Capítulo 17
Un par de días después, Lucas apareció en la casa sin avisar.
Yo estaba en la terraza principal, revisando unos informes del resort con la atención justa para fingir que no me desesperaban tantas tablas, cuando Maeva se acercó para avisarme de que tenía una visita.
Lo cierto es que mi trabajo siempre me gustó, pero la responsabilidad allí era mucha.
No había tomado ninguna determinación al respecto. Cuando acudí a Bora Bora, solo lo hice con la intención de enterrar a mi padre, pero me sentía un tanto desbordada con su decisión de dejarme al frente de todo.
Dirigir el resort desde Nueva York no sería fácil, si bien mi nueva vida estaba allí. En fin, que el lío era tremendo.
Levanté la cabeza esperando a algún abogado, a un directivo o a algún proveedor nuevo, pero fue Lucas quien apareció al fondo del jardín, vestido con unos pantalones claros y una camisa azul arremangada, con esa seguridad tranquila que parecía pertenecerle desde siempre y que, aun así, seguía sorprendiéndome.
—Espero no interrumpir nada demasiado importante —saludó al llegar, mirando los papeles extendidos sobre la mesa—. Aunque, si son balances, informes o cualquier cosa con más de tres columnas, me arriesgo a decir que sí interrumpo algo profundamente aburrido.
Cerré la carpeta casi con alivio.
—Acabas de salvarme de una muerte lenta por rentabilidad anual.
Lucas sonrió y señaló la laguna con un gesto de la cabeza.
—Entonces mi visita tiene todavía más mérito. Venía a proponerte una excursión mañana. Nada oficial, nada turístico de folleto, solo unas horas fuera de la casa y de todo lo que parece perseguirte desde que volviste.
La invitación me pilló desprevenida, aunque no desagradablemente.
Durante unos segundos pensé en Samantha, en el bebé, en Alexandra, en los abogados y en Andrew, cuyo último mensaje había llegado horas antes con una mezcla de cariño y distancia que cada vez me resultaba más difícil ignorar.
—¿Tienes el día libre? —le pregunté, intentando que sonara casual mientras le invitaba a sentarse.
—Sí. Me he concedido el privilegio.
—¿Y eso? ¿Tu nuevo jefe te quiere tanto como te quería mi padre? Recuerdo que tu trabajo nunca fue fácil, ni siquiera cuando eras casi un crío y te empeñabas en demostrar que podías con todo. ¿Ahora ha mejorado un poco o solo has subido de nivel en eso de trabajar demasiado?
Lucas aceptó el vaso de agua fría que Maeva dejó sobre la mesa y tardó unos segundos en responder. Había algo excitante en su expresión, pero también cierta cautela, como si estuviera decidiendo hasta dónde quería llegar.
—Digamos que he subido de nivel. Bastante.
—Qué misterioso.
—No era mi intención.
—Lucas, esa frase la has soltado para que te pregunte más. Eso es misterio premeditado.
Se rio por lo bajo, pero apartó un momento la vista hacia el mar antes de volver a mirarme.
—Lo cierto es que dirijo el Coral Pearl Resort —se refirió a ese resort en el que trabajaba.
Al principio pensé que no le había entendido bien. ¿Lo dirigía? El Coral Pearl era el principal competidor del Reed Paradise, el único complejo de la zona que mi padre nombraba con esa mezcla de respeto empresarial y fastidio orgulloso que reservaba para los rivales de verdad.
—Perdona —dije, dejando el vaso sobre la mesa con más cuidado del necesario—. ¿Acabas de decirme que diriges el Coral Pearl?
—Sí.
—¿El Coral Pearl Resort?
—Solo hay uno.
—Lucas Teva, ¿me estás diciendo que te criaste en nuestra casa, aprendiste medio oficio en el resort de mi padre y acabaste dirigiendo la competencia?
Su sonrisa se ensanchó, aunque sus ojos seguían atentos a mi reacción.
—Dicho así, suena bastante peor.
—No. Dicho así, suena exactamente como es. Eres un traidor con camisa azul y cara de no haber roto un plato. Director, no me lo puedo creer…
—He roto platos, pero siempre por motivos laborales.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
La pregunta salió más seria de lo que esperaba. Lucas lo notó. Dejó el vaso sobre la mesa y se tomó un momento antes de contestar, sin esconderse detrás de la broma.
—Porque quería comprobar algo antes —murmuró.
—¿Comprobar qué?
—Cómo me mirabas pensando que seguía siendo el chico humilde que conociste.
Aquello me dejó sin respuesta.
Lucas apoyó los antebrazos sobre las rodillas y bajó un instante la voz, no porque quisiera sonar dramático, sino porque aquella confesión parecía pertenecer solo a los dos.
—Cuando éramos jóvenes, yo era el hijo de un empleado del resort y tú eras Caroline Reed. La hija de Michael Reed. La chica que vivía en la casa más importante de la isla y que, aunque nunca me lo hizo sentir, pertenecía a un mundo al que yo solo entraba con uniforme o por la puerta de servicio.
—Yo jamás te vi así. Lo sabes…
—Lo sé. Ahora lo sé mejor que entonces. Pero a los dieciocho años uno no siempre entiende las cosas con tanta claridad.
Cuando te marchaste, una parte de mí pensó que quizás, si hubiera tenido otra posición, si hubiera sido alguien distinto, más preparado, más importante o menos ligado a aquel lugar desde abajo, tal vez no te habrías ido de la misma manera.
Sentí una punzada de tristeza al escucharlo.
—Me marché porque mi vida se había vuelto muy difícil aquí, Lucas. Por Samantha, por mi madre, por Nueva York, por mil cosas que no tenían nada que ver contigo. Nunca te dejé porque fueras menos que nadie.
Él asintió, pero su sonrisa fue más triste.
—Lo entiendo. Pero me costó muchos años dejar de sentirlo así.
—Pues no te imaginas cuánto lo lamento…
—Fue así. Y después de que te marcharas, trabajar en el Reed Paradise se volvió complicado, como ya te dije. Además, que yo quería ponerme a prueba. Comencé a estudiar por las noches. Quería llegar alto. Tu padre me apoyó a tope.
Aquello me conmovió.
Mi padre, otra vez, apareciendo en lugares de mi vida que permanecieron intactos pese a mi marcha.
—Sí, eso ya me lo contaste. Pero pensé que tu marcha fue a un puesto semejante, algo superior, pero no tanto.
—No tenías por qué saberlo. Tú estabas construyendo tu vida en Nueva York, y yo necesitaba construir la mía aquí sin seguir siendo el chico que esperaba verte regresar.
La frase me dejó quieta, con la mirada puesta en él y una emoción difícil de ordenar.
—Lucas…
Él negó despacio, con una serenidad que no borraba lo que acababa de decir.
—No lo digo para reprocharte nada. Al contrario. Me fui del resort porque necesitaba crecer. Y crecí. Aprendí, trabajé muchísimo y terminé dirigiendo un lugar que, sí, compite con el tuyo. Aunque, técnicamente, ahora compite contigo.
—Eso es todavía peor.
—Lo imaginaba.
—Mi padre habría fingido indignación y luego habría presumido de ti con todo el mundo.
—Lo hizo alguna vez.
La risa me salió suave, algo emocionada.
—Claro que lo hizo.
Durante unos segundos, la tarde pareció detenerse alrededor de la terraza. No de una forma teatral, sino íntima, sencilla. Estábamos allí, frente a la laguna, con siete años de distancia entre nosotros y demasiadas verdades saliendo por fin a la luz.
—Entonces —dije, intentando recuperar algo de ligereza—, mañana me vas a llevar de excursión siendo el director de la competencia. ¿Eso cuenta como espionaje industrial?
Lucas volvió a sonreír.
—Solo si intentas robarme secretos.
—No prometo nada.
—En ese caso tendré que vigilarte de cerca.
—Qué sacrificio para ti.
—Inmenso.
Nos reímos, pero la conversación ya no podía volver del todo al terreno cómodo. Había algo nuevo entre nosotros, una sinceridad que hacía que cada broma tuviera más peso del que aparentaba.
—Y dime una cosa —pregunté, mirándolo con curiosidad—. Si no me lo contaste antes porque querías comprobar cómo te miraba, ¿qué conclusión has sacado?
Lucas se quedó callado un instante. Después bajó la vista hacia su vaso, sonrió apenas y volvió a mirarme con una franqueza que me hizo olvidar el calor de la tarde.
—Que sigues mirándome de una forma que no tiene nada que ver con mi cargo.
Tragué saliva.
—¿Y cómo te miro?
Su expresión cambió. No perdió la sonrisa, pero apareció en ella una prudencia distinta, más adulta.
—Preferiría no contestar a eso.
—¿Por qué?
—Porque tienes novio, Caroline.
La mención de Andrew cayó entre nosotros con una fuerza discreta, pero real. No era una acusación. Era un límite. Quizás el único que Lucas se permitía marcar, precisamente porque sabía cuánto podía desdibujarse todo lo demás.
—Lo sé —respondí.
—Y porque, además, creo que ya conoces la respuesta.
No supe qué decir. Tal vez porque tenía razón. Tal vez porque una parte de mí llevaba días intentando no formular aquella misma respuesta con demasiada claridad.
Lucas se incorporó al cabo de unos segundos y señaló los papeles que seguían sobre la mesa.
—Te recojo mañana a las nueve. Prometo no llevarte a ningún sitio que pueda beneficiar comercialmente al Coral Pearl.
—Más te vale. Ahora tengo que defender el honor empresarial de mi familia.
—Entonces será una excursión neutral.
—¿Existe eso en Bora Bora?
—No, pero sonaba profesional.
Cuando se marchó, permanecí sentada en la terraza un buen rato, observando cómo cruzaba el jardín hasta desaparecer entre las palmeras. Sobre la mesa seguían los informes del resort, las cifras, las proyecciones y todo aquello que debía preocuparme.
Pero lo único en lo que podía pensar era en que Lucas Teva ya no era el chico que había dejado atrás.
Y, aun así, seguía siendo exactamente la persona capaz de hacerme sentir que acababa de encontrar algo que creía perdido.