Capítulo 27
Unas noches después de la salida del hospital, Alexandra decidió que ya había llegado el momento de hacer algo más útil que mirarme con pena cada vez que creía que yo no la veía.
Lo anunció durante la cena, con Samantha sentada al otro lado de la mesa, una infusión en la mano y la niña dando pequeñas patadas que ya se habían convertido en el acontecimiento doméstico más celebrado de la casa.
—Esta noche salimos —dijo mi prima, dejando el tenedor sobre el plato con una solemnidad que no admitía réplica—. No a resolver traumas, no a analizar hombres mediocres y no a hablar del futuro del resort.
»Salimos a bailar hasta que nos duelan los pies y a recordar que todavía estás viva, Caroline, aunque tu ex haya demostrado tener el criterio sentimental de una cabra con bata de médico.
Samantha casi se atragantó con la infusión.
—Qué imagen tan desagradable y precisa.
Yo las miré a las dos, agotada antes incluso de discutir.
Llevaba días intentando comportarme con una dignidad que no sentía.
Había evitado llorar delante del personal, había respondido correos, había asistido a dos reuniones y había fingido que no me dolía cada vez que algún rincón de la casa me recordaba que Andrew había estado allí apenas unos días antes, caminando con su camisa perfecta y su sonrisa de hombre irreprochable.
Tampoco había visto a Lucas. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una visita casual.
Probablemente pensaba que Andrew seguía en la isla, y yo tampoco había hecho nada por aclararlo. No tenía fuerzas para ordenar una vida cuando ni siquiera sabía dónde se habían caído todas las piezas.
—No estoy segura de que sea buena idea —admití, empujando el plato con los dedos—. No me apetece demasiado hacer de mujer recién traicionada que intenta hacer la loca para demostrar que no le importa nada.
Alexandra se inclinó hacia mí con una expresión menos burlona de lo habitual.
—No tienes que demostrar nada. Precisamente por eso vamos a salir. Porque no vas a bailar para Andrew ni para el consejo de administración del imperio Reed. Vas a bailar porque estás triste, furiosa y preciosa, y esas tres cosas, combinadas con música, suelen pedir una pista.
Samantha levantó la taza, muy seria.
—Estoy sorprendentemente de acuerdo con ella, lo cual me preocupa, pero no lo bastante como para contradecirla.
Aquello me hizo sonreír a mi pesar.
Dos horas después, Alexandra me arrastró a un local junto a la playa donde la música llegaba hasta la orilla y las luces colgadas entre las palmeras convertían la arena en una pista improvisada.
Ella llevaba un vestido rojo que parecía haber sido diseñado para meterse en problemas con elegancia; yo había elegido uno negro, sencillo, de tirantes finos y falda ligera, porque no tenía ganas de llamar la atención y aun así sabía que Alexandra diría que parecía una viuda de lujo con potencial de escándalo.
El ambiente era perfecto para no pensar.
Había turistas bailando descalzos, parejas riéndose junto a la barra, camareros sirviendo cócteles de colores imposibles y un grupo local mezclando percusión polinesia con música moderna.
Al principio me limité a mirar, con una copa en la mano y el cuerpo todavía algo rígido, pero Alexandra no me permitió permanecer demasiado tiempo en aquella posición de estatua trágica.
—Ni se te ocurra esconderte detrás de ese vaso —me advirtió, tirando suavemente de mi muñeca—. Te conozco, Caroline. Si te dejo ahí diez minutos, acabarás mirando el mar con cara de protagonista rota y eso ya lo hemos cubierto de sobra esta semana.
—Qué poca consideración tienes por mi proceso emocional.
—Mi consideración es inmensa. Por eso lo voy a tratar con música alta.
Terminamos en la pista antes de que pudiera oponer resistencia.
Al principio me moví con poca convicción, más por complacerla que por ganas reales, pero la música fue haciendo su trabajo.
Alexandra bailaba con una energía contagiosa, lanzaba comentarios absurdos entre canción y canción y conseguía que varios desconocidos se acercaran sin que resultara forzado.
Dos chicos franceses se unieron a nosotras durante un rato, educados, divertidos y con esa mezcla de torpeza y entusiasmo que hacía fácil reírse sin comprometer nada.
—Me gusta este —me susurró Alexandra, señalando con la barbilla al más alto, que intentaba seguirle el ritmo con una concentración casi deportiva—. Tiene cara de no entender la mitad de lo que digo y eso puede mejorar mucho cualquier relación.
—Lo tuyo con los hombres es preocupante.
—Lo mío con los hombres que no pueden discutirme es pura evolución personal.
Me reí de verdad, y esa risa me sorprendió.
Hacía días que todo en mí parecía salir con esfuerzo, pero allí, entre música, arena y la exagerada capacidad de Alexandra para convertir cualquier noche en un espectáculo, sentí que algo se aflojaba por dentro.
No era felicidad. Todavía no. Era apenas un descanso, un pequeño hueco en medio del dolor.
El problema llegó con otro tipo, uno que se acercó cuando Alexandra estaba hablando con el francés junto a la barra.
Era alto, inglés, con una sonrisa demasiado confiada y una insistencia que empezó siendo molesta antes de volverse desagradable.
Bailó cerca de mí sin que yo lo invitara, me dijo algo poco ocurrente sobre mis ojos y, cuando intenté apartarme con educación, me rodeó la cintura con una mano.
—No, gracias —le dije, retirándome un paso y apartando sus dedos con firmeza—. Estoy bailando sola.
Él sonrió, como si aquello fuera parte de un juego que yo no había aceptado jugar.
—Solo una canción.
—He dicho que no.
Intenté volver hacia la barra, pero se movió conmigo y volvió a tocarme, esta vez más abajo, con una confianza que me revolvió el estómago.
La música seguía alta, la gente bailaba alrededor y, durante un segundo, tuve esa sensación horrible de estar rodeada de personas y, aun así, completamente aislada.
—Apártate —le repetí, esta vez con la voz más dura—. No voy a decírtelo otra vez.
Alexandra no se había dado cuenta de nada, por suerte para él. De haberlo hecho, mi prima podría haberle sacado los ojos.
El hombre soltó una risa y se inclinó hacia mí.
—Relájate, preciosa. Solo nos estamos divirtiendo.
No llegó a tocarme de nuevo.
Una mano lo agarró por el hombro y lo apartó con tanta fuerza que el tipo perdió el equilibrio unos segundos.
Lucas estaba allí.
No sé de dónde salió. No sé cuánto tiempo llevaba en el local ni si me había visto desde el principio.
Solo sé que apareció entre la gente con el rostro cerrado, los ojos clavados en aquel hombre y una calma tan peligrosa que, por primera vez en toda la noche, la música pareció quedar en segundo plano.
—Ella te ha dicho que te apartes —le aclaró, con una voz baja que no necesitaba volumen para imponerse—. Y vas a hacerlo ahora.
El otro intentó recomponerse, ofendido más por el golpe a su orgullo que por el empujón.
—No es asunto tuyo.
Lucas dio un paso más hacia él.
—Acabas de convertirlo en asunto mío.
El hombre murmuró algo que no entendí y trató de avanzar de nuevo hacia mí, quizá para demostrar que no se dejaba intimidar.
Lucas lo empujó otra vez, esta vez con más firmeza, obligándolo a retroceder hasta casi chocar con otro grupo.
Dos empleados del local se acercaron enseguida, y uno de ellos reconoció a Lucas al instante. No hizo falta mucho más. El tipo protestó, gesticuló y terminó siendo conducido hacia la salida entre quejas absurdas.
Yo seguía en el mismo sitio, con las manos frías y el corazón acelerado.
Lucas se giró hacia mí en cuanto el tipo desapareció. La dureza de su rostro cambió al verme, sustituida por una preocupación directa que me resultó casi más difícil de sostener que la escena anterior.
—¿Estás bien? —preguntó, acercándose sin tocarme todavía—. Caroline, dime si te ha hecho daño.
Negué despacio, aunque la voz tardó un poco en salir.
—No. Solo… me ha asustado.
Lucas asintió, mirando un segundo hacia la puerta por donde habían sacado al hombre antes de volver a centrarse en mí.
—Lo siento. Lo vi desde la barra y tardé un momento en llegar. No tendría que haber puesto una mano encima de ti.
Aquella frase, tan sencilla, tan clara, hizo que algo dentro de mí se recompusiera un poco.
No justificaba, no minimizaba, no convertía el episodio en una broma. Solo nombraba lo ocurrido con una contundencia que necesitaba escuchar.
Alexandra apareció entonces, completamente alterada, abriéndose paso entre la gente.
—¿Qué ha pasado? He visto al tiparraco ese salir escoltado y a Lucas con cara de querer enterrarlo bajo una palmera. ¿Estás bien?
Intenté sonreír para tranquilizarla.
—Estoy bien. Ha sido un idiota.
—Los idiotas no ponen las manos donde no deben; los que lo hacen son peores que eso —respondió ella, rodeándome los hombros con un brazo antes de mirar a Lucas—. Gracias.
Lucas negó con suavidad.
—No tienes que dármelas.
Alexandra lo observó durante un segundo, quizá entendiendo que había mucho más en aquella escena de lo que podía resolverse con un agradecimiento rápido. Después me acarició el brazo y señaló hacia la barra.
—Ven. Te vas a sentar, vas a beber agua y yo voy a insultar mentalmente a ese tipo en tres idiomas, dos de los cuales no domino.
Lucas caminó con nosotras hasta una mesa algo apartada, junto al borde de la playa.
No intentó ocupar demasiado espacio ni convertir su intervención en una heroicidad.
Se limitó a pedir agua, esperar a que me sentara y mantenerse cerca con una prudencia que me conmovió. A través de las luces del local, su camisa blanca parecía casi dorada, y por primera vez en días me pregunté cuánto habría estado evitando acercarse a mí.
—No sabía que estabas aquí —le dije al cabo de unos minutos, cuando Alexandra se alejó hacia la barra para pedir algo sin alcohol.
Él miró hacia la pista antes de responder.
—No pensaba acercarme.
—¿Por Andrew? Ya no está aquí.
Él no fingió no entender.
—Creía que seguía en la isla. Y pensé que lo último que necesitabas era que yo apareciera creando más confusión.