Capítulo 34
Poco a poco la música fue apagándose. Los empleados comenzaron a recoger discretamente las mesas, las velas se consumían sobre la arena y las últimas conversaciones se fueron perdiendo entre abrazos, promesas de volver a verse pronto y alguna carcajada que todavía escapaba de Alexandra cada vez que alguien le recordaba alguno de los desastres que había provocado intentando bailar las danzas polinesias.
Mi prima fue la última en despedirse. Antes de entrar en la casa, volvió sobre sus pasos únicamente para abrazarme una vez más.
—No llores mañana en el aeropuerto —murmuró borracha y haciendo con las manos el símbolo del corazón.
—No pensaba hacerlo.
—Mientes fatal.
Aquellos tres últimos días en su compañía pasaron volando y lo cierto era que no me faltarían ganas de llorar al despedirla.
Sonrió, me besó la frente y después señaló a Lucas con un gesto divertido.
—Cuídamela.
Él llevó una mano al pecho con exagerada solemnidad.
—Es el trabajo más bonito que me han encargado nunca.
—Más te vale o mi venganza será terrible.
Cuando desaparecieron mi madre, Samantha y ella por el sendero iluminado hacia la casa, la playa quedó casi vacía.
Solo permanecían encendidos algunos faroles de bambú que proyectaban pequeños círculos dorados sobre la arena. El murmullo del mar recuperó el protagonismo de la noche, mezclándose con la melodía suave que seguía sonando desde algún altavoz lejano.
Lucas y yo nos miramos al mismo tiempo.
—¿Y ahora? —pregunté.
Él sonrió.
—Ahora creo que la pista de baile es toda nuestra.
Me tendió la mano.
La acepté sin pensarlo.
La siguiente canción era lenta. Muy lenta. Apenas un piano acompañado por una guitarra que parecía respirar al mismo ritmo que las olas.
Lucas deslizó una mano hasta mi cintura mientras yo rodeaba su cuello con los brazos.
—Has estado preciosa toda la noche.
—Eso es porque has preparado unos cócteles peligrosamente buenos.
—¿Me estás acusando de algo?
—Todavía no.
Nos balanceamos despacio sobre la arena.
No hacía falta hablar demasiado.
Sentía su respiración muy cerca de la mía, el roce de su frente contra la mía y aquella tranquilidad que solo aparecía cuando estaba con él.
Después de unos minutos levantó una ceja.
—Confiesa.
—¿Qué?
—¿Cuántos cócteles llevas?
Fingí hacer cuentas.
—Los suficientes para estar contenta.
—Eso no responde.
—Porque no quiero autoincriminarme.
Él soltó una carcajada.
—Caroline Reed…
—¿Sí?
—Tienes esa sonrisa.
—¿Qué sonrisa?
—La que aparece justo antes de que hagas alguna locura.
Negué con toda la dignidad de la que fui capaz.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes.
Seguí bailando como si no lo hubiera oído.
Al cabo de unos segundos fui yo quien habló.
—Estoy un poco achispada.
—Ya.
—Pero escucha bien la segunda parte.
Él esperó.
—No estoy borracha.
Sonrió.
—Me alegra saberlo.
Le di un pequeño golpecito en el pecho con un dedo.
—Y como no estoy borracha, no se te ocurra hacer uno de esos discursos tuyos de chico responsable.
Frunció el ceño fingiendo no entender.
—¿Qué discursos?
—Esos de «mejor lo hacemos otro día», «quiero que estés completamente segura», «cuando no hayas bebido nada»…
Lucas empezó a reír incluso antes de que terminara.
—Ah, esos discursos.
—Sí, esos.
Lo señalé con gesto acusador.
—Ni se te ocurra salir corriendo diciendo que no sé lo que hago.
Él ya no podía contener la risa.
—¿Salir corriendo?
—Sí.
—¿De ti?
—Exactamente.
Negó entre carcajadas.
—Caroline, llevo media vida soñando con que quieras besarme y ahora resulta que me estás advirtiendo para que no huya.
—Más vale prevenir.
—No huiré, porque ahora no me hablas desde el dolor. No quería que me usaras de puente tras lo de Andrew.
Me puse de puntillas para rozar su nariz con la mía.
—Sé perfectamente lo que quiero.
—¿Ah, sí?
Asentí muy despacio.
—Perfectamente.
Guardó silencio unos segundos.
—¿Y qué quieres?
Lo miré directamente a los ojos.
—Quiero pasar esta noche contigo.
Su sonrisa desapareció para dejar paso a una expresión mucho más cálida.
—Pues qué suerte tengo.
—Mucha.
—Muchísima. Pero no te engañes. He dicho toda la noche, no toda la vida… No pienso engancharme a un golfo como tú.
—Vaya por dios…
Volvimos a besarnos despacio, sin prisa, como si la noche se hubiera detenido para nosotros.
No supe quién de los dos fue el primero en mirar hacia la piscina infinita del embarcadero.
Solo sé que, un segundo después, los dos estábamos caminando hacia ella de la mano.
—Lucas.
—¿Sí?
—Tengo calor.
—Eso tiene fácil solución.
Metió un pie en el agua.
—Está buenísima.
Lo observé unos instantes.
—¿Sabes qué?
—Dime.
Con una sonrisa traviesa, me descalcé y dejé las sandalias sobre la madera.
—Creo que necesito comprobarlo.
Él hizo exactamente lo mismo.
Entramos despacio, riéndonos cuando el agua nos envolvió las piernas. La temperatura era perfecta, tibia por el calor que había acumulado durante el día. La superficie reflejaba las estrellas con tanta claridad que daba la impresión de que nadábamos en mitad del cielo.
Me salpicó ligeramente.
Respondí con otra salpicadura.
—Eso ha sido una declaración de guerra.
—Has empezado tú.
—Porque sabía que ibas a contestar.
En pocos segundos los dos estábamos riendo como niños, intentando esquivarnos dentro del agua mientras las gotas brillaban bajo la luz de la luna.
En algún momento dejamos de jugar.
Nos encontramos otra vez muy cerca.
Mis manos buscaron los botones de su camisa húmeda con una naturalidad que me hizo sonreír.
—Así estarás más cómodo.
—Esa es una excelente excusa.
—Gracias.
Él me ayudó a desprenderme del ligero vestido de verano con una delicadeza que me aceleró el pulso. Lanzó las prendas sobre una tumbona cercana entre bromas sobre quién tendría que acordarse de recogerlas al día siguiente.
—Como mañana aparezcan en recepción… —murmuré.
—Diré que el viento es muy travieso en Bora Bora.
—No te van a creer.
—Pues les ofreceré un cóctel.
—Sobornando al personal.
—Siempre funciona.
Volví a reír.
Aquella era una de las cosas que más me enamoraban de Lucas.
Era capaz de convertir cualquier momento en un recuerdo feliz.
Cuando volvió a abrazarme, el mundo desapareció otra vez. Nos besamos largamente mientras el agua se movía apenas alrededor de nosotros y las últimas notas de la música llegaban amortiguadas desde la playa.
—Te quiero —susurró contra mi frente.
Cerré los ojos.
—Lo sé.
—No era una pregunta.
—Ya lo sé.
Le acaricié la mejilla.
—Y yo también te quiero un poquillo… Pero eres un golfo y no me vas a joder la vida.
—No soy ningún golfo…
—No es el momento de discutirlo.
Nos quedamos un instante quietos, contemplándonos con esa mezcla de ternura y deseo que solo nace cuando dos personas ya se conocen el corazón antes incluso que el cuerpo.
Y allí, en las aguas del mismísimo paraíso, desnudos y excitados, nuestros cuerpos se encontraron.
Recuerdo la sensación placentera de mis senos, turgentes y duros, rozando su pecho.
Recuerdo la mirada libidinosa que me dirigió antes de hacer que sus dedos se internaran en mi sexo, buscando proporcionarme un placer indescriptible que llegó en cuestión de segundos.
Recuerdo cómo, una vez disfruté del clímax, me tomó en brazos e hizo que rodeara su cintura con mis piernas.
Recuerdo cómo entró en mí. Y eso… eso lo recordaré siempre.
La noche terminó abrazándonos bajo el cielo inmenso de Bora Bora.
Entre besos, risas y palabras que solo pertenecían a los dos, dejamos que el resto del mundo desapareciera.
El agua acariciaba suavemente nuestra piel mientras la luna dibujaba un camino plateado sobre la laguna, y allí, protegidos por el rumor del mar y la intimidad de aquella isla que nos había visto crecer, nos entregamos el uno al otro con la misma naturalidad con la que siempre habíamos terminado encontrando el camino de regreso.
Porque, al final, no fue la pasión lo que hizo inolvidable aquella noche, sino la certeza de que ya no había despedidas ni miedos ni años perdidos entre nosotros.
No quería ponerle nombre al futuro, es cierto. Me daba pánico emparejarme de nuevo y que el resultado fuera el mismo.
Quizás lo que más temía era que el posible daño que llegara se sintiera mayor por el hecho de venir de Lucas. En sus brazos, me daba cuenta de que, a su lado, Andrew pasó por mi vida de puntillas.
Lucas era más sólido y, probablemente por eso, si lo que construíamos se derrumbaba, el efecto sería demoledor.
Por eso decidí vivir aquello sin expectativas, día a día.