Capítulo 14
Aquella tarde la casa estaba especialmente tranquila.
Alexandra había salido a recorrer algunas tiendas del centro de la isla y yo había terminado antes de lo previsto una videoconferencia con varios responsables del grupo hotelero.
Aproveché para instalarme junto a la piscina con un libro que llevaba días intentando leer sin demasiado éxito.
El agua reflejaba destellos dorados bajo el sol de la tarde y una ligera brisa movía las palmeras que rodeaban la propiedad.
Escuché pasos acercándose sobre la piedra del jardín y levanté la vista.
Samantha caminaba despacio en mi dirección.
Llevaba un vestido rosa pastel, el primero que le veía de embarazada, y una mano apoyada sobre el vientre.
Desde el susto de las semanas anteriores se movía con más cautela, aunque intentaba que nadie lo notara. Lo que me llamó la atención no fue eso, sino la expresión de su rostro. Había algo serio en ella. Algo que parecía llevar tiempo preparando.
Se detuvo junto al sofá y permaneció unos segundos de pie.
—¿Puedo sentarme?
La pregunta me sorprendió.
—Claro. Cómo no. Ambas vivimos aquí. No me molestas.
—Te lo agradezco. Saberlo es importante para mí.
Se acomodó a mi lado y durante unos instantes contempló la piscina sin hablar. El silencio no resultaba planeado. Más bien parecía el de una persona intentando reunir valor.
Finalmente exhaló despacio.
—Caroline, tengo que contarte algo.
Cerré el libro y lo dejé sobre la mesa.
—Te escucho.
Samantha mantuvo la mirada fija en el agua.
—No sé muy bien por dónde empezar porque no estoy acostumbrada a explicar ciertas cosas. Durante años he preferido justificarme, enfadarme o fingir que nada me afectaba. Es mucho más fácil que reconocer según qué verdades.
Esperé.
—Tú sabes muy poco de mí —continuó—. Y lo poco que sabes tampoco es precisamente bueno.
Aquello era difícil de discutir.
Una sonrisa triste apareció en sus labios.
—Fui la hija pequeña de una familia bastante peculiar. Mis padres me tuvieron tarde. Muy tarde. Mis hermanos mayores prácticamente eran adultos cuando yo nací. Mi padre murió poco después, siendo todavía una niña.
Giró la cabeza hacia mí por primera vez.
—Y mi madre nunca me perdonó por ello.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Por ser niña. Porque era una mujer amargada incluso antes de quedarse viuda. Y porque tenía unas ideas bastante particulares sobre las mujeres.
Soltó una pequeña risa sin humor.
—Pese a ser mujer, ella no era nada femenina. Consideraba que las niñas eran débiles, dependientes y una decepción para cualquier familia. Había tenido varios hijos varones y estaba orgullosa de ellos. Luego llegué yo.
La escuchaba sin interrumpirla.
—Siempre tuve la sensación de que ocupaba un lugar que nadie quería darme. No me faltó comida. No me faltó educación. No me faltó ropa. Pero cariño… cariño no recuerdo haber recibido. Mi madre me trataba como una obligación. Algo que debía soportar porque no tenía alternativa.
Bajó la vista hacia sus manos.
—¿Sabes lo peor? Que cuando eres pequeña terminas creyendo que es normal. Crees que el problema eres tú. Que si fueras más lista, más guapa o más buena, quizás alguien te miraría de otra manera.
Noté un nudo en la garganta.
Samantha continuó hablando despacio, sin dramatismo; precisamente por eso resultaba más doloroso.
—Aprendí muy pronto que el afecto podía desaparecer. Que la seguridad podía desaparecer. Que depender emocionalmente de alguien era una estupidez. Y cuando crecí, me obsesioné con todo aquello que parecía garantizar estabilidad. El dinero. El éxito. El prestigio. La posición social.
Se quedó callada unos segundos.
—Y entonces conocí a Michael.
Aquello sí captó toda mi atención.
—Yo era joven. Mucho más joven que él. Y voy a decirte una verdad que probablemente no te guste escuchar.
—Prefiero las verdades.
Samantha asintió.
—Cuando me fijé en tu padre no fue por amor.
No me sorprendió.
Quizás porque llevaba años sospechándolo.
—Me impresionó su mundo. Su éxito. Su seguridad. La forma en que entraba en una habitación y parecía que todo giraba a su alrededor. Venía de una vida donde siempre había sentido que me faltaba algo y él representaba exactamente lo contrario.
Observó la laguna a lo lejos.
—Me encapriché de todo aquello. De su posición. De su poder. De lo que significaba estar a su lado.
Tragó saliva antes de continuar.
—Y sí, hice cosas horribles para conseguirlo.
La sinceridad de aquella confesión me dejó sin palabras.
—Pero también ocurrió algo que no esperaba.
—¿Qué?
Samantha sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Muy distinta de las habituales.
—Que terminé enamorándome de él de verdad.
La emoción apareció por primera vez en su voz.
—Michael era divertido. Generoso. Impulsivo. Exasperante algunas veces. Y muchísimo mejor persona que yo. Acabé queriéndolo más de lo que jamás había querido a nadie.
Noté cómo sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.
—Y aun así seguí haciendo las cosas mal.
Aquella frase parecía perseguirla.
—Porque cuando llegué a vuestra vida seguía siendo una persona egoísta. Seguía pensando únicamente en lo que quería. En lo que necesitaba. En lo que me hacía feliz.
Me miró directamente.
—Y tú me sobrabas.
La crudeza de aquellas palabras me golpeó.
No porque no lo supiera.
Sino porque era la primera vez que la escuchaba admitirlo.
—Había construido una fantasía absurda en mi cabeza. Una vida perfecta con Michael. Una familia nueva. Un comienzo nuevo. Y tú eras la prueba constante de que él había amado a otra mujer antes que a mí. De que tenía una historia anterior. De que había alguien a quien quería incluso más que a mí.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Lo sé. Suena horrible.
—Es horrible.
—Pero es real…
Asintió.
—Y te hice pagar por ello.
Sentí un dolor extraño al verla así.
Porque estaba contemplando a la mujer que más daño me había hecho durante mi adolescencia.
Y, al mismo tiempo, estaba viendo a una persona rota.
Una persona que llevaba demasiados años huyendo de sí misma.
—Caroline, siento muchísimo todo lo que te hice pasar. Muchísimo.
La voz terminó quebrándose.
—Siento cada comentario. Cada desprecio. Cada vez que te hice sentir que no pertenecías a tu propia casa. Siento haberte convertido en el objetivo de frustraciones que nunca tuvieron nada que ver contigo.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Y entonces ocurrió algo que jamás habría imaginado.
Samantha empezó a llorar.
No con elegancia. No con control. No con dignidad.
Lloró de verdad.
Y aquella imagen terminó de romper algo dentro de mí.
Me acerqué y la abracé. Ella se aferró a mí casi inmediatamente. Las dos permanecimos así durante varios minutos. Llorando. Por mi padre. Por el pasado. Por todo lo que nunca habíamos sabido resolver.
Fue en mitad de aquel momento cuando escuchamos una voz conocida.
—Bueno.
Alexandra acababa de entrar por el jardín.
—Definitivamente me he perdido varios episodios del culebrón.
Levanté la cabeza entre lágrimas.
Mi prima observó la escena. Luego observó a Samantha. Luego volvió a observarnos a ambas.
—Voy a asumir que esto es una reconciliación en la que cierta cosita chica que está dentro de la tripa de su mami tiene mucho que ver.
Aquello provocó que se me escapara una carcajada.
Incluso Samantha terminó riendo entre lágrimas.
—Perfecto —continuó Alexandra mientras dejaba sus bolsas sobre una tumbona—. Porque durante diez segundos he pensado que el aire de Bora Bora coloca y me he acojonado un poco.
Negué con la cabeza.
—Eres imposible.
—Lo sé. Es uno de mis principales atractivos.
Y las tres terminamos sentadas juntas junto a la piscina mientras el sol comenzaba a descender sobre la laguna.
Alexandra fue a por helado porque afirmaba que una reconciliación sin azúcar no era reconciliación ni era nada.
Y yo no podía dejar de mostrar mi sorpresa. Porque hay cosas que desconciertan.
No éramos una familia perfecta. Probablemente nunca lo seríamos.
Pero empezábamos a parecernos a una.