Capítulo 23
A la mañana siguiente me desperté antes que Andrew.
La luz entraba despacio por las contraventanas de la habitación y el sonido del mar llegaba amortiguado hasta la casa.
Permanecí unos minutos observándolo dormir. Tenía el brazo apoyado sobre la almohada, el rostro relajado y esa expresión serena que solo aparecía cuando conseguía olvidarse del hospital durante unas horas.
Bajamos a desayunar algo más tarde.
Samantha había preferido quedarse descansando en su habitación y Alexandra aún no había dado señales de vida, así que la terraza pertenecía únicamente a los dos.
Tama nos sirvió café, fruta recién cortada y unas tostadas antes de desaparecer con la discreción de siempre.
Andrew fue el primero en romper el silencio.
—Te noto pensativa desde anoche.
Le di vueltas a la taza entre las manos antes de responder.
—Hay algo que no dejo de pensar.
—Cuéntamelo. Sé que lo hay.
Levanté la vista hacia él.
—No sé cómo voy a hacer esto.
Andrew frunció ligeramente el ceño.
—¿El qué exactamente?
—Dirigir el resort.
Él asintió despacio, esperando a que continuara.
—Llevo días reuniéndome con directivos, revisando informes, conociendo decisiones que mi padre tomaba casi sin esfuerzo y cada vez tengo más claro que esto no se puede gestionar únicamente desde Nueva York. No un complejo de este tamaño. No un lugar como este.
Andrew dejó la taza sobre la mesa.
—Siempre puedes delegar en alguien aquí y tomar las decisiones importantes desde allí.
Negué lentamente.
—No creo que sea cuestión de delegar. Mi padre nunca lo hizo.
Él permaneció en silencio unos segundos.
—¿Qué quieres decir exactamente? Lo de tu padre era distinto. Él tenía su vida aquí… esto es justo lo que estaba temiendo que me dijeras.
Inspiré con calma antes de atreverme a decirlo en voz alta.
—Esto no solo va de ti, Andrew. Creo que tendré que pasar temporadas aquí. Al menos al principio. Luego, quizás, con el tiempo, todo sea más fácil. Samantha podrá ayudarme. Ella tiene experiencia. Pero ahora, con el bebé y demás, son demasiadas cosas que atender.
—No me irás a decir que también su estado influye en tu decisión. ¿O tengo que recordarte que esa bruja te hizo la vida imposible durante años?
—Por favor, no levantes la voz. Podría oírte…
Tarde. Cuando quise darme cuenta, Samantha estaba a unos pasos de ambos. La mujer del pasado hubiera montado en cólera en ese momento, pero esta otra, hizo como que no había escuchado nada y se dio media vuelta, volviendo a entrar en la casa.
—Lo siento, no es lo que pretendía.
—Ya hablaré con ella. Qué se va a hacer. Pero debes entender que solo serían temporadas y…
La expresión de Andrew cambió de inmediato, entendiendo que la había cagado.
No levantó la voz.
No hizo ningún gesto brusco.
Pero vi cómo desaparecía la tranquilidad de su rostro.
—¿Temporadas? Explícate.
—Sí. No hablo de instalarme aquí definitivamente, cariño.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando?
—No lo sé. Quizá algunos meses al año. Al principio, desde luego, tendré que estar bastante presente. Ya te lo he comentado.
Andrew apoyó ambas manos sobre la mesa y permaneció unos instantes mirando el jardín.
Cuando volvió a hablar, su voz sonaba mucho más baja.
—Yo te conocí en Nueva York. Esto no es justo.
—Lo sé. Yo tampoco esperaba este cambio en mi vida. Todo ha sido súbito y sorprendente.
—Toda nuestra vida está allí. Todo lo que hemos construido juntos. Todo lo que nos importa. O, al menos, lo que me importa a mí. Porque empiezo a pensar que ya no sé cuáles son tus prioridades.
Asentí despacio.
—No digas eso…
Él dejó escapar una sonrisa amarga.
—Mi trabajo está allí, Caroline. Mis pacientes están allí. El hospital está allí. No puedo coger un avión y desaparecer la mitad de cada año porque tú tengas que dirigir un resort al otro lado del mundo.
Aquellas palabras me dolieron porque eran verdad.
—No te estoy pidiendo eso.
—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?
Tardé unos segundos en encontrar la respuesta.
—Que entiendas que todo esto también forma parte de mi vida.
Andrew desvió la mirada hacia la laguna.
—Siempre supe que Bora Bora era importante para ti.
—Es más que importante.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—He vuelto aquí y me he dado cuenta de que necesito este lugar mucho más de lo que recordaba. Y no solo eso. El resort, las responsabilidades… incluso el bebé que está por nacer. Quizá quiero que todo eso forme parte de mi vida. Y me estoy devanando los sesos para saber cómo encajarlo todo.
El silencio que siguió ya no tenía nada que ver con los anteriores.
Andrew cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, había una tristeza inmensa en ellos.
—Es peor de lo que sospechaba.
No respondí.
Él sonrió con una resignación que me rompió el alma.
—Desde que llegué vi cómo caminabas por esta isla. Y supe que ya no íbamos en la misma dirección.
Bajé la vista.
—Andrew…
Él negó despacio.
—No. Déjame terminar, por favor.
Esperó unos segundos antes de continuar.
—Pensé que solo necesitabas cerrar una etapa. Creí que volverías a Nueva York con la misma ilusión con la que llegaste hace siete años. Pero apenas llevo tiempo en Bora Bora y empiezo a comprender que quizás nunca terminaste de marcharte.
Sentí un nudo en la garganta.
—No significa que no quiera volver contigo.
—No. Pues tú me dirás…
Él sonrió con una mezcla de tristeza y hastío.
—Porque yo apostaría a que significa que ya no sabes dónde está realmente tu hogar —prosiguió.
Aquella frase me dejó sin palabras.
Porque ni siquiera yo conocía la respuesta.
Me levanté despacio y rodeé la mesa para acercarme a él.
—Lo resolveremos. Tranquilo, por favor. No quiero que te disgustes.
Andrew también se puso en pie. Retrocedió apenas un paso. No para alejarse de mí. Solo para ordenar lo que estaba sintiendo.
—No sé si se puede resolver.
Lo miré sorprendida.
—Claro que sí.
Él negó lentamente.
—No me pidas que deje mi vida en Nueva York porque no puedo hacerlo. Amo mi trabajo. Llevo años construyendo una carrera que significa mucho para mí. No sería feliz abandonándola.
—Yo jamás te pediría eso. Sabes que no soy así, mi amor.
—Entonces no me pidas tampoco que entienda con naturalidad que tú quieras vivir medio año a miles de kilómetros.
Noté cómo el pecho se me llenaba de una angustia inesperada.
—No he dicho que quiera vivir aquí para siempre.
—Pero has dicho que necesitas este lugar.
Su voz apenas era un susurro.
—Y eso lo cambia todo.
Cogió las llaves del coche que había dejado sobre la mesa.
—Andrew…
—Necesito despejarme un rato.
Di un paso hacia él.
—No te vayas así.
Él me acarició la mejilla con infinita ternura.
—Si me quedo ahora, terminaremos diciendo cosas de las que nos arrepentiremos. Prefiero caminar un poco.
Lo vi alejarse por el jardín hasta desaparecer entre las palmeras.
Permanecí sin saber qué hacer varios segundos.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando escuché la voz soñolienta de Alexandra detrás de mí.
—Vale. Una pregunta rápida antes de prepararme el café.
Me giré despacio.
Mi prima observó la terraza vacía.
—¿Dónde está el doctor Perfecto?
Intenté sonreír.
—Ha salido a dar una vuelta.
Alexandra entrecerró los ojos.
—Eso, traducido al idioma de las parejas, significa que ha habido conversación importante.
Suspiré.
—Solo hemos hablado del futuro.
—Ah, perfecto. El tema favorito de cualquier relación.
No pude evitar reírme. Muy poco.
Pero lo suficiente para que ella se acercara y me pasara un brazo por los hombros.
—No pongas esa cara. Dale media hora y volverá. Tiene pinta de ser de esos hombres que hasta se enfadan con educación, tonta.
La miré de reojo.
—Eres horrible.
—Pero tengo razón.
Me dio un pequeño codazo mientras caminábamos hacia la cocina.
—Además, si hay algo que he aprendido de esta familia desde que llegué, es que todos tenéis una habilidad extraordinaria para dramatizar antes del desayuno. Ya verás cómo esta tarde lo estáis arreglando o, como mínimo, discutiendo en un sitio con mejores vistas.
Sus conclusiones me hicieron sonreír.