Herencia en el paraíso Capítulo 18
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Capítulo 18

A la mañana siguiente, Lucas llegó a las nueve en punto, lo cual me hizo ponerme en marcha, a pesar de que llevaba toda la noche intentando convencerme de que aquella excursión no tenía nada de especial.

Era solo un plan. Un día fuera de casa. Una salida entre dos personas que se conocían desde hacía media vida y que, por pura casualidad, habían compartido un primer amor, siete años de distancia y una conversación reciente cargada de demasiadas cosas no dichas.

Alexandra, por supuesto, no colaboró.

Estaba sentada en la terraza con una taza de café y la expresión de quien había decidido convertir mi vida en entretenimiento matinal.

—Solo voy a decir una cosa —anunció mientras yo comprobaba por tercera vez que llevaba protector solar, gafas, una toalla y el bolso con lo necesario—.

Si vais a tener una escena intensa de reencuentro emocional en una playa paradisíaca, intentad que sea antes de comer, porque después, con la digestión, se pierde fuelle.

La miré con toda la dignidad que pude reunir.

—Voy de excursión, Alexandra. No a protagonizar un videoclip romántico.

—Claro. Y yo anoche solo salí a conocer la cultura local.

—Tú anoche volviste a las tres y media con arena en el pelo.

—La cultura local era muy participativa.

—Además, te he invitado a venir y no quieres.

—Porque alguien tiene que quedarse con Samantha, que estás hecha una irresponsable.

—¿Qué dices? Si siempre me animas a salir y…

—Que es broma, idiota, lárgate ya.

No pude evitar reírme justo cuando Lucas apareció al fondo del jardín. Caminaba con una pausa que parecía no necesitar esfuerzo, saludando a Tama con una familiaridad antigua antes de acercarse a la terraza.

—Buenos días —dijo, mirando primero a Alexandra y después a mí—. ¿Interrumpo una conversación importante?

Alexandra se levantó con una sonrisa peligrosísima.

—Importantísima. Estaba dándole instrucciones de supervivencia emocional, pero ya he terminado. Te la entrego en buen estado, con protector solar y un nivel de negación bastante aceptable.

Lucas me miró divertido.

—¿Nivel de negación?

—No preguntes —le respondí mientras me colgaba el bolso—. En esta familia, preguntar solo empeora las cosas.

Salimos antes de que Alexandra pudiera añadir algo peor, aunque la escuché despedirse desde la terraza con un «no hagáis nada que yo no pueda contar después con dramatismo».

Lucas esperó a que subiera a su coche de alta gama y, cuando arrancó, la casa familiar quedó atrás entre palmeras, buganvillas y esa luz limpia de la mañana que convertía Bora Bora en un lugar imposible de tomar a la ligera.

—Normal que me contaras que eres director; no habría colado que seguías siendo empleado si te cuelas con este coche —le dije enarcando una ceja.

—Creo que no habría colado a menos que pensaras que lo robé.

—No te veo ademanes de ladrón.

—¿Y de qué me los ves?

—De rompecorazones, eso sí.

—Anda ya, esas son observaciones tuyas.

—Mías y de media isla, tenlo presente.

Durante los primeros minutos avanzamos por la carretera principal, bordeando tramos de costa donde el mar aparecía y desaparecía entre la vegetación.

Lucas conducía con una mano sobre el volante y la otra cerca del cambio, relajado, pendiente de las curvas, aunque de vez en cuando me miraba de reojo con una sonrisa que me hacía sospechar que disfrutaba demasiado de mantener el secreto.

Me resultaba curioso verlo conducir, pues cuando yo vivía allí lo máximo que le vi llevar fue una bicicleta.

—¿Vas a decirme adónde vamos o tengo que asumir que me estás secuestrando con buenas vistas?

—No sería un secuestro muy inteligente si te llevara por una carretera donde toda la isla te conoce.

—Eso no me tranquiliza. La otra media podría estar comprada por el Coral Pearl.

—Caroline Reed acusándome de corrupción hotelera antes de las nueve y media de la mañana. Qué bonito reencuentro estamos teniendo.

—Tú empezaste dirigiendo la competencia.

Lucas rio mientras tomaba un desvío más estrecho, rodeado de vegetación alta y flores de colores intensos.

—Técnicamente, la competencia me contrató cuando yo necesitaba dejar de ser el chico que cargaba maletas en el resort de tu padre y empezar a averiguar quién podía ser fuera de allí.

Aquella frase rebajó un poco la broma, aunque no la apagó del todo.

—Me alegro de que lo hicieras —admití, mirando el paisaje—. Aunque me siga pareciendo una traición empresarial de manual.

—Tu padre lo llamó oportunidad.

—Mi padre tenía una forma muy elegante de justificar lo que le convenía.

—Eso también es verdad.

El camino terminó en un pequeño embarcadero que no recordaba haber visitado de niña.

Había una caseta de madera, redes recogidas a un lado y una lancha blanca amarrada junto al pantalán. El agua tenía allí un color más profundo, menos turístico, y algunas aves se movían cerca de la orilla con esa indiferencia majestuosa de quien no debe explicaciones a nadie.

—¿Vamos en lancha?

—Vamos en lancha.

—¿Y seguimos sin información?

Lucas bajó del coche y abrió el maletero, de donde sacó una nevera pequeña, una bolsa impermeable y dos toallas.

—Seguimos sin información, pero con comida. Eso debería mejorar tu actitud.

—Mi actitud es excelente.

—Tu actitud está preparando una demanda.

—Y con razón.

Subimos a la lancha entre bromas, aunque cuando el motor arrancó y nos alejamos del embarcadero, toda protesta se me olvidó durante unos minutos.

La laguna se abrió ante nosotros con una belleza insultante.

El agua cambiaba de tono a medida que avanzábamos, pasando del azul profundo a un turquesa tan claro que podía distinguirse el movimiento de los peces bajo la superficie.

El viento me soltó varios mechones de la trenza y Lucas me lanzó una mirada rápida antes de sonreír.

—Sigues teniendo el mismo problema con el pelo y las excursiones.

—Mi pelo y la humedad de Bora Bora mantienen una relación tóxica desde hace veinticinco años.

—Recuerdo que a los catorce amenazaste con raparte.

—Y recuerdo que tú dijiste que te parecía buena idea solo para ver la reacción de Samantha.

—Era una razón excelente.

Me reí con ganas, y ese sonido pareció mezclarse con el motor, con el agua golpeando suavemente el casco y con la sensación inesperada de estar recuperando una versión de mí misma que llevaba años esperando su turno.

Lucas navegaba sin consultar mapas ni indicaciones, completamente integrado en aquel paisaje, y por momentos me costaba separar al hombre que tenía delante del chico que había conocido.

No eran el mismo, pero tampoco eran distintos del todo. Había capas nuevas sobre algo antiguo.

—Ahora sí puedes decirme adónde vamos —insistí cuando dejamos atrás una zona de bungalós lejana.

Lucas señaló hacia un pequeño motu que empezaba a distinguirse en el horizonte, cubierto de palmeras y rodeado por una franja de arena blanca.

—¿Te acuerdas de la excursión que tu padre organizó cuando cumplimos dieciséis? Iba a llevar a empleados, familias y algunos amigos a un motu privado, pero aquella mañana cayó una tormenta tremenda y se suspendió todo.

El recuerdo apareció de inmediato. La decepción adolescente, las mesas preparadas que no llegaron a usarse, mi padre protestando contra el cielo como si pudiera negociar con las nubes y Lucas prometiéndome que algún día iríamos igualmente.

—No puedo creer que te acuerdes de eso.

—Me acuerdo de muchas cosas.

Lo dijo sin dramatismo, pero la frase tuvo peso.