Herencia en el paraíso Capítulo 24
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Capítulo 24

Cuando Andrew salió de la casa para despejarse, la terraza quedó envuelta en un silencio que se me pegó al cuerpo.

Alexandra intentó restarle importancia a la discusión con dos o tres bromas sobre el carácter impecable del doctor Collins, pero yo apenas conseguía sonreír.

Me dolía haberle hecho daño y, al mismo tiempo, comprendía perfectamente por qué se había marchado.

Necesitaba unos minutos para ordenar mis propias ideas.

Fue Samantha quien rompió aquella especie de tregua inesperada.

—Caroline, ¿puedes venir un momento?

Me giré hacia ella. Se había sentado en el sofá exterior, con una mano apoyada sobre el vientre y una expresión completamente distinta a la de unos minutos antes. Había emoción en sus ojos. Una emoción limpia, casi infantil.

Me acerqué enseguida.

—¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien?

Ella sonrió y negó con la cabeza.

—Muchísimo mejor que bien. Ven.

Se llevó mi mano hasta su barriga.

—Espera un segundo… lleva toda la mañana moviéndose.

Obedecí sin entender demasiado. Apenas habían pasado unos segundos cuando sentí un golpecito suave bajo la palma de mi mano.

Abrí mucho los ojos.

—¡Dios mío!

Samantha soltó una risa emocionada.

—¿Lo has notado?

—Sí.

Otro pequeño movimiento volvió a sorprenderme.

No pude evitar sonreír.

—Hola, pequeña…

Sin darme cuenta, empecé a acariciar despacio el lugar donde había sentido la patadita.

—Tu bebé acaba de saludarme.

Samantha tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Lleva horas haciéndolo con mucha fuerza.

—Es increíble.

Durante unos instantes olvidé absolutamente todo lo demás. El resto desapareció mientras imaginaba a aquella niña creciendo dentro de una mujer con la que jamás habría pensado compartir un momento así.

Alexandra, que había entrado en la cocina, apareció entonces con una taza de café entre las manos.

—¿Qué está pasando aquí?

Samantha sonrió.

—Ven tú también.

Mi prima dejó la taza sobre la mesa y apoyó la mano donde Samantha le indicó.

Cinco segundos después dio un pequeño respingo.

—¡Madre mía! ¡Pues sí que tiene carácter la criatura!

—Sale a la familia —comentó Samantha.

Alexandra la miró con fingida gravedad.

—Esperemos que a la rama Reed.

Las tres terminamos riéndonos.

Aquella risa hizo que Samantha me mirara con una mezcla de alivio y tristeza.

—Caroline… también quería hablar contigo.

La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro.

Asentí.

—Yo también creo que nos debemos una conversación.

Alexandra hizo ademán de levantarse.

—Si preferís…

—No.

Samantha negó despacio.

—Quédate. No tengo nada que esconder.

Inspiró profundamente antes de continuar.

—Lo primero que quiero decirte es que no pretendo que discutamos, Caroline. Sé que amas a tu novio.

Mi expresión se suavizó.

—Es un hombre extraordinario que también me ama con locura. Y verás, lo que has escuchado antes, eso tan lamentable, es el fruto de que estaba enfadado y…

—No estoy tan segura.

Aquellas cuatro palabras hicieron que frunciera el ceño.

—¿Perdona? Oye, que entiendo que te hayas cabreado, pero…

Samantha bajó la vista un instante.

—No es eso, Caroline. Es que anoche no podía dormir.

Esperé.

—Salí un rato al jardín. Necesitaba caminar un poco, tomar el aire. No lo estoy pasando bien, igual que tú.

La observé en silencio.

—Vi a Andrew.

Sentí una pequeña sorpresa.

—¿Andrew? Yo ni siquiera me enteré de que se levantara. Igual estás equivocada…

Alexandra soltó una risa.

—Caroline, tú podrías dormir durante un terremoto. El otro día se cayó una bandeja en la cocina y lo único que hiciste fue darte la vuelta en la cama.

Le lancé una mirada resignada.

—Gracias por el apoyo.

—Siempre.

Samantha continuó hablando.

—Él no estaba lejos, pero no me oyó. Al principio pensé que solo necesitaba despejarse, como yo. Pero después empezó a hablar por teléfono.

Noté una inquietud extraña recorriéndome el estómago.

—¿Y?

Samantha levantó la vista.

—Escuché perfectamente lo que decía.

Negué despacio.

—¿Qué estás insinuando?

Ella tragó saliva.

—No estoy insinuando nada. Estoy diciéndote que lo oí claro.

Se hizo un breve silencio antes de añadir, casi palabra por palabra:

—Dijo que, cuando volviera a Nueva York, iba a follarse a la mujer que estuviera al otro lado del teléfono. Lo dijo riéndose. Incluso comentó que llevaba demasiado tiempo portándose bien. Que no era propio de él.

Tardé unos segundos en reaccionar.

Simplemente la miré.

Después empecé a negar con la cabeza.

—No. Eso no puede ser. Estás equivocada. Oirías mal…

Samantha sostuvo mi mirada.

—Ojalá estuviera equivocada.

—No. Que te digo que no puede ser —continué, totalmente indignada.

—Entiendo tu reacción, pero es cierto.

Mi voz sonó mucho más alta.

—No. ¡Eso es imposible!

Alexandra había dejado de sonreír.

Nos observaba alternativamente a mí y a Samantha sin saber muy bien qué hacer.

—Caroline…

Me levanté de golpe.

—¡No! Andrew jamás diría algo así.

Samantha también intentó incorporarse.

—No quería hacerte daño. Te juro que no era mi pretensión.

—¡Pues lo has hecho!

Noté la rabia creciendo dentro de mí.

—Sé perfectamente que no me soportabas. Sé que me hiciste la vida imposible durante años. Sé que llegué a llamarte «demonia» delante de medio Bora Bora y probablemente me quedé corta.

»Pero una cosa es el pasado y otra inventarte algo así. Creía que habías cambiado. Y ahora, en cuanto algo te cabrea como una mona, me sales con esto…

—¡No me lo he inventado!

—¿Y ahora qué? ¿Quieres que desconfíe del hombre con el que comparto mi vida?

Samantha dio un paso hacia mí.

—Precisamente porque sé lo que no mereces… No mereces que te engañen por amor. Por eso te lo he contado.

Su respiración empezó a acelerarse.

Vi cómo una mano buscaba instintivamente su vientre.

—No.

Su voz apenas era un hilo.

—No me encuentro…

Su rostro perdió el color en cuestión de segundos.

—Samantha…

Intenté sujetarla, pero no llegué a tiempo.

Sus piernas cedieron hacia delante y cayó desplomada sobre el suelo de la terraza.

—¡Samantha!

Alexandra reaccionó antes que yo.

—¡Tama! ¡Llama a una ambulancia!

Los siguientes minutos transcurrieron con una rapidez insoportable.

El personal del resort apareció corriendo desde distintos puntos de la casa. Samantha apenas respondía cuando intentábamos hablarle y yo no dejaba de repetir su nombre mientras le sostenía la mano.

La ambulancia llegó en pocos minutos.

Los sanitarios la inmovilizaron con rapidez y la introdujeron en el vehículo mientras uno de ellos nos aseguraba que iban a hacer todas las pruebas necesarias.

Alexandra y yo fuimos detrás, con Tama.

Andrew debió volver a la casa un rato después. Allí le explicaron lo sucedido y me telefoneó de inmediato.

Respondí al tercer tono.

—¿Caroline? ¿Qué ocurre?

—Samantha está en observación. Hemos discutido y se ha sentido mal.

Mi voz sonaba apagada, culpable.

—Voy para allá.

—Claro, ven…

Había caído en la trampa de Samantha. Y eso me hacía sentir estúpida. Creí cada una de sus palabras de las últimas semanas. Creí que había cambiado. Y no era así.

Cuando Andrew llegó al hospital, me encontró sentada en una silla del pasillo.

Me levanté al verlo. Nos abrazamos. Alexandra se apartó un poco, dejando que nos desahogáramos.

Él quiso saber más, pero en ese momento sonó su teléfono.

Miró la pantalla con gesto de fastidio.

—Es del trabajo.

—Cógelo.

—¿De verdad no te importa? Vuelvo enseguida y me cuentas. Seguro que Samantha estará bien.

Se alejó unos metros para responder.

Fue entonces cuando lo perdí de vista. Y a mi prima también.

Ella regresó un par de minutos después. Su expresión era completamente distinta a la habitual.

Se acercó despacio hasta detenerse frente a mí.

—Caroline…

Levanté la vista.

—¿Qué?

Mi prima dudó unos segundos antes de hablar.

—Creo que Samantha decía la verdad.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué estás diciendo? ¿Tú también? ¿Se trata de un complot o qué?

—No es eso, es que acabo de seguirle hasta el jardín. Y la llamada no es de trabajo, eso ya te lo aseguro. No sé con qué tía estará hablando, pero la complicidad entre ambos es total, y las bromas subidas de tono, ni te cuento.

—Eso no puede ser…

—Eso ya lo has defendido antes. Pero ahora también lo acabo de escuchar yo. Te juro que no parecía el tipo aburrido que conozco. Creo que tu novio tiene dos caras…

—Es que él no es aburrido.

—Eso es lo de menos. Lo importante es que, cuando saca esa otra cara, te deja a la altura del betún. Tu novio es un pieza; ve tú misma y escúchalo.

—No puede ser, si él me quiere, si justamente no puede vivir sin mí…

—Un hipócrita, eso es lo que es. Y no es el primero de la historia que afirma morirse sin una mujer y luego querer compartir cama con el resto.