Capítulo 19
El motu era todavía más bonito al acercarnos.
La playa parecía intacta, con arena clara, agua transparente y un grupo de palmeras inclinadas hacia la orilla.
No había música, ni turistas, ni personal pendiente de que todo pareciera perfecto. Solo la isla pequeña, el mar y aquella sensación de haber llegado a un lugar que el tiempo había mantenido aparte para nosotros.
Lucas amarró la lancha y saltó al agua para acercarla mejor a la orilla. Después me ofreció la mano para ayudarme a bajar, aunque la expresión de su cara dejaba claro que esperaba alguna burla.
—No digas nada —le advertí mientras pisaba el agua tibia.
—No iba a decir nada.
—Tu cara iba a decir algo.
—Mi cara tiene vida propia.
—Y antecedentes.
Caminamos descalzos hasta la arena y dejamos las cosas bajo la sombra de una palmera.
Durante un rato recorrimos la orilla sin prisa, con el agua rozándonos los pies y el sol filtrándose entre las hojas.
Lucas me enseñó una pequeña lengua de arena que casi desaparecía con la marea alta y después un rincón de rocas desde el que podía verse el monte Otemanu al fondo, imponente incluso desde la distancia.
—Este sitio es una maravilla —dije al fin.
—Me alegra que lo veas así.
—Y tú eres muy irritante por haberlo sabido todo este tiempo y no traerme antes.
Lucas se giró hacia mí con una sonrisa tranquila.
—Te fuiste a Nueva York, Caroline. Eso complicó un poco la logística.
—Excusas.
—Siete años de excusas, para ser exactos.
Aquello nos hizo reír, pero después la conversación se fue deslizando hacia recuerdos menos ruidosos.
Hablamos de aquella adolescencia compartida, de las excursiones que inventábamos, de las veces que mi padre fingía no saber que nos escapábamos en lancha y de cómo Tama siempre aparecía justo cuando creíamos haber logrado hacer algo a escondidas.
—Tama lo sabía todo —comentó Lucas mientras abría la nevera y colocaba fruta, agua y varios platos envueltos sobre una tela extendida en la arena—. Era imposible engañarlo.
—Nos dejaba creer que sí porque era buena persona.
—No. Nos dejaba creer que sí porque le divertía vernos hacer el ridículo.
—Eso también.
La comida era sencilla y perfecta: pescado marinado, fruta fresca, pan dulce de coco, ensalada fría y zumos naturales.
Comimos sentados bajo la sombra, hablando con esa facilidad que empezaba a resultarme tan peligrosa como agradable.
Lucas me contó algunas historias de sus primeros años en el Coral Pearl, de lo difícil que fue ganarse un lugar sin parecer «el chico que venía del Reed Paradise» y de cómo tuvo que trabajar el doble para demostrar que no era una recomendación amable de Michael Reed.
—¿Y lo conseguiste? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Lucas me miró con una seguridad serena.
—Sí. Pero tardé. Hubo meses en los que pensé que me había equivocado, que debería haberme quedado donde todos me conocían y donde al menos sabía qué esperaba cada persona de mí. Después entendí que precisamente por eso tenía que seguir.
—Mi padre estaría orgulloso.
—Lo estuvo.
Esa respuesta me apretó algo por dentro.
—Me duele descubrir ahora todas las cosas que compartisteis sin que yo lo supiera.
Lucas bajó un poco la vista hacia la arena.
—Michael intentaba no invadir tu vida en Nueva York. Te echaba de menos, pero no quería que sintieras que seguía tirando de ti hacia aquí.
—Lo hacía igualmente.
—Sí, pero con estilo.
Sonreí, aunque los ojos se me humedecieron un poco.
Lucas no intentó distraerme de inmediato. Tampoco llenó aquel momento con una broma rápida. Se limitó a permanecer allí, cerca, presente, dejándome sentir lo que necesitara sin convertirlo en un problema.
Y esa forma suya de acompañar sin invadir me recordó demasiado a lo que había sido para mí cuando Samantha convirtió mi adolescencia en un lugar complicado.
Después de comer, propuso bañarnos.
Acepté antes de pensar en excusas. El agua estaba tibia y clara, y durante unos minutos nadamos cerca de la orilla, entre peces pequeños que se movían alrededor de nosotros con total confianza.
Lucas intentó enseñarme una zona donde, según él, a veces se veían rayas, pero acabamos compitiendo para ver quién llegaba antes a una roca cercana.
Perdí.
De forma humillante.
—Has hecho trampa —protesté mientras regresábamos hacia la parte menos profunda.
—¿Qué trampa?
—La de conocer el mar desde antes de aprender a caminar.
—Eso no es trampa. Es formación previa.
—Pues impugno la carrera.
Lucas se pasó una mano por el cabello mojado y me miró con una sonrisa insoportable.
—Acepto tu derrota con humildad.
—No sabes lo que significa esa palabra.
—La he oído varias veces.
Volví a salpicarle agua, y él respondió con una precisión mucho más efectiva.
Terminamos riéndonos en medio de la laguna, empapados, ridículamente felices durante unos minutos que no pertenecían a ninguna preocupación.
Allí solo estábamos Lucas y yo, en un lugar al que nunca habíamos llegado cuando éramos jóvenes, comportándonos de una forma que se parecía mucho a recuperar algo sin pedir permiso.
Más tarde subimos hasta un pequeño mirador natural en el centro del motu.
No era una gran elevación, apenas un sendero entre vegetación que conducía a una zona rocosa desde la que se veía la laguna en todas direcciones. Me quedé un rato contemplando el paisaje, con la piel todavía salada y el vestido ligero sobre el bañador, mientras Lucas se situaba a mi lado.
—Cuando tenía dieciséis años imaginaba que, si algún día te traía aquí, te diría algo muy importante —confesó con una sonrisa ladeada.
—¿Algo muy importante?
—Seguramente una tontería enorme, porque tenía dieciséis años y mucha confianza en mis discursos.
—Ahora quiero oírlo.
—Imposible. El discurso se perdió con mi dignidad adolescente.
—Qué pena. Seguro que incluía frases sobre el destino, el mar y que nadie podía separarnos.
Lucas rio, pero sus ojos se quedaron un poco más serios.
—Probablemente.
Aquella palabra cambió el aire entre nosotros.
No de golpe.
No de una manera que pudiera señalar.
Solo hizo que la broma dejara al descubierto algo que llevaba todo el día viajando con nosotros, escondido debajo de cada risa.
Habíamos sido eso. Dos adolescentes convencidos de que la vida podía doblarse lo justo para permitirles seguir juntos.
Después, la vida no se doblegó. Siguió recta, cada uno por su lado.
—Siento haberme ido así —dije.
Lucas giró la cabeza hacia mí.
—Te fuiste como tenías que irte.
—Eso no significa que no doliera.
—No. Significa que dolió por las razones correctas.
Le miré, intentando entender.
—¿Cuáles son esas?
—Que nos queríamos y ninguno quiso encadenar al otro a una vida que todavía no sabía si elegiría.
—Ahora hablas mucho mejor que a los dieciséis.
—Soy director de un resort. Me pagan por parecer sensato.
—Pues lo haces bastante bien.
—Gracias. Es todo fachada.
Nos reímos otra vez, agradecidos por poder volver a la ligereza antes de que aquello se volviera demasiado intenso.
Bajamos del mirador cuando el sol empezó a suavizarse y recogimos las cosas sin prisa.
Antes de subir a la lancha, me quedé mirando la playa una última vez, intentando guardar aquella imagen en algún lugar seguro de la memoria.
El regreso fue más tranquilo.
Lucas navegaba hacia la isla principal mientras el cielo comenzaba a teñirse de dorado y rosa.
Yo llevaba las piernas recogidas sobre el asiento, el cabello húmedo y la sensación extraña de haber pasado un día fuera del tiempo.
No quería analizarlo demasiado. No quería preguntarme qué significaba ni qué iba a hacer con aquello al volver a la casa.
Pero tampoco podía negar que, con Lucas, todo resultaba demasiado fácil.
—Gracias por todo —dije cuando el embarcadero apareció a lo lejos.
—Ha sido un placer.
—Ha sido el mayor de los placeres.
—Hay placeres mayores, pero prefiero no pensar en ellos cuando te tengo cerca —añadió.
—Lo que yo te diga, estás hecho un descarado.
—Si lo fuera contigo, actuaría de otra manera.
No añadió nada más, y se lo agradecí. Había momentos que se estropeaban al intentar explicarlos demasiado. Aquel no necesitaba explicación. Bastaba con el cansancio agradable en el cuerpo, el olor a sal en la piel y la certeza de que, durante unas horas, la vida había vuelto a parecer sencilla.
Cuando llegamos a la casa, Alexandra estaba en la terraza con un vaso en la mano y una expresión imposible de interpretar.
—Vaya —comentó al vernos aparecer con el pelo mojado, la piel tostada por el sol y cara de haber reído demasiado—. Qué excursión tan educativa.
Lucas sonrió.
—Muchísimo. Hemos hablado de competencia hotelera, patrimonio emocional y técnicas de natación deficientes.
—Entonces ha perdido Caroline.
—De manera histórica.
—Traidor —murmuré.
Alexandra levantó el vaso.
—Brindo por eso. Por los traidores atractivos y las excursiones sospechosamente terapéuticas.
Lucas se despidió poco después, no sin prometer que no volvería a organizar ninguna actividad «potencialmente incriminatoria» sin avisar. Yo le vi alejarse por el jardín, con la camisa todavía algo húmeda y esa forma de caminar que parecía no tener prisa por llegar a ningún sitio.
Alexandra esperó exactamente tres segundos antes de hablar.
—No voy a decir nada.
—Gracias.
—Pero mi silencio tiene un valor enorme y espero que lo aprecies.
—Lo aprecio.
—Perfecto. Porque te diré solo una cosa: tienes cara de haber pasado un día de esos que se escriben en los diarios.
Miré hacia la laguna, todavía iluminada por los últimos restos del atardecer.
—Lo ha sido.
Y esa era precisamente la parte que empezaba a complicarlo todo.
Porque Lucas era parte de mi pasado y no creía que fuera buena idea que interfiriera en mi presente, en mi día a día.
Y, sin embargo, cuando me proponía algo, no era capaz de negarme.