Capítulo 10
Los días que siguieron resultaron inesperados para todas.
Samantha continuó instalada en una especie de tregua silenciosa conmigo.
No desaparecieron nuestras diferencias ni se evaporaron los años de resentimiento acumulado, pero algo había cambiado desde aquella noche en que la encontramos llorando.
Quizás porque yo había visto un lado suyo que nunca había imaginado. Quizás porque ella había comprendido que, pese a todo lo ocurrido, no disfruté viéndola sufrir.
El médico había insistido en que guardara reposo relativo durante unos días y, aunque la casa estaba llena de empleados dispuestos a atender cualquier necesidad, terminé pendiente de ella más veces de las que habría considerado posibles una semana antes.
Al principio intentó rechazar cualquier muestra de interés.
Si le preguntaba cómo se encontraba, respondía con monosílabos.
Si le llevaba un té o le recordaba alguna indicación médica, fingía que no necesitaba ayuda.
Sin embargo, poco a poco fue bajando la guardia.
No de una manera evidente.
Simplemente dejó de protestar.
Una mañana la encontré desayunando en la terraza principal. Estaba sola, mirando la laguna con una expresión ausente mientras una taza de café se enfriaba sobre la mesa.
—¿Cómo estás hoy? —le pregunté al sentarme frente a ella.
Samantha pareció sorprendida por la pregunta.
—Bien. Estoy bien.
—Eso no responde a nada.
Una sombra parecida a una sonrisa cruzó fugazmente por su rostro.
—Estoy mejor.
—Eso sí responde, ¿ves? Tampoco era tan difícil.
Durante unos segundos contemplamos el océano.
—Gracias por llamar al médico la otra noche —dijo finalmente.
Aquella frase debió de costarle más que cualquier bronca de las que me montó años atrás.
—No tienes que darme las gracias.
—Aun así, me gustaría que sepas que te estoy agradecida.
No añadimos nada más.
Pero aquella conversación marcó un cambio.
Los días siguientes empezamos a coincidir con más frecuencia.
Yo andaba a mi aire, con Alexandra feliz como una perdiz por la isla. En cuanto a Andrew, le surgió un impedimento que provocó que tuviera que retrasar su vuelo.
Mi novio lo lamentó muchísimo, más dadas las circunstancias, pero le aseguré que estaba bien. Incluso bromeé sobre el hecho de que la madrastra malvada estaba más dócil que nunca. Y que caníbal tampoco era hasta la fecha, así que todo a salvo.
Mi madre también se interesó mucho por mi estado. Ella, a quien Samantha no le despertaba la más mínima simpatía, amenazó con llegar a Bora Bora y ponerla patas arriba si me dañaba de algún modo, pero también la tranquilicé al respecto.
A veces durante el desayuno. Otras mientras yo revisaba algunos documentos relacionados con el resort y ella descansaba cerca. Seguía existiendo distancia entre nosotras, pero ya no era la hostilidad constante de antes.
Una tarde regresé antes de lo previsto de una reunión y escuché ruido procedente de uno de los baños privados de la planta superior. La puerta estaba entreabierta.
Samantha se encontraba frente al espejo.
Llevaba únicamente unos pantalones ligeros y un top deportivo que dejaba al descubierto parte del abdomen. Al escucharme, giró la cabeza con rapidez.
—Perdón —dije—. No sabía que estabas aquí.
—No pasa nada.
Hice ademán de marcharme, pero algo me detuvo.
Quizás porque aquella era la primera vez que veía de forma tangible aquello que tanta sorpresa me causó.
El embarazo.
Samantha siguió mi mirada.
—Todavía apenas se nota.
—Supongo que es pronto.
Asintió.
Durante unos segundos permaneció observando su reflejo en el espejo.
—Lo sé racionalmente —comentó al cabo de un momento—. Sé que apenas mide unos centímetros. Sé que todavía queda muchísimo camino por delante.
Su voz se suavizó.
—Pero me reconforta saber que está ahí.
Aquella confesión me sonó muy sincera.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
—¿Te importa si…?
Ni siquiera terminé la frase.
Ella comprendió lo que quería decir.
Bajó la vista hacia su abdomen y después volvió a mirarme.
—No. Puedes tocar, si quieres.
Me acerqué despacio.
Cuando apoyé la mano sobre su vientre no sentí nada especial.
El bebé era todavía demasiado pequeño. Sin embargo, hubo algo profundamente humano en aquel momento.
Durante años habíamos sido rivales, habitantes incómodas de una misma historia. Ahora estábamos allí, compartiendo un instante que ninguna habría imaginado.
—Mi padre estaría muy emocionado —murmuré.
Los ojos de Samantha se llenaron de lágrimas.
—Sí. También lo creo.
Fue la única respuesta que consiguió pronunciar.
La escena quedó dando vueltas en mi cabeza el resto del día.
Y, por supuesto, Alexandra tardó menos de un nanosegundo en descubrir que algo había ocurrido.
Nos encontrábamos cenando en una terraza junto al agua cuando empezó a observarme con sospecha.
—¿Qué?
—Nada.
—Alexandra.
—Solo estoy intentando entender cómo hemos pasado de guerra fría a que parezcas una matrona honorífica.
Estuve a punto de atragantarme con la bebida.
—No parezco ninguna matrona.
—Caroline, hace una semana querías lanzarla al océano.
—Eso es una exageración.
—Una exageración mínima, dadas las circunstancias.
Negué con la cabeza mientras ella sonreía satisfecha.
—Solo le he tocado la tripita. No hay más.
Apoyó los codos sobre la mesa.
—Entonces dime una cosa. Cuando pusiste la mano sobre la barriga, ¿te dio algún calambre mágico? ¿Escuchaste música celestial? ¿Viste la luz?
—Eres insufrible.
—Necesito detalles.
—No ocurrió nada.
—Qué decepción.
—Alex…
—Esperaba al menos una conexión espiritual entre generaciones.
—Lo único que ocurrió es que comprendí que ese bebé no tiene la culpa de nada, tonta.
Mi prima dejó de bromear por un momento.
—Eso es verdad.
—Y también comprendí otra cosa.
—¿Cuál?
—Que Samantha puede ser muchas cosas, pero quiere a ese niño.
Alexandra permaneció pensativa unos segundos.
—Sigo creyendo que lo que más ama en el mundo es el dinero.
—Posiblemente.
—Pero empiezo a pensar que hay algo más.
Sonreí.
—Hasta tú vas a claudicar…
—No tan rápido, que Samantha es culpable hasta que se demuestre lo contrario.
La conversación derivó hacia otros temas y terminamos riéndonos durante buena parte de la cena. Mientras observaba a Alexandra gesticular, bromear y hacer comentarios imposibles sobre nuestra situación familiar, me di cuenta de que la casa también estaba cambiando.
No porque Samantha hubiera dejado de ser Samantha.
Ni porque yo hubiera olvidado el pasado.
Simplemente porque las tres empezábamos a comportarnos como personas que compartían un mismo techo en lugar de soldados atrincherados en bandos opuestos.
Y aquella paz inesperada, por pequeña que fuera, resultaba extrañamente agradable.