Herencia en el paraíso Capítulo 20
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Capítulo 20

Aquella mañana la casa Reed había recuperado una normalidad que todavía a menudo sentía como irreal.

Samantha había insistido en bajar a desayunar a la terraza porque el médico le había permitido caminar un poco más cada día y, desde la ecografía, parecía decidida a disfrutar del embarazo en lugar de vivirlo con miedo.

Alexandra, instalada frente a una bandeja de fruta tropical, aseguraba que el mango de Bora Bora era motivo suficiente para mudarse definitivamente a la isla, mientras discutía con Tama sobre si era posible enviar varias cajas a Nueva York sin que llegaran convertidas en zumo.

Yo acababa de servirme un café cuando escuché un motor detenerse frente a la casa.

No necesité asomarme para saber quién era.

Lucas apareció caminando por el jardín con la tranquilidad de quien había pasado media vida entrando y saliendo de aquella propiedad. Saludó primero a Tama con un apretón de manos, dedicó una sonrisa amable a Samantha y, cuando llegó a la terraza, sus ojos terminaron encontrándose con los míos.

—Buenos días. Espero no llegar demasiado pronto.

—Has llegado justo a tiempo —le respondí mientras me levantaba—. Dame cinco minutos y nos vamos.

Alexandra dejó lentamente la taza sobre el plato.

—Qué frase tan peligrosa. «Nos vamos». Suena a película romántica con presupuesto.

—Suena a que vamos a dar una vuelta —repliqué.

—Las mejores empiezan así.

Lucas negó con una sonrisa.

—Prometo devolverla entera.

—Más te vale —contestó Alexandra—. Porque Samantha todavía no puede perseguirte corriendo y yo me canso enseguida.

Las carcajadas apenas habían terminado cuando otro coche apareció frente a la entrada principal.

Todos dirigimos la mirada hacia el camino.

Un todoterreno oscuro se detuvo junto a la escalinata y, unos segundos después, vi bajar a Andrew.

Durante un instante me quedé completamente perpleja.

No lo esperaba hasta un par de días después, según me comentó.

Andrew levantó la vista, me encontró en la terraza y sonrió con esa elegancia serena que siempre lo acompañaba.

Vestía unos pantalones claros, una camisa azul marino y llevaba la chaqueta doblada sobre el brazo. Su aspecto impecable contrastaba con el de Lucas, más deportivo y surfista, con bermudas, polo, gorra y playeras.

—Sorpresa —dijo Andrew acercándose.

Bajé los escalones casi corriendo y me abrazó con fuerza.

—¿Qué haces aquí? Me dijiste que aún tenías cosas por hacer.

—Conseguí cambiar el último turno de ponencias y pensé que prefería sorprenderte antes que esperar más. Bastante mal me siento por no haber podido venir antes, amor —me confesó mientras me besaba.

Sonreí con sinceridad. Me alegraba verlo.

Cuando nos separamos, recordé de golpe que no estábamos solos.

Volví la cabeza hacia la terraza.

Lucas permanecía donde estaba.

No había perdido la sonrisa, pero había algo distinto en ella.

Más discreta.

Más contenida.

Subimos todos de nuevo.

—Andrew, te presento a Samantha.

Samantha se levantó con educación y estrechó su mano.

—Encantada, Andrew. He escuchado hablar de ti.

—El gusto es mío.

Después señalé a Alexandra.

—Y esta es mi prima favorita, ya la conoces muy bien.

—Porque es la única —puntualizó Alexandra antes de darle dos besos.

Andrew rio.

—Eso facilita bastante la competición.

Por último, miré a Lucas.

Noté una extraña sensación recorriéndome el estómago.

—Y él es Lucas Teva.

Lucas dio un paso al frente.

—Encantado, Andrew.

Mi novio respondió con cordialidad.

—Andrew Collins.

Los dos se estrecharon la mano con absoluta corrección.

Si alguien hubiera observado únicamente aquel gesto, habría pensado que acababan de conocerse dos hombres sin nada en común.

Yo, sin embargo, tenía la incómoda impresión de estar contemplando algo bastante más complejo.

Andrew fue el primero en romper el pequeño silencio.

—¿Os ibais a algún sitio?

Lucas y yo nos miramos exactamente al mismo tiempo.

—Bueno…

—Habíamos pensado…

Los dos hablamos a la vez. Nos detuvimos.

Y Alexandra rompió a reír.

—Maravilloso. Coordinación absoluta.

Incluso Samantha sonrió.

Lucas negó con la cabeza.

—En realidad, había invitado a Caroline a enseñarle una zona del norte de la isla que todavía no ha vuelto a visitar desde que regresó.

Andrew asintió con naturalidad.

—Qué buena idea.

Me relajé ligeramente.

Hasta que añadió:

—¿Puedo apuntarme?

Volví a mirar a Lucas.

Él apenas tardó un segundo en responder.

—Claro, aunque…

Su sonrisa seguía siendo amable.

—La verdad es que podemos dejarlo para otro día. No pasa absolutamente nada. Lleváis tiempo sin veros y seguro que preferís pasar el día juntos. Bora Bora no se va a mover de sitio.

—Lucas…

Negó despacio.

—De verdad. Ya encontraremos otro momento.

Me dio una ligera palmada en el brazo.

—Disfrutad del reencuentro.

Se despidió de todos con la misma educación con la que había llegado y comenzó a alejarse por el jardín.

No sé por qué. Pero verlo marcharse me produjo una sensación extraña. Como si algo hubiera quedado pendiente.

Andrew pasó un brazo por mis hombros.

—Parece un buen tipo.

Lo miré.

—Lo es, te lo aseguro.

—¿Lo conoces desde hace mucho?

Sonreí.

—Desde prácticamente toda la vida.

Nos sentamos de nuevo para terminar el desayuno y, aunque la conversación derivó hacia el viaje de Andrew, el congreso médico y algunas anécdotas divertidas, terminé comprendiendo que tarde o temprano tendría que contarle quién era realmente Lucas.

No quería que lo descubriera por otra persona.

Cuando Samantha y Alexandra decidieron entrar en la casa para dejarme un rato a solas con él, Andrew apoyó los codos sobre la mesa y sonrió con curiosidad.

—Ahora sí. Cuéntame.

—¿Qué quieres que te cuente?

—¿Quién era ese chico?

Jugué unos segundos con la taza de café antes de responder.

—Fue mi primer novio.

Andrew arqueó las cejas.

—Vaya. Nunca lo mencionaste.

—Teníamos muy pocos años. Él trabajaba en el resort de mi padre. Bueno, trabajaba su familia y él empezó allí muy joven. Nos conocíamos desde niños y terminamos enamorándonos casi sin darnos cuenta.

Andrew escuchaba con atención.

—¿Y qué pasó?

—Me marché a Nueva York. Él se quedó aquí. Éramos demasiado jóvenes para promesas imposibles.

Hubo un pequeño silencio.

Después Andrew sonrió. No había reproche en su mirada. Solo una curiosidad sincera.

—¿Tengo algo de qué preocuparme?

Aquella pregunta me hizo soltar una carcajada.

Me acerqué para darle un beso corto.

—No, claro que no, cariño.

—Ya me dejas más tranquilo.

Le acaricié la mano.

—Además, te recuerdo que has aparecido por sorpresa y le has desmontado la excursión.

—Eso me convierte oficialmente en el villano de la historia.

—Solo un poquito.

—Prometo compensarte.

Nos quedamos un rato más hablando de Nueva York, de su hospital y de los planes que tenía para pasar unos días conmigo en Bora Bora. Cuando ya terminábamos el café, Alexandra apareció nuevamente en la terraza con unas gafas de sol enormes y una energía intacta.

—He tomado una decisión importantísima.

Los dos la miramos.

—Como Lucas se ha quedado sin excursión, voy a secuestraros yo.

Andrew sonrió.

—¿Eso es una invitación?

—No. Es una orden.

Me levanté riéndome.

—¿Y cuál es el plan?

Alexandra levantó un dedo con solemnidad.

—Os voy a enseñar la Bora Bora que no sale en los folletos.

—Pero si he sido yo quien te la ha enseñado a ti…

—Pues ahora se cambian las tornas… Andrew no sabe que hay un mercado escondido, una cafetería donde hacen el mejor helado de vainilla de la isla y un mirador al que pienso subir aunque me cueste la vida.

»Si después de eso seguís teniendo fuerzas, prometo dejaros un rato solos para que actuéis como una pareja normal.

Andrew soltó una carcajada.

—Empiezo a entender por qué Caroline no puede pasar sin ti.

Alexandra se colgó del brazo de los dos.

—Pues venga. Que la isla nos está esperando y no pienso dejar que un director de resort me robe el papel de guía turística oficial.

Mientras salíamos de la casa, no pude evitar mirar un momento hacia el camino por el que Lucas había desaparecido unos minutos antes.

Por alguna razón, tuve la sensación de que aquella excursión pendiente no tardaría demasiado en producirse.

Quizás fuese una premonición o quizás fuese un deseo.

Realmente, deseaba que así fuera.