Capítulo 33
La idea de hacer una despedida íntima para Alexandra surgió durante el desayuno y, antes incluso de terminar el café, ya se había convertido en un proyecto colectivo.
Entre las cuatro fuimos añadiendo ideas casi sin darnos cuenta. Mi madre propuso que fuera en la playa, justo en el pequeño rincón del resort donde el agua era tan tranquila que parecía un espejo al caer la noche.
Samantha insistió en que no quería una cena formal, sino una fiesta de verdad, de las que uno recuerda durante años.
Alexandra, que era la homenajeada, protestó durante exactamente treinta segundos antes de rendirse al comprobar que nadie pensaba hacerle el menor caso.
Cuando el sol comenzó a esconderse detrás de los motus, el lugar parecía sacado de uno de esos sueños que solo podían pertenecer a Bora Bora.
Habían tendido guirnaldas de pequeñas luces entre las palmeras, decenas de faroles de bambú iluminaban el sendero que conducía hasta la orilla y varias mesas bajas, decoradas con flores de tiaré, hibiscos y velas flotantes, descansaban directamente sobre la arena.
La brisa hacía bailar las telas blancas que colgaban de una sencilla pérgola de madera, mientras, a pocos metros, las olas rompían con esa suavidad que parecía una respiración constante de la isla.
Alexandra se mostró incrédula nada más llegar.
—¿Todo esto es para mí?
La abracé por la cintura.
—Claro que sí.
—Sé que me lo merezco —bromeó—. Pero esto dolerá cuando lo deje atrás. Qué cabronas sois, al final me haréis llorar.
—¿Llorar tú? No creo.
—Pues también es verdad. No voy a hacer una peli lacrimógena de una fiesta para la mejor chica del mundo.
Mi madre sonrió con ternura mientras Samantha levantaba una copa.
—Y todavía no has visto la cena.
Los cocineros del resort habían preparado un menú lleno de especialidades polinesias que Alexandra había ido descubriendo durante aquellas semanas: pescado marinado en leche de coco, brochetas de atún recién pescado, langostas a la parrilla, frutas tropicales cortadas con una precisión casi artística y una interminable selección de pequeños postres que parecían demasiado bonitos para atreverse a comerlos.
Sin embargo, lo que terminó acaparando toda la atención no fue la comida.
Fue Lucas.
Apareció detrás de una barra improvisada de madera con una coctelera entre las manos y esa sonrisa tranquila que siempre conseguía que el mundo me pareciera un lugar mucho más sencillo.
—Espero que nadie haya pedido camareros profesionales —anunció—. Porque hoy serán sustituidos por un humilde botones reciclado.
Alexandra levantó una ceja.
—¿También haces cócteles?
—No.
Se hizo un silencio.
—Hago maravillas que sirvo en copas.
—Toma ya, otro modesto como yo —replicó mi prima.
Las risas estallaron alrededor de la mesa.
Durante la siguiente media hora fue preparando una colección de combinados tan espectaculares como coloridos.
Para mi madre creó uno con mango, maracuyá y vainilla de Tahití que consiguió que Eleanor cerrara los ojos en el primer sorbo.
Alexandra recibió otro con piña caramelizada, lima y hojas de menta fresca.
El mío llevaba coco, fruta de la pasión y un ligero toque de canela que jamás habría imaginado en una bebida fría y que, sin embargo, sabía exactamente a Bora Bora.
Cuando llegó el turno de Samantha, Lucas levantó una botella y volvió a dejarla inmediatamente sobre la barra.
—Para ti toca versión especial.
Ella sonrió llevándose una mano al vientre.
—Mi hija y yo te lo agradecemos.
Lucas comenzó entonces a mezclar zumo de lichi, sandía, lima, agua de coco y unas hojas de hierbabuena que machacó cuidadosamente antes de servirlo todo en una copa alta decorada con una flor blanca.
Samantha dio un sorbo y abrió muchísimo los ojos.
—Lucas…
Él arqueó una ceja.
—¿Está malo?
—Está escandalosamente bueno.
Mi madre pidió probarlo. Después lo hizo Alexandra. Luego fui yo.
Las tres acabamos mirándolo exactamente igual.
—No puede ser.
Lucas empezó a reír.
—¿Qué pasa ahora?
Alexandra señaló la copa.
—Que resulta que vas a servir para todo.
—Eso díselo a tu prima.
—A mí no me miréis. Es un multiusos versión golfa y paso —les aseguré.
—¿Alguien le puede quitar esa idea de la cabeza?
Samantha levantó la mano.
—Pues yo quiero dejar constancia oficial de que, si algún día te cansas del resort, puedes abrir el mejor local de cócteles de toda la Polinesia Francesa. Por si eso ayuda.
—¿Solo de la Polinesia? Qué poca confianza.
—No te emociones tanto.
Mi madre intervino entonces con una sonrisa divertida.
—Lucas, hijo, de verdad… ¿Hay algo que no sepas hacer?
Él fingió pensárselo unos segundos antes de mirarme.
—Reconquistar a Caroline, eso está complicado.
Las tres giraron automáticamente la cabeza hacia mí.
Sentí que el calor me subía hasta las mejillas mientras él sonreía con esa expresión inocente que solo utilizaba cuando sabía perfectamente el efecto que provocaba.
—Qué poca vergüenza tienes.
—Ninguna.
Alexandra dio una palmada.
—Pues yo voto porque le des otra oportunidad.
Lo miré fingiendo indignación.
—¿Otra?
—Bueno… otra, otra… La definitiva.
Mi madre asintió con absoluta naturalidad.
—Estoy de acuerdo.
Samantha levantó también la mano.
—Mi voto vale doble porque estoy embarazada.
—Eso no funciona así —respondí entre risas.
—Pues debería.
Lucas me observaba sin apartar los ojos de mí.
—Yo acepto cualquier sistema democrático que me favorezca.
No pude evitar negar con la cabeza mientras sonreía.
—Sois imposibles.
La música comenzó a sonar entonces desde unos altavoces ocultos entre la vegetación.
Era una mezcla de melodías polinesias interpretadas con ukeleles y guitarras suaves que poco a poco fueron dando paso a canciones más alegres.
No tardó en aparecer un pequeño grupo de bailarines del resort que enseñó a Alexandra algunos pasos tradicionales. Mi prima acabó riéndose tanto de sí misma que terminó arrastrándonos a todas.
Incluso Samantha, con una mano apoyada sobre el vientre y la otra sujetando su cóctel sin alcohol, se unió entre carcajadas mientras repetía que su hija tenía que acostumbrarse desde antes de nacer a las fiestas de Bora Bora.
Lucas permanecía cerca de mí durante toda la noche de una manera tan discreta que seducía.
Si mi copa se vaciaba, aparecía otra sin que tuviera que pedirla.
Si el viento levantaba ligeramente mi chal sobre los hombros, él era el primero en colocarlo de nuevo.
Cuando caminábamos por la arena, buscaba mi mano con absoluta naturalidad, como si llevara haciéndolo en los últimos siete años, y cada vez que nuestras miradas se encontraban tenía la sensación de que alrededor desaparecía todo el ruido de la fiesta.
En un momento de la noche, Alexandra golpeó suavemente una cuchara contra su copa para reclamar la atención de todos.
—Un momento, por favor.
Las conversaciones fueron apagándose poco a poco.
Mi prima respiró hondo mientras nos miraba uno por uno.
—Cuando llegué aquí, pensaba que venía únicamente a acompañar a Caroline en el peor momento de su vida. Me marcho habiendo encontrado una familia mucho más grande de la que imaginaba.
Nos sonrió con los ojos brillantes.
—He visto heridas cerrarse. He visto personas perdonarse. He visto nacer un futuro precioso donde antes solo había dolor. Y, sinceramente, creo que mi tío Michael estaría inmensamente orgulloso de todos vosotros.
Noté cómo mi garganta se cerraba.
Alexandra levantó la copa.
—Brindo por mi prima, porque ha demostrado ser mucho más fuerte de lo que ella misma cree. Brindo por Eleanor, porque nunca dejó de querer incluso cuando tenía motivos para hacer lo contrario.
»Brindo por Samantha, porque la vida le ha regalado una segunda oportunidad y sé que va a ser una madre maravillosa. Y brindo también por Lucas…
Él la miró sorprendido.
—…porque ha querido a Caroline cuando era fácil y cuando era terriblemente difícil. Porque nunca dejó de esperarla y porque ha conseguido que vuelva a sonreír como lo hacía de adolescente.
Lucas bajó la mirada con una mezcla de pudor y emoción.
Mi madre levantó entonces su copa.
—Y yo quiero añadir un brindis más.
Todos la miramos.
Sonrió hacia Samantha.
—Por esa pequeña Reed que viene en camino. Que llegue a una familia imperfecta, sí, pero inmensamente unida.
Samantha acarició su vientre con una sonrisa emocionada.
—Y muy ruidosa.
—Sobre todo eso —añadió Alexandra.
Las risas volvieron a mezclarse con la emoción.
Alzamos las copas al mismo tiempo. Samantha sostuvo la suya, brillante y sin una sola gota de alcohol, preparada por Lucas con el mismo cariño que había puesto en todas las demás.
—Por la familia —susurré.
—Por la familia —repitieron todos.
Las copas chocaron suavemente bajo el cielo estrellado de Bora Bora.
Mientras las luces se reflejaban sobre la laguna y la música volvía a envolver la playa, Lucas buscó mi mano por debajo de la mesa.
Entrelacé mis dedos con los suyos sin apartar la vista de las personas que más quería en el mundo y comprendí que aquella despedida no tenía nada de triste.
Alexandra regresaba a Nueva York porque allí también la esperaba su lugar, igual que el mío estaba en aquella isla.
Una vez que Andrew desapareció de mi vida, no me quedó ninguna duda de que mi lugar en el mundo estaba allí, en Bora Bora.
Y allí había encontrado muchos motivos para quedarme más allá de un legado económico.
En Bora Bora volví a encontrarme con mis raíces, que incluían a personas que siempre quise y a otras, como Samantha, a las que no había querido y ya empezaba a querer.
Y en ese entorno comprendí muchas cosas…
A veces querer significaba precisamente eso: celebrar que cada uno encontrara el camino que le pertenecía, sabiendo que, por muy lejos que pareciera, siempre habría un hogar al que volver.