Herencia en el paraíso Capítulo 28
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Capítulo 28

Preparé el baby shower de Samantha con una mezcla de ilusión y vértigo que me sorprendió.

Poco tiempo atrás, la sola idea de organizarle algo bonito a la mujer que había ocupado el lugar más áspero de mi adolescencia habría parecido un chiste cruel.

Sin embargo, allí estaba yo, revisando flores, invitaciones, manteles y pequeños detalles para celebrar a la niña que iba a llegar a aquella casa cargada de historias torcidas, pérdidas recientes y reconciliaciones que nadie habría apostado por ver.

La idea nació una mañana, mientras Samantha desayunaba en la terraza con gesto maternal y una expresión que no le había visto nunca.

La niña se movía cada vez más, y ella, que podía discutir con un abogado sin alterar el tono y mirar por encima del hombro a medio consejo directivo, se quedaba completamente desarmada cada vez que notaba una patada.

La vi sonreír a solas, casi con timidez, y pensé que aquella bebé merecía algo distinto a llegar envuelta en malos rollos.

Se lo conté a Alexandra esa misma tarde, y mi prima reaccionó como si acabara de confiarle una operación diplomática de alto riesgo.

—Por fin una misión a la altura de mi talento —afirmó, sentándose en mi cama con una libreta que no pensaba usar y un bolígrafo que agitaba como una varita—.

Eso sí, Caroline, si vamos a hacerlo, lo hacemos bien.

Nada de cuatro globos tristes, una tarta seca y tiparracas diciendo «qué barriguita tan mona» durante dos horas.

Samantha puede ser muchas cosas, pero aburrida no es, así que su baby shower debe estar a la altura.

—Samantha no conoce los detalles de la fiesta —le advertí, aunque ya estaba sonriendo—. Y me gustaría que siguiera así hasta el último momento.

—Perfecto. El secretismo es una de mis especialidades, siempre que no me den una copa de más ni me pregunten directamente.

Durante los días siguientes, convertimos la organización en una conspiración bastante elegante.

Llamé a varias amigas de Samantha, algunas residentes en Bora Bora y otras en Tahití, y me sorprendió la forma en que reaccionaron al recibir mi invitación.

Hubo pausas de asombro, risas emocionadas y alguna pregunta prudente sobre si Samantha sabía que yo estaba detrás de aquello. Al parecer, no era la única consciente de que nuestra relación había cambiado tanto que costaba reconocerla desde fuera.

Una de ellas, Bethan, una galesa que conocía a Samantha desde sus primeros años en la isla, se emocionó al teléfono de una manera que me hizo quedarme pensativa mucho después de colgar.

—Samantha no siempre lo pone fácil —me dijo con una franqueza dulce—, pero cuando quiere a alguien, lo hace con una fuerza enorme. Me alegra que esa niña vaya a traerle algo de luz. Y me alegra todavía más que seas tú quien esté organizando esto.

No supe qué contestar. Quizás porque, en el fondo, yo también empezaba a alegrarme.

Elegí el jardín lateral de la casa, una zona elevada desde la que se veía el mar entre las palmeras y donde la brisa movía siempre las flores con una delicadeza preciosa.

No quería una fiesta de revista ni un acto del resort, sino algo íntimo y cuidado, con detalles que parecieran pensados para la futura mami y para la niña.

Colocamos mesas cubiertas con lino claro, centros de flores tropicales en tonos crema, rosa empolvado y verde suave, velas dentro de pequeñas conchas nacaradas y tarjetas escritas a mano para que cada invitada dejara un deseo a la bebé.

Alexandra, por supuesto, intentó colar una piñata con la cara de Andrew.

—No —dije sin levantar la vista de las tarjetas.

—Ni siquiera has mirado el diseño.

—No necesito mirarlo.

—Caroline, sería terapéutico. Imagina a Samantha, embarazada, golpeando simbólicamente el rostro de tu ex con una elegancia feroz. Eso vende entradas.

—Esto es un baby shower , no un combate televisado.

—Qué pena. Esta familia necesita diversificar sus actividades.

La revelación del sexo fue lo que más tiempo me llevó preparar.

Samantha, Alexandra y yo ya sabíamos que era una niña, pero sus amigas no.

Ella me había dado permiso para anunciarlo de alguna forma bonita, aunque insistió en que no quería explosiones de confeti, gritos exagerados ni «nada que parezca diseñado por personas que no saben controlar sus emociones».

Lo dijo tan seria que Alexandra aseguró que ese era el lema perfecto para bordarlo en servilletas.

Al final encargué a un artesano local una gran concha de nácar, pulida a mano, colocada sobre una mesa baja cubierta de pétalos de frangipani.

Dentro escondimos un bodi diminuto, blanco, bordado con hilo dorado.

La frase era sencilla, pero cada vez que la leía sentía un nudo suave en la garganta: Nos vemos muy pronto, mamá.

Alrededor, Alexandra colocó pequeñas mariposas de papel en tonos rosa muy pálido que se desplegarían al abrir la concha mediante un mecanismo discreto que probó tantas veces que llegué a temer que la niña aprendiera antes a desmontarlo que a gatear.

El día de la fiesta, le indicamos a Samantha que bajara al jardín para tomar un té con Bethan y «quizás alguna amiga más» en lo que se suponía que sería un encuentro íntimo.

Se arregló con un vestido blanco de tejido fluido, sencillo y elegante, que marcaba apenas su vientre y suavizaba sus gestos.

Al verla aparecer por el sendero de piedra, con el cabello recogido y una sonrisa intrigada, sentí una emoción extraña.

No era la Samantha de mi infancia. Tampoco era una mujer nueva por completo. Era alguien a medio camino entre lo que había sido y lo que estaba intentando aprender a ser.

Cuando llegó al jardín y vio la pérgola cubierta de flores, las mesas preparadas, las luces suaves, los regalos envueltos y a sus amigas esperándola con sonrisas emocionadas, se detuvo en seco.

No dijo nada durante varios segundos.

Y eso, en Samantha, era casi un milagro administrativo.

—¿Qué es esto? —preguntó al fin, con una voz mucho más frágil de lo habitual.

Me acerqué a ella, intentando no emocionarme antes de tiempo.

—Una bienvenida para tu hija. Y también para ti.

Samantha miró alrededor otra vez, y vi el instante exacto en que dejó de esforzarse por mantener la compostura.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró enseguida. Primero sonrió. Una sonrisa pequeña, incrédula, casi tímida, que me hizo pensar que tal vez nadie le había preparado algo así en toda su vida.

—Caroline…

—No empieces a fingir que no te importa —le dije, tomándole la mano—. Hemos trabajado mucho; Alexandra ha renunciado a una piñata vengativa y yo he escrito tarjetas con mi mejor letra. Lo mínimo es que te emociones con dignidad.

Alexandra levantó la mano desde el otro lado del jardín.

—Que conste que mi renuncia a la piñata debería figurar en algún documento oficial.

Las amigas de Samantha la rodearon enseguida.

Hubo abrazos largos, risas, manos prudentes acercándose a su vientre y comentarios sobre lo guapa que estaba.

Bethan fue la primera en romper a llorar, lo que hizo que Samantha terminara riéndose entre lágrimas porque, según dijo, era una vergüenza que alguien llorara antes que la embarazada homenajeada.

La tarde fue avanzando con una alegría serena.

No hubo juegos estridentes ni pruebas absurdas, aunque Alexandra logró organizar una ronda en la que cada invitada debía escribir un consejo para la niña y otro para Samantha.

Algunos fueron tiernos, otros prácticos y uno, firmado por mi prima, decía: «No discutas con tu madre antes del desayuno. Tiene mucha práctica y tú todavía no sabes hablar.» Samantha lo leyó en voz alta y acabó riéndose tanto que tuvo que sentarse.

Yo observaba aquella escena desde un lado, con una copa de limonada en la mano, intentando grabarla en la memoria.

Las amigas de Samantha contaban anécdotas que yo desconocía: una vez en que defendió con brío a una empleada ante un huésped abusón fue la que más llamó mi atención.

Ya sabía por ella misma que sus primeros años de vida no fueron fáciles y, por lo visto, le jodía que alguien abusara de su supuesta superioridad por el simple hecho de ser cliente. Vaya, que conmigo nunca fue así, pero que de vez en cuando demostraba que tenía su corazoncito.

Escuchar esas historias no borraba el pasado, pero lo llenaba de matices. Samantha no había sido solo la mujer que me hizo daño. También era alguien a quien otras personas habían querido, alguien capaz de gestos buenos que yo nunca tuve ocasión de ver.

Bethan se acercó a mí cuando todas estaban probando unos dulces de coco.

—La has hecho muy feliz —me dijo, mirando hacia Samantha con cariño—. No sé si te lo dirá como debe, porque para eso todavía necesitaría unos diez años de terapia, pero créeme, lo has hecho.

Sonreí sin apartar la vista de ella.

—Creo que yo también lo necesitaba.

Al final de la tarde, cuando el cielo empezó a teñirse de oro y rosa, hice una señal a Alexandra. Ella se colocó junto a la mesa de la concha con una solemnidad exagerada que provocó varias risas antes de que pudiera hablar.

—Señoras, futuras tías emocionales, amigas galesas, polinesias y demás comunidad internacional del drama Reed-Davies —anunció, llevándose una mano al pecho.

»Ha llegado el momento de revelar si esta criatura viene a reforzar el equipo de las mujeres inteligentes o si tendremos que fingir entusiasmo por otro resultado.

Samantha la miró con fingida severidad.

—Alexandra, por favor.

—Estoy siendo profundamente institucional.

Me acerqué a Samantha y le ofrecí la mano.

Ella la tomó sin dudar, y ese gesto, tan sencillo, me emocionó más que toda la decoración del jardín. Caminamos juntas hasta la mesa mientras sus amigas formaban un semicírculo alrededor. La gran concha brillaba bajo las luces suaves de las guirnaldas, rodeada de flores y pétalos.

—No sé si estoy preparada para más emociones —murmuró ella, intentando conservar cierta dignidad.

—Demasiado tarde —le susurré—. Ya has sobrevivido a Alexandra ejerciendo de presentadora.

—Eso último debería considerarse prueba médica.

Le indiqué que abriera la concha. Lo hizo despacio, con una cautela casi reverente. Al levantar la tapa, las pequeñas mariposas de papel se desplegaron suavemente y el bodi apareció entre los pétalos, blanco y diminuto, con las letras doradas brillando bajo la luz.

Samantha no habló.

Se llevó una mano a la boca y después tomó el bodi con un cuidado que me partió algo por dentro.

—Es una niña —dije, aunque ella ya lo sabía, aunque lo importante era que el resto del mundo lo escuchara también—. Una niña que ya tiene media isla esperando conocerla.

Las amigas rompieron en aplausos y exclamaciones emocionadas. Bethan volvió a llorar, por supuesto, y Alexandra fingió abanicarse con una tarjeta.

—Otra mujer en esta familia. Los hombres van a necesitar permiso por escrito hasta para respirar.

Samantha rio entre lágrimas, apretando el bodi contra el pecho. Entonces la niña se movió. Lo supe porque su expresión cambió al instante y buscó mi mano con urgencia.

—Caroline, ven. Ahora.

Apoyé la palma donde me indicó. La patada llegó clara, viva, casi impaciente, y me dejó sin aire durante un segundo. Miré a Samantha y vi en sus ojos exactamente lo mismo que yo sentía: asombro, miedo, ternura y una gratitud que no necesitaba demasiadas palabras.

—Tiene carácter —susurré.

Samantha sonrió llorando.

—Muchísimo. Y me temo que no podremos culpar solo a mi parte.

—No —admití—. En eso los Reed también colaboramos bastante.

Alexandra se inclinó hacia la barriga con solemnidad.

—Pequeña, escucha bien. Llegas a una familia complicada, pero con estilo, un casoplón, mejores vistas y una capacidad admirable para montar fiestas cuando todo se hunde. Eso ya es un comienzo prometedor.

Aquella frase provocó otra ronda de risas.

La tarde siguió con regalos, fotos, dulces, historias y más tarjetas para la bebé.

Sin embargo, para mí el momento más importante llegó casi al final, cuando las invitadas empezaban a marcharse y el jardín quedaba iluminado por las guirnaldas.

Samantha se acercó a mí con el bodi todavía entre las manos y una expresión que ya no intentaba disimular nada.

—No sé cómo darte las gracias.

—No tienes que hacerlo.

—Sí tengo —respondió, con una firmeza dulce—. Si no fuera por ti, estaría sola. Rodeada de servicio, de dinero, de gente correcta, pero sola. Hoy me has hecho sentir que no tiene por qué ser así.

No pude responder enseguida.

Samantha bajó la vista hacia el bodi y acarició las letras bordadas.

—Le has regalado un recuerdo antes incluso de nacer. Y me lo has regalado a mí también.

Sentí los ojos húmedos.

—Quería que supiera que la esperamos con alegría.

Samantha me miró entonces con una emoción tan abierta que me resultó imposible no acercarme.

Nos abrazamos despacio, sin grandes gestos, sin promesas imposibles, sin fingir que el pasado se había evaporado. Pero aquel abrazo tuvo algo que ninguno de los anteriores había tenido: futuro.

Cuando nos separamos, Alexandra apareció a nuestro lado con dos porciones de tarta y una sonrisa sospechosa.

—No quiero interrumpir este momento profundamente conmovedor, pero he salvado los últimos trozos antes de que Bethan arrasara con todo. En esta familia podremos perdonar muchas cosas, pero perder tarta por exceso de emoción me parece una negligencia.

Samantha y yo nos echamos a reír.

Y mientras el jardín brillaba bajo las luces, las flores se movían con la brisa y el mar sonaba más allá de las palmeras, pensé que aquella casa había despedido demasiadas cosas desde mi regreso a Bora Bora.

Pero aquella tarde, por fin, había empezado a celebrar una.