Herencia en el paraíso Capítulo 29
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Capítulo 29

La tarde fue apagándose despacio.

Las últimas invitadas comenzaron a despedirse entre abrazos, promesas de volver a verse antes del nacimiento de la niña y fotografías improvisadas bajo la pérgola de flores.

El jardín conservaba ese desorden bonito que dejan las celebraciones felices: cintas moviéndose con la brisa, copas medio vacías, pétalos sobre los manteles y alguna carcajada que todavía llegaba desde el camino de salida.

Samantha permanecía sentada junto a la mesa principal, con una mano acariciando distraídamente el bodi diminuto que había formado parte de la sorpresa.

Bethan acababa de marcharse y Alexandra discutía con dos camareros porque insistía en llevarse una bandeja de macarons «para evitar desperdicios y porque la solidaridad empieza por una misma».

Me acerqué a Samantha con una copa de limonada.

—¿Cansada?

Ella apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y dejó escapar una sonrisa serena.

—Mucho.

Guardó unos segundos de silencio antes de volver a mirarme.

—Pero creo que ha sido uno de los días más felices de mi vida.

Aquella confesión me emocionó más que cualquier lágrima de la tarde.

—Me alegro muchísimo.

Samantha negó despacio.

—No, Caroline. No sabes cuánto.

Bajó la vista hacia su vientre.

—Cuando descubrí que estaba embarazada, pensé que esta niña iba a llegar rodeada de abogados, de problemas y de personas incapaces de soportarse. Hoy, en cambio, la he sentido rodeada de cariño.

Le sonreí.

—Porque lo está.

En ese momento, Alexandra apareció cargando una caja llena de dulces con expresión de absoluta inocencia.

—Antes de que preguntéis, me han obligado.

Las dos la miramos.

—¿Quién? —preguntó Samantha divertida.

—Mi conciencia.

—¿Y desde cuándo tienes?

—Solo aparece cuando hay pasteles de por medio.

Mientras los empleados recogían las últimas mesas, ayudé a Samantha a levantarse. Estaba cansada, pero tenía esa luz especial que solo dejan los días inolvidables. La acompañé hasta el porche y le di un beso en la mejilla.

—Ve a descansar.

—Tú también deberías.

—Dentro de un rato.

Samantha me observó unos segundos.

—No.

Sonrió con ese aire pícaro que cada vez aparecía con más frecuencia.

—Tú no.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Cómo que yo no?

Antes de que pudiera insistir, mi prima apareció detrás de nosotras con sonrisa amenazante.

—Porque tú tienes otro plan.

La miré sin comprender.

—¿Qué plan?

Mi prima sonrió de esa manera que siempre significaba problemas.

—El que te he organizado yo.

—Alexandra…

—No pongas esa cara. ¿Alguna vez te he metido en un lío?

—Más bien deberías preguntarte si alguna vez has dejado de meterme.

Se acercó hasta quedar a mi lado.

—Te lo has ganado. Ahora te largas, que yo me quedo con Samantha.

—Ya he salido bastante últimamente.

—No.

Negó con convicción.

—Has sobrevivido. Que no es lo mismo.

Samantha empezó a sonreír antes incluso de que yo entendiera por dónde iban los tiros.

—¿Qué has hecho?

Alexandra se hizo la ofendida.

—Qué poca confianza. De verdad que a veces siento que no me tienes ninguna paciencia.

—Alexandra…

—Vale, vale. No te van las sorpresas, pues ahí va una realidad.

Levantó ambas manos.

—He avisado a Lucas.

Negué con la cabeza.

—¿Y desde cuándo necesito que me organices la vida?

—La vida no, solo las citas.

Sonrió con absoluta tranquilidad.

—Le escribí esta mañana.

Parpadeé varias veces.

—¿Y cómo se te ha ocurrido?

—Como se me ocurren todas las ideas brillantes, por las buenas. ¿O te has olvidado de que tengo un don?

—Estás loca…

—De remate, ¿y? Ni que te enterases ahora…

Samantha ya se estaba riendo.

—Alexandra…

—No pongáis esas caras las dos.

Se cruzó de brazos.

—Os recuerdo que hace unos días casi os da un infarto colectivo por culpa de Andrew. Desde entonces no habéis hecho otra cosa que trabajar y fingir que todo está estupendamente.

Me señaló con un dedo.

—Y tú necesitas respirar.

—Podías haberme preguntado.

—Si te hubiera preguntado, habrías dicho que no.

Suspiré.

—Probablemente.

—¿Ves?

Sonrió satisfecha.

—Por eso no lo hice.

Samantha negó lentamente con la cabeza.

—Empiezo a entender por qué nadie consigue discutir contigo.

—Porque suelo tener razón.

—Porque no dejas margen para otra cosa.

En ese instante se oyó el sonido de un coche acercándose por el camino principal.

No hizo falta mirar demasiado.

Reconocí el coche de Lucas incluso antes de que se detuviera frente a la casa.

Sentí un vuelco extraño en el estómago.

Hacía varios días que no lo veía.

Bajó del coche con unos pantalones claros de lino y una camisa verde menta remangada hasta los antebrazos.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.

Alexandra carraspeó exageradamente.

—Bueno, pues yo creo que aquí mi trabajo ha terminado.

Samantha la miró divertida.

—Tu trabajo de manipuladora.

—No me gusta el verbo manipular.

—¿Cuál prefieres?

—Coordinar emocionalmente.

Lucas terminó soltando una carcajada.

—No sé si debería darte las gracias o empezar a preocuparme.

—Las dos cosas.

Mi prima le dio unas palmadas en el hombro.

—Llévatela.

Fruncí el ceño.

—¿Perdón?

—Sí.

Alexandra señaló el coche.

—Sácala de aquí un rato. Que vea otra cosa que no sean los jardines de los Reed y las caras de siempre.

Samantha me tomó suavemente de la mano.

—Ve.

La miré.

—¿Seguro? ¿Vas a estar bien?

—Segurísima.

Sonrió con dulzura.

—Sobreviviré a tu prima.

—Menos bromitas —se hizo Alexandra la ofendida—. Os recuerdo que, si no fuera por mí, nada de esto sería igual.

Lucas abrió la puerta del coche.

—Solo si te apetece.

Lo miré unos segundos.

Después asentí.

—Me apetece.

Nos despedimos de ellas y subí al asiento del copiloto. Cuando el coche comenzó a alejarse de la casa, giré la cabeza y vi a Samantha y a Alexandra despidiéndose desde el porche.

—Creo que tu prima es incapaz de dejar que las cosas sucedan solas.

Lucas sonrió mientras conducía.

—No.

—Siempre interviene.

—Pero suele hacerlo con buena y loca intención, con ambas a la vez.

Reí por lo bajo.

—Eso también es verdad.

Durante unos minutos condujo sin demasiada prisa. El sol acababa de esconderse y el cielo conservaba una mezcla de tonos malvas y anaranjados que se reflejaban sobre el mar. Bajé la ventanilla y dejé que el aire cálido me despeinara.

—¿Adónde vamos?

Lucas me miró un instante.

—A enseñarte mi casa. Creo que es hora de que conozcas dónde vivo.

—¿No me digas? ¿El hombre que me hizo la cobra del siglo ahora quiere desagraviarme?

—No te hice la cobra del siglo, no seas dramática —se quejó.

—¿Y qué sería de la vida sin un poco de drama? ¿Me lo quieres decir?

Lo observé sorprendida.

—¿Tu casa? ¿En serio?

—Sí.

Sonrió con cierta timidez.

—Me gustaría que conocieras más cosas de mí.

Guardó un instante de silencio.

—Creo que ya es hora de que conozcas quién soy ahora.

—Ahora eres un golfo, eso ya lo sé.

—No seas mala, por favor… No soy ningún golfo.

—No, qué va. Tú no eres golfo y yo soy monjita de la caridad… Ambas son verdades.

Se resignó, encogiéndose de hombros.

Al poco, abandonamos la carretera principal y entramos en un complejo hotelero completamente distinto al de los Reed.

El resort de la competencia había sido reformado. Lucía moderno y aún más integrado en la naturaleza. Los edificios apenas sobresalían entre la vegetación y pequeños senderos de madera unían los distintos bungalós.

Lucas aparcó junto a uno de ellos.

—Bienvenida.

Bajé despacio.

—¿Vives aquí? —le pregunté en relación a una casa que era de cuento.

—Sí.

Subimos unos escalones de madera hasta una terraza amplia que daba directamente al océano.

No era una vivienda ostentosa. Todo respiraba sencillez, buen gusto y una paz difícil de explicar.

Había una mesa preparada para dos personas, varias velas encendidas y un pequeño equipo de música del que salía una melodía suave mezclándose con el rumor de las olas.

Lo miré completamente sorprendida.

—Lucas…

Él sonrió con cierta vergüenza.

—No sabía si después de la fiesta te apetecería cenar conmigo. A pesar de que estés algo enfadada por lo de la otra noche.

Se pasó una mano por la nuca.

—Así que, por si acaso, lo preparé antes.

Sentí un calor extraño recorriéndome el pecho.

—¿Lo has preparado tú?

Asintió.

—No soy un gran cocinero.

Señaló la mesa.

—Pero prometo que, si la cena sale mal, las vistas compensan bastante.

No pude evitar reírme.

Y hacía mucho tiempo que una risa me salía con tanta facilidad.

Me acerqué hasta la barandilla.

Delante de nosotros, el océano parecía una inmensa sábana oscura salpicada por el reflejo de la luna. No se oía absolutamente nada salvo el agua acariciando los pilotes de los bungalós.

—Es precioso.

Lucas se colocó a mi lado.

—Sí.

Guardó unos segundos de silencio antes de añadir con una sonrisa tranquila:

—Pero me apetecía mucho más enseñártelo que seguir contemplándolo yo solo cada noche.

Entré detrás de Lucas todavía con la sensación de que aquel final de tarde había tomado un rumbo completamente distinto al que imaginé unas horas antes.

Esperaba encontrar una casa elegante. Incluso lujosa. Al fin y al cabo, dirigía uno de los complejos turísticos más importantes de Bora Bora. Sin embargo, lo primero que percibí fue otra cosa muy distinta: aquella vivienda estaba llena de él.

Había fotografías con sus padres repartidas por varias estanterías, una tabla de paddle apoyada junto a la terraza, una guitarra descansando en un rincón del salón y una librería sorprendentemente grande para alguien que, cuando tenía diecisiete años, aseguraba que solo leía los manuales de matemáticas porque no le quedaba más remedio.

Fui recorriendo el salón con una sonrisa mientras él desaparecía unos minutos en la cocina.

—No curiosees demasiado —me advirtió desde allí con tono divertido—. Tengo cierta reputación que mantener. Y no es esa en la que estás pensando.

—Eso habría que verlo…

Me giré hacia él apoyándome en el marco de la puerta.

—Lucas, tienes una planta con nombre —le comenté al leerlo en una chapita.

Él apareció con dos copas en la mano.

—Se llama Margarita.

—¿La planta?

—Sí.

No pude evitar echarme a reír.

—Definitivamente has perdido la cabeza.