Herencia en el paraíso Capítulo 22
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Capítulo 22

El sol comenzaba a descender cuando Andrew me propuso alejarnos un poco del complejo.

Habíamos pasado el día entero recorriendo la isla con Alexandra, riéndonos de sus ocurrencias y dejándonos sorprender por aquel rincón del mundo que él no dejaba de contemplar con la curiosidad de quien descubre un paisaje imposible.

Al despedirnos de mi prima, él me tomó de la mano y señaló un sendero estrecho que se abría entre las palmeras.

—¿Te importa que desaparezcamos un rato? —me preguntó con una sonrisa tranquila—. Me gustaría tenerte solo para mí antes de que Bora Bora decida enamorarte del todo.

—Para eso ya llegas tarde, lo siento —le aseguré sacándole la lengua.

—Vaya, creo que estoy perdiendo facultades. Espero que no en todo —carraspeó.

—No lo sé. Hace muchos días que tú y yo no…

—No me piques. Eso habrá que solucionarlo —me dijo con evidente excitación.

El camino discurría junto a la laguna, entre hibiscos, buganvillas y cocoteros que dejaban pasar la luz dorada del atardecer en pequeños destellos.

El aire olía a sal, a flores y a esa humedad cálida que siempre había asociado con mi infancia.

Andrew se dejó llevar también por la innegable belleza del lugar, y a pesar de que ya podía adivinar sus intenciones, caminaba despacio, sin prisa por llegar a ninguna parte, acariciando mi mano con el pulgar de vez en cuando mientras observaba el paisaje.

—Ahora entiendo muchas cosas —me comentó después de varios minutos, deteniéndose para contemplar el monte Otemanu recortado contra el cielo—. Siempre hablabas de Bora Bora con cariño, pero me faltaba venir para comprenderlo. No es solo un sitio bonito. Tiene algo… difícil de explicar.

Sonreí.

—Eso decía mi padre. Que esta isla terminaba eligiendo a quien estaba dispuesto a escucharla.

Andrew volvió la cabeza hacia mí.

—Entonces creo que empieza a caerme bien.

Reí por lo bajo y continuamos caminando hasta que el sendero desembocó en una pequeña cala escondida entre rocas volcánicas.

Se trataba de una playa diminuta, casi secreta, donde el agua llegaba mansa hasta una lengua de arena blanca. No había nadie más. Solo el rumor constante del océano y el reflejo anaranjado del sol sobre la superficie de la laguna.

Me quité las sandalias y avancé unos pasos descalza.

—Venía aquí con mi padre cuando necesitábamos escapar del resort —le conté mientras dejaba que una ola me mojara los pies—. Decía que los mejores lugares eran aquellos donde nadie esperaba encontrarte.

Andrew permaneció observándome unos segundos antes de acercarse.

—Sabía lo que decía.

—Sí, siempre lo supo. Y creo que también sabía como nadie que, en el fondo, pertenezco a Bora Bora más que a ningún otro lugar.

Andrew bajó la mirada durante un instante y después rodeó mi cintura con suavidad.

—¿Me estás queriendo decir algo con eso? Sabes que te necesito demasiado a mi lado.

Apoyé una mano sobre su mejilla.

—Tranquilo, vamos a disfrutar de la puesta de sol.

—¿Puedo estarlo de veras?

—¿Quieres hacer el favor de relajarte? Si no lo consigues aquí, estás muerto.

—Estoy muerto si no te tengo a mi lado —aclaró.

—Venga ya…

El viento movía mi cabello mientras el cielo se iba tiñendo de tonos rosados y anaranjados.

Permanecimos allí un buen rato sin hablar demasiado, contemplando el horizonte.

No era uno de esos silencios pesados que piden ser llenados, sino una pausa compartida que nacía de la tranquilidad de sentirse acompañado.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este viaje? —me preguntó él al cabo de unos minutos.

Negué con la cabeza.

—Que sonríes de un modo distinto… Me alegro de haber venido para comprobarlo.

Aquella confesión me hizo cerrar los ojos un instante.

—Pensaba que habías venido porque me echabas de menos.

—También. Muchísimo. Pero al llegar he comprendido enseguida que aquí hay una parte de ti que yo todavía no conozco. Y voy a descubrirla.

Le sonreí con ternura.

—¿Te decepciona?

—Todo lo contrario.

Se inclinó despacio y me besó.

Fue un beso sereno, sin urgencias, distinto a los que nos habíamos dado en Nueva York entre prisas y horarios imposibles.

En aquel rincón no había teléfonos sonando ni residentes esperando una respuesta, pues nos quedamos sin cobertura. Solo el mar acompañando cada respiración y el último sol del día envolviéndolo todo con una luz cálida.

Nos sentamos sobre la arena, dejándonos envolver por el relax del lugar.

La tarde terminó de apagarse lentamente.

Las primeras estrellas comenzaron a asomar sobre la laguna mientras el sonido de las olas envolvía la pequeña cala.

Andrew volvió a besarme con dulzura y yo respondí dejándome llevar por la calma de aquel instante, por el afecto que nos unía y por la certeza de que, pese a todas las dudas que empezaban a surgir en mi vida, seguía sintiéndome profundamente querida entre sus brazos.

Fue entonces cuando se activó en lo sexual. La oscuridad y el hecho de estar solos allí le permitieron hacerlo de un modo primitivo, más salvaje de lo habitual.

Andrew me despojó de la ropa casi con fiereza, con un sentido de la posesión que alertó mis sentidos, humedeciéndome mucho. Mi ropa cayó sobre la arena, donde recostó mi cuerpo desnudo.

—Unos días sin verlo y no puedo pasar sin él —me confesó mientras sus dedos comenzaban a hacer surcos sobre mi piel.

—Ya será menos…

—¿Eso crees? No tienes ni idea de lo mucho que te he echado de menos y de lo culpable que me siento por no poder haberte acompañado en estos días.

—Tranquilo, ya pasó. Además, estoy bien.

—¿Estás bien, de veras? Porque no podría soportar que no fuera así…

—Estás de un intenso —reí—. Espero que lo estés para el resto.

—No lo dudes.

Cuando terminó de desvestirse, lo contemplé unos segundos sin decir una sola palabra.

Conocía aquel cuerpo desde hacía años, pero había algo distinto en verlo allí, bajo el cielo inmenso de Bora Bora, con el mar respirando a pocos metros y la luz tenue de la luna dibujando cada uno de sus contornos.

Andrew tenía una complexión atlética, sólida, de esas que no nacen de perseguir un ideal estético, sino de una vida disciplinada.

Sus hombros eran anchos, el pecho firme y los brazos mostraban la fortaleza tranquila de quien pasaba más horas sosteniendo vidas que levantando pesas.

Todo en él transmitía equilibrio, seguridad y una masculinidad serena, sin necesidad de exhibirse.

Mi mirada descendió despacio, descubriendo la armonía de su silueta, la línea marcada de su abdomen y la elegancia natural con la que se movía.

No había un solo gesto de vanidad. Permanecía delante de mí con absoluta naturalidad, dejándome observarlo con esa confianza que solo existe cuando dos personas han aprendido a conocerse sin reservas.

Sonrió al descubrir que seguía mirándolo.

—¿Qué pasa? —preguntó con una mezcla de diversión y ternura.

Negué lentamente con la cabeza, incapaz de apartar los ojos de él.

—Nada… Solo estaba pensando que eres un hombre increíblemente guapo y que nunca te lo digo lo suficiente.

La sonrisa de Andrew se ensanchó apenas un poco.

—Eso tiene fácil solución.

Apoyé las manos sobre su pecho, sintiendo el calor de su piel bajo mis dedos.

Levanté la vista hasta encontrar la suya y, durante unos instantes, me limité a disfrutar de aquella cercanía, de la serenidad que siempre encontraba entre sus brazos y de la forma en que seguía haciéndome sentir protegida incluso después de tanto tiempo juntos.

En aquel rincón perdido de Bora Bora, con el océano como único testigo, me pareció que seguía siendo el mismo hombre del que me había enamorado en Nueva York: fuerte, elegante y profundamente bueno.

Su cuerpo se terminó por abalanzar sobre el mío.

Ignoro si me excitó más la forma en la que sus labios atraparon los míos, con verdadera hambre, o esa otra en la que sus dedos comenzaban a explorar la humedad de mi sexo para adentrarse en él sin pedir permiso.

Los gemidos placenteros, prácticamente encadenados, comenzaron a salir entonces de mi boca.

El cuerpo de mi novio parecía febril… Andrew ardía, y no solo en deseos, ardía literalmente… Cuando el primer amago de llegar al clímax por mi parte apareció, ese deseo no hizo más que acrecentarse.

Lejos de parar en ese instante, sus dedos, largos y curiosos, comenzaron a hacer verdaderos malabares en mi interior mientras su lengua se dirigió hacia mi clítoris.

Supe entonces que iba a correrme de inmediato, y lo hice entre verdaderos espasmos mientras sus fuertes brazos me aprisionaban y sus labios me repetían que era suya.

Sentí que el corazón se me aceleraba y que una corriente eléctrica de lo más ardiente recorría mi cuerpo, desde la planta de los pies hacia arriba.

Y entonces me penetró. Su cadera y la mía se acompasaron bajo la luz de esa luna que ya comenzaba a asomar por el cielo de Bora Bora.

—No puedo pasar sin esto, no puedo pasar sin esto —me repetía una y otra vez mientras mi excitación iba en aumento y un nuevo orgasmo no tardaría en hacerse dueño de mí.

Cada vez que me pasaba, Andrew lo disfrutaba de una manera casi irreal, de una manera que me indicaba lo mucho que sentía por mí.

Cuando por fin le pasó a él, su clímax llegó acompañado de una especie de aullido que debió oírse en media isla. O pensarlo me sirvió para bromear.

—Así que tenemos una nueva especie autóctona en la zona —le dije mientras él se quedaba dentro de mí, disfrutando de cada pliegue de mi piel y de cada segundo compartiendo esa intimidad.

Me comió a besos entonces, como no queriendo que aquel momento terminara.

Cuando la noche terminó de caer sobre Bora Bora, la intimidad de aquella playa quedó solo para nosotros, acompañada por el rumor del mar y el cielo inmenso del Pacífico, mientras el resto del mundo parecía quedarse, por unas horas, muy lejos.