Herencia en el paraíso Capítulo 16
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Capítulo 16

Esa noche empezó con una promesa bastante sencilla: salir un rato, despejarme y no pensar en testamentos, ecografías, herencias, niñas que aún no habían nacido ni hombres del pasado que tenían la mala costumbre de reaparecer. O la buena.

Alexandra, por supuesto, no lo planteó con demasiada delicadeza.

—Esta noche vas a salir, vas a ponerte guapísima y vas a recordar que tienes veinticinco años, no ciento doce ni una suscripción vitalicia a problemas familiares —anunció mientras entraba en mi habitación con un vestido en la mano y una seguridad que habría podido abrir puertas blindadas.

—La madre que te parió, que me has asustado.

—Ni que fuera fea, no te digo…

—De fea nada, eres lo más bonito…

—De tu vida, ya lo sé. No hace falta que me lo digas —comentó viniéndose arriba—.  Y antes de que pongas esa cara de heredera responsable, déjame decirte que Samantha está bien, la niña está bien, la casa sigue en pie y el resort no va a hundirse porque bebas un cóctel con sombrillita, chalada.

No tuve argumentos sólidos contra aquello.

De hecho, ni siquiera quise tenerlos. Llevaba días viviendo en una especie de paréntesis anormal, en el que todo parecía moverse entre la pena por mi padre y una calma nueva que no terminaba de comprender.

Samantha y yo seguíamos aprendiendo a hablarnos sin sacar las uñas.

Alexandra había decidido que Bora Bora era el mejor escenario posible para observar dramas ajenos con gafas de sol, y Lucas…

Lucas se había convertido en una presencia mucho más difícil de ignorar desde nuestro encuentro en el mercado.

Juro que no es que quisiera nada con él. De hecho, estaba muy pendiente de la vuelta de Andrew, pero era como si su acercamiento tuviera que ver con que mi vida, de pronto, pareciera más plena.

Respecto a eso, yo solía decir que Lucas formaba parte de mis raíces.

No hace falta que jure que mi prima hacía bromas constantes al respecto sobre lo buenas que estaban esas raíces y la forma tan súbita y sorpresiva en que ambas las habíamos compartido.

Me vestí con un conjunto sencillo, pero favorecedor: una falda fluida color marfil, que se abría ligeramente al caminar, y un top de satén verde intenso que dejaba los hombros al descubierto.

Me recogí el cabello en una coleta baja, dejé algunos mechones sueltos alrededor del rostro y elegí unas sandalias altas en el mismo tono de verde que parecían hechas para una noche junto al mar y no para reuniones con abogados, lo cual ya era una mejora considerable.

Alexandra, en cambio, optó por un vestido corto color coral, pendientes grandes y una expresión de absoluta confianza en que la noche iba a rendirse a sus pies.

Fuimos a un local al aire libre junto a la playa, uno de esos sitios que combinaban turistas, música en directo, cócteles de colores imposibles y gente bailando descalza sobre la arena.

Había guirnaldas de luces colgadas entre palmeras, mesas bajas junto a la orilla y una pista improvisada donde varios grupos se movían al ritmo de una canción alegre, con percusión polinesia mezclada con sonidos más modernos.

El ambiente tenía esa energía contagiosa de los lugares donde nadie parecía tener prisa por volver a ninguna parte.

—Esto sí —declaró Alexandra al llegar, levantando la barbilla con aprobación—. Esto es exactamente lo que esperaba de una isla paradisíaca. Música, gente guapa y un alto riesgo de tomar decisiones cuestionables.

—Tú eso último lo llevas incorporado de serie —le comenté mientras buscábamos una mesa.

—Y gracias a eso tu vida tiene entretenimiento.

Nos sentamos cerca de la pista, pedimos dos cócteles y durante un buen rato me limité a observar el ambiente.

Me gustaba ver a Alexandra disfrutar. Bailaba incluso sentada, hablaba con cualquiera que se acercara y parecía dispuesta a convertir la noche en una sucesión de anécdotas.

Yo, en cambio, necesitaba unos minutos para acostumbrarme a estar allí sin sentir que debía resolver algo.

Entonces la música cambió, varias chicas empezaron a gritar junto a la pista y Alexandra se inclinó hacia mí con una sonrisa demasiado lenta para ser inocente.

—No mires ahora de forma evidente, pero creo que tu pasado con abdominales acaba de aparecer.

Miré, por supuesto.

Lucas estaba en la pista.

Y no estaba solo.

Bailaba rodeado de varias chicas, turistas en su mayoría, que parecían encantadas con su existencia y con la facilidad con la que él se movía al ritmo de la música.

Llevaba una camisa blanca abierta en el cuello, pantalones oscuros y esa naturalidad tan suya que convertía cualquier gesto en algo mucho más atractivo de lo razonable.

No hacía nada exagerado. No necesitaba hacerlo. Sonreía, giraba a una chica, bromeaba con otra, seguía el ritmo con una soltura que yo no recordaba haberle visto de adolescente y, cada pocos segundos, alguien más intentaba acercarse a bailar con él.

Me quedé mirándolo un momento y después solté una carcajada.

—Pues sí que ha cambiado Lucas. Sí que ha cambiado.

Alexandra se llevó la pajita a los labios con gesto teatral.

—Cariño, ese hombre no ha cambiado. Ese hombre ha evolucionado a una categoría superior del ecosistema.

—Cuando yo me codeaba con él no era así.

—Cuando tú te codeabas con él, era un mico. A esa edad, la mayoría de los chicos todavía están intentando averiguar qué hacer con los brazos cuando caminan.

Lucas giró justo entonces y me vio.

Durante un segundo dejó de moverse.

No fue una pausa dramática, ni nada parecido. Apenas un pequeño fallo en el ritmo, un gesto de sorpresa que desapareció enseguida. Pero lo vi.

También vi cómo sonreía, cómo decía algo a las chicas que bailaban con él y cómo empezaba a abrirse paso hacia nuestra mesa entre la gente.

Alexandra se enderezó en la silla.

—Oh, esto mejora por momentos.

—No empieces, que te encanta inventar.

—No he empezado. Solo estoy insinuando que la noche promete.

Lucas llegó hasta nosotras con la sonrisa puesta y esa expresión ligeramente divertida de quien sabe que acaba de ser sorprendido en plena exhibición pública de encanto.

—Buenas noches —saludó, inclinándose un poco hacia Alexandra antes de mirarme a mí—. No esperaba encontraros aquí.

—Eso es mentira —replicó ella con una seriedad fingida—. En una isla de este tamaño, todo el mundo espera encontrarse con todo el mundo. Lo que pasa es que no esperabas que te pilláramos dirigiendo una academia intensiva de baile y seducción turística.

Lucas se rio, y yo tuve que mirar hacia mi copa para disimular lo mucho que me divertía verle algo atrapado.

—No era una academia. Era la coreografía de una canción.

—Una canción con lista de espera —añadí.

Él se llevó una mano al pecho, ofendido con bastante poca credibilidad.

—Caroline Reed, hacía años que no escuchaba ese tono tuyo de acusación injusta.

—No es acusación. Es observación. Estás muy solicitado.

—La gente de la isla es amable con los visitantes, siempre fue así —respondió él, aunque la comisura de su boca le traicionaba.

—Qué servicio turístico tan completo —comentó Alexandra—. ¿Incluye folleteo o solo giros sobre la pista?

Lucas se inclinó ligeramente hacia ella.

—Eres digna prima de Caroline.

—Por supuesto, ¿qué esperabas? Soy toda una Reed, aunque tú no supieras detectarlo la otra noche bajo mis evidentes encantos.

—Craso error. Lo siento mucho.

—No, no te preocupes, si a mí me vino genial. Y mi prima no es celosa —me miró.

—¿Cómo voy a sentir celos por eso? Si tengo novio y… —le contesté, en un intento por disimular que un pellizco en el estómago sí que sentí.

—Y saliste por patas de esta isla hace años —me recordó él.

—Vale, vale. Dos contra una, no es trampa.

Nos reímos los tres, y por un instante la situación tuvo una ligereza perfecta.

No había pasado ni explicaciones pendientes ni nada que pesara demasiado. Solo una noche de Bora Bora, música, bromas y una coincidencia que parecía demasiado bien calculada por el universo.

Entonces Lucas me tendió la mano.

—¿Bailas?

Miré hacia la pista y después hacia el grupo de chicas que seguía observándolo con una mezcla de curiosidad y esperanza.

—No quiero robarte clientela.

—Creo que sobrevivirán.

—No lo tengo tan claro. Algunas parecen muy comprometidas con la causa.

—Caroline —insistió, todavía con la mano extendida—, baila conmigo.

Había algo en la forma en que lo dijo, algo suave bajo la broma, que me hizo levantarme antes de pensar demasiado.

Su mano envolvió la mía con una familiaridad que no debería haber seguido existiendo después de siete años, pero allí estaba.

Me llevó a la pista entre la gente, y la música nos recibió con un ritmo alegre que me obligó a moverme antes de que pudiera ponerme nerviosa.

Al principio bailamos con prudencia, casi riéndonos de nosotros mismos. Lucas mantenía una distancia correcta, pero sus ojos brillaban con diversión y yo empecé a recordar que bailar con él nunca había consistido solo en seguir una canción.

De adolescentes lo hacíamos en fiestas del personal, en celebraciones improvisadas junto a la playa o en noches en las que alguien sacaba un altavoz y decidía que la vida necesitaba música.

Él siempre había tenido ritmo. Yo siempre había fingido que no me importaba perder el control.

—No recordaba que bailaras así —le comenté cuando me giró con una facilidad insultante.

—Hay muchas cosas que no recuerdas.

—O muchas que son nuevas.

—Eso también.

La canción terminó, pero antes de que pudiera apartarme, empezó otra, y Lucas no soltó mi mano.

Durante varios minutos seguimos allí, moviéndonos entre turistas, risas y luces cálidas. Algunas chicas se acercaban, le decían algo, le tocaban el brazo o reclamaban un baile con una confianza que me hizo reír más de una vez.

—De verdad, vete con ellas —le dije al oído, divertida, cuando una rubia altísima le señaló la pista con evidente intención—. Estás muy bien acompañado, Lucas. No quiero interrumpir tu labor social.

Él bajó un poco la cabeza para responderme, sin dejar de moverse.

—Mi labor social puede esperar.

—No seas egoísta. Esa chica parece haber venido desde algún país lejano solo para bailar contigo.