CAPÍTULO 1 #2
Cinco años, pensó con pesadumbre, ¿no habían sido suficientes para superar el dolor y la humillación?
Era más madura, centrada, y estaba preparada para enfrentarse a lo que la vida le quisiera deparar, pero le parecía una jugarreta del destino el tener que volver a trabajar con Brandon.
Al comienzo, cuando se enteró de su nuevo destino, quiso delegar el trabajo a algún otro compañero.
Lo pensó seriamente durante una semana, pues estaba segura de que su primer impulso al volverlo a ver sería darle un puñetazo en su atractivo rostro.
Además, estaba Ryan Winthrop y el solo pensar en que se toparía con ese miserable, casi la convence de no hacer la consultoría.
Hasta que una reunión con el vicepresidente de su compañía —que la puso al día sobre la delicada situación financiera que atravesaban— la obligó a aceptar el cometido con la empresa de joyerías.
Fue un alivio percatarse, al investigar un poco, de que Winthrop había desaparecido del panorama.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Dominic, sorprendido ante el inusual silencio de Eva.
Ella volvió la mirada a su jefe y le ofreció una sonrisa forzada.
—Estoy algo cansada.
El hombre miró el reloj.
—¡Por Dios! Son casi las diez, Robert me va a matar, el traslado lo tiene estresado. Menos mal que mañana es viernes, tendré todo el fin de semana para hacer de manitas.
Se levantó como un resorte y Eva no pudo evitar admirar lo guapo que era: tenía cuarenta años y ya en sus sienes se alojaban algunas canas. Alto y en forma, vestía de manera tradicional, en vez de corbata llevaba siempre corbatín y calzonarias.
—Mejor te vas, yo me quedaré otro rato ultimando detalles, mañana en la tarde tendremos una última reunión antes del fin de semana —dijo Eva y tomó agua de un vaso que reposaba a su lado.
—Perfecto, no me importaría venir el domingo y revisar que todo esté intachable.
—Todo saldrá bien, nuestro equipo está más que preparado, conseguiremos este contrato porque somos la mejor empresa del sector. Ve a hacer de manitas.
—Dios te oiga, lo necesitamos. Recuerda la última reunión de accionistas a la que nos invitaron, si no logramos ese contrato, nuestros trabajos y los de todos en la empresa estarán en dificultades.
Dominic se puso la gabardina.
—No es para tanto. Vete a casa, verás que tus temores son infundados.
De dientes para afuera, Eva mostraba una imagen segura y competente, pero desde que había llegado a Chicago estaba asustada.
Tenía un presentimiento negro, no sabía cómo reaccionaría Brandon al verla.
Tendrían que ponerse por encima de la situación, a lo mejor sus temores eran infundados, a lo mejor él la había superado sin problemas, a lo mejor el cielo era color de rosa y los cerdos volaban.
.. Ahuyentó los malos pensamientos y siguió trabajando.
El sábado en la mañana se levantó algo tarde, la noche anterior se había olvidado de cerrar las cortinas de la habitación —se hospedaba en un hotel mientras buscaba departamento— y los rayos del sol inundaban la estancia.
Pidió algo de fruta, café y queso para desayunar, y charló por teléfono con su madre.
Se duchó mientras llegaba la comida y se vistió con un informal jean, zapatos Converse, blusa delgada y chaqueta de lino.
A las once la recogió su amiga Janeth Sullivan, antigua compañera de universidad y dueña de una pequeña compañía de bienes raíces, que se estaba encargando de buscarle una vivienda a su gusto.
Eva deseaba un departamento pequeño, de no más de dos habitaciones, en un edificio con conserjería y no lejos de las oficinas y de las estaciones del metro, ya que planeaba estar por lo menos seis meses en la ciudad.
Además del trabajo con Joyerías Diamond, la empresa consultora tenía otros proyectos y había enviado a Dominic, Eva y un grupo de profesionales a hacerse cargo de ellos.
—¿Y bien? —preguntó Janeth a Eva mientras esta miraba los rascacielos de la ciudad por una de las ventanas del departamento.
—Me gusta mucho, es precioso, funcional y está bien situado.
—En cuanto entró en mi lista de inmuebles supe que tenía que mostrártelo. —La mujer extendió los brazos queriendo abarcar el lugar.
Era un espacio de tamaño mediano, paredes blancas, rodeado de ventanales, y contaba con dos habitaciones, lo que sería perfecto para ella.
Eva le devolvió una sonrisa algo tensa. Desde su arribo a Chicago el nudo en el estómago se negaba a ceder, volvía a una ciudad que no había sido caritativa con ella en el momento en que más lo había necesitado.
Llevaba cinco años trabajando para D no pensó ni en sueños que tendría que volver a Chicago y menos a luchar por el contrato de Joyerías Diamond.
Tampoco imaginó que volvería a ver a Brandon King, pero no le iba a dar el gusto de verla derrotada, lo enfrentaría y que fuera lo que Dios quisiera.
—No me estás prestando atención.
Eva salió de su ensueño, dio un último vistazo y luego se acercó a la puerta.
—Lo tomo.
—Bien, ahora vamos a almorzar, quiero que me pongas al día —dijo Janeth mientras se acomodaba el bolso. La tomó del brazo con sonrisa satisfecha y salieron del lugar.
Caminaron por Roscoe Village con sus aceras pintorescas y sus negocios con toldos de colores. Entraron a un restaurante de comida thai.
—¿Ya fuiste a visitar a tus padres? —preguntó Janeth después de ordenar, mientras bebía un jugo de frutos rojos.
—Sí, he ido en dos ocasiones. Mañana iré a verlos de nuevo. —Suspiró mientras llevaba su bebida a los labios.
Los padres de Eva vivían en Evanston, un condado cercano a Chicago, donde tenían una pastelería. También tenía una hermana mayor que vivía cerca de ellos, casada y con una hija.
—Estarán felices.
—Sí, aunque a mi madre le encantaba ir a visitarme a Nueva York, decía que era su escape. Recorriendo conmigo las calles de arriba abajo decía que se sentía joven otra vez. Había vivido allí antes de casarse con mi padre.
Les trajeron la comida mientras se ponían al día sobre la vida de antiguos compañeros de clase y reían recordando fiestas. El picor del curry y otras especias bailó en su nariz. Pidieron una botella de vino.
La voz de Janeth perdió su tono festivo y miró a Eva inquisitivamente mientras partía un pedazo de pan.
—¿Qué harás cuando lo veas?
Janeth había conocido a Brandon en la época de su romance y Eva lloró sobre su hombro la pena del desengaño antes de abandonar la ciudad. Era una de las pocas amigas que tenía, de constitución delgada y temperamento nervioso, estaba casada con un odontólogo que la adoraba y era madre de mellizos.
Eva se perdió en sus cavilaciones, ya no era una jovencita frágil y enamorada.
Recordó la última vez que lo vio, la palidez de su semblante, el rictus de sus labios, pero lo que la marcó fue su mirada de decepción y pena, como si lo visto por él tuviera algún atisbo de verdad.
Ese día supo que el corazón de Brandon era de diamante, el material más duro de la naturaleza.
Su filo de bordes agudos había rasgado su vida con la precisión de un bisturí, atravesándole las defensas y los sueños hasta llegar a su alma, donde campeaba el amor, y ocasionándole una herida tan profunda que nunca cicatrizó del todo.
De nada valieron sus palabras, los ruegos, el llanto, la despachó de su vida en segundos.
Eva incluso recordaba cómo vestía esa tarde: traje de tres piezas de color gris, se veía guapo a rabiar.
Habían hecho el amor esa mañana, todavía no podía creer que se hubiera tragado la escena sin ni siquiera escucharla.
Sonrió y miró a su amiga.
—Nada, absolutamente nada, ambos somos adultos, lo pasado, pasado. Yo era una jovencita de veintidós años, han pasado cinco años largos, no creo que le importe.
Ocultó sus verdaderos pensamientos, tratando de engañar a Janeth. El sommelier se acercó con la botella de vino y sirvió el líquido. Eva hizo los honores y después de aprobar la bebida y de un entrechocar de copas, dio un largo sorbo. Quiso beber algo más fuerte.
—Puede que tengas razón, una vez me encontré con él, Dios, estaba tan guapo, en eso no ha cambiado. Apenas me hizo un gesto de reconocimiento, frunció el ceño y pasó de largo. Me pareció pedante.
—Siempre fue pedante.
—Tiene novia.
Eva se sobresaltó y trató de disimular el desasosiego que la asaltó, se sentía como si le hubieran dado un puñetazo y eso la puso furiosa: ¿por qué diablos le importaba?
—Era de esperarse, es uno de los mejores partidos de la ciudad. —Frunció los hombros dándole un tinte indiferente a su expresión—. No me importa.
La humillación estaba presente cada vez que recordaba lo ocurrido, esa sensación de no ser lo suficientemente buena para la familia King.
—Lo sé, solo quiero chismear, creo que es una heredera, su nombre es Cassandra Elliot, llevan un tiempo juntos, parece buena chica.
“De todas las jodidas mujeres en el mundo tenía que ser ella”. Sonrió con sorna, tal para cual, ambos eran unos cabrones y se merecían. Levantó la copa de vino.
—Me alegro.
Janeth la miró de manera dubitativa.
—Lo dudo.
Ella sonrió para intentar convencerla y le costó trabajo. Estaba cansada de disimular que nada le importaba cuando en su interior era otro cantar.
—Alguien dijo: “Es inútil volver sobre lo que ha sido y ya no es”.
Ni Brandon ni yo estamos por la labor de volver al pasado, de eso estoy segura.
Somos adultos, Brandon es un hombre inteligente, no me lo imagino guardando rencor por lo que él cree que ocurrió.
—Llamó al camarero para pedir la cuenta, tenía trabajo pendiente en el hotel—.
Será fácil trabajar con él ya que ambos hemos superado el pasado.
—Si tú lo dices, pero también hay otro dicho: “Donde hubo fuego cenizas quedan”.
—Esas cenizas están barridas y en el bote de la basura. —Eva esperaba de corazón que así fuera.
—Ya veremos.