Herencia en el paraíso Capítulo 31
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Capítulo 31

Nunca olvidaré aquella mañana.

Habían pasado varios días desde el baby shower y la casa respiraba una calma nueva, de esas que llegan sin hacer ruido y que uno teme romper con solo levantar demasiado la voz.

Samantha amaneció especialmente animada porque la niña le cargaba las pilas con sus muchos movimientos.

Alexandra sostenía que aquello significaba que iba a salir «tan mandona como las mujeres de esta familia», mientras Samantha defendía que, con un poco de suerte, heredaría el sentido común de alguien ajeno a los Reed.

Yo me limité a negar con la cabeza mientras repasaba unos informes del resort sobre la mesa de la terraza.

Había aprendido que discutir con aquellas dos era una pérdida de tiempo. Siempre acababan aliándose contra mí, aunque empezaran la conversación llevándose la contraria entre ellas.

—Lo único que digo —insistía Alexandra mientras untaba mermelada sobre una tostada con una concentración exagerada— es que esa niña necesita una madrina divertida. Una persona capaz de enseñarle lo importante de la vida.

Samantha levantó una ceja.

—¿Y qué sería exactamente «lo importante de la vida»?

—Bailar hasta dolerle los pies, distinguir un buen vino y aprender a detectar a un imbécil antes de la segunda cita.

Me hizo sonreír, para no variar.

—Reconozco que ese último punto no me habría venido mal hace unos meses.

Alexandra chasqueó los dedos.

—¿Ves? Ya tengo una alumna agradecida.

Samantha acarició distraídamente su vientre antes de sonreír.

—No, cariño. Mi hija aprenderá eso observando a su hermana mayor.

Levanté la vista del informe.

—¿Perdón?

—Sí.

Me señaló con una sonrisa.

—No pienso desaprovechar toda la experiencia que has acumulado con Andrew.

Le lancé una servilleta que apenas le rozó el hombro. Las tres terminamos riéndonos.

En ese momento oímos un coche detenerse frente a la casa.

Mi primera reacción fue mirar el reloj. Era pronto para que Lucas apareciera por sorpresa, pero no imposible. Sin pensarlo demasiado, me levanté.

—Voy yo.

Alexandra sonrió con malicia.

—Qué rapidez. Bien se nota que puede ser uno que yo me sé…

—Calla.

—No he dicho nada. Porque si quisiera decir algo, no me callaría ni…

—Precisamente por eso —la interrumpí.

Atravesé el jardín todavía sonriendo. Mientras caminaba hacia la puerta principal, me sorprendí pensando que me encontraba genial.

Lucas tenía mucho que ver en ello. Por cierto, que nunca se presentaba con las manos vacías.

Un día traía fruta recién cortada, otro una botella de zumo tropical que aseguraba haber descubierto por casualidad y la noche anterior se había plantado con unos dulces que habían conseguido incluso que Samantha olvidara durante cinco minutos las recomendaciones del ginecólogo.

Abrí la puerta convencida de que volvería a encontrarme aquella sonrisa tranquila que empezaba a reconocer desde lejos.

Pero no era Lucas.

—¿Mamá?

Eleanor sonrió con los ojos ya humedecidos.

—Hola, cariño.

No recuerdo haber recorrido la distancia que nos separaba.

Solo recuerdo abrazarla con todas mis fuerzas y sentir que, por primera vez desde la muerte de mi padre, también ella parecía mucho más ligera.

Se aferró a mí durante varios segundos, acariciándome el pelo igual que hacía cuando era pequeña, hasta que terminó apartándose apenas unos centímetros para contemplarme con detenimiento.

—Estás guapísima.

—Tú también.

La observé de arriba abajo.

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me dijiste que venías? Me acabas de dejar de piedra. Hubiera ido a buscarte.

Mi madre soltó una pequeña risa.

—Porque quería darte una sorpresa. En realidad, quería ver exactamente esa cara que has puesto.

Hizo una pausa antes de añadir, con ese humor tan suyo que nunca había perdido.

—Y porque empezaba a sospechar que estabas perdiendo completamente la cabeza.

La miré sin entender.

—¿Yo?

—Claro.

Cogió su bolso del coche mientras el conductor dejaba la maleta junto a la puerta.

—Llevas semanas llamándome para contarme que Samantha y tú sois poco menos que amigas. Francamente, necesitaba comprobarlo con mis propios ojos. Llegó un momento en que pensé que esa mujer te había drogado o que el sol de Bora Bora producía efectos secundarios desconocidos.

Me eché a reír.

—Mamá, eres increíble.

—Desde el día que nací, mi niña.

Me guiñó un ojo.

—Pero reconoce que era sospechoso.

Entramos juntas en la casa todavía riéndonos.

No habíamos dado más de cinco pasos cuando Samantha apareció desde la terraza con una bandeja entre las manos.

Nunca olvidaré su expresión.

Durante años imaginé muchas veces cómo sería un reencuentro entre ellas dos.

Pensé en gritos, reproches y hasta demandas de por medio.

Jamás imaginé aquella imagen: una mujer embarazada de varios meses, completamente pálida, sujetando una bandeja como si todo su equilibrio dependiera de no dejarla caer al suelo.

No habló.

Ni siquiera respiró durante un instante.

Mi madre tampoco.

Las dos permanecieron observándose desde extremos opuestos del jardín mientras Alexandra, ajena todavía a lo que ocurría, seguía hablando desde la terraza sobre las ventajas educativas de enseñar música bailable a una recién nacida.

Fue Samantha quien reaccionó primero.

Dejó la bandeja sobre una consola con un cuidado casi exagerado y dio un paso hacia delante.

—Eleanor… yo…

Mi madre levantó una mano con una tranquilidad que descolocó incluso a esa otra mujer que fue su rival durante años.

—Antes de que sigas, quiero dejar una cosa clara.

Samantha asintió con nerviosismo.

—No he venido a tirarte de los pelos.

Justo en ese momento apareció Alexandra por la puerta con una jarra de limonada.

Miró a una, luego a otra y comprendió inmediatamente quién era aquella mujer.

—Vaya.

Fue lo único que acertó a decir.

Mi madre giró la cabeza hacia ella.

—¿Cómo estás, cariño?

—Muy bien, tía. Muy bien sorprendida, quiero decir, ¿vienes para declarar formalmente una guerra?

—No, me temo que no voy a cubrir tus expectativas.

—Gracias a Dios, porque si vinieras a enfrentarte con Samantha, ambas necesitaríais unos cuantos misiles.

Luego las miró alternativamente.

—Y yo habría apostado miles de dólares a que esta escena iba a empezar bastante peor.

Las tres la miramos.

Ella encogió los hombros.

—¿Qué? Hay tensión, pero poca. Yo intento ayudar. ¿No se nota?

Contra todo pronóstico, fue mi madre la primera en reírse.

Una risa sincera, espontánea, que terminó contagiándonos a todas.

Incluso Samantha dejó escapar una sonrisa tímida.

Eleanor volvió entonces a mirarla.

—Ahora sí.

Se acercó despacio.

—Hola, Samantha.

Ella tragó saliva.

—Hola, Eleanor. Me alegra saber de antemano que no vienes con la escopeta cargada.

—Escopeta es que no tengo, la verdad. De haberla tenido, igual la hubiera sacado a pasear en el pasado.

Hubo un pequeño silencio, pero ya no resultaba tan tenso. Solo era el tiempo que necesitaban dos mujeres que llevaban demasiados años sin verse para comprender que ninguna de las dos era ya la misma persona.

Mi madre habló primero.

—Caroline lleva semanas contándome que os lleváis sorprendentemente bien. Y eso me ha dejado helada, no te lo niego.

Samantha bajó la vista un instante.

—Espero que no pienses que estoy intentando manipularla. No sería raro que lo pensaras, dados mis antecedentes.

—No.

Mi madre sonrió.

—Aunque reconozco que durante unos días contemplé seriamente esa posibilidad. O que la hubieras hipnotizado o algo.

Samantha terminó soltando una carcajada.

—No la he hipnotizado.

Se señaló el vientre.

—Pero creo que la pequeña sí.

Alexandra levantó el pulgar.

—Muy bien contestado.

Yo observaba la escena sin atreverme a intervenir.

Había algo profundamente hermoso en aquella conversación.

No era una reconciliación todavía. Era mucho más sencillo. Dos mujeres que habían dejado de luchar.

Y aquello ya me parecía suficiente.

La hora de la comida terminó reuniéndonos a todas alrededor de la mesa de la terraza. Mi madre ya parecía mucho más relajada y Samantha había recuperado esa mezcla tan curiosa de reserva y sentido del humor que últimamente aparecía cada vez con más frecuencia.

Alexandra, por su parte, llevaba diez minutos anunciando que aquel almuerzo sería histórico porque era la primera vez que compartían mesa «la exmujer, la viuda, la heredera y la prima cotilla», y seguía sin entender por qué nadie encontraba brillante semejante presentación.

No habíamos empezado siquiera con el primer plato cuando sonó el timbre.

Alexandra dejó el tenedor sobre el mantel y sonrió de una forma que ya conocía demasiado bien.

—Anda, qué casualidad.

La miré con los ojos entrecerrados.

—¿Qué has hecho?

—¿Yo? Nada.

—Alexandra…

—Bueno, quizá le dije a Lucas que hoy teníamos comida familiar.

Negué despacio con la cabeza.

—Eres incapaz de dejar que las cosas sucedan solas.

—Por supuesto. Si dejara actuar al destino, vosotros seguiríais lanzándoos miraditas dentro de diez años.

Me levanté resignada para abrir la puerta. Lucas apareció con una botella de vino en una mano y una caja de bombones en la otra.

—Creo que llego en mal momento.

—No, llegas en el momento perfecto —respondió Alexandra desde la terraza antes incluso de que pudiera contestarle yo—. Entra, que aquí estamos haciendo una reunión familiar y nos faltaba el director de la competencia.

Lucas me miró con expresión divertida.

—¿Seguro?

—Ya no puedes escapar —dije riéndome—. Mi prima ha decidido por todos.

Entró saludando primero a mi madre con una educación impecable.

—Señora Eleanor, encantada de volver a verla.

Mi madre le dio dos besos.

—Así que me sigues llamando señora Eleanor después de los años que han pasado. ¿Con Samantha también eres tan formal o lo haces porque soy más vieja?

Él arqueó una ceja.

—He tratado de ser cortés, ¿debería preocuparme? —preguntó entre dientes.

—Todavía no lo sé. Llevo varios días oyendo hablar de nuevo de ti.

Alexandra carraspeó.

—Bastantes más de los que Caroline está dispuesta a reconocer.

Volví a lanzarle una servilleta.

—¿Te importaría callarte cinco minutos?

—No especialmente.

Lucas terminó sentándose a mi lado mientras Samantha le servía un poco de pescado.

—Espero que tengas hambre —dijo ella con naturalidad—. Alexandra cocina fatal, así que hemos dejado trabajar al servicio.

—¡Protesto! —respondió mi prima llevándose una mano al pecho—. Yo hago una tortilla magnífica.

Samantha negó con absoluta tranquilidad.

—Sí. Magnífica para llamar a los bomberos, que casi nos quemas la cocina la otra noche.

Las risas recorrieron la mesa y vi cómo mi madre observaba a Samantha sin la menor dureza. La veía bromear, servir agua a todo el mundo, preguntarme si quería más ensalada y preocuparse de que Lucas también estuviera servido sin darse cuenta siquiera de que lo hacía.

En un momento dado, Eleanor dejó los cubiertos sobre el plato y miró directamente a Lucas.

—Así que estáis juntos de nuevo. En Bora Bora, quiero decir —corrigió con gracia.

Sentí que casi me atragantaba.

—Mamá.

Lucas sonrió con una serenidad admirable.

—Siempre fuiste un buen chico —añadió mi madre antes de llevarse la copa a los labios—. Le harías bien a mi hija.

La miré sorprendida.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque las madres tenemos intuición.

Alexandra soltó una carcajada.

—Pues actualízala un poco. Ahora es un golfo.

Lucas abrió mucho los ojos.

—¿Yo? Que no, Caroline, que no…

—Que sí, que sí.

Lo señaló con el tenedor.

—Que pareces encaprichado de mí, pero que te has tirado a media isla.

—Y corta te has quedado —intervino Alexandra

Lucas fingió llevarse una mano al corazón.

—Qué injusticia.

Fue Samantha quien salió en su defensa.

—No exageres, Caroline. Si Lucas fuera un golfo, no estaría ahora aquí. No tiene que demostrar nada.

El silencio que siguió duró exactamente dos segundos.

Los que tardó Alexandra en golpear la mesa con la palma de la mano.

—¡Gracias! ¡Por fin alguien lo dice!

Me tapé la cara con ambas manos.

—¿Podemos cambiar de tema?

Mi madre empezó a reírse con tantas ganas que terminó secándose una lágrima.

—La verdad, hija, yo también voy a romper una lanza en favor de Lucas. Siempre me ha parecido un buen chico y, viendo cómo se comporta, sigo pensándolo.

Lucas negó despacio, algo avergonzado.

—No sé si merezco tantos halagos.

—No te emociones —dijo Alexandra—. Todavía estamos valorando si aceptarte oficialmente en la familia. El examen práctico empieza cuando nazca la niña y te toque cambiar pañales.

Lucas sonrió sin perder la calma.

—Acepto el reto.

Samantha levantó la copa de agua.

—Pues yo voto a favor.

Mi madre hizo lo mismo.

—Yo también.

Alexandra imitó el gesto.

—Tres votos.

Todas me miraron al mismo tiempo.

Suspiré resignada.

—Qué manía os ha entrado con organizarme la vida.

Alexandra sonrió con picardía.

—No te organizamos la vida, Caroline.

Hizo una pausa mientras Lucas intentaba esconder la risa.

—Solo estamos intentando evitar que dejes escapar al único golfo que resulta ser un caballero.

—No estoy seguro de que esa frase me interese —opinó él.

—Pues es la que hay, chaval. Y da gracias de que nos caes genial —soltó mi prima.