Herencia en el paraíso Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Tragué saliva. La noche, que había empezado como una huida, acababa de traerme justo aquello de lo que llevaba días intentando no hablar.

—Pues te repito que no está.

Lucas volvió la vista hacia mí. No preguntó de inmediato. Solo esperó, y esa espera tuvo más delicadeza que muchas palabras.

—Terminamos —añadí, intentando que mi voz no temblara—. No fue bonito.

Su expresión se ensombreció.

—Lo siento.

—Yo también.

Alexandra regresó de la barra con una mirada que iba de uno a otro con demasiada inteligencia.

—Bueno —dijo, dejando uno frente a mí—. Primera parte de la noche: bailar. Segunda parte: casi homicidio de un turista sobón. Tercera parte: conversación delicada frente al mar. Estamos teniendo una estructura narrativa impecable.

Lucas soltó una risa breve y yo también, aunque todavía seguía algo sacudida.

La música continuaba sonando al fondo, la gente había vuelto a bailar y el local recuperaba poco a poco su ritmo. Pero para mí la noche ya había cambiado de centro.

Ya no se trataba de olvidar a Andrew ni de demostrar que podía reírme después de todo. Se trataba de aceptar que Lucas estaba allí, otra vez, justo en el momento en que algo dentro de mí volvía a tambalearse.

Y que, por mucho que intentara evitarlo, su presencia seguía teniendo la extraña capacidad de hacerme sentir a salvo.

Después del susto, intenté convencer a Alexandra de que nos marcháramos.

Lo intenté de verdad.

Pero mi prima tenía un talento especial para transformar cualquier tragedia en una celebración improvisada, y cinco minutos después ya estaba bailando otra vez con medio local, asegurándome que el mejor modo de derrotar a un impresentable era no permitirle estropear una noche.

Lucas permaneció cerca sin resultar invasivo. Hablaba poco, observaba mucho y, cada vez que nuestras miradas coincidían, encontraba alguna forma discreta de comprobar que realmente estaba bien. Aquella atención silenciosa me conmovía.

Quizá por eso me quedé. Pedí una copa.

Y después otra.

Y una tercera que ni siquiera recordaba haber pedido.

No era habitual en mí beber tanto.

De hecho, apenas lo hacía. Pero aquella noche sentía que llevaba demasiados días sosteniendo un peso enorme sobre los hombros.

Había enterrado a mi padre, descubierto que el hombre con el que pensaba compartir la vida escondía una realidad completamente distinta y tratado de mantenerme entera para que nadie tuviera que preocuparse por mí.

Por unas horas dejé de intentarlo.

Alexandra apareció delante de nuestra mesa con una corona de flores en la cabeza que alguien debía de haberle regalado.

—¡Os necesito inmediatamente! —anunció con un entusiasmo desbordante—. Hay una conga gigantesca por la playa y, por razones que todavía desconozco, me han elegido líder espiritual del acontecimiento.

Lucas arqueó una ceja.

—¿Líder espiritual?

—No cuestiones los designios del universo.

Se volvió hacia mí.

—¿Vienes?

Negué riéndome.

—Creo que prefiero descansar un poco.

—Pues no os mováis de aquí. Vuelvo enseguida.

La vimos desaparecer entre la multitud, agitando los brazos mientras una fila interminable de turistas la seguía por la arena entre carcajadas. A los pocos segundos ya estaba dando instrucciones en varios idiomas distintos con una autoridad completamente inventada.

Lucas la contempló divertido.

—Tu prima tiene un don.

—¿A cuál de sus dones te refieres?

—Al de convencer a desconocidos para que hagan exactamente lo que ella quiere.

—Eso lo lleva haciendo desde siempre.

Los dos sonreímos.

Pedí otra copa.

Lucas la observó llegar y, antes de que pudiera acercármela a los labios, apoyó la mano sobre el vaso.

—Creo que ya has bebido suficiente.

Lo miré con una sonrisa ladeada.

—¿Ahora resulta que eres médico también?

Él soltó una risa.

—No. Pero sé contar.

—Qué cumplido eres.

—No es eso. Solo que no me gustaría verte mal.

Bebí igualmente un buen trago.

El alcohol empezaba a hacer efecto de verdad.

No perdía la conciencia de lo que ocurría, pero todo parecía mucho más ligero.

La música sonaba más lejana, las luces se mezclaban unas con otras y la tristeza, por fin, dejaba de apretar con tanta fuerza.

Me levanté de la silla.

—Vamos a caminar.

Lucas también se puso en pie.

No discutió.

Simplemente caminó a mi lado mientras nos alejábamos del bullicio. A medida que dejábamos atrás el local, la playa recuperaba la tranquilidad. Solo llegaba el rumor apagado de la música y el sonido constante del océano rompiendo sobre la orilla.

Caminé descalza por la arena húmeda.

El agua me acariciaba los pies y la brisa movía mi vestido.

—¿Sabes una cosa? —le pregunté sin dejar de mirar el horizonte.

—Dime.

—Odio que me hayan convertido en una mujer desconfiada.

Lucas no respondió enseguida.

Esperó unos segundos antes de decir, con mucha suavidad:

—No dejes que una sola persona decida quién vas a ser el resto de tu vida.

Aquellas palabras me hicieron detenerme.

Me giré hacia él.

La luna iluminaba su rostro con una claridad suficiente para distinguir la preocupación en sus ojos.

Di un paso. Después, otro. Hasta quedarme muy cerca.

—Siempre apareces cuando más falta me haces.

Lucas sonrió apenas.

—Eso es porque tienes una habilidad extraordinaria para meterte en líos.

Reí. Sin pensar demasiado, levanté una mano y acaricié su mejilla. Él no se movió.

Sentía el calor de su piel bajo mis dedos.

—Te he echado de menos.

La confesión salió sola.

Lucas cerró los ojos un instante.

—Yo también.

El alcohol me hizo actuar antes de pensar. Me puse de puntillas buscando sus labios.

Él reaccionó enseguida. No con brusquedad. Simplemente dio medio paso hacia atrás. Lo suficiente para que el beso no llegara a producirse.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasa?

Lucas respiró despacio.

—Pasa que has bebido demasiado.

Lo miré ofendida.

—No estoy borracha.

Él sonrió con infinita paciencia.

—Caroline… acabas de intentar convencer a una palmera de que se apartara porque te estaba mirando mal.

Abrí mucho los ojos.

—¿He hecho eso?

—Sí.

Guardé silencio unos segundos.

—Pues era una palmera muy maleducada.

Lucas terminó riéndose. Su risa consiguió contagiarme. Pero, aun así, volví a acercarme.

—No me has besado.

Él negó con suavidad.

—No.

—¿Por qué?

Lo miré con una seriedad que contrastaba con mi evidente falta de equilibrio.

—¿También te gustan los hombres?

Lucas abrió los ojos de golpe.

—¿Qué?

—Es una pregunta legítima.

Parpadeó varias veces, completamente desconcertado.

—No entiendo nada.

Suspiré.

—Andrew…

Noté cómo el nombre seguía doliéndome.

—Andrew estaba liado con uno.

Lucas permaneció inmóvil.

Tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Cómo?

Le resumí, entre frases desordenadas y alguna lágrima que terminó escapándose sin permiso, todo lo ocurrido en el hospital, la conversación telefónica, la llamada con John y el final de nuestra relación.

Lucas me escuchó sin interrumpirme una sola vez.

Cuando terminé, negó lentamente con la cabeza.

—No imaginaba que hubieseis terminado así.

—Ni yo que fuera a ocurrir. Ese era el que no podía vivir sin mí, ¿sabes?

Se pasó una mano por la nuca, todavía intentando asimilarlo.

—No, Caroline. A mí no me gustan los hombres.

Sonrió con una mezcla de ternura y resignación.

—Me gustas tú.

Aquellas tres palabras hicieron que volviera a acercarme.

Esta vez fue él quien levantó una mano muy despacio y apartó con delicadeza un mechón de pelo de mi cara.

—Precisamente por eso no voy a besarte.

Lo miré sin comprender.

—¿Por qué?

—Porque mañana puedes despertarte arrepentida.

Negué inmediatamente.

—No me arrepentiría. Sé que lo hago. No tengo cinco años.

Él sostuvo mi mirada con una firmeza serena.

—Ahora mismo no lo sabes.

Tragué saliva.

—Lucas…

—Has bebido más de la cuenta. Estás triste. Acabas de romper con el hombre con el que pensabas compartir tu vida.

Acarició muy suavemente mi brazo.

—Y yo llevo demasiados años queriéndote como para aprovechar un momento así.

Sentí que las lágrimas volvían a aparecer. No por tristeza. Por la inmensa sensación de respeto que había en aquellas palabras.

Lucas sonrió con dulzura.

—Cuando me beses algún día…

Hizo una breve pausa.

—Quiero que sea porque al levantarte a la mañana siguiente sigas pensando exactamente lo mismo.

No encontré nada que responder.

Él extendió una mano hacia mí.

—Vamos.

—¿Adónde?

—A casa.

Miré un momento hacia el local, donde la conga seguía avanzando por la playa con Alexandra al frente, bailando con una felicidad absolutamente incompatible con cualquier preocupación del mundo.

No pude evitar reír.

—Ni siquiera se ha dado cuenta de que nos hemos ido.

Lucas siguió la dirección de mi mirada.

—Creo que ahora mismo está demasiado ocupada organizando un tren turístico humano.

—Es capaz de llegar hasta el aeropuerto.

—Y de convencer al piloto para que se una.

Acepté su mano.

Él no volvió a soltarla durante todo el camino. No había pasión desbordada. No había besos.

Solo una cercanía tranquila y la certeza de que, aquella noche, el hombre que más me había respetado era, precisamente, quien más razones tenía para aprovecharse de mi vulnerabilidad. Y eligió hacer justo lo contrario.