Herencia en el paraíso Capítulo 8
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Capítulo 8

Los dos días siguientes fueron los más tranquilos desde mi llegada a Bora Bora.

No porque hubieran desaparecido los problemas, ni porque hubiera dejado de pensar en mi padre o en el caos que Samantha provocó con su anuncio, sino porque por primera vez desde que aterricé tuve la sensación de que podía respirar sin que alguien me estuviera esperando con una mala noticia, un documento legal o una discusión pendiente.

También ayudó tener a Alexandra allí.

Mi prima se enamoró de la isla incluso antes de terminar su primer día en ella.

Había algo casi mágico en observar su reacción ante lugares que para mí formaron parte de la normalidad durante tantos años.

Caminaba mirando en todas direcciones, se detenía constantemente para sacar fotografías y hacía preguntas sobre cualquier detalle que llamara su atención. A veces me recordaba a una niña descubriendo el mundo por primera vez.

La llevé hasta una pequeña playa escondida entre la vegetación a la que apenas acudían turistas.

Había pasado media infancia allí. Desde la arena podía verse la laguna extendiéndose hasta el horizonte en una sucesión interminable de azules distintos y, más allá, algunos motus cubiertos de palmeras parecían surgir directamente del agua.

Alexandra permaneció varios segundos contemplándolo todo antes de girarse hacia mí.

—Empiezo a sospechar que llevas años ocultándome información importante.

—¿Sobre qué exactamente?

—Sobre el hecho de que creciste en una postal.

—No es una postal.

—Caroline, si hago una foto desde aquí y la subo a internet, la gente pensará que la he retocado. Es una locura.

Continuamos caminando junto a la orilla mientras ella seguía descubriendo Bora Bora con el entusiasmo de quien todavía no ha tenido tiempo de acostumbrarse a tanta belleza junta.

Verla así me obligó a observar la isla de una forma distinta.

Durante años había dado por sentado aquel paisaje. El mar, las montañas, los jardines tropicales y los atardeceres formaban parte de mi vida desde que tenía memoria. Sin embargo, a través de los ojos de Alexandra recuperaban algo extraordinario.

Quizás por eso empecé a sentirme un poco mejor.

Seguía echando de menos a mi padre a cada momento.

Había instantes en los que alguna vista concreta o una frase escuchada al pasar despertaban un recuerdo suyo y el dolor regresaba con toda su fuerza.

Pero aquellos dos días también me permitieron recordar algo que llevaba demasiado tiempo olvidado: Bora Bora no estaba compuesta únicamente por pérdidas.

También había sido feliz allí.

Muy feliz.

La segunda jornada alquilamos una pequeña embarcación y recorrimos parte de la laguna.

Alexandra insistió en que quería verlo todo: los motus, las zonas donde se concentraban las mantarrayas, los embarcaderos privados y las pequeñas aldeas repartidas por la costa.

Terminamos almorzando en un restaurante familiar construido sobre pilotes de madera, donde los propietarios todavía me reconocieron después de tantos años y me preguntaron por mi padre con una tristeza sincera que volvió a emocionarme.

Después seguimos recorriendo la isla.

A medida que avanzábamos, los recuerdos aparecían solos.

No los buscaba.

Simplemente estaban allí.

Un sendero me recordaba una excursión de la infancia con Lucas.

Una playa despertaba el recuerdo de una celebración organizada por los empleados del resort.

Un pequeño embarcadero me devolvía la imagen de mi padre enseñándome a conducir una lancha mientras fingía que no estaba aterrorizado por la posibilidad de que chocara contra algo.

A veces sonreía.

Otras veces tenía que apartar la vista durante unos segundos.

Alexandra nunca me presionó para hablar cuando ocurría.

Se limitaba a seguir caminando a mi lado y a cambiar de tema cuando intuía que lo necesitaba.

Aquella tarde la terminamos en el resort.

Mientras atravesábamos uno de los caminos que comunicaban distintos edificios, me encontré observando a los empleados que iban y venían entre las instalaciones.

Muchos de ellos me saludaban al reconocerme.

Otros me dedicaban una sonrisa afectuosa.

Algunos incluso se detenían para preguntarme cómo estaba.

A quien no volví a encontrarme fue a Lucas. Sinceramente, sentía un pellizco por dentro, dada la posibilidad de darme de bruces con él en cualquier momento. No había hecho nada por verlo expresamente, pero sabía que no tardaríamos en toparnos.

Esperé hasta que Alexandra se entretuvo fotografiando una cascada artificial cercana y me acerqué a Maeva, que acababa de salir de una de las oficinas administrativas.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

Ella sonrió.

—Claro, cariño, dime.

Dudé apenas un instante.

—¿Lucas sigue trabajando aquí?

La reacción fue pequeña, pero suficiente para que me diera cuenta de que recordaba perfectamente de quién hablaba.

—No desde hace años.

Aquella respuesta me dejó pensativa. No sabía exactamente qué esperaba escuchar.

Quizás había dado por hecho que seguiría allí.

Que continuaría recorriendo aquellos mismos caminos. Que seguiría formando parte del resort igual que lo había hecho durante tanto tiempo.

—Pero sigue viviendo en la isla, ¿no es cierto?

—Sí. Sabes que Bora Bora es su vida. No me lo imagino viviendo en ningún otro lugar.

—¿Y qué hace ahora?

—Creo que se ha pasado a la competencia, aunque no tengo mucha información al respecto. ¿Por qué no se lo preguntas a él? Le alegrará verte.

Su respuesta resultó tan sincera que me hizo sonreír.

—Igual hago por verlo, sí. Lo que pasa es que, entre la llegada de mi prima, los asuntos pendientes y mi novio, que estará al llegar, debo encontrar el momento.

Maeva entendió a la perfección lo que quise decir al mencionar a mi novio.

—Bien, pues te dejo. Tengo mucha faena pendiente.

—No te fatigues demasiado. No tienes que demostrarle nada a nadie, llevas toda la vida con la familia y eres una de nosotros.

—Gracias, Caroline. Tú también seguiste siendo una más, aunque estuvieras lejos.

—Calla, que me vas a emocionar.

—Bienvenida a Bora Bora, niña. Bienvenida a tu casa.

Aguanté la lagrimilla mientras ella se alejaba.

La conversación duró apenas unos segundos, pero me acompañó durante el resto de la tarde.

Porque comprendí que había estado dando algo por sentado.

Durante años imaginé a Lucas exactamente donde lo había dejado. Trabajando en el resort. Viviendo cerca de su familia. Continuando una vida que yo había abandonado al marcharme a Nueva York.

Pero el tiempo también había pasado para él.

Siete años.

Siete años eran suficientes para cambiar cualquier existencia.

Cuando regresé junto a Alexandra, ella seguía empeñada en fotografiar cada rincón de la isla.

—¿Dónde te habías metido?

—Nada importante.

—Espero que sí lo fuera. Acabo de descubrir el mejor ángulo para una foto de cine y casi te lo pierdes.

—¿Quieres que te la haga yo?

—Por descontado. Y luego posarás tú. Mi Insta nunca habrá lucido tan sofisticado y colorido como ahora. Estoy pletórica. Perdona, no debería haber dicho eso.

—¿Por qué no?

—Porque tu padre, que es mi tío, acaba de fallecer.

—A él no le hubiera gustado que mi vuelta a Bora Bora se viera empañada por la tristeza. Venga, posa.

—Ok, voy poniendo morritos.

—Estoy in love contigo, prima.

—Naturalmente, ¿con quién mejor? El idilio de tu vida es conmigo, aunque no haya romanticismo. Nadie te quiere como yo —bromeó.

Sonreí mientras la seguía por el sendero.

El sol comenzaba a descender y la laguna reflejaba tonos dorados que parecían imposibles. Durante unos segundos contemplé el paisaje y comprendí que mi padre tenía razón cuando decía que Bora Bora nunca pertenecía del todo a nadie.

Uno podía marcharse.

Construir una nueva vida.

Pasar años enteros lejos de allí.

Pero la isla siempre encontraba la manera de quedarse contigo.