Capítulo 26
En el hospital nos atendieron con una rapidez que, en cualquier otro momento, habría agradecido con más claridad.
Aquella mañana, sin embargo, todo me llegaba amortiguado.
Las voces de los médicos, el roce de las ruedas de una camilla, la mano de Alexandra sujetándome el brazo, Samantha preguntando una y otra vez si la niña estaba bien.
Yo intentaba responder cuando alguien me hablaba, pero mi cuerpo parecía haberse quedado varios pasos por detrás de lo que acababa de ocurrir.
La exploración de Samantha fue lo primero.
Tomé conciencia de todo ello cuando Andrew se fue, dejándome una sensación de vacío y de culpabilidad amarga; vacío por perder a la persona que me había acompañado en mi vida adulta, y culpabilidad por no saber realmente de quién se trataba hasta ese momento.
Alexandra caminaba de un lado a otro, incapaz de estarse quieta.
La conocía muy bien y se había quedado con las ganas de cantarle las cuarenta a ese desgraciado, si bien lo dejó ir porque yo se lo pedí así.
En fin, que ella también estaba de los nervios y hasta una enfermera le pidió con mucha educación que dejara de hacer «rondas de vigilancia» porque estaba inquietando al personal.
Mi prima le respondió que, teniendo en cuenta nuestra mañana, lo raro era que no hubiese solicitado ya un exorcista o algo.
Cuando vimos avanzar a Samantha, venía pálida, pero con la mirada más serena.
Llevaba una mano sobre el vientre y la otra sujetaba una copia del informe con tanta fuerza que el papel empezaba a arrugarse.
—Está bien —dijo antes de que yo pudiera preguntar—. La niña está bien. Ha sido el estrés, la tensión acumulada. Quieren que me quede hasta mañana aquí por precaución, pero no hay señales de alarma.
Sentí que el aire volvía a entrarme en el cuerpo.
—Gracias a Dios.
Samantha me miró con detenimiento antes de seguir hablando.
—¿Tú estás bien?
Alexandra levantó un dedo desde detrás de ella.
—Bien teniendo en cuenta que acaba de descubrir que a su novio le gustan los tíos. Sí, sí, no pongas esa cara. Tenías razón, Samantha, lo hemos pillado con las manos en la masa.
A pesar de todo, me reí por la forma de contarlo de mi prima, que era un poco bestia para dar según qué noticias.
—¿Era un hombre con quien hablaba anoche? —me preguntó incrédula.
—Eso parece, a no ser que piense montar una orgía y fuera otra persona, porque mi prima le ha cazado haciendo planes sexuales con un compañero de trabajo —respondió por mí.
Alexandra era tremenda. Me hizo sonreír apenas un poco, pero lo suficiente para que el médico, que se había quedado hablando con un enfermero, se acercara y nos explicara que Samantha había sufrido una bajada de tensión fuerte, probablemente provocada por un impacto emocional intenso.
Lo explicó con palabras médicas bastante más ordenadas, pero yo lo traduje enseguida: su cuerpo había decidido que, ya que su cabeza se empeñaba en seguir funcionando, él iba a apagar las luces por su cuenta.
A Samantha la trasladaron a una habitación amplia de la planta de Obstetricia en cuanto terminaron las pruebas.
Era un alivio conocer que la tensión había descendido bruscamente, provocándole el síncope, pero tanto ella como la niña estaban bien.
Respiré por primera vez desde que la ambulancia había salido de la casa.
Cuando entramos en la habitación, Samantha seguía visiblemente cansada, aunque sonrió al verme aparecer.
—¿Ves? —murmuró con un hilo de voz—. Ya decía yo que esta niña iba a salir dramática.
Me acerqué enseguida a la cama.
—Tiene a quien salir; a su madre siempre le gustó mucho un drama. No vuelvas a darme un susto así en la vida.
Ella arqueó una ceja con una sonrisa débil.
—Perdona. La próxima vez procuraré desmayarme después de haberte dejado un aviso en la agenda.
Aquella tontería consiguió arrancarme una sonrisa que llevaba demasiado rato escondida.
Alexandra, que acababa de dejar el bolso sobre una silla, cruzó los brazos.
—Bueno, pues ya está decidido.
—¿El qué?
—Que esta noche dormimos aquí.
La enfermera sonrió con paciencia.
—Solo puede quedarse un acompañante.
—Entonces me quedo yo. Lo siento, prima —intervine.
—Me da la sensación de que sobro un poco. Si queréis, me largo ya a Nueva York y no me volvéis a ver el pelo.
—No seas boba.
—Nada, nada, que una sabe cuándo sobra.
—Otra dramática.
Pasamos el día juntas y, por la tarde, cuando terminó el horario de visitas, Alexandra protestó durante casi diez minutos seguidos, alegando que era imposible abandonar a dos mujeres emocionalmente inestables después del día que llevábamos, hasta que la propia Samantha terminó riéndose.
—Hazme un favor —le pidió con una sonrisa cansada—. Vuelve a casa, date una ducha y duerme unas horas por las dos. Si mañana apareces con ojeras, la niña va a pensar que la familia Reed no duerme nunca.
Alexandra miró alternativamente a una y a otra antes de suspirar con dramatismo.
—No me gusta dejaros solas. Vosotras dos tenéis demasiada facilidad para montar terremotos sentimentales.
Me acerqué y la abracé.
—Estaremos bien, cariño.
—¿Seguro? Mira que mi ausencia se nota mucho…
Asentí.
—Pero sobreviviremos, lo prometo.
Se volvió hacia Samantha.
—Y tú procura no volver a desmayarte. Ya has cubierto el cupo semanal de sustos.
—Lo intentaré.
—Más te vale.
Cogió el bolso y caminó hacia la puerta. Justo antes de salir se volvió otra vez.
—Si mañana descubro que os habéis hecho amigas íntimas a traición, sin mí, me voy a cabrear muchísimo.
Samantha levantó una ceja.
—No prometemos nada.
—Eso me temía.
La puerta se cerró detrás de ella y la habitación quedó completamente en silencio.
Un silencio distinto. No pesado. Solo nuevo.
Me acerqué a la ventana mientras las últimas luces del atardecer teñían el cielo de un color anaranjado que me recordó al que había visto la tarde anterior junto a Andrew.
Aparté el pensamiento enseguida.
No quería llorar otra vez.
—¿Cómo estás?
La voz de Samantha sonó muy baja.
Tardé unos segundos en responder.
—No estoy para irme de fiesta.
Ella dejó escapar una sonrisa.
—Bueno…
Se acomodó un poco mejor sobre la almohada.
—Si te sirve de consuelo, yo tampoco estoy precisamente para recorrerme todas las discotecas de la isla.
La miré y terminé sonriendo.
—Vaya dos.
—Sí.
Samantha soltó una risa pequeña.
—La verdad es que hacemos una pareja bastante deprimente.
Me acerqué despacio hasta sentarme en la silla que había junto a su cama.
Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada.
No porque faltaran palabras.
Sino porque era extraño descubrir que, después de tantos años, ya no necesitábamos utilizarlas para atacarnos.
Ella fue la primera en romper aquella tregua.
—Debe doler mucho.
Bajé la vista.
—Más de lo que esperaba.
Ella asintió despacio.
—Porque todavía lo quieres.
No tenía sentido mentir.
—Sí. No se deja de querer de un momento para otro.
Las lágrimas acudieron sin pedir permiso.
—Lo peor no es haber perdido a Andrew.
Respiré hondo antes de continuar.
—Lo peor es descubrir que el hombre al que quería nunca existió.
Samantha cerró los ojos un instante.
—Eso debe ser terrible. Lo mío fue distinto.
La miré sorprendida.
Ella sonrió con tristeza.
—Aunque ahora que lo pienso, Michael terminó siendo el amor de mi vida. Pero el hombre de quien me enamoré al principio tampoco existía, en realidad.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que yo me enamoré del empresario, del hombre poderoso, del dueño del resort… y tardé mucho tiempo en descubrir a la persona que había detrás. Cuando lo hice, ya era demasiado tarde para recuperar muchas cosas.
Guardó silencio unos segundos.
—No te castigues por Andrew. Por lo que has descubierto. Nada de esto es tu culpa.
Levanté la cabeza.
—Y te pido que tampoco juzgues toda mi vida por la peor versión de mí misma —me comentó.
Me incliné hacia delante y, casi sin pensar, tomé su mano.
Ella la apretó con suavidad.
No hubo abrazos. No hicieron falta.
Solo dos mujeres muy distintas, heridas por motivos diferentes, comprendiendo que la vida acababa de colocarlas en el mismo lado por primera vez.
Al cabo de un rato, una enfermera apareció con dos infusiones.
—Una para la mamá y otra para la acompañante.
Nos miró con una sonrisa divertida.
—Por la conversación que he oído desde el pasillo, creo que las dos la necesitan.
Cuando volvió a marcharse, Samantha levantó su taza.
—¿Una tregua?
Sonreí.
Choqué mi taza de papel con la suya.
—Una tregua.
Y afronté la noche con la sensación de que, incluso entre tanto dolor, algo bueno acababa de empezar.