CAPÍTULO 2 #2
—Vamos a hacer lo siguiente. —Algo dentro de él se negaba a dejarla ir y la miró con intención—. Trabajará conmigo durante una semana, señorita James, usted solamente. Si después de ese tiempo veo que me ha convencido, el contrato será de ustedes.
Se levantó y después de una breve despedida, salió de la sala de juntas seguido del equipo de mercadotecnia.
—¿Me puedes decir qué diablos ocurre? —preguntó Dominic mirándola furioso. John y Kim cerraban los maletines sin perder un segundo del intercambio.
Eva negó con la cabeza varias veces, sin dejar de mirar la puerta por donde Brandon había salido.
—Es una larga historia y no estoy con deseos de contártela ahora mismo —contestó cortante—. Espérenme aquí, ya vuelvo.
Salió de la oficina dispuesta a enfrentarlo, escuchó a Dominic llamarla y no le prestó atención.
Compartir con él una semana de trabajo, meditó, ese hombre estaba loco, solo fue volver a verlo y todos los muros de indiferencia con que se había protegido desaparecieron como bocanada de aire.
Lo que pretendía Brandon era una locura, necesitaba hacerle entrar en razón sin curiosos alrededor.
Cuando aceptó volver a Chicago y trabajar con Joyerías Diamond sabía que tendría algún intercambio con el dueño de la empresa, pero lo usual en las consultorías era trabajar con un grupo de profesionales subalternos, generalmente los gerentes de los diferentes departamentos.
Nunca habían tenido al dueño de una empresa respirándoles en la nuca, que era lo que pretendía Brandon que ella soportase si deseaban ganar el contrato.
Se matarían en el proceso, estaba segura, o lo ahorcaría ella con sus propias manos.
Brandon se sentó detrás de su escritorio pensando que estaba hecho un soberano cabrón.
Lo había hecho con intención, seguro de que, por la historia compartida, ella se negaría.
Pasados los primeros instantes de su molestia, caviló: ¿en qué momento se le ocurrió pensar que quería a esa mujer revoloteando alrededor de él durante una semana?
Tomó uno de sus lápices mientras pensaba que apenas se soportaban.
La Eva del pasado le freía los sesos, pero a decir verdad le había gustado su imagen combativa y sabía que estaba haciendo un buen negocio.
Una semana a su lado y ella se olvidaría de hacerle alguna treta a su empresa, él era ante todo un hombre de negocios, si no le gustaba, que se jodiera.
Se llevó el lápiz a los labios, una mala manía que tenía desde la universidad, y pensó en lo que sería tenerla ahí. Fue el pitido del intercomunicador el que lo sacó de sus cavilaciones.
—La señorita Eva James desea verlo, señor.
—Dile a la señorita James que la reunión se acabó. Estoy ocupado.
Escuchó atentamente a su secretaria trasmitir la información y la suave voz de Eva al otro lado del auricular.
—La señorita James insiste.
—Está bien, dile que pase, pero solo tengo unos minutos —soltó el intercomunicador, no estaba listo para otro encuentro—. ¡Maldita sea!
Eva entró en su campo de visión y se observaron con animosidad unos segundos.
—¿No vas a decir nada? —preguntó ella.
—¿Qué necesitas, Eva?
—¿En serio vamos a jugar a esto? ¿No tienes nada que decir aparte de juramentos?
Él echó la silla hacia atrás.
—No se me ocurre qué quieras escuchar.
Ella tomó asiento, Brandon se fijó en que llevaba una mano al lóbulo de su oreja y supo que estaba nerviosa, porque ese era su gesto cuando algo la perturbaba.
—“Hola, Eva, ¿cómo estás? ¿Qué ha sido de tu vida este tiempo?”. Podrías empezar por algo así y no el gruñido que me brindaste en la sala de juntas.
—No estoy para entretener a nadie y no tengo la más mínima curiosidad por saber de tu vida —replicó Brandon en tono petulante, alzando una ceja y dirigiéndole una sonrisa socarrona.
El rostro de Eva mostraba consternación. Brandon sabía que estaba siendo cínico, quizá un poco grosero, no había sido educado para eso, pero ¿qué esperaba ella? ¿Qué la recibiera con un desfile? Era la mujer que había machacado su corazón y bailado sobre él hasta dejarlo vacío y vulnerable.
Eva se aclaró la garganta antes de hablar.
—Estoy segura de que no esperabas que estuviera en el equipo de consultoría.
Le mostró nuevamente su sonrisa arrogante.
—Ya lo sabía y espero que seas mucho más leal para esa empresa de lo que fuiste conmigo y con mi negocio.
Eva lo miró confundida. Brandon se levantó de la silla, caminó despacio y se apoyó en el borde del escritorio con los brazos cruzados. La miraba como si deseara tirarla por la ventana.
—Si no arreglamos nuestras diferencias me será difícil trabajar contigo —dijo ella ante su expresión.
Él soltó una risa irónica.
—¿Por qué? No tenemos que caernos bien —dijo con sarcasmo entre dientes—. En esta semana sabré qué tan buena eres en tu trabajo y si vale la pena que arriesgue mi trasero por ti.
Eva comprendió que todo cuanto había ensayado para ese encuentro no le había servido de nada. Los años de terapia parecían que habían volado con el viento. Se sentía furiosa, dolida y vulnerable.
—He trabajado muy duro para llegar a donde estoy, soy una profesional, como debes recordarlo y si vamos a trabajar juntos, tendrás que tener mis opiniones en cuenta, solo será trabajo, el pasado es pasado.
No estarás arriesgando el trasero por mí, lo estarás arriesgando por la empresa en la que trabajo. Somos tu mejor opción, lo sabes.
Brandon movió la cabeza en un gesto de negación y chasqueó los dientes con un sonido que ella conocía muy bien.
—No te preocupes, todos en la sala de juntas sabemos que además de bonita, eres inteligente, y tenlo por seguro que solo es tu inteligencia la que hoy te tiene enfrente de mí.
Eva sintió como si la hubiese abofeteado.
El Brandon que ella había conocido en el pasado no se parecía en nada al hombre que tenía delante.
El Brandon del pasado, aunque de temperamento serio, era un hombre apasionado, con un irresistible encanto juvenil, y amable con las personas.
Ahora la miraba como si fuera poca cosa y le debiera algo —no, algo no, mucho—, cuando ella era la parte lastimada, la que fue desechada como un simple objeto.
Quiso abofetearlo. Él le sonrió burlón, como si adivinara sus pensamientos.
Eva tuvo que superar muchas cosas, no solo lo ocurrido esa tarde y una parte de ella no podía perdonarlo.
Había sido una ilusa, al verlo, todo el resentimiento afloraba, la herida que creía sanada volvía a supurar; no, no podría trabajar con él, sería un atentado contra su paz mental, conseguida a base de mucho tesón.
Lo miró durante largos segundos. Aquel hombre tenía la veta de obstinación del Brandon joven, su mandíbula denotaba firmeza, pero carecía del aire juvenil y la profunda ternura del hombre que ella había amado en el pasado, y sus ojos del color del hielo, que antes la miraban con amor y deseo, hoy la contemplaban con profundo desprecio.
Había escuchado que se había convertido en un sagaz y riguroso hombre de negocios, ahora lo corroboraba.
Su boca, antes tan presta a la risa, era una línea dura.
No sabía si tantas responsabilidades lo habían hecho así o acaso era ella la que causaba ese gesto.
—No entiendo qué deseas lograr con esto, ¿quieres vengarte? ¿Qué más te habrán inventado de mí? ¿Con lo ocurrido no fue suficiente?
Brandon la miró con ojos brillantes y un rictus amargo en los labios.
—¿En serio Eva? ¿Tengo que recordártelo?
—No sé de qué hablas, pero no vine hasta aquí para recordar el pasado, mucho menos para hablar de lo que hay entre nosotros.
—No hay un “nosotros”. Habla.
Era el momento de renunciar, de decirle que se metiera su arreglo por donde mejor le cupiera, pero un destello en sus ojos le dijo que era lo que esperaba, que claudicara ante él.
“Cabrón”, murmuró, furiosa. No le daría el gusto, ni a él ni a su dichosa novia, que era la encargada del departamento de diseño de la empresa.
Se calmó como por ensalmo y lo enfrentó.
—Si vamos a trabajar juntos, tendremos que enterrar el hacha —dijo ella.
—No tengo ganas de maltratar tu cuerpo.
—Estás siendo imposible.
Lo notaba resentido, no podía volver a caer en el juego del pasado.
El dolor entró en su pecho y desvió la mirada, él caminó hasta el ventanal con las manos en los bolsillos.
Lo miró de reojo, su cuerpo poco había cambiado, seguía siendo esbelto, acuerpado, seguro todavía jugaba al tenis, parecía más fuerte y vigoroso que años atrás.
Recordó que había cumplido treinta años el mes anterior, el cabello castaño oscuro más corto, y el atuendo serio de un hombre de negocios: traje oscuro de tres piezas, camisa blanca almidonada y corbata gris de puntos dorados.
Se había convertido en un hombre impactante y las sensaciones incómodas que la asaltaron cuando lo vio ahora reaparecían.
Tenía la esperanza, por el bien del contrato, de que el tiempo hubiera moderado su resentimiento hacia ella, pero estaba equivocada.
Bien, el volver a verlo también había sido duro para ella, pero recordó que no podía ser egoísta: Dominic y su equipo habían trabajado duro y no se merecían quedarse sin empleo si el contrato no resultaba.
Debía tragarse su orgullo y resentimiento, y trabajar con el ogro.
—Trabajarás a mi lado los próximos días, te aconsejo que hagas las cosas bien, no toleraré artimañas y traiciones, si esta vez atentas contra mi empresa, voy a encargarme personalmente de que caiga sobre ti todo el peso de la ley.
Eva sintió como si hubiera recibido otra bofetada.
—¿Si atento contra tu empresa? —repitió, confusa—. ¿De qué diablos estás hablando?
Brandon curvó la boca, la cínica sonrisa extendiéndose sobre su rostro, se sentó de nuevo detrás del escritorio y la recorrió con la mirada.
—No te hagas la tonta.
Lo miró tensa.