Herencia en el paraíso Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Entonces debería haber reservado con antelación.

Me reí, y él también. Aquella risa compartida me devolvió algo que no esperaba encontrar tan intacto: la facilidad.

La misma que habíamos tenido siempre para pasar de una broma a una mirada más seria sin que el cambio resultara forzado. Solo que ahora ya no éramos adolescentes junto al embarcadero.

Él era un hombre que parecía conocer demasiado bien el efecto que causaba, y yo era una mujer con una vida complicada, un novio en Nueva York y demasiadas razones para no dejarme llevar por una canción.

Al final, cuando otra chica se acercó con una expresión entre suplicante y decidida, le di un pequeño empujón en el hombro.

—Anda, vete. Te reclaman tus admiradoras.

Lucas arqueó una ceja.

—¿Me estás echando?

—Te estoy liberando. Es distinto.

—Qué generosa.

—Siempre lo he sido. Pregunta en la isla.

Se alejó riéndose, y yo regresé a la mesa con Alexandra, que me recibió con una mirada de satisfacción tan exagerada que habría merecido una multa.

—No digas nada —le advertí mientras me sentaba.

—No iba a decir nada.

—Eso no te lo crees ni tú.

—Solo iba a comentar que, para dos personas que supuestamente están muy superadas y tienen vidas adultas, acabáis de bailar con una chispa que atrapa.

—No digas tonterías.

—No quieras hacerte la tonta. Ah, no, que lo eres…

—Alexandra, que te la cargas…

Durante un rato lo observamos bailar con otras chicas, y esta vez no sentí celos. O quizás sí, pero no de una forma amarga. Era más bien una sorpresa divertida, una especie de descubrimiento tardío.

Lucas había cambiado. Había crecido, había construido una vida propia y se había convertido en un hombre capaz de moverse por aquel local como si toda la isla le perteneciera sin necesidad de reclamarla.

Y aun así, cada cierto tiempo, miraba hacia nuestra mesa.

La música fue bajando de intensidad cerca de la medianoche. La percusión alegre dejó paso a una canción más lenta, con una melodía suave y una voz femenina que flotaba sobre el murmullo del mar.

Alexandra aprovechó para levantarse y decir que necesitaba explorar «opciones internacionales», lo que en su idioma significaba ir a hablar con un turista canadiense que llevaba media hora intentando reunir valor para acercarse.

Me quedé sola con mi copa casi vacía, observando la pista.

Lucas apareció de nuevo a mi lado.

—¿Otra vez tú? —pregunté, fingiendo sorpresa.

—He venido a comprobar si seguías burlándote de mí.

—Siempre.

—Entonces todo está en orden.

Me ofreció una copa que acababa de pedir en la barra y se sentó a mi lado un momento, lo bastante cerca para que pudiera oírle sin que tuviera que levantar la voz.

—Te vi reír antes —comentó, mirando hacia la pista—. Me alegra.

—¿Porque me reía de ti?

—Incluso así.

Aquella respuesta me suavizó la sonrisa.

—Hacía días que no me reía tanto.

Lucas asintió, y su expresión cambió apenas, sin perder del todo la ligereza.

—Michael habría querido eso.

La mención de mi padre no dolió. Quizás porque venía de él. Quizás porque sabía que Lucas le había querido de verdad.

—Sí —respondí—. Aunque probablemente habría dicho que te entregas demasiado con las turistas.

—Tu padre habría dicho que es una estrategia comercial.

—Y después me habría advertido que no confiara en ti.

—Eso jamás. Michael confiaba muchísimo en mí.

—¿Y en este nuevo Lucas también?

Lucas rio por lo bajo y después dejó la copa sobre la mesa.

La canción lenta seguía sonando, y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Esta vez no hizo falta llenar el espacio con bromas. Él se levantó y me ofreció la mano de nuevo, pero ahora el gesto fue distinto. Más sereno. Menos público.

—¿Bailas esta también?

Miré su mano.

Después le miré a él.

Y supe que decir que no habría sido mucho más difícil que aceptar.

Volvimos a la pista. Esta vez no hubo giros exagerados ni bromas para disimular.

Lucas colocó una mano en mi cintura y yo apoyé la mía en su hombro, dejando entre nosotros una distancia prudente que, aun así, parecía cargada de memoria.

Bailamos despacio, rodeados de otras parejas y de luces que se movían suavemente con la brisa.

El mar sonaba cerca. La música parecía envolverlo todo sin prisa.

—Has cambiado mucho —murmuré.

—Tú también.

—Yo no bailo con medio local.

—Porque no llevas aquí el tiempo suficiente.

Le miré con una sonrisa.

—Sigues siendo idiota.

—Eso no ha cambiado.

Durante unos segundos me permití disfrutar de aquello. De la música, de la noche, de su cercanía, de esa confianza antigua que regresaba con demasiada facilidad.

No pensé en Andrew. No pensé en Samantha. No pensé en responsabilidades. Solo pensé que bailar con Lucas Teva era peligrosamente sencillo.

Cuando la canción terminó, él no me soltó de inmediato. Apenas tardó un segundo más de lo necesario, pero lo noté. Después se apartó con una sonrisa tranquila y me acompañó de vuelta a la mesa.

Alexandra apareció casi al mismo tiempo, satisfecha y ligeramente despeinada.

—Veo que he dejado a los adultos solos cinco minutos y ya se han puesto nostálgicos.

Lucas se inclinó hacia ella con gesto solemne.

—Nos hemos comportado de manera ejemplar.

—Eso es justo lo que diría alguien que no se ha comportado de manera ejemplar.

—Alexandra —protesté, aunque me estaba riendo.

La noche siguió todavía un buen rato. Lucas volvió a la pista varias veces, Alexandra encontró nuevos interlocutores y yo terminé riéndome más de lo que habría creído posible al comienzo de la velada.

Pero cada vez que Lucas pasaba cerca, cada vez que cruzábamos una broma o que él me dejaba una copa sobre la mesa sin hacer comentarios, sentía que algo antiguo se movía despacio entre nosotros.

No era una promesa.

No era una decisión.

Ni siquiera era algo que pudiera nombrar todavía.

Era solo una noche en Bora Bora, música junto al mar y un hombre que había sido mi primer amor bailando con todas las mujeres del local, pero volviendo siempre, de una forma u otra, hacia mí.

Era solo la nostalgia tranquila de lo que pudo ser y no fue.

Era solo eso que acababa de descubrir y que tenía que ver con que, en Bora Bora, sentía que el tiempo se detuvo años atrás y que todo lo que vino después, en Nueva York, se sentía lejano.