Capítulo 35
A la mañana siguiente, Bora Bora amaneció con uno de esos cielos limpios que parecían anunciar que el día había decidido portarse bien con todo el mundo.
Nadie habló demasiado durante el desayuno. No era tristeza exactamente. Era esa melancolía serena que acompaña a las despedidas cuando uno sabe que no pierde a la persona, solo deja de tenerla cerca durante un tiempo.
Alexandra apareció con sus gafas de sol y una sonrisa sospechosamente alegre.
—No pienso montar ninguna escenita de sororidad. Os quiero, lo sabéis, y no volveré a repetirlo. También os extrañaré. Lo suelto antes de que me arrepienta de hacerlo.
Mi madre dejó la taza de café sobre la mesa.
—Nadie ha dicho que fueras a hacerlo.
—Me conocéis bien.
Samantha la observó unos segundos.
—Llevas las gafas puestas dentro de casa.
—Porque son muy bonitas.
—Claro. Y porque no quieres que veamos que igual se te estaba una lagrimita. Cuca, que siempre fuiste muy cuca —le recordé.
—Y porque me favorecen muchísimo.
Lucas, que acababa de entrar desde la calle con una bandeja de bollería recién hecha, carraspeó con toda la solemnidad del mundo.
—Permítanme intervenir como observador imparcial.
Las cuatro lo miramos.
—La señora Alexandra Reed merece una despedida dulce.
Alexandra abrió mucho los ojos.
—¡Tú sí que sabes! No me digas que los has preparado tú.
—No. No he tenido tiempo.
—Claro, como que te has pasado media noche practicando sexo con mi prima en la playa, que a mí no me la dais.
Los ojos se me salieron de las órbitas. Las carcajadas de las demás hicieron el resto.
El trayecto hasta el pequeño aeropuerto transcurrió entre bromas, fotografías improvisadas y promesas de videollamadas que todos sabíamos que terminarían convirtiéndose en conversaciones larguísimas.
Cuando anunciaron el embarque, Alexandra respiró hondo, se volvió hacia mí y me abrazó con tanta fuerza que casi me dejó sin aire.
—Sé feliz.
Sonreí.
—Lo estoy siendo.
—Pues sigue.
Me besó la mejilla antes de mirar a Lucas.
—Y tú.
Él levantó una ceja.
—¿Yo?
—No la líes. Recuerda que se le ha metido en el coco que eres un golfo y es muy dura de mollera.
—Haré todo lo posible.
—No. Haz lo imposible.
Lucas soltó una risa.
—Trato hecho.
Después abrazó también a Alexandra. Era un abrazo sincero, de esos que nacen cuando dos personas se han ganado el cariño mutuo sin apenas darse cuenta.
—Gracias por cuidarla cuando yo llegué años tarde.
Alexandra sonrió.
—Ahora te toca recuperar el tiempo perdido.
Cuando el avión despegó, permanecimos varios minutos observándolo hasta que desapareció entre las nubes.
No sabía en qué momento exacto habíamos empezado a vivir así.
Sin promesas. Sin planes grandilocuentes. Sin necesidad de definir absolutamente nada. Simplemente ocurría.
Lucas aparecía cada mañana por el resort con cualquier excusa imaginable.
Un día era porque el chef necesitaba probar un nuevo proveedor de vainilla, y decía que le molaba el nuestro.
Otro porque quería enseñarme un rincón de la isla que aseguraba que todavía no conocía.
Algunas tardes terminábamos revisando proyectos para nuestros hoteles y otras acabábamos caminando descalzos por la playa hasta que el sol desaparecía detrás del océano.
Nunca hablábamos de si éramos pareja. Nunca nos preguntábamos qué nombre tenía aquello. Nos limitábamos a elegirnos. Cada día.
Había jornadas en las que el trabajo nos obligaba a separarnos hasta la noche. Entonces, a media tarde, mi teléfono vibraba.
«He pasado por tu despacho. Estabas reunida. Me debes un paseo.»
Sonreía inevitablemente.
Otras veces era yo quien le enviaba una fotografía del mar desde mi ventana acompañada de un simple:
«Hoy la laguna está especialmente bonita.»
Y siempre llegaba la misma respuesta.
«Treinta minutos.»
Treinta minutos después aparecía.
Si algún día, por cualquier motivo, no conseguíamos vernos, ambos terminábamos sintiendo que algo había quedado incompleto.
No era dependencia. Ninguno dejaba de hacer su vida.
Ninguno renunciaba a su trabajo ni a sus responsabilidades.
Era algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más bonito.
Era echar de menos compartir el café del final de la tarde.
Era descubrir una puesta de sol y pensar inmediatamente que al otro le habría gustado verla.
Era sonreír al encontrar un mensaje suyo en mitad de una reunión.
Era saber que el día siempre terminaba un poco mejor si él estaba cerca.
Una tarde regresé a casa más temprano de lo habitual y encontré a mi madre y a Samantha sentadas en la terraza, rodeadas de papeles, planos antiguos y varias fotografías antiguas del resort cuando apenas existían dos bungalós y un pequeño restaurante frente al mar.
Las observé unos segundos antes de acercarme.
—¿Qué conspiráis ahora?
Las dos levantaron la cabeza.
Mi madre sonrió.
—Estaba enseñándole cómo era esto al principio.
Samantha levantó una fotografía.
—Mira, Caroline.
La cogí.
En la imagen aparecían mi padre y Eleanor, muchísimo más jóvenes, cubiertos de polvo, con cascos de obra y sonriendo delante de lo que entonces solo era un edificio a medio construir.
No pude evitar devolverles la sonrisa.
—No había visto esta foto nunca.
—Porque estaba perdida en un cajón desde hacía una pila de años —respondió Samantha.
Mi madre pasó lentamente la mano sobre otra de las imágenes.
—Construimos este sitio prácticamente desde cero.
La escuché pronunciar aquella frase con una mezcla de nostalgia y orgullo que me emocionó.
—¿Lo echas de menos?
Se quedó pensativa.
—Muchísimo.
Entonces añadió algo que no esperaba.
—Caroline, ¿crees que habría alguna manera de que pudiera ayudar aquí?
La miré sorprendida.
—¿Trabajar en el resort?
Asintió con cierta timidez.
—No quiero interferir en nada. Ni ocupar un sitio que no me corresponde. Solo que después de tantos años, siento que todavía tengo mucho que aportar.
Antes incluso de que pudiera responder, Samantha habló con absoluta naturalidad.
—¿Perdona? Si alguien tiene derecho a trabajar aquí, eres precisamente tú.
Mi madre la miró sorprendida.
Samantha sonrió mientras señalaba las fotografías.
—Este resort lleva tanto tu ADN como el de Michael. Tú levantaste este lugar con él cuando no era más que un puñado de planos y un sueño enorme. Hay empleados que todavía recuerdan cómo recorrías la obra con una libreta en la mano corrigiendo hasta el último detalle.
Mi madre soltó una pequeña risa.
—Era bastante pesada.
—Eras muy buena.
—También.
—Y lo sigues siendo.
Las dos se miraron con un cariño que todavía conseguía sorprenderme.
Mi madre volvió entonces la vista hacia mí.
—¿Eso significa que puedo quedarme?
Solté una carcajada.
—¿Me estás negociando un contrato de trabajo o una residencia permanente?
Ella sonrió.
—Lo primero.
Hizo una pequeña pausa antes de añadir con un brillo divertido en los ojos:
—Lo segundo… de momento no me lo planteo.
Giró ligeramente la cabeza hacia el jardín, donde Lucas acababa de aparecer hablando con dos jardineros.
—Supongo que es un poco como vosotros.
Levanté una ceja.
—¿Nosotros?
—Sí.
—¿Qué pasa con nosotros?
—Os veo felices.
Noté cómo el calor me subía a las mejillas.
—Mamá…
—Pero ninguno parece tener prisa por ponerle nombre a nada.
Samantha apoyó los codos sobre la mesa.
—Y me parece estupendo.
La miré.
Ella sonrió.
—Las mejores relaciones son las que nacen porque dos personas quieren caminar juntas, no porque necesiten hacerlo.
Mi madre asintió despacio.
—Exactamente.
Respiré hondo mientras observaba a Lucas reír a lo lejos con los empleados.
—Pues así estamos muy bien.
—Se nota.
Samantha se levantó con una sonrisa traviesa.
—Entonces queda decidido.
—¿El qué? —preguntamos mi madre y yo al mismo tiempo.
—Eleanor vuelve oficialmente al equipo del resort.
Mi madre abrió mucho los ojos.
—¿Así, sin entrevista?
—¿Entrevista?
Samantha fingió escandalizarse.
—La única persona a la que jamás le haría una entrevista es a la mujer que ayudó a construir este lugar antes incluso de que yo supiera dónde estaba Bora Bora.
—Eso ha sonado muy bonito.
—Lo sé.
—Y un poco interesado.
—También. Así tendré a alguien que me diga cuándo estoy metiendo la pata.
Mi madre sonrió.
—Eso puedo hacerlo perfectamente.
—Lo sospechaba.
Las tres rompimos a reír al mismo tiempo.
Desde el jardín, Lucas levantó la cabeza al escuchar nuestras carcajadas. Al verme sonreír, me guiñó un ojo con absoluta naturalidad antes de continuar la conversación que estaba manteniendo.
Le devolví el gesto sin pensar.
Y comprendí que, quizás, Samantha tenía razón.
No hacía falta ponerle nombre a todo.
Había historias que crecían mucho mejor cuando se dejaban respirar.
Porque el amor, cuando era libre, no necesitaba etiquetas para demostrar que estaba exactamente donde quería estar.
Y el nuestro lo era.