Capítulo 25
Salí del pasillo sin escuchar siquiera lo que Alexandra intentaba decirme.
Notaba las piernas extrañamente ligeras, casi insensibles, mientras recorría los pocos metros que me separaban del jardín interior del hospital.
A través de la cristalera lo vi de espaldas, caminando despacio con el teléfono pegado al oído. Hablaba relajado. Incluso sonreía.
Aquella sonrisa terminó de empujarme.
Abrí la puerta con más fuerza de la necesaria y crucé el pequeño jardín sin que él llegara a darse cuenta de que me acercaba. Solo cuando estuve prácticamente a su lado levantó la cabeza.
—Caroline…
No le di tiempo a terminar.
Con un movimiento rápido le arrebaté el teléfono de la mano.
Andrew abrió mucho los ojos.
—¡¿Qué haces?!
Ni siquiera contesté.
Me limité a llevarme el móvil a la oreja.
—…qué ganas tengo de verte, tío. A ver si vuelves pronto, te dejas de tantas historias románticas, que no te pegan nada, y me das lo mío —decía la voz al otro lado del teléfono.
Sentí que el mundo entero desaparecía. No era una mujer la que hablaba, ¡era un hombre!
No escuché nada más.
El teléfono resbaló entre mis dedos y cayó al suelo.
Andrew dio un paso hacia mí.
—Caroline, espera…
—No. No se te ocurra acercarte.
Lo único que hice fue levantar el pie con la intención de pisotear el teléfono.
La pantalla estalló bajo la suela de mi sandalia.
Andrew abrió los brazos con incredulidad.
—¡Pero qué…!
Volví a pisarlo. Una vez. Otra. Hasta que el cristal quedó completamente destrozado.
Respiraba tan deprisa que apenas conseguía mantenerme en pie.
Andrew permanecía sin moverse frente a mí.
Ya no sonreía.
Tenía el rostro completamente pálido.
Bajé la vista hacia los restos del teléfono.
La pantalla, todavía iluminada a pesar de los golpes, mostraba el nombre de la llamada.
John.
John Matthews.
Recordé perfectamente aquel nombre. Compañero suyo en el hospital. Amigo desde la residencia.
Volví a levantar la cabeza muy despacio.
—Y todavía querrás explicármelo —murmuré con todo el sarcasmo.
Andrew tragó saliva.
—No es lo que parece, cariño —trató de defenderse de la manera menos original del mundo.
Me eché a reír. Una risa completamente vacía. No esperaba que actuara de una manera tan burda, pero es que, en el fondo, debía reconocer que ya no conocía al hombre que tenía al lado.
—¿Sabes cuál es el problema de esa frase?
Él permaneció en silencio, pero deseando meter baza.
—Que siempre es exactamente lo que parece, cabronazo.
Andrew pasó una mano por el pelo, completamente descompuesto.
—Caroline, estábamos diciendo tonterías. Era una conversación entre amigos. No hablábamos en serio. Son cosas que se dicen…
Lo miré con una mezcla de incredulidad y desprecio.
—¿Ah, no? ¿De veras me tomas por una estúpida?
—Nunca te he considerado una estúpida. No lo eres.
—Por supuesto que no lo soy. No me hace falta tu validación, pero tú me has tratado como tal, y eso no te lo perdonaré jamás.
Andrew cerró los ojos un instante. Luego dio otro paso hacia mí.
—Escúchame, por favor.
Retrocedí inmediatamente.
—No me toques. No se te ocurra poner tus manos sobre mí o formo tal escándalo que sales de aquí esposado —le aseguré.
Andrew dejó caer los brazos.
Nunca lo había visto tan nervioso.
—Caroline, llevo muchos días fuera de Nueva York. John estaba bromeando. Yo seguí la broma. Ha sonado horrible, pero…
—Pero ¿qué?
Las lágrimas empezaban a empañarme la vista.
—¿Qué parte tengo que entender exactamente?
Él respiró con dificultad.
—No estás por la labor de entender nada, lo veo en tus ojos.
Lo miré fijamente.
Aquella frase consiguió incluso hacerme reír.
—¿De verdad acabas de decir eso?
Andrew frunció el ceño.
—Porque es verdad. Te has cerrado en banda.
Negué con una lentitud desesperante.
—Eres increíble. Todavía será mi culpa… Acabo de enterarme a la vez de que mi novio me pone los cuernos y de que le gustan los tíos, y la culpa va a ser mía por intolerante.
Él intentó acercarse otra vez.
—Piénsalo un momento. Sí, he dicho una barbaridad. He sido un imbécil. Pero no pretendía dañarte.
Lo interrumpí levantando una mano.
—¿Ese es tu argumento?
Su expresión vaciló.
—Caroline…
—¿Pretendes que te dé las gracias porque no querías dañarme, solo engañarme?
Y encima con el numerito ese por medio de que no podías estar sin mí y de que era una egoísta por no volver a Nueva York contigo a la carrera.
¿En serio pretendías casarte conmigo y mantener una doble vida? ¿Desde cuándo te gustan los tíos?
Él bajó la cabeza.
—No estoy diciendo eso.
—Es exactamente lo que estás diciendo.
Sentí una punzada de rabia tan intensa que apenas podía controlar la voz.
—¿Sabes qué es lo peor de todo?
Andrew permaneció inmóvil.
—Que hace apenas un rato estaba defendiéndote delante de Samantha. Pensaba que ella mentía. Pensaba que quería joderme porque me odiaba desde hace años. Ella te escuchó hablar por teléfono y me lo contó.
»Anoche saliste de nuestra cama para reírte de mí con John. Ella pensaba que se trataría de una mujer. Y yo negué que pudiera ser cierto, di la cara por ti. La ataqué y acabó aquí.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.
—Y resulta que eras tú quien me estaba tomando el pelo.
Él dio un último paso.
Muy despacio.
—Caroline, yo te quiero.
Aquellas palabras me produjeron un rechazo inmediato.
—No vuelvas a decir eso si no quieres salir escaldado.
—Es la verdad.
—No. Tú no quieres a nadie. Solo te quieres a ti mismo. Eres una cajita de sorpresas, pero una cajita podrida.
Negué con firmeza.
—La verdad la acabo de escuchar con mis propios oídos.
Andrew parecía completamente derrotado.
—Déjame arreglarlo.
—No puedes. Ni en mil vidas podrías hacerlo.
—Por favor.
Respiré profundamente.
Sentía que, si seguía allí un minuto más, terminaría por formar un escándalo de tal magnitud que me arrepentiría.
—No quiero volver a verte en mi vida.
Mi voz salió mucho más firme de lo que me sentía.
—Recoge lo que quede de tu teléfono, vuelve a Nueva York, acuéstate con quien te dé la gana y no vuelvas a buscarme nunca más.
Andrew dio un paso atrás.
Aquellas palabras parecieron golpearlo con toda la fuerza de la realidad.
—¿Lo dices en serio?
Lo miré por última vez.
Ya no quedaba rabia.
Solo una decepción inmensa.
—Jamás había hablado tan en serio.
Me giré sin esperar respuesta. Detrás de la puerta del hospital, Alexandra me estaba esperando. Había presenciado la última parte de la discusión.
Cuando nuestras miradas se encontraron, comprendió que no hacía falta preguntar absolutamente nada. Se acercó despacio y rodeó mis hombros con un brazo.
Yo ya no pude contenerme.
Rompí a llorar mientras, a unos metros de nosotras, Andrew permanecía solo en medio del jardín, contemplando los restos del teléfono destrozado y comprendiendo, quizás demasiado tarde, que me había perdido para siempre.