Herencia en el paraíso Capítulo 36
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Capítulo 36

Los meses pasaron sobre Bora Bora con una suavidad extraña, como si la isla hubiera decidido compensarnos por todo lo que nos había arrebatado al principio.

El resort encontró un ritmo nuevo bajo mi dirección, un ritmo que no pretendía borrar la huella de mi padre, sino caminar sobre ella con respeto y con algo de mi propia voz.

Mi madre terminó aceptando un puesto indefinido, aunque ella se empeñara en llamarlo «colaboración temporal» cada vez que alguien insinuaba que se había quedado en la isla para siempre.

Samantha, cada vez más redonda y luminosa, se había convertido en una presencia tranquila dentro de la casa, con menos ironía en la mirada y muchas más ganas de reírse de sí misma de las que nadie habría apostado en mi vida.

Y Lucas seguía contribuyendo a mi felicidad con la misma naturalidad con la que salía el sol sobre la laguna: sin pedir permiso, sin exigir nada, sin poner nombres que pudieran asustarme, pero quedándose siempre lo suficiente para que cualquier día sin él me pareciera incompleto.

Aquella tarde, sin embargo, la isla no tenía nada de suave.

Desde primera hora de la mañana, el cielo había empezado a cerrarse con una rapidez inquietante, y antes del mediodía las autoridades locales ya habían enviado avisos al resort para suspender cualquier actividad en el agua.

No era un ciclón declarado, pero sí una depresión tropical muy intensa que había cambiado de dirección durante la noche y venía cargada de viento, lluvia y oleaje.

En Bora Bora estábamos acostumbrados a los caprichos del clima, a chaparrones brutales que parecían el fin del mundo y desaparecían media hora después, pero aquello era distinto.

El aire pesaba de una manera diferente, las palmeras se doblaban con un crujido que me ponía los nervios de punta y la laguna, normalmente turquesa y mansa, había adquirido un tono gris verdoso que no le pertenecía.

Estuve en contacto con Lucas todo el día mientras cada uno coordinaba a su personal.

Nosotros cerramos las pasarelas de los bungalós sobre el agua, reubicamos a varios huéspedes en zonas más seguras del edificio principal y enviamos mensajes a todas las excursiones para confirmar que nadie quedaba fuera.

Eleanor había salido por la mañana, antes de que el temporal se complicara, para reunirse con unos proveedores de textiles y artesanía local en la otra punta de la isla.

Me había prometido que regresaría antes de comer, pero a media tarde seguía sin aparecer y las comunicaciones comenzaron a fallar justo cuando más necesitaba oír su voz.

Yo intentaba mantener la calma delante de todos, pero cada vez que miraba el teléfono sin señal sentía que el estómago se me encogía un poco más.

—La traeré yo —dijo Lucas, cuando se encontró conmigo a media tarde—. No puedes salir con este tiempo. Conozco esas carreteras incluso cuando no se ven.

—Eso no me tranquiliza.

—Ya lo sé —respondió, acercándose lo justo para que nadie más oyera el temblor de mi respiración—. Pero quedarme aquí viéndote romperte las manos no va a traerla antes.

Quise discutir. De verdad que quise. Pero había algo en sus ojos, una serenidad firme que no admitía heroicidades tontas ni imprudencias, solo decisión.

Lucas no era de los que presumían de valor; por eso, cuando decidía hacer algo, una sabía que no era por orgullo.

Le apreté la mano con fuerza antes de dejarlo marchar y, durante la hora siguiente, el mundo entero se redujo al ruido del viento golpeando los ventanales y al miedo de imaginar aquel todoterreno avanzando bajo la lluvia por una carretera bordeada de palmeras vencidas.

Cuando por fin los faros aparecieron al fondo del camino de la casa, el alivio me dejó tan débil que tuve que apoyarme en la puerta.

Corrí bajo la lluvia antes incluso de que el coche se detuviera por completo. Lucas bajó empapado, con la camisa pegada al cuerpo y el pelo oscuro chorreando sobre la frente, y rodeó el vehículo para ayudar a mi madre a salir.

Eleanor venía pálida, con el bolso apretado contra el pecho y los zapatos llenos de barro, pero estaba entera. Estaba allí. Me lancé a abrazarla con una fuerza que casi la hizo reír y llorar a la vez.

—Estoy bien, cariño, estoy bien —repitió, acariciándome el pelo—. Lucas ha llegado como si fuera el guardián oficial de las mujeres Reed.

—No le des ideas —murmuré contra su hombro, aunque la voz se me quebró.

Lucas cerró la puerta del coche y miró hacia la carretera, donde un árbol caído comenzaba a bloquear parte del acceso.

—Tenemos que entrar. Esto va a empeorar antes de mejorar.

La casa estaba a oscuras cuando cruzamos el umbral.

La luz se había ido hacía casi media hora, según me confirmó una de las empleadas que acababa de dejar velas encendidas en el salón antes de marcharse con su familia al edificio de servicio, más protegido del viento.

El interior olía a lluvia, cera caliente y madera húmeda.

Llamé a Samantha en voz alta mientras me quitaba las sandalias empapadas, esperando escuchar alguna de sus respuestas sarcásticas desde la escalera, algo sobre lo dramáticos que éramos todos o sobre lo poco favorecedor que resultaba un temporal para su estado. Pero no contestó.

Entonces oímos un gemido.

No fue fuerte, pero sí lo bastante profundo para helarme la sangre.

Eleanor levantó la cabeza al mismo tiempo que yo. Lucas ya se había movido hacia el pasillo antes de que ninguna pronunciara su nombre.

Encontramos a Samantha en el salón pequeño, junto al sofá, con una mano aferrada al respaldo y la otra apoyada sobre el vientre. Su rostro estaba perlado de sudor, el pelo rubio se le pegaba a las sienes y la expresión de sus ojos había perdido cualquier rastro de humor.

—Creo —dijo, intentando respirar— que vuestra pequeña Reed ha decidido que una tormenta tropical era una entrada discreta.

Durante un segundo no entendí. O no quise entender.

Después vi el suelo.

—Has roto aguas —susurró mi madre.

Samantha soltó una risa breve que se convirtió en otro quejido.

—Eso parece.

Sentí que todo dentro de mí se precipitaba. Miré a Lucas, luego a mi madre, luego otra vez a Samantha.

El hospital estaba al otro lado de la isla. La carretera empezaba a estar cortada. No había luz. La señal iba y venía. El viento hacía temblar los cristales como si algo enorme golpeara la casa desde fuera.

—Tenemos que llamar a una ambulancia —dije, sacando el teléfono con manos torpes.

—Ya he intentado llamar —respondió Samantha—. No entra la llamada.

—Lo intentaremos otra vez.

—Caroline… —empezó mi madre.

—No, mamá. No. Tenemos que sacarla de aquí.

Lucas me sujetó por los hombros con una firmeza suave.

—Mírame.

—Lucas, no podemos quedarnos aquí.

—Caroline, mírame.

Obedecí porque su voz no tenía miedo. Y, en aquel instante, necesitaba desesperadamente a alguien que no lo tuviera.

—Ahora mismo no podemos moverla por esa carretera. No hasta saber si hay paso. Y si la niña viene antes, la atenderemos aquí.

—¿Cómo que la atenderemos aquí?

Samantha gimió de nuevo y Eleanor corrió a su lado, ayudándola a sentarse con cuidado.

Lucas me miró sin apartar las manos de mis brazos.

—Recuerda que mi abuela fue matrona muchos años en la isla. La acompañé más veces de las que puedo contar cuando era adolescente. No soy médico, pero sé lo que hay que hacer mientras conseguimos ayuda.

Me quedé mirándolo como si acabara de descubrir una parte de él que siempre había estado ahí, esperando el momento exacto para aparecer.

—¿De verdad sabes hacerlo?

—Lo suficiente para no perder la cabeza —respondió—. Y ahora necesito que tú tampoco la pierdas.

Tragué saliva.

—No sé si puedo.

Su expresión se suavizó apenas un segundo.

—Sí puedes. Esta niña no ha elegido una noche fácil para nacer, así que vamos a ponérselo todo lo fácil que podamos.

Aquella frase me sostuvo más que cualquier otra.

A partir de entonces, Lucas tomó las riendas con una calma que transformó el miedo en movimiento.

Mandó a mi madre a preparar el dormitorio grande de la planta baja, porque subir escaleras con Samantha era una locura.

Me pidió toallas limpias, mantas, agua, velas, el botiquín completo y cualquier linterna que encontrara.

Después corrió al cuarto de seguridad para intentar comunicarse con el resort.

Yo subía y bajaba por la casa con el corazón en la garganta, abriendo armarios, tirando cajones, recogiendo todo lo que me pedía mientras el viento arrancaba ramas en el jardín y la lluvia golpeaba el tejado con una violencia casi animal.

Cuando regresé al salón, Samantha estaba sentada en el borde del sofá, respirando como Eleanor le indicaba. Tenía la mano de mi madre atrapada entre las suyas y, aun así, intentó sonreír al verme aparecer cargada de toallas.

—Caroline, cariño, si rompo algún mueble durante esto, prometo pagarlo.

—Cállate, Samantha.

—Qué tono tan autoritario.

—Estoy aterrada.

—Yo también.

Aquella confesión nos dejó a las dos sin defensas. Me arrodillé frente a ella y le aparté un mechón húmedo de la cara.

—Va a salir bien.

—¿Me lo prometes?

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas porque no sabía si tenía derecho a prometer algo así.

Lucas entró en ese momento con una radio portátil en la mano.

—Te lo prometo yo.

Samantha levantó la vista hacia él.

—Más te vale, Teva.

—No pienso discutir con una mujer de parto. Siempre ganan.

Por increíble que pareciera, Samantha soltó una carcajada entrecortada.

Eleanor también sonrió, y ese pequeño respiro bastó para que todas obedeciéramos cuando Lucas nos indicó que había que trasladarla al dormitorio.

La ayudamos a ponerse en pie entre las tres. Cada contracción la detenía, la doblaba, la obligaba a apoyarse en nosotros con un sonido que me partía por dentro. Pero avanzó. Paso a paso. Con la mandíbula apretada y los ojos llenos de una valentía que nunca antes le había visto.

El dormitorio quedó iluminado por velas y linternas colocadas en las esquinas.

Afuera, la tormenta parecía empeñada en sacudir la casa entera, pero dentro, Lucas consiguió crear un pequeño centro de calma.