Herencia en el paraíso Capítulo 30
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Capítulo 30

Durante los días siguientes, Lucas empezó a aparecer por la casa con una naturalidad que habría sido preocupante si no hubiera resultado tan agradable.

Nunca llegaba a horas intempestivas ni invadía espacios que no le correspondían.

Simplemente aparecía al final de la tarde, cuando las reuniones del resort ya me habían dejado la cabeza llena de cifras, previsiones y términos financieros, y me proponía dar un paseo, tomar algo junto al mar o escapar media hora a algún rincón donde nadie quisiera hablarme de participaciones, huéspedes VIP o reformas pendientes.

Al principio intenté fingir que aquello no me hacía especial ilusión. Alexandra tardó exactamente dos segundos en desmontar la farsa.

—Te aviso de que esa cara no engaña a nadie —me dijo una tarde, observándome desde el sofá mientras yo fingía revisar un correo y miraba por tercera vez hacia el camino de entrada.

»Parece que estás esperando al cartero con una herencia secreta, pero todos sabemos que la herencia mide metro ochenta, dirige la competencia y tiene sonrisa de peligro tropical.

—No estoy esperando a nadie.

—Claro. Y Samantha no está escuchando desde la terraza.

Samantha, que efectivamente estaba escuchando desde la terraza con una taza de infusión entre las manos, levantó la barbilla sin el menor remordimiento.

—Yo no escucho. Superviso el ambiente familiar.

Aquella expresión, «ambiente familiar», me hizo sonreír sin querer.

La casa Reed empezaba a parecer otra cosa.

Seguía llena de recuerdos de mi padre, de sombras que no habían desaparecido del todo y de decisiones difíciles, pero también se había llenado de voces, de bromas, de conversaciones a media tarde y de esa extraña alianza entre tres mujeres que, hasta hacía poco, habrían parecido incapaces de compartir un café sin necesitar mediación diplomática.

Aquella noche Lucas llegó cuando estábamos preparando la cena en la terraza cubierta.

Samantha había tenido un día bueno. La niña llevaba horas moviéndose con entusiasmo y Alexandra había decidido que, si la criatura seguía así, lo más probable era que se hiciera bailarina, boxeadora o directora ejecutiva antes de cumplir los seis meses.

Lucas apareció con una bolsa de papel en la mano y una expresión de prudencia divertida, como si ya supiera que cruzar aquella puerta significaba exponerse a cualquier cosa.

—Buenas noches —saludó, deteniéndose junto a la mesa—. Traigo postre, aunque no sé si eso me concede inmunidad diplomática.

Alexandra dejó el cuchillo con el que estaba cortando pan y lo señaló con absoluta seriedad.

—Depende del postre. Si son frutas, puedes volver por donde has venido. Si es chocolate, te ofrecemos asilo político.

Lucas sacó una caja de la bolsa y la abrió lo justo para dejar ver unos pasteles pequeños de coco, vainilla y maracuyá, que me apasionaban.

—He pensado que el chocolate era demasiado evidente y que debía apostar por la sofisticación.

Samantha lo miró con aprobación.

—Me gusta. Un hombre que sabe traer dulces sin parecer desesperado merece, como mínimo, sentarse a cenar.

Yo la miré sorprendida.

—¿Lo estás invitando?

—Por supuesto. Viene con postre, tiene conversación y no me provoca ganas de llamar a un abogado. En esta casa eso ya es un currículum excelente.

Lucas soltó una carcajada y me miró con una mezcla de diversión y ternura que me desordenó a tope.

—No quiero molestar.

—Molestarías más marchándote —dijo Alexandra mientras le acercaba una silla—. Además, tengo preguntas pendientes sobre tu resort, tu cocina y tu inexplicable capacidad para aparecer siempre cuando Caroline empieza a mirar hacia la entrada como una estatua romántica mal disimulada.

—Alexandra —protesté.

—¿Qué? Estoy creando conversación.

Lucas se sentó a mi lado, aunque no demasiado cerca, y dejó los pasteles en el centro de la mesa.

Aquella distancia medida era una de las cosas que más me desarmaban de él.

Podía bromear, provocarme, mirarme de un modo que me obligaba a apartar la vista, pero siempre parecía saber dónde estaba el límite que yo todavía necesitaba conservar.

La cena empezó con la clase de caos que solo Alexandra podía provocar.

Samantha había pedido pescado a la parrilla, ensalada de frutas tropicales y arroz con coco, pero mi prima decidió que aquello necesitaba «un elemento narrativo» y apareció con una lista de posibles nombres para la niña escrita en una servilleta.

—He hecho una selección internacional —anunció, desplegándola con solemnidad—. Tenemos nombres elegantes, nombres con carácter y nombres que permitirán a la niña dominar una sala antes de aprender a sumar.

Samantha extendió la mano.

—Déjame ver esa amenaza.

Alexandra le entregó la servilleta.

Samantha la leyó durante unos segundos.

—¿Por qué has incluido Cleopatra?

—Porque no me negarás que impone.

—Imponer, impone. También invita a imaginar serpientes y guerras civiles.

—Detalles menores.

Lucas se inclinó ligeramente para leer por encima.

—¿Y «Paloma del Pacífico» es un nombre completo o una condena?

Me eché a reír antes de poder evitarlo.

Alexandra se llevó una mano al pecho, ofendida de una forma teatral.

—No entendéis mi visión artística.

—La entendemos —respondí—. Por eso estamos preocupados.

Samantha dobló la servilleta con cuidado y la dejó a un lado.

—Agradezco tu esfuerzo, Alexandra, pero me gustaría que mi hija llegara al mundo sin parecer una fragata española.

—Qué poca ambición.

Lucas apoyó los antebrazos sobre la mesa, divertido.

—Yo apostaría por un nombre que pueda pronunciarse bien en inglés, francés y tahitiano. Así no tendrá que corregir a medio mundo cada vez que alguien la llame.

Samantha lo observó con interés.

—Eso es bastante sensato.

Alexandra lo señaló enseguida.

—No empieces a caerle demasiado bien, Lucas. En esta mesa ya tenemos una embarazada reformada y una heredera en crisis; no necesitamos además un director de la competencia haciendo propuestas razonables.

—Perdón —respondió él, muy serio—. La próxima será absurda.

La noche avanzó entre bromas, platos compartidos y esa comodidad nueva que empezaba a formarse sin que nadie la forzara.

Lucas se interesó por el embarazo de Samantha con una naturalidad preciosa, sin exagerar ni convertirla en una criatura frágil. Le preguntó si la niña se movía más por la noche, si los médicos estaban tranquilos y si había algún alimento que le apeteciera especialmente.

Samantha, que al principio se mostró algo desconcertada por aquella atención sencilla, terminó hablándole de las pataditas con una emoción que no intentó esconder.

—A veces parece que está protestando —dijo, apoyando una mano sobre la barriga—. Sobre todo cuando Alexandra habla demasiado.

Mi prima abrió los ojos.

—Perdona, pero eso no es protesta. Es reconocimiento artístico. La niña me escucha y piensa: «Esa mujer sabe vivir».

Lucas miró hacia el vientre de Samantha con una sonrisa.

—O piensa que necesita prepararse para defenderse.

—También puede ser —admitió ella—. En esta familia conviene nacer entrenada.

En un momento dado, me acerqué a su vientre. Me había acostumbrado a hacerlo y a la futura mamá no le molestaba en absoluto. O eso me decía. Desde luego que no parecía incómoda cuando me dirigía a mi hermanita.

—Hola otra vez, pequeña.

Lucas se quedó mirándonos con una expresión que me hizo sentir un calor suave en el pecho.

No había deseo en ese gesto, o no solo deseo. Había algo más íntimo: la imagen de una vida compartida alrededor de una mesa, la posibilidad de que él pudiera encajar allí, entre Samantha, Alexandra, la niña y yo, sin que nada pareciera forzado.

Samantha debió de notar mi emoción porque sonrió con picardía.

—Lucas, si quieres saludar a la criatura, puedes hacerlo. Ya que vienes a invadir territorio Reed con tanta frecuencia, lo lógico es que te presentes formalmente ante la futura jefa.

Lucas me miró, buscando permiso de un modo que me pareció de una delicadeza infinita.

Asentí apenas.

Él se inclinó y apoyó la mano con cuidado donde Samantha le indicó. La niña tardó un poco más en moverse, quizás porque ya empezaba a tener sentido del espectáculo, pero cuando lo hizo, Lucas soltó una risa baja, sorprendida de verdad.

—Vaya.

Alexandra se inclinó hacia él.

—Cuidado. Esa es la patada de bienvenida. La siguiente ya viene con contrato de confidencialidad.

Lucas retiró la mano despacio.

—Tiene carácter.

—Muchísimo —respondimos Samantha y yo al mismo tiempo.

Nos miramos y terminamos riendo.

Aquella sincronía inesperada pareció emocionar a Samantha más de lo que quiso mostrar.

Se entretuvo con la servilleta durante unos segundos, y luego volvió a la conversación con una broma sobre que, si la niña salía demasiado Reed, necesitaría un ejército; si salía demasiado Davies, un buen abogado; y si salía demasiado Alexandra, directamente un país que conquistar.

Cuando terminamos de cenar, Lucas ayudó a recoger sin preguntar.

Se movía por la terraza con la misma naturalidad con la que había entrado, pasando platos, acercando vasos, bromeando con Alexandra sobre su «técnica dudosa de apilar cubiertos» y aceptando con buen humor que Samantha le diera instrucciones desde la silla como una reina embarazada supervisando a su corte.

—No sabía que dirigir un resort incluyera recoger mesas —comentó mi prima, apoyada en la encimera exterior.

Lucas dejó una bandeja junto al fregadero.

—Dirigir un resort incluye saber hacer de todo cuando hace falta.

—Bien respondido. Caroline, este hombre cada vez da más rabia.

—¿Por qué?

—Porque encima de guapo es útil. Así no se puede criticar con tranquilidad.

Me atraganté con un poco de agua y Lucas fingió no haber escuchado el comentario, aunque la sonrisa que intentaba esconder lo delataba por completo.

Se marchó cerca de la medianoche. No intentó alargar la despedida ni buscar un momento íntimo.

Me acompañó hasta el porche, se detuvo frente a mí y me rozó la mano con los dedos antes de inclinarse para besarme en la mejilla, demasiado cerca de la comisura de los labios para que mi respiración siguiera comportándose con normalidad.

—Gracias por dejar que me quedara —dijo en voz baja—. Ha sido una buena noche.

—Sí —respondí—. Lo ha sido.

Me miró un instante más, con esa paciencia que a veces me daba ganas de sacudirlo y otras de abrazarlo hasta que el mundo dejara de pesar.

—Mañana paso a verte.

—¿Otra vez?

—Si no presentas una queja formal.

—La estoy redactando.

—Entonces vendré antes de que la termines.

Se fue sonriendo, y yo permanecí en el porche hasta que las luces de su coche desaparecieron por el camino. Cuando volví a la terraza, Alexandra y Samantha estaban exactamente donde las había dejado, pero con una expresión que anunciaba peligro inmediato.

—No —dije antes de que hablaran.

Alexandra levantó las manos.

—No he dicho nada.

—Tu cara ha dicho diecisiete cosas.

Samantha se acomodó mejor en la silla, con la infusión entre las manos y una calma peligrosa.

—Yo solo iba a comentar que Lucas parece sentirse muy cómodo aquí.

—Porque le habéis interrogado menos de lo esperado.

—Eso puede corregirse —respondió Alexandra—. Pero vamos a lo importante. ¿Cuándo te lo vas a tirar?

Casi me caigo sobre la silla.

—¡Alexandra!

Samantha cerró los ojos con una sonrisa contenida.

—Debo reconocer que la pregunta ha sido directa, aunque quizás poco decorosa para una terraza familiar.

—Gracias —dijo mi prima—. Intento ahorrar tiempo.

Yo las miré a ambas, incapaz de decidir cuál de las dos era peor influencia.

—No voy a acostarme con Lucas.

Alexandra apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Nunca? ¿Esta semana? ¿Antes de resolver el conflicto empresarial? Necesito parámetros. Además, que no es alguien nuevo para ti. ¿O tengo que recordarte que bien que lo cataste hace años?

—No quiero meterme en líos.

Samantha dejó la taza en la mesa y me observó con una ternura que intentó disfrazar de ironía.

—Caroline, cariño, Lucas es un lío. Eso salta a la vista. Pero hay líos que solo sirven para romperte la vida y otros que, quizá, merecen la pena.

La miré, sorprendida por la seriedad escondida bajo la broma.

—No es tan sencillo.

—Claro que no. Si fuera sencillo, Alexandra ya lo habría convertido en un plan con horarios.

—Lo haría mejor que vosotros dos —intervino mi prima—. Para empezar, eliminaría esa fase absurda en la que os miráis como si estuvierais negociando la paz mundial cada vez que os rozáis una mano.

Me tapé la cara.

—Dios mío.

—No metas a Dios en esto —dijo Samantha—. Bastante trabajo tiene con vigilar que esta familia no incendie la isla.

Volvimos a reír, y durante unos minutos todo fue ligero, incluso la vergüenza.

Alexandra empezó a enumerar las señales «objetivas» de que Lucas estaba perdido por mí: que aparecía con postres, que soportaba interrogatorios, que no salía corriendo cuando hablaban de nombres de bebé y que, según ella, «ningún hombre heterosexual se queda a recoger platos en casa ajena si no está enamorado o esperando una herencia».

—No estoy preparada —admití al fin, cuando las risas se calmaron—. Andrew me hizo sentir idiota. Y no quiero lanzarme a algo solo porque Lucas me haga sentir bien.

Samantha alargó la mano y cubrió la mía.

—Entonces no te lances. Camina. Pero tampoco te castigues por sonreír cuando él está cerca.

Aquella frase me dejó callada.

Alexandra, por una vez, no bromeó de inmediato. Se limitó a sentarse a mi otro lado y apoyó la cabeza en mi hombro con una familiaridad que me sostuvo más de lo que imaginaba.

—Además —añadió al cabo de unos segundos—, si Lucas se porta mal, Samantha puede contratar abogados y yo puedo improvisar una piñata. Estamos cubiertas.

Samantha asintió con solemnidad.

—Y la niña puede darle patadas simbólicas desde el útero.

—Equipo completo —concluyó Alexandra.

Miré a las dos y terminé riéndome otra vez, aunque por dentro seguía teniendo miedo.

Miedo a equivocarme, a confundirme, a convertir a Lucas en un refugio cuando quizá era mucho más que eso. Pero aquella noche, mientras las tres seguíamos en la terraza con las luces reflejadas sobre la piscina y el mar sonando al fondo, entendí algo que me dio un poco de paz.

No tenía que decidirlo todo todavía.

Bastaba con dejar que alguien bueno llamara a la puerta al caer la tarde y con permitirme sentir, aunque fuera despacio, que tal vez no todos los líos venían para romperme.