Capítulo 12
La nueva reunión con los abogados llegó varios días después, justo cuando la casa parecía haber encontrado una paz provisional.
Samantha continuaba guardando reposo relativo,
Alexandra seguía recorriendo Bora Bora con el entusiasmo de una turista recién liberada y yo intentaba fingir que no llevaba noches pensando en su encuentro con Lucas.
Me costaba mucho creer que se hubiera convertido en el tipo de hombre que le describieron a mi prima.
Lucas odiaba ese tipo de perfil. Detestaba la gente promiscua.
Pero claro, ese era el Lucas adolescente que yo conocía. Ahora se trataba de un hombre y, en realidad, ¿qué sabía de él?
Por eso, cuando recibimos la citación del despacho jurídico, sentí que la realidad volvía a llamar a la puerta con una carpeta bajo el brazo y muy pocas ganas de respetar mis treguas personales.
Nos reunimos en la misma sala de dirección del resort.
La laguna brillaba al otro lado de los ventanales, indiferente al pequeño terremoto legal que estaba a punto de desarrollarse alrededor de la mesa.
Samantha llegó con un vestido claro, menos rígida que en la primera reunión, aunque todavía aferrada a esa compostura suya que parecía confeccionada por un comité de relaciones públicas.
Alexandra se sentó a mi lado sin disimular demasiado su interés; desde que había descubierto que la herencia Reed tenía más giros que una serie de sobremesa con presupuesto, no pensaba perderse ni un episodio.
El notario abrió la sesión con un tono más prudente que la vez anterior.
Explicó que el anuncio del embarazo obligaba a contemplar un escenario sucesorio adicional, pero no invalidaba automáticamente la voluntad expresada por mi padre.
Según sus palabras, si el hijo de Samantha nacía con vida y se acreditaba legalmente que era hijo de Michael, tendría los derechos hereditarios que le correspondieran conforme a la ley aplicable.
Hasta entonces, lo razonable era mantener la estructura general del testamento, reservar una parte de determinados activos líquidos y dejar constancia de que cualquier ajuste futuro se haría sin paralizar por completo la gestión del grupo hotelero.
Samantha escuchaba muy quieta, con una mano apoyada sobre el vientre.
—Entonces está diciendo que mi hijo todavía no cuenta —intervino, y aunque su voz sonó fría, había una inquietud real debajo de aquella frase.
El abogado principal negó con una cortesía firme.
—No, señora Reed. Estamos diciendo lo contrario. Estamos protegiendo sus posibles derechos desde este momento, pero también debemos proteger la voluntad testamentaria del señor Reed y la estabilidad de las sociedades.
»No sería prudente alterar toda la estructura patrimonial sobre una situación que aún debe desarrollarse médica y jurídicamente.
Alexandra bajó la vista hacia sus manos, quizá para evitar hacer un comentario. La conocía demasiado bien.
El notario continuó explicando que se establecería una reserva económica suficiente para cubrir los derechos futuros del bebé si todo transcurría con normalidad.
También se revisarían ciertas participaciones menores y se suspendería cualquier disposición de activos sensibles hasta que el nacimiento despejara el escenario.
Sin embargo, el control operativo del grupo, la mayoría accionarial asignada a mí y la recomendación expresa de mi padre sobre la dirección del resort se mantenían intactos.
Samantha apretó los labios, pero no protestó de inmediato. Tal vez empezaba a comprender que no estaba siendo despojada, sino situada en un lugar muy distinto al que había imaginado para sí misma.
Entonces el notario pasó al punto de la residencia familiar.
Sentí que algo dentro de mí se preparaba.
—Respecto a la casa principal de Bora Bora —dijo, consultando una escritura independiente—, el señor Reed dejó una disposición específica.
La propiedad queda adjudicada de forma plena a la señorita Caroline Reed, al margen de la estructura societaria del resort, con efectos desde la aceptación de la herencia.
Samantha levantó la cabeza.
—¿Y eso no es negociable?
—No, señora Reed.
Aquella vez no hubo estallido. Solo una especie de cansancio oscuro que cruzó su rostro.
—Michael no habría querido que yo me quedara sin hogar. Creo que no lo pensó bien. O quizás, si hubiese sabido que teníamos un hijo en camino…
La conclusión me rozó de una manera extraña, quizás porque por primera vez no sonó a estrategia. Sonó a miedo.
El notario le recordó que conservaba bienes suficientes, una residencia en Londres, activos financieros y una renta vitalicia muy elevada.
Nadie la estaba dejando desvalida.
Pero la casa de Bora Bora, la casa donde yo había crecido y donde mi padre había querido que descansaran sus últimos días, era mía.
Durante unos segundos, Samantha no dijo nada. Miraba la mesa con una expresión que no conseguí descifrar del todo.
No era solo derrota. Tampoco rabia. Había algo más: la conciencia repentina de que, pese a todos sus años allí, aquella casa nunca había terminado de pertenecerle.
—Entiendo —murmuró al fin—. Entonces supongo que debo preparar mi marcha.
La sala quedó suspendida en una tensión que podía cortarse con un cuchillo.
Alexandra me miró de reojo, pero no intervino. Los abogados mantuvieron esa neutralidad profesional que siempre me había parecido admirable y un poco inhumana.
Yo observé a Samantha.
Pensé en la mujer que me había hecho sentir intrusa en mi propia casa cuando era una adolescente.
Pensé en la sangre sobre aquella toalla, en su miedo, en la forma en que había preguntado si el bebé estaba bien.
Pensé también en mi padre, en sus errores y en la carta que me dejó pidiéndome que cuidara de lo que él amaba.
Sabía que habría querido muchísimo a ese hijo que estaba por llegar. Y no tuve corazón para impedir que su viuda siguiera adelante con aquello.
Al fin y al cabo, por muy pérfida que hubiera sido conmigo, más que nunca, íbamos a convertirnos en familia.
—No tienes que marcharte ahora —le indiqué.
Samantha me miró con evidente sorpresa.
—¿Perdón?
—La casa es mía, sí. Pero no voy a echarte mientras estás embarazada, con el médico pidiéndote reposo y todo esto sin resolver. Puedes quedarte de momento. No tengas prisa por nada. Hay sitio para todas.
Alexandra no dijo nada, lo cual, tratándose de Alexandra, equivalía a una ovación solemne con fuegos artificiales internos.
Samantha me observó durante varios segundos.
—No necesito tu caridad, Caroline.
—No es caridad. Es sentido común. Y quizás un poco de respeto por el bebé.
Aquello pareció alcanzarla de una forma que no esperaba. Bajó la vista hacia su vientre y, cuando volvió a hablar, su voz sonó menos afilada.
—Gracias.
Fue una palabra pequeña, inusual en su boca, pero real.
Salimos de la reunión con un acuerdo provisional firmado, una casa adjudicada y una guerra familiar que, por primera vez, no parecía destinada a arrasarlo todo.
Mientras caminábamos hacia la salida, Alexandra se acercó a mí y murmuró lo bastante bajo para que solo yo pudiera oírla:
—Acabas de comportarte de una manera muy noble e irritante, porque ahora no puedo odiarla con la alegría de antes.
Me escapó una sonrisa.
—Lo siento.
—No lo sientas. Pero que conste que me has chafado un hobby.
Al llegar a la terraza, me detuve un momento frente a la laguna.
El viento movía las palmeras y el resort continuaba funcionando a nuestro alrededor, lleno de huéspedes, empleados y vida.
Mi padre había querido que aquella casa fuera mía. Había querido que el futuro del resort quedara en mis manos. Y yo, que había llegado a Bora Bora convencida de que venía solo a despedirme de él, empezaba a comprender que quizás también había vuelto para ocupar por fin mi lugar.
Lo cual no le restaba importancia al hecho de que, en Nueva York, tenía una vida… y un novio.