Capítulo 11
Aquella noche necesitábamos salir.
No era una necesidad especialmente profunda ni trascendental. Simplemente llevábamos demasiados días sin ir de marcha.
Alexandra llevaba una semana insistiendo en que Bora Bora estaba llena de turistas, música, bares frente al mar y gente con ganas de divertirse, mientras nosotras parecíamos dos viudas victorianas encerradas en una mansión.
No era así ni mucho menos, pero mi prima era una dramática de mucho cuidado.
Mientras nos preparábamos en mi habitación, la observé moverse por el vestidor con la misma energía que había demostrado desde que llegó a la isla.
Escogió un vestido blanco de líneas sencillas que dejaba la espalda descubierta y resaltaba el tono dorado que el sol polinesio había conseguido regalarle en pocos días.
El cabello oscuro le caía sobre los hombros en ondas suaves y caminaba por la habitación con la seguridad de quien está convencida de que la noche va a traer algo interesante.
Yo elegí algo más discreto. Un vestido azul intenso, inspirado sin querer en el color de la laguna que rodeaba la isla, con una caída elegante que se movía al caminar y unas sandalias plateadas que aportaban el toque justo de sofisticación. En cuanto a mi cabello rubio, lo llevaba recogido.
—Si esta noche no conozco a nadie interesante, pienso presentar una reclamación formal al departamento de turismo de Bora Bora —anunció Alexandra mientras se examinaba por enésima vez en el espejo—. Mira todo el esfuerzo que he hecho. Esto no puede quedarse sin recompensa.
—Tu confianza en ti misma sigue siendo fascinante.
—No es confianza. Es una evaluación objetiva de los hechos.
—Claro.
—¿Verdad que sí?
Bajamos riéndonos a la planta principal.
Y fue entonces cuando todo cambió.
Samantha estaba sentada en uno de los sofás del salón.
Bastó una mirada para comprender que no se encontraba bien. Tenía el rostro pálido y la expresión agotada. Intentaba aparentar normalidad, pero resultaba evidente que hacía un esfuerzo.
No me reconocía a mí misma. Aquella mujer había complicado buena parte de mi adolescencia y, sin embargo, después del susto con el embarazo, resultaba imposible verla únicamente como una enemiga.
—¿Qué ocurre? —le pregunté acercándome.
—Nada importante.
—No digo que lo sea, ¿estás mal?
—Digamos que no me encuentro bien del todo. Pero eso no debería preocuparte; ya se me pasará.
Intentó incorporarse y volvió a dejarse caer en el sofá.
Aquello respondió por ella.
Alexandra me miró inmediatamente.
Conocía esa mirada.
Era exactamente la misma que yo le estaba devolviendo.
—¿Salimos? —me preguntó entre dientes.
—Me temo que me voy a quedar, pero tú no puedes quedarte sin esa recompensa que decías. Estás guapísima.
—Lo estáis las dos, en realidad —murmuró Samantha—. Sal, Caroline, diviértete con tu prima, no te lo pienses.
Mi prima miró a Samantha.
Después volvió a mirarme.
—Me quedo. Ya es oficial —le anuncié sin ni siquiera responder a las palabras de Samantha.
—¿Estás segura?
—Sí, Alex. La isla está a rebosar y a ti labia no te falta. Sal y conoce gente.
Samantha resopló.
—No quiero causar un conflicto.
—A buenas horas —murmuró mi prima.
—Alex…
—Déjala, si tiene razón, Caroline.
Al final tardé casi veinte minutos en convencer a Alexandra. Le recordé que había cruzado medio mundo para visitar la isla, que llevaba días queriendo salir y que Bora Bora estaba llena de tíos buenos disfrutando de sus vacaciones mientras ella perdía la noche discutiendo conmigo.
Terminó aceptando de mala gana.
—Como descubra mañana que os habéis pasado la noche viendo documentales maternales, no te hablo más.
La vi marcharse todavía protestando y después regresé al salón.
La noche transcurrió de una forma tranquila.
Samantha y yo terminamos viendo una película bastante mala mientras comentábamos escenas absurdas y criticábamos decisiones imposibles de los personajes.
Hubo incluso momentos en los que olvidé que aquella mujer fue durante años el centro de muchos de mis problemas.
Pasada la medianoche llegó un mensaje de mi prima.
«He ligado.»
Negué con la cabeza.
Dos minutos después apareció otro.
«No me esperes.»
Y el tercero llegó casi inmediatamente.
«Volveré mañana.»
Le enseñé la pantalla a Samantha.
—Tu prima parece muy eficiente.
—Siempre lo ha sido.
—Al menos una de las dos está aprovechando las vacaciones.
Cuando me acosté, seguía sin saber quién era el hombre responsable de aquella desaparición nocturna.
Lo descubrí al día siguiente.
Y de la forma más inesperada posible.
Alexandra apareció temprano. Entró en la casa con una sonrisa de oreja a oreja, el cabello ligeramente despeinado y esa sonrisa imposible de ocultar que anunciaba problemas.
O historias.
O ambas cosas.
Nos dispusimos a desayunar como si nada hubiera ocurrido.
—Bueno —dije sentándome frente a ella—. Supongo que vas a contármelo.
—Por supuesto que voy a contártelo.
Y comenzó.
Primero me habló del local donde había terminado la noche. Después de la música. Luego de una excursión improvisada hasta otro complejo turístico. Más tarde de un paseo por la playa.
Todo aquello ocupó casi media hora. Yo escuchaba divertida. Hasta que mencionó un nombre.
—Y entonces Lucas…
No escuché el resto.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
—¿Cómo has dicho? ¿Lucas? ¿Qué, Lucas? Ligaste con un turista, ¿no?
Alexandra se detuvo.
—No, qué va, es un chico de aquí.
Noté cómo algo se removía dentro de mí.
—¿Lucas qué?
—¿Qué demonios quieres saber? Me acosté con él, no le pedí la documentación. Ni que fuera del FBI…
Alexandra debió de notar algo porque bajó lentamente las gafas de sol.
—Es un chico algo mayor que nosotras y…
Me lo describió a la perfección, detalle a detalle. Mis mejillas entraron en erupción.
Su expresión cambió.
—¿Tú lo conoces?
No respondí inmediatamente.
Porque ni siquiera sabía por dónde empezar.
—Caroline.
—Lucas fue mi primer novio. Nunca te he hablado de él. Lo sé… Es que… No solo fue eso. Lucas fue muchas cosas.
Mi prima se quedó paralizada.
Literalmente paralizada.
—¿Qué?
—Lo siento. Debí contártelo, pero hablar de él durante años abría una herida. Y por eso hice como si nunca hubiera existido.
Apoyé las manos alrededor de la taza de café.
—Cuando me marché de la isla decidí dejar esa historia aquí. No fue algo consciente al principio. Simplemente dejé de hablar de él. Pasó el tiempo. Llegó Nueva York. Llegó la universidad. Llegó otra vida. Y pasé página.
Alexandra seguía mirándome como si acabara de descubrir un secreto de Estado.
—¿Y me estás diciendo que acabo de acostarme con él?
Aquella frase me hizo cerrar los ojos.
—Sí. Más bien lo has dicho tú, pero…
—Madre de Dios.
—Sí.
—Madre de Dios.
—Estás siendo de gran ayuda.
—Estoy intentando procesarlo.
Se incorporó en la silla.
—Vale. Espera. Necesito entender esto. ¿Estamos hablando de un novio adolescente cualquiera o de algo importante?
Miré hacia la laguna.
Y supe la respuesta antes incluso de pronunciarla.
—Estamos hablando del chico con el que pensé que iba a pasar toda mi vida cuando era adolescente. De mi primer amor, de mi primer… De mi primer todo, ya me entiendes.
—Joder, esto mejora por momentos.
—No pasa nada, de veras, ¿tú qué ibas a saber?
—Claro que no lo sabía, petarda. De haber sido así, no lo hubiera tocado ni con un palo, por muy bueno que esté, que lo está…
—Ya te digo si lo está.
—Él tampoco tenía ni idea de que soy tu prima. No le di detalles de mi identidad ni del porqué de mi estancia aquí.
—En cualquier caso, es libre de acostarse con quien quiera, por supuesto.
—Sí, y debe hacer buen uso de esa libertad, también te lo digo.
—¿Por qué? ¿Qué sabes de él?
—Unas camareras me dijeron que es una buena pieza, que tiene fama de tirarse a todo lo que se menea, Caroline.
—¿Lucas? Pero si Lucas era un chico de lo más romántico y…
—Hablas de la prehistoria, ¿qué sabes ahora de él? ¿Habéis estado en contacto en estos años? Dime que no o te saco los ojos. No podría soportar que no me lo hubieras contado.
—Qué va. Asistió al funeral de mi padre, pero lo vi de lejos. No era el momento.
—Qué formal, él.
—No solo fue mi chico. Era alguien importante para mi padre también, Alex.
—Qué puntería he tenido… Con todos los tíos que me tiraron la caña anoche.
—Puntería total…
—¿Me odias? Igual me odias un poquito.
—Que no, boba. Además, yo tengo a Andrew.
—Se me había olvidado su aburrida existencia.
—No es aburrido…
—Un poco sí que lo es, no me jodas…
Ya habíamos llegado al punto de siempre. Andrew no era del gusto de mi prima. En cuanto a Lucas, con él cambiaba la cosa. No obstante, conocía a Alexandra y para ella no había supuesto más que el ligue de una noche. Y pese a ello, me escocía.