los demás chicos que rodeaban a Eva.
No quería pensar que se estaba inclinando hacia el macho alfa de la manada; para su orgullo, eso no era satisfactorio de ninguna manera.
—¿Sales con alguien? —preguntó él al acercarse de nuevo.
—No, por el momento no, ¿por qué preguntas? ¿Interesado? —Eva no quiso sonar coqueta, pero así fue de todas formas.
—Por supuesto.
Ella se ruborizó e incapaz de evitar una sonrisa, se concentró de nuevo en el juego. La chispa entre los dos era más que evidente. La gente perdió el interés y poco a poco fue dejándolos solos.
Eva se paseó por la mesa decidiendo cuál iba a ser su próximo movimiento.
—Quiero salir contigo —dijo Brandon.
Ella golpeó una bola roja, que dejó en mejor posición y falló el siguiente tiro. Rio en voz baja.
—No creo.
Brandon sonrió y se pasó una mano por el cabello como si estuviera nervioso.
—Nunca he tenido que trabajar tanto por…
—Una chica —terminó Eva por él, y movió la cabeza en señal de negación—. Eres un arrogante.
Él golpeó la bola listada azul, y la metió en la tronera superior derecha. Apuntó a la roja, inferior izquierda y falló por poco.
—Clases, allá vamos —lo provocó ella.
—Te crees muy inteligente.
—Soy muy inteligente.
—Ahora quién es la arrogante.
—Créeme, tengo razones para serlo.
—No lo dudo —concluyo él por lo bajo, absorto en el juego otra vez.
Eva apuntó a la bola azul y con algo de suerte consiguió meter la última bola naranja. Dio la vuelta a la mesa, escogió la tronera inferior derecha, apuntó a la bola oscura y falló.
Del rostro de Brandon se soltó una sonrisa, como si saboreara la victoria anticipada.
Dio la vuelta y fingió meditar su próxima jugada.
Le dio un golpe suave y certero a la bola blanca, que se deslizó para chocar con la negra, que rodó enseguida hasta caer en la ventana superior derecha.
Se enderezó enseguida con sonrisa victoriosa.
Soltó el palo ante la mirada de Eva, que pensó que se comportaba como un animal salvaje dispuesto a darse un festín.
Se dijo que tenía que dejar de ver tanto programa de National Geografic.
Se dio la vuelta y apoyó las manos en los laterales de madera de la mesa de billar. Brandon se paró frente a ella y puso sus manos a lado y lado de las de ella. Sus penetrantes ojos grises le sostuvieron la mirada.
—Tengo muchas ganas de besarte ahora mismo.
El calor de su aliento inundó a Eva, el estómago se le encogió y los latidos del corazón hacían piruetas contra sus costillas. Él no dejaba de mirar su rostro, demorándose en su boca.
—No podemos, no te conozco y no acostumbro a besar chicos que no conozco.
—No estoy de acuerdo. Te conozco de hace tiempo, Eva James, llevo semanas observándote.
—Brandon…
Desasosegado, Brandon estudió el rostro de Eva. A pesar de toda su chulería, ella era… dulce, esa fue la palabra que le vino a la mente. Su expresión era abierta, suave, firme, el color de sus ojos le daba una sensación de infinito.
—Creo que debes retirarte —sugirió ella en voz baja.
Él se separó un poco.
—Tenía que aprehenderlo —dijo, como si hubiera despertado de un sueño.
Eva levantó una ceja.
—¿Qué?
—Tu olor —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.
Eva lo miró con la boca abierta, muy consciente de la forma en que sus pezones rozaban la tela del sujetador.
Sentía el rostro en llamas y le temblaban las piernas.
La mirada del hombre había despertado algo que estaba dormido en su interior.
Un sentimiento desconocido, que brotaba y florecía bajo el estímulo de aquellos ojos.
—No voy a besarte.
—Ya lo sé, me vas a hacer trabajarlo. —Se alejó de ella.
—Valgo el esfuerzo —dijo seria.
—¿Cena mañana?
Eva negó con la cabeza, él frunció el ceño.
—Lo siento, hasta que no recupere cierta materia, no podré salir contigo.
Brandon soltó la carcajada y la miró con un brillo intenso.
—Eres única, Eva James. Te daré las jodidas clases que quieras.
Ella asintió, satisfecha, como si no pudiera ser de otra manera.
—Bien, ¿puedes pasado mañana en la tarde? ¿En la biblioteca?
—Estudiemos en un lugar donde podamos concentrarnos. ¿Tu casa o la mía?
Eva se imaginó a Brandon entrando a su dormitorio y no le gustó mucho la idea; ya la gente empezaba a hablar y la incomodaba ser el centro de atención. Además, se negaba a ser una muesca más en el cinturón de él.
—Tu casa.
Intercambiaron números de teléfono. Brandon le envió su dirección y quedaron en contacto. Se ofreció a llevarla, pero ella había ido en el auto de su amiga Janeth y él prefirió no insistir.
Brandon llegó la noche siguiente al hogar de la familia ubicado en Lincoln Park.
Las altas rejas se abrieron en cuanto él bajó el vidrio del auto y oprimió un botón en la entrada.
El camino estaba rodeado de vegetación pulcramente escogida por un paisajista, en el medio una fuente de agua y al fondo, en una colina, se erigía la mansión, alta, fría e imponente; no pudo evitar compararla con su madre.
Lo recibió el ama de llaves, la señora Bruce, una mujer sin edad que los acompañaba desde que eran unos chicos.
Brandon atravesó indiferente la gran puerta de madera, caminó por el piso brillante de fina madera, impasible al olor del limón de la cera que utilizaban para cuidar los muebles; pasó de largo por el amplio vestíbulo, sin mirar las obras de arte y una que otra pintura de algún antepasado en pose despistada.
El ama de llaves ni siquiera se sorprendió cuando se le adelantó y se dirigió a la cocina.
Sus pasos hacían eco en el lustrado piso oscuro de madera.
Encontró a la señorita Selma inclinada sobre un fogón, revolviendo unos vegetales en una sartén frente a la estufa.
El olor a aceite y a especias se elevaba en el aire, llevando a Brandon por el sendero de las memorias de su infancia.
Era una mujer con algo de sobrepeso y cabello gris, tez oscura como el color de sus ojos, manos ásperas y nudosas prestas a la laboriosidad, a la ternura y a uno que otro coscorrón.
Vestía el mismo uniforme gris de toda la vida, con un delantal blanco anudado a la cintura.
Una joven que batía unas claras a punto de nieve levantó la vista de la labor y se sonrojó al mirar a Brandon.
Una risa coqueta vistió su semblante, pero la mirada severa de la mayor la devolvió a su trabajo.
Selma tenía más de sesenta y cinco años y había conquistado los corazones de los hermanos King por el estómago y por brindarles tiempo, cariño y disciplina.
Ella fue su hogar durante toda su infancia y ellos le habían pagado con devoción y lealtad absoluta.
Era la persona que más influencia tenía en los descendientes King.
—Buenas noches, mammy —saludó Brandon, dándole un abrazo que la mujer correspondió.
Ella tomó el rostro del joven en sus manos y lo miró a los ojos. Luego lo soltó.
—Ya era hora de que aparecieras por esta casa. Estás muy delgado, lávate las manos, te daré una sopa de pollo con tomate antes de que te reúnas con la familia.
A Brandon ni se le ocurriría decirle que no, o a lo mejor sabía que la comida que se serviría en el comedor formal no sería tan agradable como la que ella le ofrecía, no por la calidad, sino por la compañía.
—Sí, señora.
—Chica —llamó, dirigiéndose a la jovencita que la ayudaba—, pásame un plato para servir la sopa.
La muchacha se limpió las manos y caminó veloz a cumplir el mandato.