Capítulo 21
La excursión improvisada terminó resultando mucho más agradable de lo que habría imaginado cuando Andrew apareció por sorpresa aquella mañana.
Alexandra tomó el mando con una convicción que solo ella era capaz de exhibir, sin que nadie se atreviera a discutirla y, antes de que pudiéramos proponer una alternativa, ya había decidido el recorrido completo, los sitios donde pararíamos y hasta el orden en que debíamos maravillarnos con cada rincón de Bora Bora.
—Os advierto una cosa —anunció mientras caminábamos por el paseo marítimo—. Si alguno intenta llevarme la contraria, recordaré públicamente momentos muy vergonzosos de vuestra adolescencia. Caroline tiene unos cuantos y estoy convencida de que Andrew también terminará confesando alguno.
Andrew sonrió con esa serenidad tan suya.
—Lo intentaré evitar por todos los medios.
—No podrás. Yo tengo paciencia y demasiado tiempo libre.
Empezamos la mañana recorriendo un pequeño mercado junto al puerto donde apenas había turistas.
Los puestos estaban llenos de artesanía local, frutas tropicales, collares hechos con conchas y tejidos de colores imposibles.
Andrew miraba por doquier, fascinado. Preguntaba por los nombres de las flores, por las costumbres de la isla y hasta por la forma en que los pescadores preparaban las embarcaciones tradicionales.
—Entiendo perfectamente por qué nunca has dejado de hablar de este lugar —me dijo mientras observábamos a un artesano tallando una figura de madera—. Tiene algo que hace que la vida se reduzca a esto.
Sonreí.
—Eso mismo pensaba cuando era pequeña.
No pude terminar la frase.
El teléfono de Andrew comenzó a sonar.
Sacó el móvil del bolsillo, leyó el nombre que aparecía en la pantalla y me miró con gesto de disculpa.
—Lo siento muchísimo. Es del hospital. Solo serán dos minutos.
Se apartó unos metros mientras respondía.
Alexandra observó la escena con una expresión entre divertida y resignada.
—Empiezo a sospechar que tu novio nació con el teléfono pegado a la mano.
—No puede evitarlo.
—Pues que firme un poder.
Volvimos a recorrer varios puestos hasta que Andrew regresó.
—Perdonad. Era una consulta rápida.
—¿Todo bien? —le pregunté.
—Sí. Un residente necesitaba confirmar un tratamiento antes de dar el alta a un paciente.
Alexandra levantó una ceja.
—¿Y no podían sobrevivir cinco minutos sin ti?
Andrew soltó una risa.
—Probablemente sí.
—Pues ya está. A partir de ahora, cada vez que suene ese teléfono, voy a considerar seriamente lanzarlo al mar.
—Eso sería un problema.
—No para mí.
Continuamos caminando y, durante casi una hora, todo transcurrió con absoluta normalidad.
Andrew se interesaba por cada historia que le contaba sobre mi infancia y escuchaba con auténtica atención cada detalle que le explicábamos de Bora Bora. Era imposible no reconocer que hacía un esfuerzo por integrarse en aquel mundo que para él era completamente nuevo.
Llegamos después a una pequeña cafetería construida sobre pilotes de madera, desde cuya terraza podía verse la laguna extendiéndose hasta el horizonte.
Nos sentamos junto a la barandilla y pedimos zumos naturales y unos helados que Alexandra insistía en calificar como patrimonio de la humanidad.
—Voy a terminar mudándome aquí —declaró tras la primera cucharilla—. Si alguien me busca dentro de veinte años, estaré regentando este local.
Andrew sonrió.
—No parece un mal plan.
—¿Verdad que no?
La conversación avanzaba con tranquilidad cuando volvió a sonar el móvil.
Andrew bajó la vista hacia la pantalla y cerró los ojos un instante.
—Otra vez lo siento.
—Ve —respondí.
Se levantó inmediatamente y salió a la terraza exterior para poder hablar con más tranquilidad.
Alexandra esperó a que estuviera lo bastante lejos antes de inclinarse hacia mí con expresión conspiradora.
—Voy a decir una cosa políticamente incorrecta.
—Ya estoy temblando.
—No se puede tener un novio que quiera controlarlo todo.
La miré riéndome.
—Para el carro…
—Es demasiado educado, demasiado responsable, demasiado atento… Caroline, este hombre pide perdón hasta cuando lo llaman para salvar vidas.
No pude contener una carcajada.
—Eso se llama ser buena persona.
—No digo que no. Digo que resulta agotador mantener semejante nivel de perfección.
Negué con la cabeza.
—Eres imposible.
—Escúchame bien. Si un día llegáis a casaros, prométeme que, de vez en cuando, dejará una toalla tirada en el baño o se comerá el último yogur sin avisar. Necesito saber que es humano.
La imagen me hizo reír todavía más.
—Pues siento decepcionarte, pero es exactamente así.
—Lo sé.
Apoyó la barbilla sobre la mano.
—Y precisamente por eso me parece un poco… aburrido.
La palabra quedó suspendida unos segundos entre las dos.
—No seas mala. Ya tardabas en volver a decirlo.
—No estoy siendo mala. Estoy siendo objetiva. Me resulta tan exasperadamente perfecto que me entran ganas de liarla parda solo para comprobar que se altera.
En ese momento Andrew regresó a la mesa.
—Ya está. Prometo que era la última llamada.
Alexandra levantó un dedo.
—No prometas cosas que luego no puedas cumplir. Los dioses del teléfono tienen muy mal sentido del humor.
Andrew sonrió con cierta vergüenza.
—Lo intento de verdad. Sé que no es agradable.
Le cogí la mano por encima de la mesa.
—No pasa nada.
Él entrelazó sus dedos con los míos.
—Cuando acepté venir, sabía que necesitaba desconectar. El problema es que mi trabajo todavía no lo sabe.
Alexandra dio un golpe suave sobre la mesa.
—Pues vamos a enseñárselo.
Andrew la miró divertido.
—¿Cómo?
—Primera medida urgente: prohibido vestir como un director médico durante las vacaciones.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué tiene de malo mi ropa?
Los dos bajamos la vista casi al mismo tiempo hacia su camisa perfectamente planchada.
Después volvimos a mirarlo.
—Todo —respondimos a la vez.
Media hora después nos encontrábamos entrando en una pequeña tienda frente a la playa. Andrew observaba perplejo cómo Alexandra iba sacando bañadores, camisas estampadas y pantalones de lino de las estanterías sin darle tiempo siquiera a opinar.
—Este.
—Alexandra, que no.
—Y este también.
—Creo que no necesito cuatro camisas con palmeras.
—Precisamente porque lo crees, las necesitas.
Yo me limité a observar la escena con una sonrisa imposible de esconder.
Andrew terminó saliendo del probador vestido con un bañador azul turquesa, una camisa blanca abierta y unas gafas de sol nuevas.
Alexandra dio un paso atrás para contemplar el resultado.
—Muchísimo mejor.
Andrew levantó las manos.
—¿Puedo saber qué diferencia hay exactamente?
—Ahora pareces un tipo que está de vacaciones.
Lo observé unos segundos. Tenía que reconocer que el cambio era enorme.
Seguía siendo él, pero la rigidez habitual había desaparecido casi por completo.
—Tengo que darle la razón.
Andrew negó con una sonrisa resignada.
—Empiezo a sospechar que las dos os habéis puesto de acuerdo para sabotearme.
—No hizo falta.
Salimos de la tienda cargados con varias bolsas y continuamos caminando junto a la playa. Poco a poco, el teléfono dejó de sonar y Andrew empezó a relajarse de verdad.
Se quitó las zapatillas para caminar descalzo por la arena, se interesó por los nombres de algunos peces que podían verse desde la orilla e incluso terminó aceptando el reto de Alexandra para aprender a abrir un coco con la ayuda de un vendedor local.
Fracasó estrepitosamente.
—No vuelvas a ejercer de aventurero tropical —dictaminó ella entre risas mientras el vendedor abría el coco en cuestión con dos golpes perfectamente calculados—. Cada uno tiene sus talentos y el tuyo, claramente, está dentro de un quirófano.
Andrew levantó el coco abierto en señal de rendición.
—Acepto mi derrota.
Lo miré mientras bebía directamente de la fruta con una sonrisa mucho más despreocupada que la del hombre que había llegado aquella mañana.
Quizás Alexandra tenía razón.
Quizás Bora Bora conseguía transformar un poco a cualquiera que le concediera una oportunidad.
Y, mientras seguíamos caminando los tres por la orilla, con las bolsas balanceándose entre nuestras manos y el sol reflejándose sobre la laguna, tuve la sensación de que también Andrew empezaba realmente a desconectar del mundo que había dejado al otro lado del océano.