Capítulo 29 #2
—No. Lo que pasa es que llevo demasiado tiempo viviendo solo.
Acepté la copa y seguí observándolo. Se movía por la cocina con una naturalidad absoluta. Abría cajones sin mirar, comprobaba el horno, removía una salsa y, de vez en cuando, levantaba la vista para asegurarse de que seguía allí.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si esperaras que incendiara la cocina de un momento a otro.
Sonreí.
—Reconócelo. Yo también lo esperaba.
Él abrió el horno y comenzó a sacar varias bandejas.
Me quedé completamente inmóvil.
—Un momento…
Fue colocando los platos sobre la isla de la cocina con la tranquilidad de quien lleva haciéndolo toda la vida.
Había atún sellado con una costra de sésamo, arroz aromático con coco, verduras salteadas, una ensalada de mango y aguacate y unos pequeños pinchos de langostinos que olían de maravilla.
Lo miré completamente asombrada.
—Lucas…
Él levantó una ceja.
—¿Sí?
—¿Todo esto lo has hecho tú?
—Pues claro.
Me acerqué hasta una de las fuentes.
—Pensaba que ibas a sacar una pizza congelada.
Lucas comenzó a reírse.
—La tengo.
—¿La tienes? Eso quieren verlo mis ojos…
Abrió el congelador.
Allí estaba.
Una pizza de cuatro quesos.
—Plan B.
Lo señalé sin dejar de reír.
—Eres idiota. Idiota del todo.
—No.
Cerró el congelador.
—Soy precavido. Contigo, nunca se sabe cómo se puede acabar…
—Lo dices como si fuese un peligro en potencia. No es justo…
—Eres peor que un peligro en potencia.
—¿No me digas? Pues bien que has venido a buscarme. Te recuerdo que yo no te he llamado.
—Es que nadie dice que no me guste el peligro.
Nos sentamos frente a frente, con esas vistas imperdibles al océano. Apenas necesitábamos luz. La luna iluminaba el agua con tanta intensidad que las velas parecían casi un adorno.
Probé el primer bocado.
Lo miré inmediatamente.
—Está buenísimo. ¿No lo habrás encargado al catering del resort y te estás quedando conmigo?
Él sonrió satisfecho.
—Contigo me quedaría, sí…
—No iba por ahí y lo sabes. ¿Dónde has aprendido a cocinar así?
Se encogió de hombros.
—No sé, supongo que se me da bien. No tiene mucho misterio.
Sentí un nudo agradable en el pecho.
—Para mí un poquillo de misterio sí que tiene. Nunca se me ha dado bien lo de desenvolverme entre fogones.
—Pero eso tiene una explicación.
Se rio.
—Ya, relacionada con que soy una pija, ¿no? Pues que sepas que ahora tú también lo eres.
—No, no, no me compares contigo. Puedo haber ascendido de nivel, pero eso no me convierte en un pijo.
—Pues para detestarlos tanto, te llevaste toda la vida conmigo —le solté.
—Hasta que decidiste marcharte. Si no lo hubieras hecho, te garantizo que estaríamos juntos.
—Ya, ¿y perderte la posibilidad de quedar con el noventa por ciento de las chicas de Bora Bora? ¿Eso te compensa?
—Más de lo que crees —me aseguró mientras chocaba su copa con la mía.
La conversación fue fluyendo con una facilidad que me encantaba y me desconcertaba al mismo tiempo.
Recordamos trastadas de la adolescencia, profesores del instituto de la isla, turistas extravagantes y hasta un matrimonio inglés que, cuando teníamos dieciséis años, nos pagó cincuenta dólares por encontrar su loro.
Y el asunto es que les llevamos otro y no se dieron cuenta.
Aprovechamos que era de noche y que estaban borrachos como piojos.
—Es que nos hartamos de buscar y el suyo no aparecía —recordé entre risas.
—Y al final encontramos una gallina.
—Que tampoco era suya.
Lucas soltó una carcajada tan sonora que terminé riéndome con él.
Cuando terminamos de cenar, desapareció unos minutos en la cocina.
Volvió con dos platos pequeños.
—No puede ser.
Lo miré divertida.
—¿También hay postre?
—Por supuesto. ¿Qué es una buena cena sin postre?
—Una oportunidad para engordar menos. Eso justamente es.
Colocó delante de mí una pequeña tarta de coco y maracuyá acompañada de helado de vainilla.
—No pienso preguntarte si también la has hecho tú.
—Pues la he hecho yo.
Negué lentamente.
—Empiezo a sospechar que llevas una doble vida.
Él sonrió.
—Eso creo.
Lo miré confundida.
—Porque si después de dirigir un resort no tuviera aficiones, sería bastante aburrido.
—No, si tú aficiones tienes… Todos saben cuál es tu debilidad.
—¿Vas a dejar en algún momento de acusarme de mujeriego?
—Pues en principio no tengo ninguna intención, ¿es necesario?
Terminamos el postre despacio, entre bromas constantes.
En un momento dado sonó una canción.
Una salsa suave.
Lucas levantó la cabeza.
—¿La conoces?
Asentí.
—Claro. He estado en Nueva York, no en aislamiento —le recordé.
Se puso de pie y me tendió la mano.
—Entonces no tienes excusa.
Lo miré fingiendo resignación. Acepté su mano. Salimos a la terraza.
El suelo de madera todavía conservaba el calor del día y el océano parecía respirar al ritmo de la música.
Lucas colocó una mano con delicadeza sobre mi cintura.
Yo apoyé la mía en su hombro.
Comenzamos a movernos despacio.
No necesitábamos pensar los pasos.
Era como si nuestros cuerpos recordaran algo que nuestras cabezas habían dejado olvidado durante años.
—Sigues llevando tú.
—Porque tú sigues intentando hacer trampas.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—Mentiroso.
—No, cualquier cosa menos eso. Odio las mentiras. Y jamás te mentiría, Caroline. Nunca tuve que hacerlo y nunca lo haría.
—Hace años no me mentías porque no tenías nada que esconder; ahora las cosas han cambiado.
—Tampoco tengo nada que esconder. Te lo aseguro.
—Eso es cierto, porque salta a la vista que aquí, hasta el último mono que llegue, sabe que eres un golfo.
—Y dale…
La música fue llenando el silencio entre nosotros. Cada vez bailábamos más cerca. Reíamos. Nos pisábamos. Volvíamos a empezar.
En un giro terminé prácticamente pegada a él. Nuestros ojos se encontraron. Ninguno de los dos apartó la mirada.
No sé quién redujo antes la distancia.
Solo sé que, de repente, nuestros labios se encontraron con una suavidad que hizo desaparecer el resto del mundo.
Fue un beso lento. Sin prisa. Sin necesidad de demostrar nada.
Cuando terminó, apoyé la frente unos segundos contra su pecho.
Él acariciaba despacio mi espalda.
—Llevaba mucho tiempo queriendo hacer eso.
Sonreí sin levantar la cabeza.
—Pues quién lo diría la otra noche.
—Sabes que nunca me aprovecharía de ti.
—¿No? Pues yo de ti, sí. Advertido quedas —bromeé.
Permanecimos unos segundos abrazados.
Después levanté la vista.
—Pero…
Lucas sonrió.
—Sabía que había un «pero».
Suspiré.
—Acabo de salir de una relación en la que me han puesto los cuernos de la manera más surrealista posible.
Él asintió despacio.
—Lo sé.
—Y no pienso pasar otra vez por lo mismo.
Me separé apenas unos centímetros para poder mirarlo mejor.
—No quiero volver a enamorarme de un hombre que un día me haga sentir como me hizo sentir Andrew. Da igual que te corneen con mujeres o con hombres; la sensación es que se han reído de ti.
Lucas sostuvo mi mirada con una serenidad absoluta.
—No soy Andrew.
Negué lentamente.
—Ya lo sé. De serlo, te saltaría a la yugular.
—Ni tampoco soy ningún golfo.
Una sonrisa apareció en mis labios.
—Tú qué vas a decir.
Él soltó una pequeña risa.
—Pues yo llevo siete años sin encontrar a una mujer que consiguiera sacarte de mi cabeza.
Aquella confesión me dejó sin palabras.
Lucas acarició mi mejilla con infinita delicadeza.
—No puedo prometerte que la vida vaya a ser perfecta, Caroline. Tampoco que nunca discutamos o que no vaya a meter la pata alguna vez.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Lo único que puedo prometerte es que jamás tendrás que mirar mi teléfono para descubrir con quién quiero compartir mi vida.
Sentí cómo los ojos comenzaban a humedecérseme.
Él sonrió con esa mezcla de seguridad y ternura que siempre había tenido.
—Porque la mujer con la que quiero compartirla lleva demasiados años haciéndome esperar.
—Pues lo siento, porque vas a tener que seguir esperando. No confío en ti.
—Pues deberías…
—No vas a hacer que afloje, te lo garantizo.
—Tendré que intentarlo.
Y, pese a todo, simplemente volví a besarlo.
Y aquella vez, mientras el océano seguía rompiendo suavemente bajo la terraza y la música continuaba sonando a lo lejos, tuve la sensación de que algunas historias no se borran cuando dos personas se separan.
A veces solo esperan el momento adecuado para volver a empezar. Aunque a mí no me pareciera que fuese aquel.