Capítulo 15
Dos días después de aquella conversación junto a la piscina, Alexandra decidió que necesitaba comprar recuerdos para media Nueva York.
Aquello significaba recorrer el mercado principal de Bora Bora durante horas, detenerse en cada puesto imaginable y debatir durante veinte minutos si alguien necesitaba realmente una lámpara fabricada con conchas marinas.
Yo ya había aceptado mi destino.
Caminábamos entre puestos llenos de artesanía local, telas de colores, joyería hecha a mano y frutas tropicales cuando se detuvo delante de un expositor de pareos.
—No entiendo cómo una isla tan pequeña puede tener tantas formas distintas de vaciar una tarjeta de crédito.
—Es un talento ancestral.
—Lo respeto profundamente.
Sonreí mientras seguía avanzando.
Y entonces lo vi.
No fue una visión cinematográfica ni una escena ralentizada. Simplemente levanté la cabeza y allí estaba.
Lucas.
Apenas a unos metros.
Llevaba una camisa en tono vainilla hasta los antebrazos y unas gafas de sol colgadas del cuello. Hablaba con un comerciante local cuando giró la cabeza casualmente hacia nuestra dirección.
Primero me vio a mí.
Después vio a Alexandra.
Y entonces ocurrió algo cómico.
La expresión de su cara.
Porque durante un segundo pareció incapaz de procesar la información.
Miró a Alexandra.
Volvió a mirarme.
Después otra vez a Alexandra.
Y finalmente soltó una pequeña carcajada incrédula mientras se llevaba una mano a la nuca.
Alexandra tardó exactamente dos segundos en comprender lo que estaba pasando.
—Oh, Dios mío. Acaba de caer en que tú y yo nos conocemos. Y eso que no sabe que somos las mejores primas del mundo.
Yo ya estaba riéndome.
Lucas se acercó.
Y cuanto más se acercaba, más nervioso parecía.
La escena resultaba especialmente divertida porque recordaba perfectamente al chico seguro de sí mismo que había conocido durante toda mi adolescencia.
—Vale —dijo cuando llegó hasta nosotras—. Antes de que cualquiera de las dos diga nada, quiero dejar constancia de que no tenía ni idea.
Eso fue suficiente para que Alexandra estallara en carcajadas.
—Te juro que la cara que acabas de poner ha merecido todo el viaje.
Lucas se mordió el labio mientras negaba con la cabeza.
—Lo siento.
—¿Por qué? —pregunté alegre.
—Porque me acosté con tu amiga. Antes de que te lo cuente ella, te lo cuento yo.
—Ya lo sabía… Y no es mi amiga, es mi prima.
—Suena fatal…
Alexandra se cruzó de brazos.
—Para tu tranquilidad, nadie ha muerto. Solo es una casualidad de lo más picante, Lucas.
—Alexandra, que te embalas —intervine.
—Caroline, me debes varias. Que estamos viviendo con Samantha por tu culpa, deja que me divierta.
—¿Viviendo con Samantha? ¿Qué me he perdido?
—Te has perdido unas cuantas, Lucas. Pero vamos, que por lo que cuentan, sueles estar bastante distraído —le espetó mi prima.
Lucas soltó una risa y durante unos segundos volvimos a sentirnos mucho más jóvenes.
Muchísimo más jóvenes.
Como si aquellos siete años apenas hubieran existido.
—Gracias por estar en el funeral de mi padre —dije finalmente.
Aquello cambió ligeramente la atmósfera.
No la volvió triste.
Solo más sincera.
Lucas asintió despacio.
—Claro que fui. ¿Cómo no iba a ir? Sabes que apreciaba cantidad a Michael. Más que un jefe, siempre lo consideré un buen hombre. Con sus desaciertos familiares, pero un buen hombre.
—Lo sé. Y me habría gustado acercarme en ese momento, pero se trataba de un momento muy complicado.
—Me hago cargo.
—Incluso pensé en buscarte después.
Sus ojos se iluminaron ligeramente.
—¿Sí?
—Sí. Pero todo se volvió un poco caótico.
—Eso ya lo he notado.
La referencia a Samantha de mi prima le había dejado boquiabierto.
—También me dijeron que ya no trabajabas en el resort.
—Hace bastante tiempo ya.
—Pensaba que seguirías allí.
Lucas observó el mercado durante unos segundos antes de responder.
—Cuando era niño, yo también pensaba que nunca saldría de allí, que trabajaría en el resort hasta hacerme mayor.
Aquella frase escondía algo más.
Lo noté.
Y él también supo que lo había notado.
Pero ninguno insistió.
Por suerte, Alexandra seguía presente para impedir cualquier momento excesivamente intenso.
—Bueno, como veo que tenéis pendiente aproximadamente media vida de conversación, voy a dar una vuelta.
—Alexandra…
—Ni se te ocurra protestar, que te has vuelto muy protestona. Como ahora no te peleas con Samantha, con quien más bien estás por la labor de grabar un serial lacrimógeno, la emprendes contra mí.
Se giró hacia Lucas.
—Cuídamela.
—Será un verdadero placer.
—De placer, mejor no me hables —le guiñó mi prima un ojo.
—Eres de lo más discreta…
—Discreta y perfecta. Nos vemos.
Y desapareció entre los puestos.
Me giré hacia Lucas.
—Ha sido muy sutil.
—Extremadamente.
Terminamos sentándonos en una pequeña cafetería abierta junto al mercado. Desde la terraza podía verse parte de la laguna y varias embarcaciones entrando y saliendo del puerto.
Durante unos segundos simplemente nos observamos, intentando encajar los años que habían pasado. Y luego, nos pusimos al día.
—Así que tienes novio —comentó finalmente.
—Tengo novio.
—Era de imaginar…
—Lo que no imaginaste era que Alexandra y yo somos primas.
—Eso sigue pareciéndome una trampa del universo.
Sonreí.
—Tiene sus momentos.
Lucas apoyó los brazos sobre la mesa.
—Debo admitir que cuando apareció aquella noche pensé que era la turista más peligrosa que había conocido nunca.
—Lo es.
—Ahora lo entiendo todo.
—¿Todo?
—La forma de hablar. El sentido del humor. La capacidad de meterse en problemas.
—Eso último es herencia familiar.
Le hice reír. Y durante unos segundos volví a reconocer perfectamente al chico que había conocido.
El mismo brillo en los ojos.
La misma sonrisa.
La misma facilidad para hacer que todo pareciera sencillo.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué ocurrió después de que me marchara?
Lucas apoyó la espalda en la silla.
La sonrisa desapareció lentamente.
—Pasaron muchas cosas, no podría resumirlas.
—Inténtalo.
Se quedó pensativo unos instantes.
—La verdad es que nada volvió a ser igual.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Por mi marcha?
—En parte.
La sinceridad de su tono me dejó huella.
—Necesité bastante tiempo para asumir que te habías marchado sin intención de volver.
Miró la laguna.
—Después entendí que tenía que encontrar mi propio camino.
—¿Y por eso dejaste el resort?
—Exactamente.
Asentí despacio.
—Te fuiste a la competencia.
Lucas soltó una carcajada.
—Eso suena muchísimo peor de lo que fue.
—Eres un traidor.
—No lo soy y lo sabes.
—Mi padre estaría indignado.
—Tu padre fue quien me recomendó que me marchara.
Me quedé patidifusa.
—¿Qué?
Lucas sonrió.
—Michael supo ver que te echaba demasiado de menos, y que necesitaba un cambio de aires.
Aquello me hizo reír tan fuerte que varias personas se giraron hacia nosotros.
—No puedo creerlo.
—Pues créelo.
Continuamos hablando durante más de una hora.
De todo lo que había cambiado.
Y de todo lo que seguía exactamente igual.
Cuando ya llevábamos bastante tiempo conversando, decidí hacer la pregunta que llevaba rondándome la cabeza desde que nos sentamos.
—Entonces… ¿Sigues llevando una vida parecida?
—Más o menos…
—Me refería a lo profesional. En lo demás, parece ser que te las apañas de maravilla.
—No es para tanto….
—No te hagas el tonto. Ya no eres el chico inocente que conocí. Se nota que tienes mucho mundo.
—Y me lo dices tú, neoyorquina….
—Pero yo tengo pareja fija —argumenté.
—Y yo no tengo que pedir perdón por no tenerla.
—Tienes razón…
—Al menos ya tengo algo…
Las risas salían solas.
Las horas pasaron con una facilidad que me resultó casi desconcertante.
Había personas con las que una necesitaba buscar temas de conversación, llenar pausas o pensar qué decir a continuación.
Con Lucas nunca había ocurrido eso. Ni cuando éramos unos críos ni ahora, siete años después.
Las frases surgían solas, una detrás de otra, encadenándose con naturalidad mientras saltaban de un recuerdo a una anécdota, de una broma a una conversación más seria sin que nada pareciera forzado.
A veces era él quien contaba alguna historia de aquellos años en los que yo había estado lejos de Bora Bora.
Otras era yo quien terminaba recordando situaciones que creía olvidadas. Entre medias aparecían risas, interrupciones, comentarios locos y esa sensación tan familiar de estar viviendo un reencuentro.
Ambos éramos personas distintas. Yo tenía una vida en Nueva York, un trabajo, un novio y responsabilidades que jamás había imaginado cuando me marché de la isla.
Lucas había construido su propio camino y parecía sentirse orgulloso de haberlo hecho. Y aun así, sentada frente a él, todo resultaba sencillo.
Cuando finalmente Alexandra regresó, me sorprendió descubrir la hora que era.
Nos despedimos prometiendo volver a vernos pronto y, mientras lo observaba alejarse entre los puestos del mercado, tuve la sensación de que aquellas dos horas habían durado apenas unos minutos.
Pusimos rumbo a la casa familiar.
También me asombraba el no sentirme en ella como una huésped. De pronto, era la dueña. Y quien tomó la decisión de que Samantha podía vivir, por el momento, ahí.
Si algo estaba resultando Bora Bora, era sorprendente. La vida da muchas vueltas, y a veces lo hace cuando menos lo esperas.
Comenzaba a encontrarme en paz en la isla que me vio crecer, como quien se da de frente con sus orígenes.
Y esos orígenes me transmitían serenidad.