Capítulo 9
Regresamos a la casa bastante más tarde de lo previsto.
Habíamos cenado a conciencia, pues en el resort todos nos mimaban, y sentí que el peso de los últimos días se había aligerado un poco.
Seguía envuelta en la extrañeza de mi regreso, pero aquellas horas con Alexandra me habían permitido desconectar de los problemas durante un rato.
Al entrar en la casa encontramos un silencio extraño.
No era la tranquilidad habitual de una residencia grande. Había algo distinto. Algo que tardé unos segundos en identificar.
Entonces escuché un sollozo.
Alexandra y yo nos miramos.
El sonido procedía de la planta superior.
—Samantha —murmuró mi prima—. Tiene que ser ella.
Volvió a escucharse otro llanto.
Más fuerte.
Más largo.
Alexandra arqueó una ceja.
—Bueno, supongo que las hormonas están haciendo horas extra.
No respondí. La verdad era que pensé algo parecido.
Durante los últimos días, Samantha había estado especialmente irritable. Discutía con abogados, llamaba a asesores a cualquier hora y parecía incapaz de aceptar que el testamento no había salido como esperaba.
Subimos la escalera sin demasiada preocupación.
Sin embargo, a medida que avanzábamos por el pasillo, los sollozos fueron haciéndose más intensos.
Ya no parecían el resultado de un enfado o una rabieta. Había angustia en ellos. Una angustia tan evidente que incluso Alexandra dejó de bromear.
Nos detuvimos frente a la puerta de la habitación principal.
Ninguna de las dos era una insensible. Y, por mucho que esa mujer me hiciera la vida imposible durante años, no pensaba pasar de puntillas por allí sin pararme al menos un momento.
Al fin y al cabo, estaba embarazada. Apenas me paraba a pensarlo a ninguna hora del día, pero un hermano mío venía en camino, para mi sorpresa, después de tanto tiempo.
El llanto continuaba al otro lado.
—Creo que algo pasa de verdad —admitió mi prima.
Asentí.
Golpeé suavemente la puerta.
—¿Samantha?
No hubo respuesta.
Volví a llamar.
—Samantha, ¿estás bien?
Aquella vez escuché movimiento dentro de la habitación. Después la puerta se abrió unos centímetros.
Tardé unos segundos en reconocerla.
Tenía los ojos enrojecidos, el maquillaje corrido y el cabello desordenado. Durante años la había visto impecable en cualquier circunstancia. Aquella imagen resultaba casi desconcertante.
—¿Qué queréis? —me preguntó con la voz quebrada.
—Te hemos oído llorar.
—Estoy perfectamente —disimuló, sorbiendo por la nariz.
Era evidente que no.
Bajé la vista y entonces vi la toalla que sujetaba entre las manos.
Había manchas de sangre.
Mi estómago se encogió.
—Samantha…
Ella cerró los ojos.
Durante unos segundos pareció debatirse entre mantener su orgullo o rendirse.
Finalmente ganó el cansancio.
—Estoy sangrando, así que ya te puedes alegrar. Lo mismo te sales con la tuya y te quedas como única hija de Michael.
Aquella confesión salió en apenas un susurro.
—No me alegro del mal ajeno, pienses lo que pienses. Y tampoco tengo nada contra ese bebé. No soy así.
—Bueno, da igual.
—¿Has llamado a un médico?
Negó con la cabeza.
—No quiero perder al bebé, Caroline —susurró de nuevo.
Por una vez, y dado el cariz que estaban tomando los acontecimientos, desaparecieron todos los conflictos entre nosotras. El testamento. Las discusiones. Las provocaciones. Todo quedó relegado a un segundo plano.
Solo veía a una mujer aterrorizada.
A una mujer que acababa de perder a su marido y que creía estar a punto de perder también a su hijo.
—Vamos a llamar a alguien ahora mismo.
—Caroline…
—Ahora. No hay tiempo que perder. Debes dejarte ayudar.
Eché mano de mi teléfono. Conocía perfectamente qué médico debía llamar porque llevaba años trabajando con el resort.
Samantha permaneció sentada al borde de la cama mientras hablaba con él. Sus manos temblaban ligeramente y durante varios minutos no dejó de mirar hacia la toalla que sostenía entre los dedos.
No pude evitar apiadarme de ella.
El médico llegó menos de media hora después.
La exploración se hizo en privado, así que Alexandra y yo esperamos fuera de la habitación. Mi prima permaneció apoyada contra la pared del pasillo, muy callada para lo habitual en ella.
Cuando finalmente apareció el médico, Samantha salió detrás.
Seguía pálida.
Pero ya no parecía aterrorizada.
—No hay señales preocupantes —explicó él mientras guardaba algunos documentos en su maletín—. Los embarazos pueden presentar pequeños sangrados durante las primeras semanas.
»Quiero que haga reposo durante unos días, reduzca el estrés y evite sobresfuerzos. Por lo demás, todo parece evolucionar bien.
Vi cómo los hombros de Samantha se relajaban por primera vez.
—¿Seguro que el bebé está bien?
—Por lo que he podido comprobar, sí.
Aquella respuesta pareció devolverle el aire.
El médico permaneció todavía unos minutos más dando instrucciones y después se marchó.
Samantha nos dio las gracias de una forma torpe, casi incómoda para ella, antes de retirarse nuevamente a su habitación.
Cuando la puerta se cerró, Alexandra y yo bajamos hasta la terraza principal de la casa.
La noche había caído por completo sobre la laguna y las luces del resort se reflejaban sobre el agua.
Durante unos minutos permanecimos contemplando el paisaje antes de que mi prima rompiera el silencio.
—Voy a decir algo horrible.
—Eso no es precisamente una novedad.
—Creo que esa mujer tiene un símbolo del dólar tatuado en la frente.
No pude evitar sonreír.
—Alexandra…
—Lo digo en serio. Lleva días obsesionada con abogados, herencias, porcentajes y acciones. Es lógico pensar que buena parte de ese pánico venía de lo que podría cambiar si pierde al niño.
Comprendía su razonamiento.
Yo misma lo habría compartido antes.
Sin embargo, negué despacio.
—No creo que sea solo por eso, la verdad.
Mi prima giró la cabeza hacia mí.
—¿No?
—No.
Me apoyé en la barandilla observando la oscuridad de la laguna.
—La he visto durante años. He discutido con ella más veces de las que puedo contar. Sé lo manipuladora que puede llegar a ser.
—Entonces…
—Pero lo que hemos visto arriba era real.
Las palabras salieron despacio porque quería estar segura de ellas.
—No estaba fingiendo. No estaba interpretando ningún papel. Estaba aterrada.
Alexandra permaneció pensativa.
—¿Crees que quiere de verdad a ese bebé?
—Sí. Lo creo de corazón.
La pronta respuesta me sorprendió incluso a mí misma.
Pero era verdad.
—Creo que lo quiere muchísimo.
Mi prima observó las luces reflejadas sobre el agua durante unos segundos.
—Vaya situación.
—Ya.
—Porque sigue cayéndome fatal.
—A mí también.
—Pero ahora me da pena.
—Ya te digo…
Y era quizás lo más extraño de todo.
Durante años, Samantha fue la antagonista perfecta de mi historia. La mujer que había contribuido a romper mi familia. La persona que convirtió mi adolescencia en algo mucho más complicado de lo que debería haber sido.
Sin embargo, aquella noche, mientras contemplaba la oscuridad sobre la laguna, descubrí que las personas rara vez encajan por completo en el papel de villanas.
A veces también lloraban.
También tenían miedo.
Y también podían perder aquello que más querían.
Bora Bora me estaba dando mucho más de lo que un día me quitó. Es decir, cuando no me quedó otra que marcharme de allí, lo hice decepcionada.
Por esa razón, durante mucho tiempo, mis recuerdos sobre aquel lugar fueron agridulces.
Que hubiese regresado con motivo de la muerte de mi padre tampoco suavizó esa sensación.
Y pese a todo, sentía que mi corazón se había puesto en marcha de un modo que apenas recordaba.