Capítulo 32
La tarde caía despacio sobre Bora Bora cuando encontré a Alexandra sentada en el porche delantero de la casa, balanceando descalza una pierna mientras contemplaba cómo el sol comenzaba a teñir la laguna de tonos anaranjados.
Llevaba un buen rato allí, porque el hielo del zumo que tenía entre las manos apenas existía ya, y aun así seguía sin beber. Me bastó verla para comprender que algo le rondaba la cabeza. Mi prima jamás permanecía tanto tiempo en silencio si no tenía una conversación pendiente.
Me senté a su lado sin decir nada. Durante unos instantes nos limitamos a observar el paisaje que tantas veces habíamos recorrido juntas desde que llegamos a la isla. Me pregunté cuántos recuerdos podían caber en tan pocas semanas.
—¿Qué pasa? —le pregunté finalmente.
Alexandra sonrió con esa mezcla de ternura y resignación que siempre aparecía cuando iba a decir algo que no le apetecía decir.
—Que en tres días me vuelvo a Nueva York.
Giré la cabeza hacia ella tan deprisa que casi me hice daño en el cuello.
—¿En tres días?
Asintió despacio.
—Mi padre me ha llamado esta mañana.
Esperé a que continuara.
—Dice que ya ha tenido bastante paciencia conmigo. Que la empresa empieza a echarme de menos y, sobre todo, que él empieza a necesitarme allí.
Mi prima siempre trabajó con su padre, que al igual que su hermano Michael, era un hombre de negocios. Eso sí, a mi tío nunca le interesó moverse de Nueva York.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Pero puede esperar unos días más…
Alexandra dejó escapar una pequeña risa.
—Eso mismo le he dicho yo.
—¿Y?
—Que me ha respondido exactamente lo que tú le habrías respondido a cualquier director del resort que pretendiera convencerte de abandonar Bora Bora ahora mismo.
La miré sin comprender.
—¿El qué?
Se volvió hacia mí con una dulzura que me desarmó.
—Que hay responsabilidades de las que uno no puede escapar porque forman parte de su historia.
Aquellas palabras me golpearon con suavidad.
—¿Sabes qué me dijo después? «Caroline está donde tiene que estar porque ese era el legado de Michael. Y tú tienes el tuyo aquí, Alexandra». No pude discutirle nada.
Bajé la vista hacia mis manos.
—Supongo que tiene razón.
—La tiene.
Guardó silencio un momento antes de continuar.
—Al principio me dio rabia. Pensé: «¿Por qué justo ahora?». Pero al colgarle, me di cuenta de que estaba enfadándome por exactamente el mismo motivo por el que tú decidiste quedarte aquí.
»Tú elegiste hacerte cargo de lo que tu padre construyó durante toda una vida. Pues yo también tengo un padre que lleva décadas levantando un negocio con sus propias manos.
»Ahora me necesita y… bueno… creo que me toca estar a su lado.
Sonreí con cierta tristeza.
—No puedo discutir un argumento que yo misma he utilizado tantas veces.
Alexandra me dio un suave golpe con el hombro.
—Lo sé.
Suspiré profundamente mientras el sonido del agua llegaba hasta nosotras mezclado con la brisa.
—Te voy a echar muchísimo de menos.
Ella sonrió sin dejar de mirar el horizonte.
—Yo también.
—No, tú no tanto.
—¿Ah, no?
—Porque vas a volver a tu casa, con tus padres, con tu vida, con tus amigos…
—Y tú te vas a quedar aquí y sin la mejor prima del mundo.
No pude evitar reír.
—Qué modesta eres.
—Siempre lo he sido.
—Eso es mentira. Mentira de las gordas.
—Bueno, tampoco hace falta que la escena sea completamente realista.
Las dos nos echamos a reír, pero aquella risa duró apenas unos segundos antes de apagarse sola. Entonces fui yo quien buscó su mano y la apreté con fuerza.
—Gracias.
Ella me miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque viniste sin pensarlo cuando murió mi padre.
Porque dejaste tu vida aparcada durante semanas solo para que yo no tuviera que enfrentarme sola a todo esto.
Porque has conseguido hacerme reír incluso los días en que pensaba que ya no iba a volver a hacerlo.
Y porque has convertido esta casa en un hogar cuando más falta hacía.
Vi cómo sus ojos comenzaban a humedecerse.
—Ya, y no veas si todo eso me costó trabajo. Estar a tu lado, que eres insoportable, y en un sitio tan feo como este, menudo calvario…
—Eres más tonta…
—En eso salgo a ti.
Nos abrazamos durante un largo instante, sin prisas, con esa tranquilidad que solo existe entre las personas que saben que no necesitan despedirse del todo porque siempre encontrarán el camino de vuelta.
Cuando nos separamos, levanté la vista al escuchar pasos detrás de nosotras. Mi madre acababa de salir al porche con dos tazas de té entre las manos y Samantha la seguía unos metros más atrás sosteniendo un plato de fruta recién cortada. Al vernos, las dos comprendieron enseguida que algo ocurría.
—¿He llegado en mal momento? —preguntó mi madre.
Negué con una sonrisa.
—Alexandra se vuelve a Nueva York.
Eleanor dejó las tazas sobre la mesa con gesto pausado y caminó directamente hacia ella para abrazarla.
—Te vamos a echar muchísimo de menos.
—Yo también os voy a echar de menos.
Samantha sonrió con auténtico cariño.
—Sobre todo porque vamos a perder a la única persona que conseguía que Caroline dejara de trabajar antes de las diez de la noche.
—Era una labor humanitaria —respondió Alexandra.
Las cuatro sonreímos.
Entonces miré a mi madre.
—Tú no te vayas todavía.
Ella desvió los ojos hacia mí.
—Cariño…
—Quédate un tiempo más conmigo.
Durante un instante vi cómo dudaba. Después, casi por costumbre, giró la cabeza hacia Samantha.
—No quisiera…
Ni siquiera terminó la frase.
Samantha levantó una mano entre risas.
—Eleanor, por favor. ¿Me puedes explicar por qué sigues mirándome cada vez que Caroline te pide algo?
Mi madre sonrió con cierta timidez.
—Bueno, porque esta también es tu casa.
—No.
Samantha negó despacio mientras señalaba a su alrededor.
—Esta casa fue la casa de Michael. Después pasó a ser la de Caroline. Yo, sinceramente, soy la primera que vive aquí de prestado.
—No digas tonterías —respondí inmediatamente.
Ella arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
Negué con firmeza.
—No. Esta no es mi casa.
Las tres me miraron extrañadas.
Respiré hondo antes de sonreír.
—Esta es la casa de las mujeres Reed.
Vi cómo ninguna decía nada.
Continué hablando casi sin darme cuenta.
—Papá ya no está. Nos dejó una familia bastante más complicada de la que cualquiera habría imaginado hace unos años. Pero aquí estamos. Mi madre. Mi prima. Tú. Y yo.
»Hemos discutido, hemos llorado, nos hemos equivocado muchísimo y, aun así, hemos terminado encontrándonos. Así que no pienso consentir que ninguna vuelva a sentirse una invitada entre estas paredes.
Alexandra fue la primera en romper el silencio.
—¿Eso significa que tengo habitación reservada de por vida?
—Por supuesto.
—Perfecto. Porque pienso aparecer sin avisar.
Samantha soltó una carcajada.
—Con eso ya contábamos.
—Pues no dejéis de hacerlo.
Mi madre negó con una sonrisa emocionada.
—No sabéis lo feliz que me hace veros así.
Samantha la rodeó por los hombros con un gesto espontáneo.
—Pues acostúmbrate, porque creo que esta familia ha decidido dejar de perder el tiempo.
Alexandra levantó un dedo con gesto solemne.
—Propongo una norma oficial.
Las tres la miramos.
—Ninguna mujer Reed volverá a sentirse sola mientras las demás respiren.
Hubo unos segundos de absoluto silencio.
Después fui yo quien tendió la mano hacia el centro. Alexandra la sujetó enseguida. Mi madre colocó la suya encima y Samantha terminó de cerrar aquel pequeño círculo improvisado.
No hizo falta jurar nada.
Las cuatro sabíamos que aquella promesa ya llevaba tiempo cumpliéndose.
Y que así continuaría siendo.