Capítulo 13
A la mañana siguiente, Samantha apareció en la terraza cuando yo terminaba de revisar unos correos del despacho jurídico.
Llevaba un vestido amplio color arena, el cabello recogido con menos precisión de la habitual y una expresión que no le conocía, de esas que en ella podían significar desde una orden hasta una rendición parcial.
Se quedó unos segundos junto a la puerta antes de hablar, y por una vez no pareció segura de cómo empezar.
—Tengo una cita médica esta tarde con mi ginecóloga —dijo al fin, con una mano apoyada sobre la carpeta que llevaba contra el pecho—. Una ecografía. Debemos comprobar que todo sigue bien después del susto de hace unos días.
Dejé el portátil sobre la mesa y la miré con atención.
Samantha no solía compartir información si no esperaba obtener algo a cambio, pero aquella vez había una fragilidad discreta en su voz que me obligó a esperar.
—¿Quieres que avise a alguien del servicio para que te acompañe?
Negó despacio, aunque no apartó la vista de la laguna.
—No. Quería preguntarte si vendrías tú.
La petición me dejó sin respuesta durante unos segundos.
No porque fuera descabellada, sino porque ninguna de las dos habría podido imaginarla apenas unos días antes. Samantha debió interpretar mi sorpresa como rechazo, porque se apresuró a levantar la barbilla con esa dignidad defensiva que conocía demasiado bien.
—No tienes por qué hacerlo. Entiendo que puede parecerte inapropiado. Solo pensé que, si algo iba mal, prefería no estar con una empleada ni con un chófer esperando en la puerta.
Me levanté sin pensarlo demasiado.
—Iré contigo.
Sus ojos se movieron hacia mí con una mezcla de alivio y desconfianza, casi como si necesitara comprobar que no había burla en mi respuesta.
—¿Estás segura?
—Sí. Y no tienes que justificarlo tanto. Iré encantada, de verdad.
—Si te soy franca, no me ha parecido que la idea te gustase.
—Claro que me gusta. Simplemente… no lo esperaba.
Samantha apretó la carpeta contra el pecho.
Durante un instante pareció a punto de decir algo más, pero solo asintió.
Aquella sobriedad suya, que tantas veces me había parecido soberbia, empezaba a revelarme otra cara: la de una mujer que no sabía pedir ayuda sin convertirlo antes en un trámite.
Fuimos a la clínica en coche, con Tama al volante y una tarde brillante extendiéndose sobre la isla.
La carretera bordeaba la costa en algunos tramos y después se internaba entre casas bajas, jardines tropicales y pequeños comercios donde la vida parecía seguir a otro ritmo.
Samantha permanecía sentada a mi lado con ambas manos sobre el bolso, demasiado quieta para alguien que siempre necesitaba aparentar control.
—¿Estás nerviosa? —le pregunté, procurando que mi voz no le diera más importancia de la que tenía.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Mucho. Y odio estarlo.
—Eso no lo hace menos normal.
Samantha dejó escapar una sonrisa breve, cansada.
—Tu madre decía cosas parecidas cuando yo llegué a la isla. Siempre parecía saber qué decir sin convertirlo en una lección.
La mención de Eleanor me sorprendió. Durante años había pensado que Samantha evitaba hablar de ella por orgullo o por simple desprecio.
—Mi madre era buena en eso.
—Lo era —admitió, mirando por la ventanilla—. Y yo era bastante más joven que ahora. Creía que ganar significaba quedarme con todo. Con Michael, con la casa, con el lugar que ella ocupaba. Ahora me doy cuenta de que algunas cosas no se ganan; se arrebatan.
No supe qué contestar.
Quizás porque era la primera vez que Samantha reconocía, aunque fuera de forma indirecta, el daño que había causado.
La clínica era pequeña, luminosa y tranquila, con paredes claras y ventiladores moviendo el aire perfumado por las flores del exterior.
Nos hicieron esperar apenas unos minutos. Samantha hojeó una revista sin leerla y yo observé sus dedos, crispados sobre el papel. Cuando la llamaron, se levantó con una rigidez que intentaba disfrazar de elegancia.
—Puedes entrar —murmuró.
La seguí.
La doctora fue amable y directa. Le hizo algunas preguntas, revisó informes y la ayudó a acomodarse en la camilla.
Samantha se subió el vestido lo justo para dejar libre el abdomen, todavía apenas marcado, y giró la cabeza hacia mí cuando la doctora preparó el ecógrafo.
—Si esto te resulta incómodo, puedes esperar fuera.
Me acerqué un poco más.
—A estas alturas, Samantha, lo raro habría sido que nuestra familia hiciera algo normal.
Aquello le arrancó una risa pequeña, nerviosa, que desapareció en cuanto la pantalla se encendió.
Al principio no entendí nada. Solo manchas grises, formas borrosas, movimientos mínimos que mi mente no sabía ordenar.
Después, la doctora sonrió y señaló un punto diminuto en el monitor.
—Ahí está.
Samantha se quedó inmóvil.
La doctora subió el volumen y entonces la sala se llenó de un sonido rápido, insistente, lleno de vida.
Los latidos del bebé ocuparon cada rincón, tan claros y rotundos que durante unos segundos olvidé todo lo demás. Olvidé el testamento, las discusiones, la casa, la herencia y hasta los años en los que aquella mujer había sido mi herida más difícil de nombrar.
Samantha se cubrió la boca con la mano.
—Está bien —susurró.
—Está muy bien —confirmó la doctora—. El latido es fuerte y el crecimiento corresponde a las semanas de gestación.
Sentí que los ojos se me humedecían antes de poder evitarlo. No era mi bebé, pero sí era hijo de mi padre. Era una vida nueva en medio de una historia llena de pérdidas, errores y cuentas pendientes.
Samantha buscó mi mano sin mirarme.
Se la di.
La apretó con tanta fuerza que casi me hizo daño, pero no la solté.
La doctora continuó observando la pantalla, moviendo el transductor con cuidado.
—Si queréis, puedo intentar confirmar el sexo. Todavía es un poco pronto para asegurarlo al cien por cien, pero se aprecia bastante bien.
Samantha giró la cabeza hacia mí. Aquello me sorprendió más que todo lo anterior, porque parecía pedirme permiso a mí también.
—Sí —respondió ella, con la voz quebrada—. Queremos saberlo.
La doctora sonrió unos segundos después.
—Parece una niña.
Una niña.
La palabra me dejó clavada junto a la camilla.
Samantha cerró los ojos y las lágrimas se deslizaron por sus sienes hacia el cabello.
—Una niña —repitió.
Miré la pantalla, aquel pequeño movimiento borroso dentro de ella, y pensé en mi padre. En la hija que ya no podría abrazarle. En la hija que llegaría al mundo sin conocerlo. En las dos vidas femeninas que Michael Reed había dejado unidas de la manera más inesperada posible.
—Mi padre habría estado feliz —dije.
Samantha giró el rostro hacia mí, todavía con mi mano entre la suya.
—Quería otra hija —confesó—. Me lo dijo una vez. No porque tú no bastaras, Caroline. Nunca fue eso. Decía que tenerte había sido lo más importante de su vida, y que a veces le daba pena no haber sido mejor padre para ti.
Aquella frase me atravesó con una ternura dolorosa.
—Lo fue en muchas cosas.
—También falló en otras.
—Sí.
Samantha asintió, aceptando una verdad que antes habría combatido.
Cuando salimos de la clínica, la tarde empezaba a dorarse sobre Bora Bora. Caminamos despacio hasta el coche, sin prisa, todavía bajo el efecto de aquellos latidos. Antes de subir, Samantha se detuvo y miró hacia el mar que se veía al final de la calle.
—No sé si sabré ser madre —admitió.
La miré.
—Nadie sabe al principio.
—Tú hablas como si pudieras perdonarlo todo.
—No es eso.
Sus labios temblaron un poco.
—Lo sé.
—Pero esa niña no tiene la culpa de nada. Y tú hoy tampoco me has parecido mi enemiga.
Samantha bajó la vista hacia su vientre y colocó una mano sobre él.
—Me gustaría que no creciera rodeada de odio.
Aquella frase, sencilla y casi torpe, fue quizá lo más honesto que le había escuchado decir.
—Entonces empecemos por ahí.
No fue una reconciliación completa. No hubo abrazos, ni grandes promesas, ni palabras capaces de borrar el pasado. Pero cuando regresamos a la casa y Samantha subió la escalera con una mano sobre el vientre, sentí que algo había cambiado de verdad.
No entre ella y yo solamente.
También entre aquella niña y el lugar que la esperaba.